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Fácil de matar

Maruja Torres

FACIL DE MATAR

Para Nuria Tesón y Miguel Ángel Sánchez,

que me regalaron la Esfinge en un cumpleaños decisivo.

Y aprendí a reírme del Tiempo.

ÍNDICE

ACLARACIÓN 5

Lunes, 28 de septiembre de 2009 6

Martes, 29 de septiembre de 2009 20

Miércoles, 30 de septiembre de 2009 24

Jueves, 1 de octubre de 2009 32

Viernes, 2 de octubre de 2009 50

Sábado, 3 de octubre de 2009 59

Domingo, 4 de octubre de 2009 69

Lunes, 5 de octubre de 2009 91

Epílogo: Martes, 6 De Octubre De 2009 112

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 114



ACLARACIÓN

Ésta es una obra de ficción. Los personajes —excepto cuando pertenecen a las crónicas o los libros de historia—, como los nombres, apellidos, la situación social y las relaciones de amistad, de parentesco, sentimentales o eróticas que tienen, así como las instituciones, son fruto exclusivo de mi imaginación. La ciudad, Beirut, aparece tal como la ve mi protagonista. Su visión no es la mía.

Si existe alguna coincidencia, la rechazo de plano desde ahora mismo.

M. T.



Lunes, 28 de septiembre de 2009

Tony Asmar inclina levemente el torso hacia su imagen. Se reverencia mientras habla por el móvil. Su voz posee el tono medido de quien desea resultar convincente ante alguien al que considera superior.

—Tranquilízate. Llegaré según lo previsto. En mi cartera, no os preocupéis. Copia única, desde luego. Nadie más, ¿cuántas veces he de repetírtelo? Ni siquiera —vacila medio segundo, nada que pueda resultarle perceptible a su interlocutor— mi esposa. Te avisaré en cuanto entre en Beirut. Ya sé que los lunes son infernales. Por eso salgo temprano.

Corta la comunicación sin dejar de mirarse. Es su espejo predilecto, regalo de bodas de un ex presidente de Francia amigo de su familia. El marco, dorado, reproduce el formato de dama despatarrada de la Torre Eiffel. Impaciente, Asmar pulsa una tecla de llamada rápida. Lo piensa mejor, desiste. Un corto intervalo y marca de nuevo. Para esta conversación usa un tono distinto, desenfadado.

—¿Marwan? Iba a llamarla, pero es demasiado pronto. ¿Va todo bien? Claro que sí, no te ofendas, los dos tenemos fe ciega en ti. Deja que duerma.

Cora se ha sometido durante el fin de semana a una cura intensiva de belleza, aprovechando un nuevo y carísimo procedimiento que el doctor Marwan Haddad ha importado de París. Y lo hace por él. Por el tonto de la familia.

Se pone de perfil.

—Un fin de semana magnífico, solitario. He pensado en mis cosas —continúa—. No, ningún problema. Me duele mucho menos, no te preocupes. Mais non, pas de tout! Tu antiinflamatorio obra maravillas. ¿Cenaremos mañana los cuatro? Tendré algo que comunicaros, creo que te alegrarás por mí, y que podré contar contigo.

Suelta una carcajada.

—Mañana. Ten paciencia. Tú mismo lo repites siempre: si en Líbano quieres mantener un secreto, es mejor que carezcas de secretos.

Finaliza la conversación con uno de esos pajareros saludos árabe que contienen varios habibi o querido mío. Aprieta la tripa, aplastando contra el ombligo la mano con la que sostiene el teléfono. La vida de casado redondea un poco su figura, que nunca ha sido demasiado alta ni demasiado baja. Ni demasiado nada. Tony, el más vulgar de los Asmar, en todos los aspectos. O eso dicen.

Pero su esposa. Ah, su esposa. Cora Asmar, nacida Jimeno. Su deslumbrante cónyuge. Su yegua española.

Desde hace siglos los Asmar, una dinastía cristiana de hombres necesarios para el país, se cruzan con las mujeres Ghorayeb, gallinas ociosas procedentes de la misma cepa del maronitismo cerrado, aunque armadas con garras de halcón. Él ha sido el único que ha roto la regla. Sangre nueva para la familia. Ideas nuevas. Tiene tanto que dar, Tony. A los suyos, a Líbano.

Aún le duele el tobillo izquierdo. Se lo lastimó cuatro días atrás, jugando al tenis con Marwan en el club. Nada importante, una tercedura. Pocas horas después supo que su propuesta había sido aceptada, que Kamal Ayub, conocido como el Anciano —el más alto exponente del Partido de la Patria, reverenciado por todos— había accedido a recibirle en privado. El dolor, pues, le recuerda ese momento de exaltación; no empaña su ilusión por el futuro que le aguarda. Un futuro en el que Cora podrá permitirse caprichos que ni siquiera ella es capaz de imaginar. Hay más. Su familia. En veinticuatro horas, los suyos descubrirán el verdadero rostro del hijo menor. Y será el rostro de un vencedor, de un líder. Alguien digno de llevar su nombre. El más digno de los tres hermanos.

Un salto por encima, después del cual nadie se atreverá a reclamarle deudas. Pisará cabezas.

Cabezas, cúspides, Líbano.

Sale a la galería acristalada y observa la pendiente que, a sus pies, se extiende hasta el valle, verde y húmeda. A esta hora, el cielo tiene el color y el significado de la enseña del Partido de la Patria, que los Asmar ayudaron a fundar, y del que forman parte como las raíces de estos árboles. El cielo es un casco turquesa que la bruma procedente de barrancos y abismos no logra horadar, de un azul purísimo, virginal, un azul cristiano contra el que se estrella la mugrienta ceniza de los otros.

En pocos meses la nieve blanqueará las cumbres, las pistas de Faraya rebosarán de esquiadores. Él mismo y Cora disfrutarán del que es su deporte favorito, junto con la navegación, que suelen practicar en Marbella o Montecarlo, a bordo de un yate o de otro, siempre en una embarcación ajena, por préstamo o por invitación. Basta de humillaciones.

Su Cora, su futuro, su Líbano. Un país en el que, como suele apostillar irónicamente el doctor Haddad, por la mañana se puede arrojar colillas a la nieve y, por la tarde, escupir en el mar. El bueno de Marwan, que ha estudiado medicina en España y obtenido un Millenium Award en un Congreso de Estética de Miami. Entregado por completo a la dirección de su clínica de Hazmich, el doctor está muy bien considerado por los prebostes de la confesión suní, que por ahora domina el país con la complicidad de gran parte de los cristianos, entre ellos, los Asmar, y ante la fiera oposición de chiíes y de aliados cristianos de otros partidos. De quererlo, Haddad podría erigirse en cabeza suprema del cuerpo médico libanes y hacerse aún más rico. Quizá espera su momento, como él.

Este momento, el de vencer la bruma.

Regresa sobre sus pasos y vuelve a mirarse en el espejo francés.

Instante único. Anticipación.

Coge el maletín, que le espera en el suelo del descansillo, junto al bargueño en cuya superficie reposan un voluminoso rosario de madera de cedro y la fotografía del padre de Tony, muerto a manos de sus rivales cristianos durante una escaramuza que tuvo lugar en las montañas, veinte años atrás, al final de la guerra civil. Apenas dirige una ojeada al rostro arrogante del hombre ataviado con uniforme de camuflaje, pero se inclina y besa la cruz. Un gesto instintivo que los Asmar realizan siempre, al entrar o salir de cualquiera de sus mansiones, en las que no faltan símbolos de su fe. En esta ocasión, al entornar devotamente los ojos, aprieta los párpados unos segundos más que de costumbre.

Abandona la casa.

El chalet, construido al estilo suizo, es grande y dispone también de una salida posterior que da a un camino de bosque y que permanece franqueable durante el día. Varios sirvientes cuidan la mansión y la mantienen libre de curiosos y extraños.

Se dirige al Camaro 2010, aparcado en el jardín. Azul eléctrico y todavía cubierto de rocío, el auto resplandece como un joven tiburón, sin cicatrices. Podría haberlo guardado en el garaje pero le agrada exhibirlo, aunque sólo sea para los huéspedes del lujoso hotel Grand Liban, situado unos cien metros más arriba.

El Camaro es de Cora, se lo regala él por su primer aniversario. Ella le ofrece, a cambio, su embellecimiento en la clínica de Marwan —que también paga él—, y que Cora no necesita, pero así es su mujer, quiere ser la más guapa. Tony encargó el Camaro a Chevrolet, a través de un amigo muy cercano a la oficina comercial de Estados Unidos. Este modelo todavía no ha llegado a Beirut. Permitió que su mujer lo condujera durante unas horas, lo justo para presumir de coche y marido con sus amigas, pero este fin de semana se ha dado el gusto de manejarlo él. «Te lo domaré mientras permaneces en la clínica poniéndote todavía más linda. Vas a ser la más admirada de la ciudad. Mi dama española. Mía y sólo mía.»

Arranca en dirección a la cancela, anticipando el disfrute de su último viaje en solitario hasta la capital. Se ve descendiendo por la montaña como si controlara el tiempo, ajustándose a las curvas con algo de imprudencia, la valentonada de un niño que se niega a renunciar a sus antojos. Avanzará, dominando el volante con firmeza, hasta que las más tenaces alforjas de niebla queden atrás. La exuberancia de los empinados bosques se trocará en alardes de progreso, pasará por entre las muestras del nuevo boom inmobiliario que bendice el país: hormigón y vigas sueltas, edificios de acero, ventanales infinitos, grúas que parecen tentar a los cielos. Desde ahí, Tony Asmar irrumpirá en su propio sueño.

El poder. El poder de quien conoce un secreto. Beirut se abrirá al fin para él. La ardiente ciudad, azote de timoratos, no volverá a serle hostil.

Sonríe ante la perspectiva. Pronto terminará la libertad ineficiente de que ahora disfruta, su privacidad. Coche blindado, chófer armado, guardaespaldas, radar en el capó: le esperan. ¿Un sacrificio? No para él. Tampoco para Cora, cuyos ojos brillan de deseo cuando le explica sus planes, y cuyas caricias resultan aún más ardientes en esas noches en que él se desahoga hablando mientras la monta una y otra vez, enajenado por su propio placer, seguro de sí mismo.

Maneja suavemente el Camaro, rozando apenas el volante con la mano izquierda. Con la derecha acaricia el maletín que ha depositado en el asiento contiguo. Las dos sirvientas que están junto a la verja dejan de parlotear en su lengua incomprensible y se apresuran a abrirle paso. Son etíopes, o angoleñas, o de cualquier otro país africano —pasa tanto personal de servicio por las propiedades de su familia—, cristianas, desde luego, eso no se pregunta. La agencia de colocación que trabaja para los suyos desde hace décadas recibe severas instrucciones al respecto. Tony tiene amigos musulmanes, cómo no. A partir de cierto nivel todos se conocen. Es abajo donde no hay que permitir que se mezclen. Mantener los odios vivos siempre es rentable.

Qué perfecta mañana para una jornada feliz. Intenta conectar la radio —quizá La Voz de Líbano dé algún flash relacionado con el caso— pero súbitamente decide que prefiere escuchar a Haifa. Algo un poco acariciador, sensual, para comenzar bien su último día como don nadie. Cora y él se fotografiaron con la cantante al final de una de sus actuaciones en el Casino de Líbano. Recuerda el fuerte olor a nardos que despedía su cuerpo. Atractiva, la artista, aunque no tanto como Cora. Presiona el mando a distancia y deja que la voz aniñada de Haifa, su voz de estar chupando un polo de fresa, invada el mullido interior del Camaro, contándole cómo le curaría a besos la pupita.

Sigue sonriendo, ahora a causa del pícaro sobreentendido, cuando la explosión le arrebata la canción y la vida. El eco del estruendo se expande por las montañas y ya no hay diferencia entre el cielo turquesa y la bruma. El Camaro, su conductor, las sirvientas africanas y parte de la casa saltan en pedazos. Luego, metal, pedruscos, llamas, brasas, cenizas, sangre.

A Tony Asmar ha dejado de dolerle el tobillo.

El pitido del móvil se introduce en la mañana y Diana Dial emerge del estupor de su descanso nocturno empastillado. Son las siete en la pantalla del teléfono. Ya hace calor. Un listado de rayos solares atraviesa las contraventanas que no encajan bien —nada en el apartamento lo hace: es su principal encanto— y tablea la sábana encimera como una falda de adolescente. Diana la retira y comprueba que la araña ha pasado a mejor vida. Anoche invadió cautelosamente su cama cuando ella, demasiado dopada para luchar por su territorio, se entregaba al sueño. La dejó quedarse y se dio la vuelta. Ha dormido con cosas peores. En el despertar, la araña es una mancha de sangre y restos oscuros. Diana se limpia con saliva la huella que el insecto ha dejado en su muslo al morir aplastado.

Salta de la cama —a sus cincuenta y cuatro años todavía salta, pero ya no brinca—, arranca las sábanas del lecho y las arroja al suelo para que Joy las cambie sin necesidad de advertírselo. Entre una diligente doméstica y una desordenada patrona suele establecerse un lenguaje de signos que evita explicaciones tediosas. Sábanas en el suelo, frascos vacíos en la repisa del descansillo, letreros robados en hoteles colgados en la puerta con un «No molesten» visible, un montón de ropa acumulado de cualquier manera en la tabla de planchar, otro sobre la lavadora... A Diana Dial, que ha trabajado siempre con las palabras, le molesta usarlas en exceso.

Pitido, de nuevo. Ya son dos los avisos de Liban-call, su servicio telefónico de mensajería, pero la antigua periodista no se decide a abrirlos. Puede ser cualquier cosa, cualquier hatillo de palabras vanas. El anuncio de una reunión de curas o de políticos o de asesinos, o de los tres a la vez; la anticipación de una visita ilustre que aquí les pone a todos las camisas de punta. O bien otro aumento del precio de los combustibles, aunque eso, como el parte del cambio de divisas, suele llegar después de mediodía, casi siempre cuando ella se encuentra haciendo gestiones con la ayuda de Georges, su chófer, para quien el tema, durante no menos de cinco minutos, se convierte en apasionado objeto de conversación.

Sale al balcón a respirar. En la casa de enfrente, la mujer que cada mañana habla con sus pájaros parece haber olvidado su costumbre. Apoyada en la barandilla de hierro, contempla con indiferencia el hueco desaseado que separa los dos edificios. Algo va mal, piensa Diana.

Se dirige al baño, tropezando con maletas abiertas, cajas de cartón a medio llenar, libros amontonados en el suelo y otras señas de mudanza inminente. Deja Beirut. Su alma itinerante la envía a otro lugar, a Luxor, en donde ignora cuánto tiempo permanecerá, por requerimiento y a expensas de su amiga, Lady Roxana. Sus tesoros beirutíes —como ha ido ocurriendo con destinos anteriores— irán a parar a su casa de Barcelona. A Egipto se llevará una pequeña maleta y, si decide quedarse por un tiempo, irá adaptándose. Como suele hacer.

Su dormitorio es, por ahora, el último refugio contra el caos de la mudanza. Sabe que, en cualquier momento, la furiosa aplicación de Joy lo invadirá también. La sirvienta filipina exterioriza a su manera, con irritante laboriosidad oriental, el dolor que le produce la defección de Diana.

Entra en el baño sin mirarse en el espejo —a esta hora, algo mucho más peligroso que dormir con una araña de dos centímetros de diámetro—, escupe y orina. Se seca la última gota, deposita como siempre el papel usado en una pequeña cubeta sanitaria y, con los ojos todavía medio cerrados, localiza la botella de Dettol y vierte el líquido en los desaguaderos. Beirut comparte con la franja meridional del litoral mediterráneo un pésimo sistema de alcantarilias que no la favorece por las mañanas. La ciudad y ella están igualadas.

Prepara una cafetera mediana y sólo cuando se sienta ante la mesa de la cocina, aliviada por su reencuentro con el aroma del café, se dispone a abrir los mensajes. Un tercer envío entra cuando ya tiene el pulgar en el teclado. Leídos en sentido descendente:

«Fuentes del Ejército libanes confirman que las otras dos víctimas del atentado que ha costado la vida a Tony Asmar eran dos mujeres etíopes pertenecientes a su servicio doméstico.»

«Un coche-bomba ha sido la causa de la muerte de Tony Asmar y de otras personas de su familia, en Faraya, según fuentes del Ejército libanes.»

«Fuentes del Ejército libanes indican que una fuerte explosión se ha producido en Faraya, cerca de la residencia de invierno del empresario Tony Asmar.»

Diana Dial se sirve una segunda taza y telefonea a Georges, a sabiendas de que es inútil. Las líneas se colapsan después de un atentado, no sólo por motivos de seguridad sino porque medio Líbano llama al otro medio para comentar el asunto.

Conecta el televisor y se sienta en el sofá. Con paciencia no exenta de aburrimiento —el tedio desesperanzado que le produce la estupidez humana—, pasa de LBC a Al Yazira y Al Arabiya. Reproducen imágenes muy similares, así como las cadenas nacionales. Es una película conocida hasta la saciedad, hasta el vómito, que la transporta a tragedias anteriores.

Histeria de las fuerzas del orden que acordonan el recinto, planos del coche calcinado, de la casa medio en ruinas, de sirvientes llorosos. Banda sonora, la usual en estas ocasiones: sirenas de ambulancias, gritos, órdenes policiales ladradas secamente. Diferentes reporteros comentan lo que saben, no mucho más que el contenido de los recados que Diana ha recibido por teléfono, pero guarnecidos con variados jadeos —como si los periodistas hubieran practicado alpinismo para llegar al lugar de los hechos—, y el férreo maquillaje y los portentosos peinados que las reporteras lucen de buena mañana. Tony Asmar ha fallecido en el acto, especifica una de las ninfas parlantes, acompañado en su viaje al Paraíso por dos miembros del servicio doméstico, dos muchachas etíopes que habían llegado a Líbano sólo un mes atrás, «en busca de una vida mejor» —a la cotorra casi se le saltan las lágrimas— y que «han encontrado un trágico pero honroso final junto al nuevo mártir».

¿Honroso? Dial lanza una blasfemia, pero la última palabra de la locutora le impide completar sus opiniones acerca de la explotación del servicio doméstico en Líbano. La muñeca de la tele ha dicho mártir, y a Diana se le ha erizado el vello de la espalda. Durante muchos meses, Líbano ha disfrutado del silencio de los coches-bomba, esa nefasta lotería en la que el segundo premio son los daños colaterales. Cuando se producen combates —y en el mes de mayo del año anterior las facciones se enfrentaron en Beirut y en las montañas hasta causar casi un centenar de muertos—, uno recibe informaciones: no pases por ahí, no vayas hacia allá. O bien escuchas los disparos desde casa y te quedas quieta, con la luz apagada, rezándole a un buen whisky. El coche-bomba no avisa, y se lleva por delante los efectos secundarios.

Los Hechos de Mayo de 2008 obligaron a los partidos a reunirse en Qatar, bajo la férrea mano del Emir —Diana sospecha también que éste distribuyó sobornos a conciencia—, para ponerse de acuerdo en convocar elecciones. Se celebraron, hubo un vencedor, pero la oposición resultó lo bastante fortalecida como para que la formación del Gobierno se demorase desde entonces, en un insensato baile de pretensiones y negativas, un cochino cambalache entre unos y otros, adelgazando aún más el hilo de sensatez política que queda en el país.

¿Ha llegado el momento de que recomience la siniestra sinfonía de bombas, metralletas y armas pesadas? ¿Y ella va a largarse, precisamente ahora? Diana Dial nunca huye del peligro.

Termina el café, se cepilla los dientes y la lengua, se da una ducha y se viste y maquilla con parsimonia, contemplándose a fondo, ahora sí. Con afecto pero sin compasión. Las bolsas oscuras siguen bajo sus ojos, pero al menos ya no tiene cara de penitente con resaca, y el pelo corto, que le deja la frente despejada, tiene un punto grande dame lleno de estilo. Sus arrugas son simpáticas, excepto la que se curva hacia abajo en la comisura izquierda de sus labios, pero incluso este amargo sello de su tozudo escepticismo forma parte de la clase que el paso del tiempo le ha otorgado para sustituir su sensualidad de antaño.

Cuando regresa al salón comprueba que el televisor continúa ofreciendo imágenes repetidas, aliñadas con material de archivo sobre la vida y milagros del difunto. El teléfono vuelve a funcionar.

Georges contesta a su pregunta antes de que acabe de formularla, como si él mismo ya se la hubiera planteado. Cosa que, sin duda, ha hecho.

—¡No! ¿Un asesinato político? Pero ¿qué dices? De ninguna manera —se escandaliza. Diana le oye chasquear la lengua, enfatizando la negativa—. Tony Asmar no era nadie. ¿Quién puede salir ganando con la muerte de un imbécil? Salvo que su familia haya querido quitárselo de encima. He oído decir que tenía muchos gastos y pocos ingresos. Deudas fuertes. Puede que haya sido un acreedor.

Diana suspira:

—Un acreedor no mata a quien le debe dinero. Le amenaza pero no le asesina —reflexiona—. La teoría del imbécil me parece más afinada.

—Quizá un ajuste de cuentas —apunta el otro—. No me extrañaría que tuviera relaciones mafiosas.

—Esa es una obviedad, Georges. Política, económica y estructuralmente, Líbano es una entidad mafiosa dividida en células que se separan o se agrupan, se alian o se traicionan, se matan o se alimentan de acuerdo con sus intereses.

—¡Sí, sí! —exclama el chófer con repentino entusiasmo. Adora que Diana ponga a parir a su propio país—. ¡Esto es Líbano!

La mujer marca un silencio para dar por terminada la deriva hacia el tópico. Georges capta el mensaje. Dial continúa:

—Supongamos que tienes razón, que le han matado por memo. Un tonto audaz puede meter la pata, enredarse en algún asunto demasiado grande para él, poner en peligro un negocio de alguien importante...

—Le habrían descerrajado un tiro —objeta Georges—. Todo el mundo tiene pistola. ¿Para qué molestarse en subir a Faraya, burlar la vigilancia de los sirvientes y colocar el explosivo en el coche? Un tío en moto, un disparo en la nuca, y aire. Tony era fácil de matar.

—Como todos, aquí —susurra Diana—. Hemos terminado por acostumbrarnos.

El chófer tiene razón en cuanto a las armas. El mismo guarda un revólver en el coche, escondido en la bolsa de su portezuela, detrás de los mapas. Un detalle en el que Diana prefiere no pensar.

—¡Con lo bien que nos iba en esta calma chicha! —comenta—. Un año sin gobierno, sin violencia y sin porvenir. Consultaré con Fattush, a ver qué sabe.

Desconecta sin despedirse y llama al inspector. Su voz le llega en medio de un considerable estruendo. Diana invierte varios segundos en reconocer que se trata del mismo sonido que emana del televisor. Saltando por encima de las cajas de la mudanza, se mete en el dormitorio para hablar sin efecto estéreo.

—¿Qué haces ahí? Ese no es tu terreno —le suelta.

El inspector Fattush se encarga de delitos normales: amantes estranguladas, atracos a bancos, robos comunes, crímenes de honor... La sangre derramada por asuntos políticos no pertenece a su departamento.

—Vacaciones. —Fattush medio mastica una carcajada sardónica—. He venido a Faraya con mi familia, aprovechando una oferta para funcionarios. Ya sabes, la paz de las montañas. La explosión me ha pillado en el hotel Grand Liban, la he visto desde la terraza. He sido el primero en llegar al lugar de los hechos.

—¿Algo que comentar a una periodista retirada que no ha perdido el afán investigador?

—Pusieron la bomba en el maletero del coche. Muy potente, supongo que te has dado cuenta. Tres muertos, Asmar y dos sirvientas. Por fortuna, la mujer de Asmar no se encontraba en el chalet. Esta gente posee tantas mansiones que lo raro es que un matrimonio coincida en la misma cama. Nosotros somos cinco y nos apañamos con cien metros cuadrados. Por si te interesa, las criadas eran hermanas, etíopes, dos crías casi según parece. Muchos destrozos, árboles quemados. ¿Tú no lloras por los árboles quemados?

—¿Algún enemigo o rival en los negocios? —le corta Diana—. ¿Qué clase de explosivo han usado?

—No puedo seguir hablando. Tengo a los jefes encima y a mi familia esperándome en el hotel para que los lleve a casa. Nos vemos cuando regrese a Beirut.

En el salón, la pantalla sigue con el asunto. A falta de nuevas informaciones y recogidos los testimonios de la gente de los alrededores, la cadena LBC se dedica a glosar la figura de Asmar, intercalando declaraciones de líderes políticos de su partido. La cúpula del ultraderechisla Partido de la Patria se entrega a pomposas exhibiciones de dolor, mezcladas con no menos estridentes manifestaciones de amor al país y profesiones de fe. No pasarán, éste es un atentado contra las minorías cristianas de Líbano. Percibimos la mano del enemigo de siempre. Hay quien trabaja para que las fuerzas políticas no lleguen a un acuerdo para formar gobierno. Etcétera.

Diana Dial rebufa. Tanto como el desperdicio de vidas humanas detesta la vacua verborrea que sucede a cada siega sangrienta. Pero la locuacidad chillona, y el derroche de tinta agresiva son dos de las características principales del periodismo actual, se dice. Resultan más baratas que hacer un buen reportaje sobre lo que ocurre, y excitan más al público.

Ahora la tele vomita grabaciones de archivo que reconstruyen la vida del menor de los Asmar. De niño, vestido de explorador. De joven, luciendo un uniforme paramilitar. Más maduro, inaugurando su empresa de software. Tres años atrás, asistiendo al funeral de un ministro, correligionario y también promovido a mártir, ametrallamiento junto a un semáforo mediante.

Imágenes tétricas. Si Beirut es una ciudad que sonríe demasiado, lo hace para ocultar lo lúgubre que puede ser Líbano cuando lo representan sus hombres de bien.

Aparece en la pantalla una ráfaga de la boda de Tony Asmar con Cora Jimeno, celebrada en la catedral maronita de Saint-Georges, un año atrás. Cora, resplandeciente en su día más feliz, recita la locutora, apenas ha dispuesto de un año de dicha tras su prometedor matrimonio con el joven y dinámico empresario.

Una avalancha de pequeñas dentelladas martiriza el estómago de Diana Dial. Se trata de la sensación puntual, infalible, que experimenta cuando algo no encaja en la versión de la realidad que se le ofrece. En sus días de reportera le resultó muy útil.

Jubilada desde hace cuatro años, al cumplir el medio siglo, pero no ausente de los acontecimientos, la antigua periodista, que abandonó su profesión decepcionada por el giro mercantilista al que ésta se abocaba, se había concedido un retiro de privilegio. Su único marido, el empresario mediático Lluís Brunet —conocido en el ramo como Viceversa por sus espectaculares cambios de bando—, al que tuvo de jefe en sus comienzos en la prensa del corazón, le concedió una pensión vitalicia cuando se divorciaron décadas atrás. De su breve aventura matrimonial guarda Diana menor recuerdo que reconocimiento por la generosa renta que mensualmente le pasa su ex marido. Gracias a ese dinero puede regalarse el tipo de existencia que más le satisface, alejada de las tensiones que rigen hoy en día en el mercado de la comunicación. Remirando el ayer se pregunta si, dado el paupérrimo estado actual del periodismo, haberse casado con un millonario no fue la mejor decisión de su vida. El tipo resultó poseer, además, la mala conciencia necesaria para compensar económicamente a Diana por abandonarla a causa de una lozana azafata de congresos. Y está también el hecho de que Viceversa siempre le tiende una mano en los momentos difíciles.

Desde entonces, Diana Dial hace lo que le viene en gana, lo que siempre ha deseado, aquello para lo que ha nacido. Investigar. Cierto, ya no le encargan reportajes. Ahora se envía especialmente a sí misma, se paga los gastos, se queda cuanto tiempo precisa y hasta más. Resuelve crímenes, de sangre o del alma y, a su manera, procura venganza y consuelo.

Piensa en la araña que ha aplastado mientras dormía. Algunas personas merecen el mismo destino. Ayudar a que se cumpla es algo que apenas pudo poner en práctica durante sus años de reportera.

Ya al poco de despedirse del periódico en el que trabajó durante casi dos décadas, el muy prestigioso La Gaceta Universal, resolvió un crimen ejecutado en el propio diario y contribuyó a que se hiciera justicia. A su manera, se dice Diana con satisfacción algo cínica.

Resuelve casos o ayuda a solucionarlos. En Beirut, adonde su especial afecto por esta ciudad la ha ligado durante dos años, su alianza amistosa con el inspector Fattush le ha proporcionado algunos buenos momentos. Cree Diana, sin embargo, que nada nuevo puede depararle ya el país, y por eso se marcha. En Egipto, su próxima estación, esperan nuevas intrigas. Al invitarla, su amiga Lady Roxana se lo prometió. Pero ésa será otra historia.

Moviéndose con cautela entre las cajas que pronto alguien de una agencia recogerá para mandarlas por cargo aéreo a Barcelona, Diana Dial intenta localizar revistas atrasadas que se han vuelto inesperadamente valiosas. ¿Se las habrá llevado Joy? No, gracias al cielo.

Un coche-bomba y cambia la visión del futuro. Anoche se acostó sin otra preocupación que la perspectiva del traslado y el posible itinerario que una araña podría seguir entre sus sábanas. Hoy despierta con los sentidos en estado de alerta ante la incertidumbre. Una sensación tan conocida como el malestar en las entrañas que le produce el recuerdo de Cora Asmar.

La sirvienta, que llega con su hija en brazos, encuentra a la dueña de la casa sentada en el suelo, rodeada de ejemplares de Mondanité. Esa mañana Joy luce una expresión taimada, enigmática, en lugar de la sonrisa plena de vitalidad y optimismo que suele acompañar sus «Goodmooooooorning». Sujeta a la pequeña, apretándola, con el temor de un animal por su cría.

Yara tiene dos meses. Su madre insistió en reincorporarse al trabajo una semana después del parto, a cambio de traerla consigo, y Diana se ha acostumbrado a su carita morena, de ojos rasgados como los de Joy y labios abultados como los de su padre, un esbelto egipcio que inmigró a Beirut para trabajar en la construcción. Cuando Joy le confesó a Diana que estaba embarazada de Ahmed y que un muftí los casó al poco de quedarse encinta, la española quiso mostrarse animosa. «Los egipcios son muy buenos maridos», le dijo, y sabía que era así. «Sí, buenos maridos —asintió Joy con desánimo—, y muy, muy pobres.» Joy, Ahmed y Yara han formado parte de la familia que la vida le ha regalado a Diana en Beirut. Sus mundos son lejanos pero, por un tiempo, lo que ha durado esta nueva aventura de la periodista, se han comunicado de piel a piel.

Nada de «Buenos días», pues. En su lugar:

—Madam, madam! ¡Más guerra! —exclama Joy, apretando aún más a su hija—. Usted no va a irse de Líbano. Usted nunca abandonó Beirut con bombas.

Era eso. A pesar del pavor que le producen los atentados y del miedo, acrecentado desde el nacimiento de Yara, a otra etapa de inestabilidad política, Joy cree que, gracias a este atentado, la señora va a deshacer los bártulos.

Con una revista abierta sobre las piernas cruzadas, Diana reflexiona rápidamente. Joy, expectante, acuna a su bebé. Y la periodista entiende que la filipina va a salirse con la suya, al menos de momento. Pero no por las razones que la otra imagina.

—Me duele el estómago —anuncia, simplemente.

—¿Le preparo un té de menta? ¿Nota aires? ¿Una infusión de anís?

Niega lentamente con la cabeza, sin dejar de mirar a Joy a los ojos. La sirvienta comprende, su rostro se ilumina.

—¿Un caso? —pregunta.

Asiente con una sonrisa.

—Es posible.

—¿Presentimiento en la barriga? —Joy parece sumamente feliz.

Desde que Diana Dial ayudó a Fattush a que metiera en la cárcel a un grupo de estafadores que operaban en la Western Union engañando a las filipinas que enviaban dinero a sus hogares desde sus oficinas de Hamra, Joy cree con ceguera en las capacidades de su patrona para resolver misterios policiales.

—¿No es coche-bomba, entonces?

—Sí lo es —responde Diana—. Eso nadie puede dudarlo. Lo que no está claro es el motivo, ni la autoría.

—¿Era hombre importante? La mujer, muy guapa.

—Ése es el asunto —dice Dial, zanjando la conversación y volviendo a su examen de las revistas.

Porque lo que Joy llama el presentimiento ha asaltado su estómago al aparecer la rutilante Cora en la pantalla del televisor, cuando los informativos han pasado los fragmentos de la boda con Asmar.

Nunca le ha caído bien Cora, pese a las alabanzas que su común amigo Salvador Matas le dispensa con generosidad. ¿O es precisamente esa exaltación de sus cualidades en boca del, por otra parte, sexualmente imperturbable arabista, la causa de su animadversión? Matas siempre ha intentado vendérsela como un prodigio de inteligencia y belleza. No es que Diana esté celosa. ¿O sí? Desde que se conocieron, al poco de su aterrizaje en la ciudad, Salva se ha convertido en uno de sus mejores amigos. Más que eso, es un compinche. Es bastante más joven que ella, pero tienen mucho en común. Pese a su erudición, Matas es un conversador ligero, notable contador de chismes y anécdotas. Disfruta mucho, Diana, con sus encuentros semanales y el intercambio de información, ironías e incluso parodias que puntean sus charlas. Se siente atraída hacia él, pero esta verdad se la oculta a sí misma las más de las veces. Nada en su amigo, ninguna señal, la predispone a dar un paso en falso.

Se pregunta a menudo qué sabe ella de Salva. El embajador Ramiro De la Vara no es una fuente muy fiable. Los dos hombres coincidieron en unos cuantos destinos, ya que Salva pertenece a la cuadra de profesores que trabajan en la Fundación Quijote para la divulgación global del castellano y, en condición de tal, ha enseñado en un par de capitales del norte de África, así como en Damasco y El Cairo. De la Vara lo sabe todo sobre etiqueta y cortesía, e incluso sobre intrigas en las altas esferas, pero carece de inteligencia emocional. Y aunque La Casa —como llaman los iniciados a la institución quijotesca— es un hervidero de hormonas, sus chismorreos básicos apenas traspasan las paredes del edificio que ocupa en el viejo Beirut. Sus intrigas, académicas o pasionales, componen un puchero poco apetitoso incluso para Dial, que tiene por oficio observar la naturaleza humana.

En cuanto al embajador —un viudo borrachín y faldero, miembro del Opus Dei, con media docena de hijos repartidos en cargos importantes en Madrid—, es más probable que conozca con quién se acuesta el director de la Fundación Quijote —o con quién no, lo cual resulta más frecuente— a que detecte los hábitos sexuales de profesores y funcionarios; mucho menos entre la tropa. Y Matas no es más que un profesor de español bien considerado por sus alumnos pero que nunca alcanza —porque no quiere o porque no puede, otro de sus misterios— un rango superior en la institución.

Del arabista Diana sabe lo que éste le muestra, los signos que le envía su lenguaje corporal cuidadosamente contenido, porque él jamás se refiere a su intimidad ni evoca recuerdos del pasado. Quizá por eso mantiene su atención fija en él, su instinto periodístico —detectivesco, rectifica— siempre alerta. Intentando descifrarle, la investigadora se ha aficionado a su presencia, a su existencia. Pero Dial va a dejar Beirut para siempre —tanto como se lo permita su alma vagabunda—, y ninguno de los dos ha hecho otra cosa que dar por sentado que la amistad seguirá en un escenario u otro. En los temas personales, el lingüista es como una casa con ventanas y puertas cerradas. Una casa sin luz, mal que le pese a Diana.

Salvador Matas no ha cumplido los cuarenta —la periodista le lleva quince años cruciales, al menos para ella— y es enjuto, moreno, alto y barbudo como un cruzado. Resultaría severo si una dentadura blanca y perfecta no despejara a menudo su semblante, enmarcada por unos labios mullidos cuya sensualidad irrumpe inesperadamente. Es atractivo y viste con elegancia, siempre de oscuro, en verano como en invierno, y los jerséis o las camisetas cuelgan de sus hombros delgados como cotas de mallas. Parece un castellano viejo en una producción sobre la vida del Cid Campeador.

Su sobriedad aparente esconde una mente exacta, un espíritu afilado y una lengua de víbora, cualidades que Diana aprecia por encima de todo. Se le ve siempre un par de pasos por detrás del lugar de los hechos: no porque no quiera llegar, sino porque ya ha estado allí, cree la reportera. Es un observador de la naturaleza humana. Como ella. Aunque ella combina el análisis con la acción. Incluso en su expresión corporal, Salva muestra su intención de no querer salir de sí mismo.

Fue él, recuerda Diana mientras pasa las páginas de un Mondanité, quien le presentó a Cora Jimeno en una recepción en la embajada. Por entonces, de eso hace casi dos años, la chica, también recién llegada a la ciudad, reinaba en las noches de Beirut, según expresión del propio Matas, que solía glosar regularmente las conquistas de la muchacha. «La he rescatado del Quijote de El Cairo. No es ciudad para una mujer como ella. Se moría de aburrimiento. Cora necesita brillar, deslumbrar, enamorar. Y follar, coño.» Con un puesto fijo en la Fundación beirutí y pista libre en los locales nocturnos que proliferan en el lado cristiano, a Cora Jimeno todo parecía irle bien. Desde la fiesta de la embajada, Diana Dial ha seguido las andanzas de la bella, gracias a los escrupulosos partes de Salva y, a raíz de su compromiso y posterior matrimonio con Tony Asmar, también por los cotilleos de las revistas de sociedad.

—¡Lo tengo! —grita, agitando un Mondanité.

Joy llega corriendo desde la cocina, temiendo que el alarido haya despertado a Yara. Pero la niña duerme, sin inmutarse, en el rincón más resguardado del salón —junto a su mecedora— anidada en una cuna rosa, ribeteada de pompones, regalo de Diana.

La filipina se inclina, fisgona, por encima del hombro de la mujer:

—¡Es ella! —se extasía—. ¡La pobre viuda!

El reportaje que Diana examina, publicado en la primavera de 2008, marcó la aparición de Cora Jimeno, por la puerta grande y en papel cuché, en la escena pública libanesa. Líbano acababa de vivir un espeluznante episodio de violencia —los Hechos de Mayo—, pero los ricos que no habían buscado refugio provisional fuera del país continuaban desarrollando sus boatos como si el caos no pudiera alcanzarles. Mejor dicho, como si el caos fuera —y lo era, lo es— su razón de existir. En Beirut, a una crisis siempre le sucede un período de calma, y eso significa una nueva recalificación del suelo, otro frenesí vitalista y más oportunidades de hacer negocios. El Mondanité que Diana tiene en sus manos, aunque no tan voluminoso como acostumbra a ser, refleja en sus satinadas páginas esa burbuja de lujo excesivo en la que se mantiene, anestesiada, parte de la sociedad.

Cora Jiménez, futura esposa del empresario Tony Asmar —perteneciente a una de las familias más ilustres de la tribu maronita—, resplandece en el cumplido reportaje gráfico de su fiesta de compromiso. Viste de rojo, un modelo de crepé de seda, sin hombros, ajustado, que ciñe su silueta y se amplía a partir de las caderas perfectas, firmes, permitiendo que el juego de la falda deje adivinar la calidad marmórea de los muslos. El pelo, también de color fuego, natural, se desparrama escandalosamente, tal como les gusta a los árabes, en torno a su cabeza de muñeca. Diana la imagina enlutada, y no le cabe ninguna duda de que el negro le sentará muy bien.

Recuerda que, en aquel tiempo, se preguntó qué podía conducir a la liberada Cora a aceptar el yugo de una familia libanesa tan tradicional como estrecha de miras. «El amor, no lo dudes», le había dicho Salva cuando se lo preguntó. «¿En serio? ¿Enamorada de ese insignificante?» «El amor escribe con renglones torcidos. Como Dios. A tu edad y con tu experiencia, deberías saberlo», comentó el otro, y Diana calló, confundida. En su fuero interno, Dial se dijo que, posiblemente, la muchacha —tenía veintiséis años— no estaba tan emancipada como parecía. Joder por libre sólo rompe cadenas secundarias.

—¿Usted la conoce? —inquiere Joy—. ¿Es tan guapa como en las fotos?

—Mucho más —admite Diana, a regañadientes—. Es impresionante.

Impresionante era el adjetivo exacto para definirla. Lo que la distinguía de las otras mujeres, además de su atractivo de pelirroja de película y su cutis de camelia, era su carnalidad. Imposible que alguien —salvo otra mujer— se fijara en lo que llevaba puesto. Parecía ir desnuda, parecía saber perfectamente que lo parecía. Al saludar se apretaba por igual a hombres y mujeres, bestializando el abrazo, poniendo a prueba el registro sexual del otro o la otra. Cuando la conoció, la otra se lanzó a abrazarla y Diana casi sintió su prominente pubis encima del ombligo, y se dijo que esa mujer iba a acabar muy mal. No era un juicio moral, sino un vaticinio casi físico. Mirarla era como ver a una criatura de pocos años haciendo equilibrios en la barandilla del balcón de un quinto piso. Había que quedarse quieto y esperar a los bomberos.

A Diana le llamó la atención hasta el desasosiego la carga de desdicha que adivinó en Cora, a pesar de sus carcajadas excesivas, de la abrumadora exhibición de sus encantos, de las interrupciones telefónicas que marcaron sus conversaciones y coqueteos mientras permaneció en la fiesta. Llamadas masculinas, citas —sí puedo, no puedo; contigo sí, contigo no—, todo ello sin que la chica interrumpiera su agresiva demostración de soberanía femenina en directo. Como si unos y otros fueran cerezas que removía en una cesta. Y sin que sus ojos grises, felinos, dejaran de reflejar una avidez, un hambre emocional que, al anunciarse, ya predecía que nunca habría de verse colmada. En algún punto de su recital Cora se dirigió a ella: «¡Una periodista veterana, qué ilusión! Viviste algo de los setenta, ¿no? Me encantará que me lo cuentes. ¡Cómo me habría divertido en una época tan libre! ¡Me habría puesto ciega de ligar!» Diana quedó en llamarla pero nunca lo hizo. Esta chica da mala suerte, pensó. O tiene mala suerte. O las dos cosas. También podía resultar el tipo de mujer que se agarra a tu cuello y te arrastra con ella. Diana no deseaba averiguar a su propia costa cuál era el punto débil de la joven.

Aparta el reportaje. Yara se ha despertado y, cuando su madre acude en respuesta a sus balbuceos, la encuentra en brazos de su jefa.

—Sí —dice Diana Dial mientras mece al bebé—. Tengo ganas de ver qué tal le sienta el luto a Cora Asmar.



Martes, 29 de septiembre de 2009

Diana Dial se remueve, impaciente, en el asiento posterior del coche. Georges conduce con su aplomo habitual, y el Audi se traga sin esfuerzo los últimos kilómetros de empinadas curvas que les conducen a Beit Tum.

—¿Cuánto crees que vamos a tardar en liquidar la visita? —gruñe la mujer.

Georges no se molesta en responder. Si algo conoce Diana es la extensa duración de las honras fúnebres y de las bodas en Líbano. Las dos modalidades de ceremonia ofrecen un desenlace similar: en ambas se sepulta a alguien. Sólo que, en los enlaces, el cadáver se mueve y viste de novia.

—Un funeral a finales de septiembre, con lo que aún pega el sol a mediodía —sigue quejándose Dial—. Hay que dictar una ley para que estas jeremiadas se celebren al anochecer. En eso, la mayoría de las bodas sacan ventaja. En eso, y en que la muerta puede bailar.

Como de costumbre, Georges no le hace caso. Se sabe tan bien el carácter de su patrona como la viabilidad de las rutas de Líbano, los recovecos de los barrios más amagados de Beirut, el pedigrí de cada dinastía de renombre y el qué pasa político. De una familia militar cristiana seguidora del opositor general Aoun, aliado de Hizbolá, el chófer es un ferviente discutidor de los asuntos públicos, un paternalista consejero en los temas prácticos y un completo pasota en lo que respecta a los cambios de humor de su jefa.

—Qué gentío puede haber, con lo que les gustan a éstos las honras fúnebres... —insiste, a pesar de que es su curiosidad lo que les ha conducido hasta allí—. Júrame que, si me desmayo, me rescatarás.

Entran en Beit Tum. Es una localidad pequeña, de construcciones levantadas en piedra caliza, plagada de iglesias maronitas. La más venerada y solemne se encuentra en la plaza principal, situada en la cúspide del pueblo. Desde allí, colina abajo, la autoridad espiritual vierte sus efluvios y se funde con la comunidad, reforzando sus ya acorazadas tradiciones. Al otro lado de la plaza, la mansión familiar de los Asmar se alza como una pequeña ciudadela, dotada de murallas y de un túnel lateral por el que se penetra directamente a la capilla de la propiedad. En este recinto tienen lugar misas y otros oficios de exaltación patriótico-familiar.

El abuelo Asmar, Michel, ya fallecido, fue el primer alcalde de Beit Tum después de que Líbano obtuviera su independencia, y mantuvo el bastón de mando durante dos décadas, hasta el estallido de la guerra civil en 1975. Poco antes de que empezara el conflicto, junto con Kamal Ayub y otros patriotas afines fundó el Partido de la Patria. Ayub todavía vive, nonagenario pero muy lúcido para su edad, es algo así como el gran consejero de la formación y su autoridad se extiende a casi todo el maronitismo. Sus acólitos le llaman el Anciano, y no hay asunto concerniente a la comunidad que escape a su sabio juicio.

A Michel, ya fallecido, le siguió en el control del clan su único hijo varón, Michel Júnior, muerto al final de la guerra, en una refriega entre facciones cristianas de las muchas que tuvieron lugar en la montaña maronita. El nieto mayor, Samir, actual cabeza del clan, tiene cincuenta y dos años y ha dedicado toda su vida a la política y al partido. Fue ministro en dos ocasiones, pero antes peleó en la guerra, y los hombres que tuvo a sus órdenes todavía narran, jactanciosos, las crueldades que infligió a sus enemigos, ya fueran musulmanes o de partidos cristianos rivales. Es dueño de un banco y diputado saliente del Parlamento de Beirut y su nombre suena para una cartera ministerial influyente —Industria o Telecomunicaciones— en el próximo Gobierno, si es que llega a formarse.

El hijo mediano de los Asmar, Élie, de cuarenta y ocho años, forma parte del comité central del partido, pero sus intereses se centran en una importante compañía inmobiliaria que posee con un socio francés, y la mitad del año lo pasa en París. Tony fue un tercer hijo muy tardío, y al parecer recibió sólo los restos de una genética que conoció tiempos mejores.

Gracias a su alianza con los Ghorayeb, muy ricos pero menos significativos políticamente, los Asmar son los dueños de estas montañas y de quienes las habitan, y cuentan con una clientela electoral tan venal como dócil y fanática, lo que acrecienta su fortuna e influencia, prolongándolas a lo largo del tiempo y proyectándolas hacia el futuro.

No resulta extraño que el añejo edificio de la iglesia principal esté hoy desierto. La apesadumbrada multitud que ha acudido a la ceremonia dirige la proa de su fe hacia la casona en donde se asienta el poder terrenal. Tiempo habrá de reparar los parterres eclesiales que ahora unos y otros pisotean, transidos de duelo y al borde de la histeria. Llorosa e indignada, la afligida masa sólo tiene ojos para la mansión de los Asmar.

En la plaza y callejuelas adyacentes, atestadas también de fieles, árboles y farolas soportan el peso de monumentales retratos del muerto. Sonríe Tony Asmar, dignificado por un halo seráfico de laboratorio al que sólo le falla el copyright. Made in Lebanon. Carteles y pancartas: ese subproducto de la potente industria segregada por el atentado político libanes. Los lemas que acompañan el despliegue exigen lo de siempre, verdad y justicia. No falta tampoco la palabra mártir, que a Diana Dial le produce náuseas. Porque para mártires, los vivos. Y unos, mucho más que otros.

—Cuánto cuento —comenta la ex reportera, agarrándose al brazo de Georges.

Un repentino movimiento de la muchedumbre les empuja hacia el interior del túnel.

—Por todos los infiernos, no se te ocurra perderme —farfulla Diana, medio asfixiada entre carnes sudorosas y perfumes de mujer a cuál más abrasivo.

Voy a echar la pota, piensa, porque hasta allí llega, además, procedente de la capilla, un fuerte tufo a incienso y a flores. Un hedor nauseabundo que le devuelve el recuerdo de sus precoces desmayos en las iglesias de su niñez.

—Aquí hasta el más tonto se convierte en mártir —comenta en español, porque no le apetece que la linchen.

Otra sacudida del personal y Diana Dial pierde el equilibrio y a Georges. Propulsada por el empellón de los más impacientes, desemboca a trompicones en un gran zaguán bordeado de columnas rematadas por arcos que le confieren, junto con las banderas y pendones que ornan las paredes, un aire de salón medieval. Al fondo de la pieza, previa a la capilla que custodia el féretro, en pie delante de una hilera de sillería antigua de madera labrada y tapicería de terciopelo granate, se encuentran los deudos, recibiendo condolencias.

Apenas un par de metros separan a Diana de los representantes de las familias Asmar y Ghorayeb, que incluyen a un sacerdote barbudo y a un par de sofocadas monjas.

Observa, en primer lugar, velozmente y de rostro en rostro, las diferentes escalas de compunción que ofrecen los anfitriones. Intenta detectar otra característica libanesa, propia de los funerales de élite, el mal disimulado rechazo a la efusividad de los extraños, ese apenas encubierto desdén hacia las emociones de los inferiores, un menosprecio que imperceptiblemente hace encajar mandíbulas. La rigidez sólo se rompe cuando el que abraza o besuquea es alguien a quien se considera un igual, o alguien que es más y al que se deben favores, o que puede ser fuente de mercedes. Una mano que aprieta los párpados, tomada por un intento de alivio de la pena insoportable, oculta, a menudo, algo más simple: agotamiento, irritación, fastidio.

La mirada de la periodista se detiene en Cora Asmar, y casi emite un silbido de admiración. Sostenida —¿o aprisionada?— por las mujeres del clan, la joven se acopla en su atavío a una viuda de película de Hollywood de los años cincuenta. Traje de chaqueta negro y ceñido, abotonado hasta el cuello, y la roja melena —de un rojo que disolvería cualquier luto— convenientemente enfundada en un casquete de terciopelo negro, del que surge un corto velo de tul. Tras la telilla, los ojos de felino hambriento parecen insondables; la boca carnosa, al aire y sin pintar, se cierra con determinación.

Ya segura de sí misma, tras recuperar el equilibrio, la ex reportera se acerca a la viuda con la intención de abrazarla tal como las circunstancias requieren y preguntándose si, en esta ocasión, la otra le frotará el vientre con su felpudo.

Cora atiende los pésames como una sonámbula, sin moverse, rígida, indiferente a los brazos de las tres mujeres Ghorayeb —la matriarca, Yumana y dos nueras— que la cercan, sujetan y encarcelan, de eso ya no le cabe a Diana la menor duda cuando se acerca. Las tres damas emiten señales de haber sido gravemente ofendidas, pero la ex reportera no puede asegurar que la muerte de Tony sea la causa de este obvio resentimiento, al que el infame trío de labios inflados de colágeno despoja de toda autoridad. Dos generaciones, Yumana, de setenta y muchos años, con su aspecto de sapo anoréxico, y las cuarentonas Aliñe y Sylvie, unidas por lazos de sangre y por la voluntad de un mismo cirujano en el limbo de las recauchutadas.

Cenicienta Cora produce entonces un quejido y un movimiento extraños. Dial cree que va a desmayarse, y se sorprende rogándole en silencio que no lo haga, que se mantenga firme. Aguanta, chica, esas zorras no te merecen. Ah, no, respira Diana de inmediato, no es un desvanecimiento, sino un pequeño retroceso que le sirve a la viuda para tomar impulso, forcejear corto y rápido con las otras, zafarse de su triple abrazo como una criatura arrancada por fórceps de un seno tóxico. Se adelanta Cora hacia ella, se encoge para facilitar el abrazo, y Dial la siente desvalida y huérfana.

La viuda se aparta, y se levanta el velo. Sus ojos secos se clavan en Diana con desesperación.

Los asistentes de las primeras filas dejan de murmurar y lloriquear, y su silencio se contagia como un rumor o como una calumnia a los espectadores —¿qué otra cosa son?— de atrás, y poco a poco el silencio y el rumor y tal vez la calumnia llegan a la plaza, en donde la gente también enmudece.

Pero Cora no ha hecho nada indecoroso, nada que la tradición maronita pueda reprochar. Se ha levantado el velo, cierto, y ha musitado algo, algo que sólo Diana ha podido entender.

—Ayúdame —ha dicho en castellano, apenas un susurro—. No me dejes.

Vuelve a poner el velo en su sitio y recupera su lugar de presa en la planta femenina carnívora.

Se rompen el hechizo y el silencio.



Miércoles, 30 de septiembre de 2009

Diana no da un paso sin Georges, ni siquiera cuando va a correr por la Corniche. El chófer la conduce hasta el punto de partida y la recoge en el de llegada, porque nada le agrada menos a la ex periodista que ir y volver. En ningún aspecto de su vida. Hoy, sin embargo, el hombre la acompaña a pie, en calidad de amigo, amén de conseguidor y guardaespaldas. «Un metro ochenta y noventa kilos de buena musculatura tiene mi sanbernardo», suele comentarle Diana a Joy, cuando se pone tiernamente irónica.

La catedral de Saint-Georges ha sido acordonada y tomada por fuerzas de seguridad de distinto pelaje y esbirros del Partido de la Patria. Se levanta en el centro político y turístico de la ciudad, dentro del perímetro de las construcciones de gran lujo erigidas a lo largo de los últimos veinte años. La guerra civil redujo parte de su fachada a cascotes, pero fue restaurada y sigue sirviendo para lo de siempre: bodas, bautizos y ceremonias políticas, lo que incluye honras fúnebres por los proceres del maronitismo asesinados y la puntual celebración de aniversarios mortuorios.

La autopista y las calles y avenidas que conducen al centro han sido cortadas al tráfico por las autoridades, resguardando una superficie urbana del tamaño de un estadio de fútbol. Diversos tipos de policía ataviados con variopintos uniformes —diseñados todos para subrayar la fiereza y marcialidad del portador— controlan las barreras. En las esquinas, voluntarios del partido al que pertenece la familia Asmar vigilan con sus aparatos de transmisión, las gafas oscuras de rigor y riñoneras al cinto.

Diana y Georges se han acercado andando, porque la mujer vive a sólo veinte minutos del templo. Al pasar bajo los árboles de la calle Damasco se ha detenido un momento a respirar su aroma, y Georges la ha secundado, respetuoso. La mujer viajó a Beirut no pocas veces, como reportera, durante los últimos cinco años de la guerra, y en todo aquel tiempo esta zona, destruida con saña por los contendientes, constituyó una barrera de estúpida muerte y ruinas a la que sólo pudo acercarse reptando con milicianos y francotiradores. Le gusta sentirse en pie aquí, bajo los laureles de ludias, y otear, frente a ella, la explanada en donde antes estuvo la plaza de los Mártires, hoy convenida en un área multiusos en donde la estatua de los susodichos parece un desastre estético más. Al fondo, el mar y las instalaciones portuarias y, más lejos aún, los montes color lavanda que bordean Líbano de norte a sur y que, por el este, salpicados de valles y creencias religiosas diversas, separan el país de la vecina Siria.

Diana cree que Georges le ha preparado un sitio en primera fila, ante el escenario con cabina de cristal antibalas listo para que hablen los líderes después de la ceremonia. No obstante, no puede estar segura. El hombre adora sorprenderla con pruebas inéditas de su especialidad profesional, que consiste en conocer a todo el mundo. En esta ocasión logra impresionarla de verdad. En otras, Dial lo finge. Es como hacer el amor o recibir un masaje: si jaleas al otro, te trata mucho mejor.

—Tu aparato fotográfico —le preguntó anoche—, ¿tiene un buen teleobjetivo?

—¿Mi Nikon? —ella, prepotente—. ¡Un 18-200 milímetros, saca hasta los pelos de las narices!

—Pues tráela, porque he conseguido algo... Prefiero no contártelo aún... Un amigo mío... Un tipo importante...

Georges tiene tantos amigos importantes, o eso dice, que si se pusieran en fila llegarían hasta Tiro. Lo cierto es que lo mismo le consigue la prolongación del visado que un pase para una discoteca selecta en viernes por la noche.

Esta mañana ha llegado inflado como un buñuelo, y Diana ha deducido que la gestión ha salido bien. Se ha hecho la tonta, sin embargo. Dios, cuántas veces no se habrá hecho la tonta ante un hombre, en Beirut y en cualquier otro país árabe. Es un arte que domina y le proporciona buenos resultados.

Bajan lentamente por la calle Damasco —una riada de simpatizantes empieza a circular por los alrededores— y atraviesan la avenida de Fouad Chebab por debajo del puente, ese puente donde, en los días normales, obreros en busca de trabajo esperan a que llegue alguien que se los lleve en una camioneta para ganarse la adusta paga de una jornada larga.

Ningún territorio representa mejor las obsesiones, contradicciones y tragedias de Líbano que este que fue machacado a propósito durante quince años de guerra. Diana Dial se da cuenta de que recorre el territorio como si se despidiera de él. Tiene razón Joy, ella nunca se va cuando caen bombas, ni cuando se topa con un caso interesante. Sabe la ex reportera, sin embargo, que estos dos años beirutíes se cierran a su espalda para siempre. E inevitablemente siente la nostalgia que le producirá, en el futuro, tropezar con una persona o abrir un mapa o ver un informe del tiempo en la televisión; cualquier nadería le devolverá los aromas y pasiones de los días aquí transcurridos.

A su derecha, la catedral armenia. A la izquierda, las ruinas de una pequeña iglesia cristiana y las hoy legendarias entrañas metálicas del que fue primer gran centro comercial de la ciudad, una víctima del conflicto que se resiste a desaparecer. Un poco más adelante, siempre a la izquierda, la catedral maronita y, entre la mezquita de Amin y unas vallas que anuncian la construcción, en ese mismo lugar, de una urbanización de ensueño, la enorme tienda-tumba dedicada al mártir más importante del país, Rafik el-Hariri, el tipo mitad libanés, mitad saudí, que desterró para siempre de Líbano los pocos escrúpulos que quedaron respecto al dinero después de la guerra civil.

Dentro de esa especie de carpa circense, flores frescas, retratos secos y luces de neón reciben a peregrinos y turistas. Los últimos creen que se trata de una sepultura provisional. Ja, piensa Diana. Nada es provisional en Líbano. Todo se enquista, se pudre y sobrevive, enturbiando el aire con sus permanentes efluvios. Cuando menos lo esperas, una pestilencia se sobrepone a las otras. Pero nada desaparece.

Paralela a la catedral, en el lado izquierdo de la explanada, se encuentra Saifi, la elegante urbanización reconstruida, corregida y aumentada para millonarios autóctonos de tendencias orientalistas. Desde cualquier balcón o ventana de las relamidas lachadas que dan a esta parle, un rico libanés puede contemplar el panorama antes descrito: iglesias, mezquita, tumba, aparcamientos, unos baños romanos, el edificio Virgin, las ruinas, los nuevos edificios de acero, bloques prefabricados y cristal. ¿A los habitantes de Saifi les perturba este paisaje inacabado, erigido sobre un subsuelo erizado de agravios? Día y noche, vigilantes privados controlan los accesos a este barrio. Tony y Cora Asmar hicieron de uno de los apartamentos de lujo su nido de recién casados.

Diana siente ahogo y no es por la multitud que se va reuniendo, tanto a la puerta de la catedral como delante del escenario, preparado junto a la mezquita, muy cerca del lugar adonde Georges la conduce. Siente asfixia por las piedras, por el asfalto, por este territorio de la desmemoria en el que, de repente, rebrota una única manifestación del recuerdo. La más infame. El rencor.

¿Es esto lo que van a conmemorar hoy? ¿El regreso del rencor?

Georges saca a Diana de sus negros pensamientos.

—Un jefe de seguridad, un hombre importante... —le explica— me ha dado el nombre de uno de los que vigilan el acto desde ahí. —Señala el techo del edificio Virgin—. Nos dejará pasar y podrás tomar fotografías. En la terraza.

Dial abre los brazos, colmada en apariencia por la noticia. En realidad lo está.

—¡Oh, Georges, eres fantástico! —le arrulla—. No hay nadie como tú.

El chófer ronronea, complacido, reafirmado en su superioridad, que posiblemente considera infravalorada en los momentos bordes de Diana, que no son pocos a lo largo del día.

Entran en Virgin por la puerta posterior. Cuando llegan a la terraza observan que, además de los tiradores de élite de rigor, se encuentran otros invitados, casi todos periodistas al servicio del partido de los Asmar.

—Vaya, los mejores sitios ya están copados —se queja Diana, en el tono que más estimula a Georges.

Catapultado por la fe en sí mismo y el convencimiento de tener una misión —dejar muy alto el pabellón de los libaneses, y el suyo propio, ante una extranjera a quien considera importante—, el hombre se precipita hacia uno de los periodistas. Tras unos minutos de intercambio de mentiras y halagos, el sitio del otro es de Diana Dial, que da las gracias, generosa pero comedidamente, no vaya a picarse ahora Georges.

Nunca antes ha contemplado Diana una manifestación de este género desde las alturas. A vista de pájaro, el gentío congregado ante la tribuna parece haber acudido a una fiesta. Agitan banderas libanesas, del partido del difunto y de otras formaciones cristianas, así como retratos de Tony Asmar y demás mártires precedentes. Más que la despedida del soso personaje que en vida fue, parece una ceremonia de recepción, como si la gente aplaudiera la reaparición del coche-bomba que ha puesto a su alcance una ocasión más para rencontrarse en los ultrajes.

Así es, en cierto modo. La producción de un nuevo mártir les proporciona la oportunidad de vitorear hasta quedarse afónicos, de excitarse con las consignas, de mostrarse prepotentes e invencibles, unidos y mejores. Cada bando posee, en Líbano, su territorio de agitación, lo cual no supone que se priven de realizar incursiones, pacíficas o no, en terreno ajeno. Pero esta zona pertenece a los cristianos fieles al viejo país y a los musulmanes suníes —que cuentan con el dinero saudí, la bendición de la Unión Europea y de Estados Unidos— con quienes se han aliado para sobrevivir, ahora que ya no constituyen la minoría dominante.

—¡Ya vienen! —En la terraza crece la animación.

Diana consulta la hora en su teléfono y se dice que el funeral debe de haber finalizado.

Enfoca el objetivo, justo a tiempo para capturar el cortejo fúnebre que desciende desde la catedral hacia la tribuna. Encabezan la comitiva los hombres: Samir y su hermano Elie. Siguen las tres mujeres, tirando de la viuda, que parece resistírseles. Diana fuerza el télex hasta su máxima potencia y tiene la sensación de hallarse enfrente de Cora Asmar, aunque ahora es la periodista quien domina. Como en cada ocasión en que Diana ha enfocado un rostro con su télex desde una distancia considerable, piensa en lo fácil que le sería disparar una bala en la frente... si la cámara fuera un rifle de alta precisión. Omnipotencia, eso es lo que producen los télex poderosos. De ahí que tantos reporteros gráficos crean que una mera cámara les defiende, de ahí que tantos mueran en el terreno.

La viuda oculta medio rostro tras unas gafas muy grandes, muy negras —bendito télex: son de Gucci— y mantiene los labios apretados, la mandíbula rígida. ¿Dónde he visto esa misma expresión? Es el modelo viuda Kennedy, se dice Dial con sorna, y en seguida se arrepiente. Cora merece su compasión. No es en absoluto agradable la existencia que le aguarda, custodiando la memoria de su marido y vigilada por las temibles hembras de la familia. Eso en el mejor de los casos. «Ayúdame», le suplicó ayer.

Pero la punzada sigue ahí. En su estómago. Diana siente que se agudiza al divisar, hacia la mitad del cortejo, a Salvador Matas, totalmente de negro, y al embajador de España, que maneja su obesidad con imponente adecuación a las circunstancias y parece un pavo hinchado, con sus mofletes enrojecidos por la frecuencia con que cata los buenos vinos españoles de su bodega.

Empiezan los discursos. En Europa ya no quedan malvados como éstos, piensa Diana, observando a los políticos reunidos para el acto. En Europa tenemos estafadores, marrulleros, despiadados también, pero mediocres todos. Hasta los políticos bienintencionados lo son. Aquí, entre estos proceres en cuya boca anidan cuantas palabras lustrosas resultan convenientes para resaltar su patriotismo, lealtad, piedad e indignación, se da un alto porcentaje de malos en estado puro, malos como los de antes. Porque en Líbano, ni éstos ni sus oponentes poseen más espejos que aquellos que les devuelven la imagen de sí mismos que desean ver. Nunca han experimentado el menor interés por ponerse al día, salvo en tecnologías, y sólo para hacerse más ricos o para alardear. Las naciones occidentales, a cuyos pechos se amamantan, los entretienen con adulaciones y visitas, aparte de material militar y asesoramiento, para que el país permanezca a su disposición, pero los desprecian. Ninguno de ellos casaría a su primogénito con una de sus herederas.

Los parlamentos se suceden sin interés. Diana no se aburre. En su cámara quedan impresos una sucesión de rostros que revisitará en el futuro, cuando la nostalgia la acometa a traición y deba combatirla con un baño de realismo.

Finalizado el acto, la explanada de los Mártires se vacía con rapidez, como si cada uno descubriera públicamente, y a nadie le importara, que ha asistido al acto por compromiso. La eterna doble moral libanesa. La ambigüedad. El recinto se ha transformado en un vertedero. Los acólitos dejan atrás una alfombra de botellas de plástico vacías, latas de refrescos, bolsas de golosinas, mástiles de banderas rotos, retratos pisoteados. Y las vallas, abandonadas por los encargados de la seguridad, se cruzan en el camino de los viandantes, caídas o torcidas. Porquería. Porquería y desmemoria. Pese a las sentidas y muy anheladas conmemoraciones.

Georges acepta la invitación de Diana para tomar una cerveza en el cercano Grand Café. Charlan de política, para variar. Media hora después la deja para ir a almorzar con su familia en un merendero de Yunieh. A solas, mientras fuma un narguile, la detective aficionada se dispone a ordenar sus pensamientos, pero algo se lo impide.

Salvador Matas.

Se ha quitado la chaqueta y lleva la camisa, también negra, por fuera del pantalón. El cuello, desabrochado, muestra el escaso vello del inicio de su pecho y su inseparable talismán, una cuenta de jade en forma de lágrima invertida que pende de una fina cadena de plata. Las mangas, arremangadas, le recuerdan a Diana lo mucho que le gustan sus antebrazos.

—¿Puedo acompañarte? —Señala la silla que ha ocupado Georges.

Con melancólica indefensión, Diana Dial asiente.

—No te he visto en la catedral —comenta Salva, después de pedir una Almaza de barril—. Aunque estaba convencido de que, de una forma u otra, habrías asistido al funeral y de que te encontraría aquí.

Salva lo sabe todo de ella, y eso la irrita a menudo. Sabe que, a partir de mediodía, es incapaz de resistir la llamada de un buen narguile, y los de Abu Hassan son los mejores de la ciudad. Conoce los cafés que frecuenta, su vida, sus andanzas, primero como periodista y, después, como detective. Está al corriente de sus experiencias amorosas y de sus desencuentros. Se lo ha contado todo ella, a cambio de la conversación ingeniosa del hombre, una charla en la que nunca se involucra personalmente, a cambio de su amistad, de su compañía. Ahora Diana se mantiene en silencio, enfurruñada por la idea de que Cora Asmar ocupe aún más la atención de Salva desde que porta su diadema de viuda lastimera, sustituyendo la dudosa tiara de personaje-estrella de Mondanité y, antes aún, el halo de luces artificiosas de las noches del Beirut que la coronó como reina.

Salva, el irónico Salva, ¿sensible a las coronas de espinas?

—Un funeral de primera —dice Matas.

—Cierto —acola Diana, sarcástica—. No ha faltado ni un solo hijo de puta de la cristiandad. Asesinos, mafiosos, malvados de los que ya no se fabrican. Si yo hubiera sido la viuda habría vomitado ante el altar.

El hombre cruza sus largas piernas a un lado de la mesa y casi se lleva por delante el narguile de Dial. Abu Hassan, que no tiene derecho a llamarse así —padre de Hassan— pues carece de heredero varón, su prole son las cinco hijas que le han dado sus tres esposas, se apresura a traer nuevas brasas. Les cuenta que se siente feliz porque la cuarta mujer, con la que se casa en pocos días, le va a dar el varón que, sin duda, él es capaz de engendrar.

La pareja se queda un momento en silencio.

—A mi entender —empieza Salva—, aunque sé que no coincides conmigo, ni el peor de los malos de aquí resistiría un encuentro en una calle de Nueva Jersey con el más insignificante de los Soprano.

Diana sonríe, acida:

—Eso tiene gracia como boutade, pero como opinión no se sostiene. En la tribuna había gente que ha ordenado asesinar a familias enteras mientras dormían. Niños incluidos.

—Como quieras. Reconoce, no obstante, que sin esos canallas este país resultaría mucho menos interesante para nosotros. Incluso ese pequeño detalle, que la gente resulte tan fácil de matar, no deja de ser un aliciente más para permanecer aquí, para sentirnos vivos.

—¿No te importan los seres humanos? ¿Ni la política? —le sigue el juego con fingida incredulidad, consciente de que Salva es capaz de discutir de los asuntos de Líbano hasta el amanecer.

—No tanto como la posibilidad de disfrutar de las ventajas que ofrece la amoralidad del entorno. Por no hablar de lo barato que resulta vivir aquí a buen tren si se cobra en euros.

—Para eso deberías mudarte a Egipto. Está muy bien de precio para nosotros.

—¿Acaso tú te vas allí para ahorrar? Hum, no cuadra con tu carácter. Aunque muy consumista no eres.

Diana Dial tuerce el gesto y cambia de tercio. No le apetece hablar de su aplazada partida. No quiere que el hombre deje en suspenso el futuro de su amistad. Porque eso es lo que hace en cada ocasión en que Diana habla de su marcha y, por alusiones, del futuro de esta especie de relación. Salva cierra aún más sus ventanas.

Lo cierto es que no va a irse sin investigar lo de Asmar. Carece de sentido hablar de ello con un Salvador Matas que la observa con sus grandes ojos oscuros y burlones y una media sonrisa en sus mullidos labios.

—¿A qué has venido? —pregunta, todavía adusta. El hombre se incorpora. Coloca su mano derecha sobre la izquierda de Diana, un gesto que realiza cuando entre los dos se perfila un malentendido.

—A verte. A comentar.

—Eso es lo que hacemos siempre. Comentar. Discutir.

Súbitamente, Salva plantea un interrogante que es también un reproche y para el que Dial no está preparada:

—¿Por qué no te gusta Cora?

Se siente pillada en falta y una delgada sensación de pánico —de miedo a perder el respeto del arabista— se instala bajo su piel. Como es normal en ella, reacciona con acidez.

—Cualquier mujer sale huyendo en cuanto la ve. Es demasiado...

—¿Lujuriosa? —insinúa el otro.

No está dispuesta a aceptar un adjetivo que, más que desacreditar a la joven, la revela digna de deferencia.

—Lo siento, querido —vuelve a sonreír—, no voy por ahí. Demasiado invasora, demasiado agresiva, demasiado egoísta, demasiado competitiva, demasiado misógina, demasiado...

—Guapa.

—Uf, me rindo. —Ahora es ella quien coloca su mano sobre la de él—. Tiene mala suerte, Salva, ¿es que no lo ves?

—Es demasiado pronto para lanzar un juicio tan implacable. —El otro la mira con severidad—. Eso no se sabe hasta que ha pasado casi toda una vida. ¿O es que tú tenías suerte a su edad?

Herida, Diana reprime su respuesta: «Al menos, no llamaba a la mala fortuna.»

—¿Te ha mandado ella? —se interesa.

—¿Adónde? ¿Aquí? ¡Estás loca!

—No ha sido necesario, veo —corrige Diana—. Vienes, por tu propio impulso, a defender su causa.

—Tu inseguridad resultaría conmovedora si tuvieras veinte años. Aunque debo decirte que lo que más me choca de ti, conociendo tu inteligencia, es tu capacidad para ponerte burra.

Le arrebata la pipa del narguile y da una calada, mirándola con beatitud. Diana se relaja y suscribe también la tregua.

Bajo los toldos de la terraza, el sol les llega como aire dorado, y las perfectas proporciones de la mezquita de Omar, enfrente, resplandecen como bañadas en un metal precioso. Aparcado delante del café, un Ferrari rojo añade una nota estridente pero no discordante, perfectamente a juego con la cabina de acero y cristal que alberga el ascensor que conduce al aparcamiento subterráneo contiguo, en el que suelen morar automóviles oficiales del vecino Ayuntamiento y del no menos cercano Parlamento.

El conductor del Ferrari y su copiloto, ambos jóvenes armados con celulares de última moda, contemplan el vehículo con una mezcla de ansiedad y orgullo, sólo interrumpidos por breves conversaciones telefónicas durante las cuales, precisamente, comunican a sus amistades el estado actual del Ferrari.

—Lo deben de haber comprado hoy —comenta Salva—. ¿Te has fijado en que, cuando el uno se distrae hablando por teléfono sobre el auto, el otro vigila con doble precaución, no sea que se lo roben?

—Te equivocas. Están controlando que ningún camarero lo toque con sus dedos de siervo. —Diana se echa a reír, ya liberada de suspicacias—. Dime, ¿qué va a hacer Cenicienta para liberarse de su madrastra y de las dos brujas que le han tocado por cuñadas?

Salva se encoge de hombros.

—Amiga mía, buena pregunta.

—Parece que tu Cora cree que puedo ayudar a responderla. —Tras la reconciliación, Diana se siente generosa—. Sabrás que ayer, en Beit Tum, me pidió ayuda.

Al fin y al cabo, lo que ella tiene de Salva, su complicidad, su respeto, es algo que nadie, ni la viuda, puede arrebatarle.

—Deberías ponerte de su lado. Eres muy fina atando cabos y conoces a gente importante en esta ciudad. Pero no seré yo quien te aconseje.

Diana calla. Esa es la forma de presión que no toleraría en ningún otro. No quiere ponerse, ¿cómo ha dicho Salva? Burra. No quiere ponerse burra pero no renuncia a guardarse sus cartas para emplearlas cuando las necesite.

—No resulta fácil sacar a una simple mujer, y además extranjera, de la trampa de una familia tradicional libanesa. ¿Ha hablado con nuestro embajador?

Matas niega con la cabeza

—Ramiro era íntimo del difunto y es un meapilas. —Hace una pausa—. Hay algo peor.

—¿Peor que quedarse viuda después de un año, sola y en medio de un clan más cerrado que el tercer sobre de Fátima?

—Peor, Diana. Cora está embarazada. El pasado fin de semana se internó en la clínica de un amigo para seguir una cura de belleza y, de paso, se hizo las pruebas. Ella ya lo intuía pero quiso cerciorarse antes de contárselo a su marido. El atentado impidió que lo hiciera.

Pues eso sí que va a resultar un problema serio, piensa Dial.

—¿Quién más está al corriente?

—Por el médico no hay que preocuparse. Secreto profesional. Y la adora.

—Qué raro —ironiza—, tratándose de un hombre. ¿Alguien más?

—Yo. Y tú, claro, ahora. ¿Comemos juntos? ¿Aquí o quieres pescado?

En el taxi que les conduce a Le Pécheur, Diana se da cuenta de que tiene el móvil desconectado desde antes de que empezara la ceremonia.

Dos llamadas perdidas. Una del embajador de España y otra de Cora Asmar.



Jueves, 1 de octubre de 2009

Guiada por una doncella africana que tiene los ojos hinchados por el llanto. —Cuánta abnegación hacia el amo, se dice Diana—, la periodista entra en el dormitorio de Cora Asmar.

La viuda desviste de negro. Es decir, recibe a Diana luciendo un camisón minimalista de satén negro que muestra el inicio desafiante de sus pechos y realza su cuerpo fibroso y su piel de porcelana. Un salto de cama largo de muselina del mismo color, con mangas abullonadas y cerradas en los puños, abotonado hasta el cuello y completamente transparente, obra el milagro de recordar vagamente para la ocasión que la dama está de luto. Eso y sus ojos ansiosos, que brillan entre la roja cabellera desordenada, confiriéndole un ligero aire atemorizador, un toque de medusa.

Diana Dial siente la punzada de aviso en el centro de su estómago, como si con los copos de avena del desayuno se hubiera tragado un guijarro. Ignora si lo que Joy llama su presentimiento se presenta porque detesta la naturaleza de calientapollas —de calienta-todo—, que Cora exhibe como si fuera una divisa marcada al hierro en su frente, o si, por el contrario, sus sentimientos hacia ella están cambiando, y el patetismo de sus ojos felinos, junto con el recuerdo de su petición de ayer —«Ayúdame»— la inducen a protegerla, maldita sea, y de ahí la punzada. Puede que sólo sea desprecio por su propia blandura.

Si fuera tan poco fiable como mi estómago pretende, recapacita Dial, no me recibiría vestida de putón de Belle Époque. Es muy probable que Cora Asmar sea la primera vampiresa ingenua con quien la detective tropieza en la vida real y, si es así, Diana tendrá que aceptar todo el lote. Que se casó por amor, que las mujeres de la familia de su marido son unas brujas que van a por ella y que Cora sólo desea proteger al hijo de sus entrañas de las garras de una monstruosa estirpe. Demasiado mazapán con el que atragantarse en una soleada mañana de principios de octubre. Diana Dial preferiría hallarse en la playa.

Anoche, después de sopesar si debía responder o no a la llamada perdida de Ramiro de la Vara, contactó con la viuda. A Diana no le gustan los embajadores, de España o de cualquier oda parte, y aún más le desagrada que De la Vara ostente respecto a ella esa actitud de hombre soltero de lujo, listo para ofrecerse en bandeja a la española madura —así la llamó en cierta ocasión: madurita picante— más interesante de Beirut. Tiene De la Vara la fea costumbre de sentarse a su lado en los actos públicos o festejos diplomáticos, y en esas ocasiones le propina golpecitos cómplices en el hombro o la espalda, dando a entender que entre ellos existe algo íntimo. Diana se eriza en tales circunstancias y echa venablos por la boca, pero eso todavía es peor, porque los complacidos y chismosos miembros de la tribu hispana achacan sus arranques de ira a un malentendido entre enamorados otoñales. Sólo al pensar en los comentarios que los otros deben de hacer a sus espaldas le entran náuseas, por lo que siempre que puede opta por la salida más fácil: huir del embajador.

Abandona el grimoso recuerdo del diplomático y observa que la viuda espera su respuesta a algo que acaba de decirle.

—¿Qué?

—Si quieres café o té, y de qué clase.

La viuda la ha recibido en su dormitorio, que es una gran sala redonda con cuatro arcos. Sólo uno tiene puerta; los otros tres comunican sin obstáculos con el baño, el vestidor y un coquetón gimnasio que Diana envidia de inmediato. Delante de la cama, un televisor de plasma de todas las pulgadas, que bien podría ser utilizado como biombo.

Mientras otra africana les sirve café —ésta no tiene los ojos hinchados—, la periodista aprovecha para lanzar una ojeada al entorno. La cama es redonda y enorme, y está cubierta por una colcha de raso blanco, a juego con el tapizado de los muebles y de los cojines.

Se han sentado para charlar bajo las ventanas gemelas que dan a la calle, de la que no llega sonido alguno. Los Asmar adquirieron este dúplex en Saifi para tenerlo como su domicilio principal en Beirut, y Saifi es una carísima urbanización de juguete creada en el centro de la ciudad, en torno a viejas casas del llamado «estilo libanés», medio destrozadas por la guerra y reconstruidas después con esmero. Siguiendo su modelo se han agrupado edificios bajos y profusamente dotados con todos los artificios que requiere el rococó entre orientalista y provinciano que, en ciertas zonas, sustituye a la ciudad anterior a la guerra: ventanas ojivales, cristales policromos, marquesinas forradas de tejas, alerones esculpidos que parecen de escayola pintada de amarillo y puertas y barandas de hierro repujado.

Diana se dice que sólo por esa casa en ese lugar ya merece la viuda el disgusto que a ella le provoca.

Y entonces, como un eco de sus pensamientos, o de la pregunta que Salva le hizo la tarde anterior, Cora Asmar frunce las cejas y le espeta:

—¿Por qué le caigo tan mal?

Empieza fuerte, la otra. Diana Dial se encoge de hombros.

—Por muchas razones. Te seré sincera. Me desagrada la forma en que usas tu belleza. ¿Tienes idea de lo ofensiva que resultas?

—Ah, me alegra que seas tan directa. Al menos, las cosas claras.

Se levanta y va a por un kleenex que tiene en una mesilla de noche, en una de esas cajas de plata fabricadas especialmente para que los ricos horteras vayan sacando pañuelos de papel como si fueran lenguas muertas. Podría ser peor: podría ser de oro.

Con el pañuelo en la mano se vuelve teatralmente hacia ella:

—¿Cómo querías que te recibiera? ¿Con el pelo cubierto de ceniza y un camisón de franela? ¿Llorando? —Y se lleva el kleenex a las pestañas, burlona.

Se planta delante de ella y abre los brazos. Puro drama impostado. Demasiado impostado para no ser cierto. Pues Cora debe de saber por Matas que Diana no es tonta, y que un numerito así sólo se lo tragará si la intuye sincera.

La vampiresa ingenua agita sus brazos largos, finos, apenas velados por el salto de cama. Los deja caer en seguida, con resignación, inclina la cabeza y se derrumba en la silla.

—¿Tienes idea de lo jodido que es, de la puta vida que tiene que llevar una que nace así de guapa?

Y se toca los pechos con un gesto flamenco que, a pesar suyo, le arranca a Diana una breve risa.

—Mírate tú —sigue la viuda—. Una mujer atractiva, no me cabe duda de que a mi edad te rondaron bastantes y de que si vives sola es porque te sale de los ovarios. Pero lo tuyo, perdóname, no es lo físico. Te quitaste, de entrada, a un ejército de imbéciles que te hubieran machacado si hubieras tenido esto, esta maldición.

Ahora se ha llevado directamente la mano al sexo, y lo ha empuñado a lo Michael Jackson en versión pubis.

—¿Te parezco ordinaria? —Cora retoma la taza de café, la apura y llena las dos tazas sirviendo de una jarra que hace juego con la caja de kleenex—. Lo soy. Estoy hasta el coño de que los hombres sólo vean en mí lo que parezco, no lo que soy. Sí, me dirás que hago lo posible para provocar. Bueno, ¿y qué? Mi físico no me permite dejar de ser lo que los otros quieren que sea.

—Eso es muy discutible. —Diana notó que su voz no sonaba convincente.

—¿Cómo lo sabes? Con una bata de supermercado y sentada detrás de una caja o entrando en un salón vestida de Marilyn Monroe: siempre es igual. Siempre los tíos. Lo supe desde muy pequeña, que era así y que así iba a ser en el futuro. También aprendí a dominarlos, claro. Hasta que surgiera uno que me quisiera por lo que tengo aquí.

Se señala el corazón.

—¿Y ése fue Asmar?

—Vio una futura esposa y madre donde los otros sólo veían tetas y coño y culo y piernas. Y era muy buena persona, mi Tony. Yo siempre soñé con recogerme, crear un hogar. Soy andaluza, bueno, al menos mi madre lo es, y la familia me tira mucho. El problema es que la mía no existe. Padre a la fuga, un padrastro que quería abusar de mí, una vida independiente y desbocada desde la adolescencia. Por suerte poseo un don para los idiomas. Aprendí varios, no hace falta ser culta para hablar lenguas. Es como conducir un coche o nadar. Con Salvador aprendí árabe en Madrid, y luego coincidí con él por estos mundos... Salva me salvó, siempre se lo digo, porque al menos me quité de encima a los catetos de mi barrio, de mi ciudad, de mi país. A los de aquí, como antes en El Cairo, me es más fácil dominarlos. Aunque eso cansa mucho, me refiero a sentirse superior, darles cuerda o atarles corto, ponerlos cachondos, hacerles perder el sentido... Yo necesito a alguien como Tony. Paciente, firme, seguro. Un marido que sea también un amigo, un padre. Un hombre al que pueda respetar, que me domine y me impida cometer locuras. Y eso, Diana, es lo que acabo de perder.

Se arruga en el asiento tapizado en blanco y Diana ve su dolor en el peso que parece abatirle los hombros. Cora levanta la cabeza y se queda mirándola largo rato, sin pestañear, permite que la mujer mayor ahonde en esos dos pozos desesperanzados.

Diana se levanta y camina por la habitación para desentumecerse y pensar a espaldas de la otra. Finge admirar en silencio los tapices y retratos que ornan paredes y repisas. Por fin, a un par de metros de distancia de la viuda y templándose las lumbares con las manos, pregunta:

—¿Qué quieres de mí?

Cora se yergue de nuevo, cruza las piernas, saca un cigarrillo de una caja a juego con el estuche de kleenex y la cafetera, lo prende con un mechero Cartier de oro y aspira una bocanada de humo.

—A Tony no lo mataron por política. Sabía demasiado, pero de su propia familia. Y quien está detrás de la bomba no es un desconocido, sino su hermano Samir, esa serpiente. Mi hijo y yo corremos un grave peligro.

—¿Cómo sabes que es un niño? ¿Tan pronto? —Diana, que sigue una lógica de acero, no puede evitar aguar con un comentario ginecológico el dramatismo con que la otra ha revestido la revelación.

—Lo sé aquí dentro. —Otro gesto flamenco, racial, palmeándose el vientre—. Porque un varón era lo que Tony quería y porque un varón es lo que yo quiero darle, y no se hable más. Esas cabronas, si se enteran, me lo quitarán. Me envenenarán despues de parir y se quedarán con mi Antoñito. En el mejor de los casos, me echarán de mi casa, de este país. Ya sabes cómo son los árabes con los críos, con los machos. Una madre extranjera no tiene ningún derecho sobre ellos.

Pensativa, Diana se acerca a una de las ventanas y contempla, desde la altura del segundo piso, la calle vacía y peatonal, los setos que la adornan, tan podados que parecen de plástico, y, un poco más lejos, una pequeña plaza de juguete, una plaza limpia y pulcra. Un niño sería feliz —al volante de un Mercedes o de un Jaguar enano— en este barrio de turrón y chocolate. Si no fuera por la mierda que habita entre sus paredes.

—¿Te suena el caso El-Bekara? —pregunta la viuda.

Dial deja de observar la calle y vuelve a sentarse frente a Cora.

—¿El-Bekara? —repite.

Mentalmente repasa las carpetas que contienen sus recortes de asuntos turbios, alineadas en una de las estanterías de su estudio. No le cuesta visualizar varios titulares, publicados meses atrás. El primero: «Descubierta una estación clandestina de telecomunicaciones en El-Bekara. Todos los indicios apuntan a Israel.»

—¿Lo de los judíos?

—Eso mismo —asiente Cora. Y añade—: No lo hicieron solos.

De inmediato, Diana recuerda otro titular: «Israel actuó con la complicidad de espías del interior.» Y otro, procedente de un periódico de izquierdas: «Políticos maronitas implicados.» No daba nombres, pero la periodista acaba de sumar dos y dos.

—¿Está metido en esto Samir?

La viuda mueve la cabeza en señal de aquiescencia.

—Hasta las cachas.

—Vaya. Qué pequeño es el mundo. —Dial compone una mueca de disgusto—. ¿Tienes pruebas? Que yo sepa, la justicia archivó el caso por falta de evidencias, Israel negó toda participación y, como suele ocurrir en Líbano, y en el mundo en general, aquí no ha pasado nada.

Cora prende otro cigarrillo.

—Tony las tenía. Mensajes electrónicos. Grabaciones. La mañana en que murió se dirigía a una reunión secreta en la que iba a poner las cartas sobre la mesa. A su hermano se le habría caído el pelo.

—¿Se disponía a acusar a su propia sangre? —Nada más pronunciar la última palabra, Dial se arrepiente. Es un comentario propio de la otra. Racial.

Herida, la viuda la mira bravamente.

—Mi marido era un patriota —defiende—. Iba a hacerlo por su país. Tony no se parecía a su familia. En cierto modo era como yo, un inadaptado. Le tenían por demasiado débil. No lo era. Bondadoso, sí. Pero muy firme. Y muy hombre en la cama.

Diana pasa por alto el último comentario. Por irrelevante, dudoso y fuera de lugar. Además, sólo de pensar en el difunto follando en ese pastelón con muelles le entran vahídos.

—¿No fue el viejo Asmar, el abuelo, el primero que tuvo tratos con Israel? —inquiere.

—Conoces bien la historia. Sí, perteneció al grupo que, ante la formación del Estado de Israel, soñó con arrebatarles tierras del sur a los musulmanes, para venderlas a los nuevos vecinos. Negocio redondo: se hacía con aliados para la causa cristiana, echaba a los enemigos de sus casas y, de paso, ingresaba más oro en sus arcas. La cosa no funcionó.

—También lo sé. Los israelíes se encontraron con que los palestinos ya les daban bastantes problemas en la tierra que habían invadido.

—Exacto. Ese fracaso no desanimó la secreta devoción que la familia siente por los judíos. Los admiran por la forma en que tratan a los palestinos, siempre han aplaudido que ocuparan el sur de este país durante veinte años. Creían que les convenía, los muy idiotas, cuando lo único que consiguieron fue darle fuerza a Hizbulá. En el 82, cuando los israelíes invadieron Líbano, Samir estuvo al lado de Bachir Gemayel, el aliado de los judíos. Sobre su conciencia cae parte de la culpa de lo que aquel verano ocurrió a su propio pueblo.

—También tú te sabes la historia familiar —observa Diana.

—Tony me lo contó todo. Detestaba ese pasado. Él no se avergonzaba de ser árabe. Cristiano por encima de todo, y también fenicio, pero árabe, e incapaz de traicionar a su país. ¿No te parece demasiada coincidencia que le mataran cuando se disponía a descubrir la traición de su hermano?

—¿Quién más está al corriente?

—Yo. Sólo yo.

—¿Y quién le facilitó las pruebas?

—Lo ignoro. Alguien desde dentro, un arrepentido, supongo. No quiso decírmelo.

—Pues ese alguien se habrá ido de la lengua. ¿Estás segura de no haberlo largado tú por ahí, sin darte cuenta? Con lo que te gusta hablar y presumir...

—Me conoces muy poco, si crees que soy capaz de jugar con la vida de los demás —corta la otra, secamente.

Diana se siente incómoda. Por un lado, le intriga la historia de El-Bekara y la supuesta participación del heredero de los Asmar en ella, y le gustaría investigarla. Sin embargo, no le apetece trabajar para alguien tan inestable y banal como Cora. Una cosa es experimentar cierta compasión por su condición actual, por su derrumbado castillo de fantasías, y otra muy distinta no sentir deseos de hacerle tragar el Cartier cada vez que enciende un cigarrillo y cruza las piernas como si cerrara la escotilla que conduce al tesoro.

Esta imbécil, se dice, se toma por una luchadora, y no es más que otra parásita, uno de esos extranjeros que se acogen a la amoralidad libanesa —como Salva observó ayer— para aprovecharse de las injusticias reinantes. Y entre las dos se interpone algo más: Salvador Matas.

—¿Qué quieres de mí? —pregunta, pese a todo.

—Contratarte para que acorrales a Samir y a sus cómplices. Inquietarle. ¡Si pudieras pillarle! En el peor de los casos, si no encuentras otras pruebas, le pondrás nervioso, puede cometer un fallo. Yo también leo novelas policíacas, aunque me gustan más las de templarios, y sé que a veces el criminal da un mal paso, si se siente acosado.

—¿Tu marido hizo copia de los documentos?

—No. Todo lo que tenía estaba en su maletín. Las pruebas ardieron con el coche. ¡Mi precioso Camaro! Fue su regalo de aniversario, por nuestro primer año como marido y mujer. Se lo llevó a Faraya ese fin de semana, para rodarlo. Necesitaba estar solo, y yo aproveché para hacerme la prueba del embarazo en la clínica de Marwan Haddad, un buen amigo. Él fue quien me dio la noticia. Me tuvo que sacar del sueño inducido.

—¿Qué sueño? ¿Necesitaste un fin de semana para una simple prueba?

La viuda sonríe, algo coqueta.

—No es una clínica normal, sino de estética. Tienen ginecólogos también, porque recosen hímenes. Así que comprobaron mi embarazo y, ya que estaba allí, me hice unas cositas en el cutis. Nada de cirugía, no estoy loca. Un tratamiento nuevo. Y dormí. Siempre he dormido poco y mal, de modo que Marwan me indujo un sueño benefactor. ¡Cómo querría que lo hiciera ahora! Ni el fitness nilos masajes que me da Tariq, mi entrenador físico, antes de acostarme —le indica el gimnasio con la barbilla— me facilitan el sueño. Mira qué carita se me ha puesto.

Alza su rostro limpio de maquillaje, deslumbrante de belleza a la cruda luz del mediodía.

A Dial le entran ganas de estrangularla.

—Sin pruebas no podrás actuar contra Samir —afirma.

—Bastará con que crea que alguien las tiene: ésa es tu misión. Ponerle sobre aviso para que acabe confesando que mató a mi Tony.

—Se dice que tu marido estaba en la ruina —insinúa Diana.

—¡Falso! —exclama la viuda—. Tenía problemas de liquidez, sólo eso. Las propiedades están intactas, y sus amigos iban a sacarle de apuros. Este piso y la casa de Faraya son nuestros.

—Vaya. Me alegro por ti. —Diana se levanta y le tiende la mano, marcando distancia entre las dos—. No puedes contratarme. Carezco de licencia y, además, no suelo cobrar. Sólo investigo cuando me interesa y para quien me apetece. Y éste no es el caso.

—¿Qué quieres decir?

—Poseo mis propias fuentes de ingresos y puedo permitirme esta afición. Elijo a mis clientes y cambio de caballo si, a mitad de carrera, deja de gustarme. Así de claro.

—¿Entonces?

—¿Cómo se sale de aquí? —Tanto dormitorio y tanto tocador y tanto cojín de raso le producen a Diana una repentina desazón.

Cora pulsa un botón y poco después reaparece la doncella que la trajo hasta aquí.

—Mujer, no he querido ofenderte... —dice Cora—. ¿Aceptas?

Dial camina ya airosamente por el pasillo, precedida por la criada.

—¡Hazlo por mi niño! —suplica la viuda.

—Veré qué puedo hacer —responde Diana sin volverse.

No por ti, se dice. ¿Por quién?

En el vestíbulo, la sirvienta abre la puerta que da directamente al ascensor. Grandes lagrimones ruedan por sus mejillas de oscuro satín, ya sin disimulo.

Diana piensa que ha sido una idiota. Todo el rato, su cliente potencial ha estado allí.

—¿Cómo te llamas? —quiere saber.

—Ellos me llaman Marie, señora. Mi verdadero nombre, en la lengua de mi pueblo, es Neguezt.

Neguezt no llora por Tony Asmar.

—¿Y ellas? ¿Cómo se llamaban? Erais amigas, ¿verdad?

—Sí, señora. Muy buenas, muy buenas. No merecían morir así. No merecían morir.

Reventadas porque un señorito metomentodo quiere convertirse en héroe de la patria, piensa Dial.

—¿Cómo se llamaban? —insiste.

Neguezt le aprieta la mano.

—En nuestra lengua, Setota, que significa regalo, e Iennku, que quiere decir diamante. Para los señores eran Suzi y Leni. Usted no las olvidará, ¿verdad, señora?

Diana la abraza. Antes de partir se entera de que Neguezt significa princesa.

Nunca el tráfico de Beirut le ha parecido a Diana tan estimulante como hoy, tan tranquilizador. Camina hacia la calle Gouraud, dejando atrás Saifi, esa urbanización para duendes de lujo. Entre ella y el otro lado —en el que se sentirá a salvo— se interpone un nodulo de confusión en forma de tráfico infernal y alambicado. Hiende la avenida un paso subterráneo del que surge una interminable lombriz de vehículos comatosos. Jacarandas que eclosionan su otoño entre los gases de los tubos de escape. Bocinazos, griterío, músicas que escapan por las ventanillas. Niños palestinos o gitanos que aprovechan el embotellamiento para pedir limosna. Una gasolinera que no cierra en toda la noche y expende cigarrillos y licores de contrabando. Taxis de lujo que esperan al turista, cerca de un Chez Paul cuya terraza acoge a los pijos locales, que toman su aperitivo en mitad del estruendo, mientras el valet se apresura a aparcar, embistiendo la acera, un Porsche amarillo o un aparatoso jeep Cherokee, lo más protector para esposas que tienen la costumbre de conducir mientras se retocan el esmalte de las uñas y hablan por teléfono sin el manos libres puesto.

La carrera de obstáculos estimula a Diana, le calienta la sangre. A sus espaldas, en su turbia laguna, queda la sirena viuda.

Piensa en Neguezt. «Estamos aquí, aunque nos quieren invisibles y lo consiguen casi siempre. No permita que eso vuelva a ocurrir, no para ellas», le ha dicho.

A la memoria de Dial acuden en tropel historias de sirvientas esclavizadas, vejadas y torturadas en esta pequeña y sufrida república cantada por los cronistas cursis y, en ocasiones, indiferentes al sufrimiento de los más indefensos—; historias de impune crueldad que le ha contado Joy acerca de sus compañeras filipinas; pesadillas africanas en la luminosa ciudad, que sólo muy de tanto en tanto ocupan un poco de espacio en los periódicos locales.

Aparta de su mente estos pensamientos demasiado tristes. El sol que cae en vertical inflama el galimatías urbano y cubre de gracia a Beirut, capital favorita del caos, uno de los muchos remiendos con que se camufla la injusticia.

Diana Dial respira la vida y la atmósfera impregnada de emanaciones de combustible y atraviesa el desorden, sortea vehículos de toda índole. Se encuentra a mitad del cruce cuando suena su móvil. Es Salva.

—¿Qué? —brama Dial—. ¡No te oigo! ¡Estoy en pleno tráfico, espera!

Alcanza la acera de enfrente y, adentrándose en la calle Gouraud, camina rápidamente hasta la tienda de Joseph, fabricante de sillas, uno de los pocos negocios artesanales que aún permanecen en un barrio vendido de antemano a la frivolidad de los bares nocturnos, con sus reservas étnicas iluminadas como altares. Saluda al dueño con los ojos y una mueca, él entiende la situación —pocas cosas hay en el mundo que Joseph no comprenda, a sus setenta y seis años— y le señala una silla recién acabada pero con el barniz ya seco.

—Has dejado impresionada a Cora —le comunica Salva, entre irónico y admirativo.

El arabista no ha tardado ni diez minutos en ponerse al día de lo hablado por las dos.

—Es un sentimiento mutuo —responde secamente.

Salva propone que se reúnan esta noche en el apartamento de Diana.

—Si ya cenamos anoche...

—Me refiero a compartir nuestro ritual predilecto —insiste—. Cocinar. Cotillear entre pucheros. Teresa de Ávila en versión libanesa. No tienes que comprar nada. Me presentaré en tu casa con todos los productos. ¿De qué quieres el helado?

—Sorpréndeme —su respuesta de siempre—, pero que no sea de dulce de leche.

Diana se pregunta a qué vienen tantas atenciones continuadas. Habitualmente, Matas y ella se ven una vez por semana. Es una práctica asumida. Un cine, una piscina o una cena, según la estación. Sin invadirse, sin olvidarse, llamándose poco, enviándose irónicos SMS sobre la situación o sobre un personaje concreto, dejando que se teja la amistad, o lo que sea...

¿Por qué tanta obsequiosidad por parte del hombre? Como no es tonta, responde a su propio interrogante. No soy yo. Es la viuda. Los asuntos de la pobre viuda. Pero las formas elegantes de la silla, de madera de pino torneada como si fuera caoba, arrastran a Diana Dial a la indulgencia, a entregarse a los pequeños placeres de la vida que forman parte del ancla que la ha mantenido atada a Beirut. El trabajo de este artesano. Una cena en casa con Salva. Vino y conversación en abundancia. Se sienta, se rinde y, después de establecer la hora de la cena, se demora un buen rato charlando con el carpintero, aspirando el aroma a virutas, a cola, a barniz y a herramientas decentes. Escucha el recuento que hace Joseph de las vicisitudes por las que pasa el negocio, el relato de las esperanzas depositadas en un posible cambio de la situación.

Se despiden y Diana se dirige al Café de los Espejos, en donde tiene una cita con Fattush, dentro de una hora, para jugar al tawle. Le dará tiempo a comer una ensalada redundante. Pues el inteligente inspector tiene, qué se le va a hacer, el mismo apellido que esa especialidad libanesa —«Pídeme una fattush, Fattush», es una de las bromas tontas que le gasta Dial, cuando se tercia—, de esa variedad de vegetales picados pequeños y trocitos de pan árabe fritos, aromatizada con una ráfaga amarga de sumuk y aliñada con abundante aceite de oliva y zumo de limón.

Tiene tiempo, también, para poner en orden sus notas.

Cuando ha dado cuenta de la comida y le limpian la mesa, se queda ante un café expreso y su cuaderno. Escribe: Postergar marcha a Egipto. La invitación puede esperar. Contactar con Lady Roxana para que aplace la excursión por el Nilo. Telefonea a Joy y le da instrucciones para que retrase la mudanza y arrincone maletas y bultos. La escucha canturrear de alegría. Ella misma, no puede negarlo, siente cierto alivio. Eso retrasa cualquier aclaración —probablemente dolorosa— acerca de cuál será su relación con Salva cuando esté lejos de Líbano.

Anota: La Viuda. Femme fatale de vía estrecha. Bastante gilipollas, pero una infeliz. Samir Asmar, ¿asesino de su hermano menor? ¿Realidad o paranoia? ¿Por qué no le comunicó a su marido que estaba embarazada? Ninguna mujer de este país se calla semejante noticia, ni siquiera cuando carece de confirmación: una mera duda sobre la regla les hace subir puntos en la consideración de esposo y parientes y provoca algarabías entre las amistades.

Pide un agua Perrier, golpea el mármol del velador con su rotulador Pilot. Lo contempla al contraluz de las vidrieras modernistas. Se le acaba la tinta, pero en el bolso lleva siempre una provisión de repuesto. Resabios de sus tiempos de reportera, como esta excitación que siente al saberse en el umbral de descubrimientos, y también de momentos de desánimo. El desafío. ¿Seré capaz? ¿Dónde está la verdad? Pues la verdad no siempre es el hueso que se supone en el centro de la fruta, a menudo la verdad es una sabandija escondida en un pozo de cieno. Hay que ensuciarse las manos para agarrarla, es escurridiza, arrastra hacia el lodo.

Son casi las tres. El sol pinta de arena las paredes, arranca destellos multicolores a las cuentas de cristal de las lámparas.

Ponerme en contacto con Samir. Preparar dossier, previamente. Fuentes: Fattush, el embajador —uña y carne con los Asmar, amigo personal de Tony—. Samir tiene enemigos en las Fuerzas Libanesas, escindidas de su partido después de la guerra.

¿Qué pretendía Tony A.? ¿Sabía tanto como afirma Cora? Rastrear informes económicos del difunto. ¿Tenía socios?

Algo se le escapa, algo evidente. Pero ¿qué? En este momento, el inspector Fattush entra en el café y se dirige a su mesa, la que ocupan siempre, junto a la ventana, en un rincón con vistas a todo el local. Policía y periodista coinciden en su costumbre de instalarse en un lugar desde el que podrían evitar las sorpresas.

Un bronceado recién adquirido, Diana supone que durante los días pasados en Faraya, adorna su rostro afable. El atractivo de Fattush reside en su gentileza. Es el libanés más bondadoso que Dial ha conocido. Trabaja para la justicia, más que para la ley —en eso ambos coinciden: y en que no pocas veces hay que burlar la ley para hacer justicia—, carece de aspiraciones políticas o profesionales, ha rechazado los pocos ascensos que le han propuesto, lleva una feliz existencia familiar y, a diferencia de la mayoría de los libaneses, no se pasa el día cantando las excelencias de tener un hogar como Alá manda. Es suní pero Diana jamás ha sorprendido en él un gesto religioso o una palabra beata. Cuando se le escapa un inshalla, Dios lo quiera, o un 'lhamdulillah, gracias a Dios, lo hace más bien con tono de impaciencia o de blasfemia. Tiene unos ojos grandes, color de miel, las pestañas largas y oscuras. Lleva el pelo entrecano recogido descuidadamente en una coleta, la camisa azul un poco abierta. Por ahora, su cuerpo compensa con gimnasia el exceso de alimentación que una madre y una esposa devotas prodigan al cabeza de familia y único varón de la casa.

Se sienta frente a ella, y Abed, el camarero, se apresura a traer la limonada con menta que siempre consume y el tablero para jugar al backgammon, o tawle.

—¿Quién de los dos empieza? —pregunta, mientras abre el tablero y dispone las fichas en la entrada. Negras para ella, rojas para él.

Diana sabe que no se refiere al juego.

—Tú también tienes mucho que contar —sigue el hombre—. Sé que este asunto te interesa, y que has anulado tu marcha de Beirut.

—Retrasado, no anulado —le rectifica Diana.

Nada sucede en la ciudad que Fattush no conozca. A través de los porteros, de las criadas, de los vigilantes de aparcamientos, de los camareros, de los taxistas. Conoce bien a Georges, seguro que ha sido él quien le ha dado el cante, y a saber qué más le habrá contado. A sus cincuenta años, Fattush se mueve por Beirut como si aún fuera el adolescente descalzo que recorría las calles al principio de la guerra civil, como el joven valiente que combatió para defender su vecindario, manteniéndose, con gran astucia, ajeno a las pandillas y a los asesinos, poniendo su kalasnikov al servicio de su gente: del panadero al que los milicianos pretendían saquear, de las mujeres amenazadas por los violadores. Vivió la guerra por su cuenta, Fattush, el horror que presenció no pudo contaminar su mente equilibrada. Y así fue como se hizo un hombre. Un hombre cabal.

—Te toca a ti. —Dial agita el cubilete y arroja los dados sobre el tablero, haciendo avanzar una de sus fichas.

No se refiere al juego. En realidad, ninguno de los dos sabe jugar bien al tawle. Lo que les une es, precisamente, su ineptitud. Juegan con las fichas. Sacuden los dados. Hacen ruido. Clac, clac, clac. Se equivocan, se ríen. Los jugadores que frecuentan el Café de los Espejos se exasperan, les consideran un par de inútiles. Se avergonzarían de Fattush, si no supieran que es un buen policía. Los otros, que alardean de su propia habilidad, no entienden que la periodista y el inspector disfrutan de un placer mucho más refinado que el suyo: el de compartir una relajante derrota menor.

Fattush ha captado la indirecta. Se repantiga en la silla. Olvida el juego.

—Éste es un atentado muy extraño. No sólo debido a que el muerto, aparentemente, carecía de enemigos políticos. Hablamos de un explosivo plástico potentísimo, C-4, y usado en una cantidad desmesurada, si lo que querían era eliminar a un solo hombre metido en un coche caro, ligero y sin blindar.

—¿Cuánto?

—Veinte kilos. Dejó un claro en el bosque. Si llega a estar más cerca de la casa no quedaría de ella ni rastro.

—Explosivo en el maletero —dice ella, pensativa—. Detonación a distancia, supongo.

—Por teléfono móvil. Está en los periódicos. Hay un detalle que no ha trascendido.

Fattush agita los dados y adelanta su ficha en el tablero de entrada, sin prestar atención pero acariciando la pieza. Diana permanece callada. No le gusta que el otro se haga el interesante.

—Eres una dura mujer española —murmura el hombre, desmintiendo el exabrupto con una generosa sonrisa—. Está bien, testaruda, te lo diré sin que me lo preguntes. Los técnicos han dictaminado que la carga se encontraba muy a la vista. Es decir, que si Asmar hubiera abierto el maletero, lo que habría resultado muy probable ya que regresaba a Beirut después de pasar un fin de semana en la montaña, lo habría descubierto. ¿Por qué no se tomaron la molestia de camuflarlo?

—¿Por qué? —Diana no puede disimular su perplejidad.

El inspector sigue sonriendo mientras levanta el brazo para llamar a Abed. Cuando éste llega le encarga dos narguiles de tabaco de manzana.

—¿Y bien? —Dial se impacienta.

—Y bien. Quien lo hizo sabía que tanto Tony Asmar como su mujer disponen de todo lo necesario en cada una de sus casas. Llegan con lo puesto, se visten con lo que tienen allá, los criados se hacen cargo de la ropa sucia... No suelen llevar equipaje más que cuando viajan al extranjero.

—¡Tony no abrió el maletero!

—Exacto. Encontraron, en muy mal estado, restos de metal de un maletín. Lo llevaba dentro del coche. Nada más.

—Quien le mató conocía bien sus hábitos —aventura Diana.

—Y se hallaba lo bastante cerca como para accionar el detonador en el momento preciso. Lo vio, Diana, vio que el coche arrancaba y no le importó llevarse por delante también a las sirvientas.

Sacude el cubilete y, casi sin mirar la cifra que arrojan los dados, mueve lidia hacia adelante.

—Sólo existe un lugar en Faraya —prosigue el inspector— desde el que se pueda divisar con claridad la casa de Tony Asmar abarcando también la entrada, que da al precipicio. Desde los otros chalets sólo puede verse la parte posterior de la casa.

—¿La terraza del hotel Grand Liban? ¿Eso que parece un balcón colgando de lo más alto de la montaña?

—Exacto —asiente—. El hotel en el que pasé unos días de vacaciones. Es probable que mi familia y yo coincidiéramos más de una vez con el ejecutor en el restaurante, en la piscina o en el vestíbulo. Quizá comenté casualmente con él la belleza de nuestros pobres cedros, tan diezmados, o la remota posibilidad de una lluvia que anunciara la llegada del otoño. En estos tiempos resulta difícil no convivir con toda clase de asesinos.

Dejan mecer sus pensamientos en el humo del narguile, que se arrojan el uno al otro en generosas bocanadas —eso también es una costumbre entre ellos— y guardan silencio. Diana Dial asimila la información que posee sobre el asunto.

Veinte kilos de explosivo plástico. Un especialista despiadado al acecho, con un detonador telefónico. Una víctima poco atractiva pero fácil de matar. Una viuda que acusa al hermano mayor del muerto de ser el cerebro del asesinato y proporciona el móvil: impedirle hablar. Dos muchachas etíopes a modo de daños colaterales. Y un embarazo inoportuno.

A esa hora, el local todavía está desierto, a excepción de un chico gringo que ha dejado su mochila en el suelo y escribe postales en otro velador, mientras inhala de una cachimba con evidentes inexperiencia y placer. Los clientes habituales empezarán a llegar a media tarde.

—¿Qué te ha dicho la viuda? —pregunta Fattush.

—¿Te ha chivado Georges mi visita?

El inspector asiente.

—Le he encontrado en el patio de Inteligencia Militar, he ido allí para firmar mi declaración como testigo de los hechos. Por cierto que me ha parecido ver a ese amigo tuyo, ese pedante, el Mesías —así bautizó a Matas desde que supo lo que significa Salvador en español—, entrando en el despacho del coronel Chebli.

Se hace la tonta.

—¿Qué amigo?

—El ustád. —Dibuja una barba con la mano libre al tiempo que remarca con sarcasmo la apreciativa palabra árabe—. El profesor. Fue sólo un momento, puedo haberme equivocado. Pero no lo creo. Tengo ojo de policía.

Diana sabe que Fattush está celoso de Salva, o envidioso. En Beirut los celos de los hombres respecto a una mujer son muy superficiales y no tienen nada que ver con el sexo. El propio Georges se muestra picajoso respecto a sus amistades masculinas, y ahora mismo debe de estar impaciente por pasar a recogerla y ejecutar a la puerta del café la ostensible ceremonia de respeto con que la obsequia cuando hay un tercero —un segundo hombre, bien entendido que el primero es él— en el lugar de la acción, compartiendo con Dial algo que él no conoce. ¿Celos de información, combinados con pretensiones de gallo único?

—¿Te refieres a Matas? ¿Salva?

—Justamente, mi querida amiga —responde el otro, imitando, burlón, el tono pomposo que a veces adopta el arabista para sus explicaciones—. El mismo.

Diana se encoge de hombros. Hay tantas cosas de Salvador Matas que desconoce. Llama a Abed para que retire el tablero y Fattush no se opone. Más que nunca, la partida carece hoy de interés.

—Parece que hay algo que debes contarme. —Cuando quiere, el inspector puede resultar tan oblicuo como ella.

—¿Qué cosa?

—Según Georges —prosigue el policía—, a raíz de tu encuentro con Cora Asmar albergas serias dudas sobre la autoría del crimen. Y me dices que ya no te vas a Luxor, al menos por ahora. ¿Has decidido representar los intereses de la viuda en este asunto? ¿Investigarás por su cuenta?

Diana retira la silla y se pone en pie.

—Voy a mear —lo dice con toda crudeza, a sabiendas de lo ofensiva que esta expresión resulta para un árabe.

El inspector sonríe e inclina la cabeza, a modo de reverencia, mientras la otra se dirige al baño.

Sentarse en la taza del inodoro, aunque sea para evacuar aguas menores, suele aclararle las ideas a Diana Dial. No le gusta que Fattush llame Mesías a Salva. Y aún le gusta menos imaginar a su amigo en escenarios que no comparte. Casa cerrada, ventanas emparedadas, persianas oscuras. Salva es otro en cuanto desaparece de su vista. Tiene otras compañías. Sin embargo, Diana es demasiado inteligente para no saber que la intriga respecto a su vida mantiene su interés por él. Ya le preguntará durante la cena por su visita al coronel. No hagas un mundo de esto, Diana.

Cuando sale, recompuesta, se complace mostrándole al inspector su mejor talante. Se sienta y, con su capacidad de síntesis, bien probada en años periodísticos, le cuenta su conversación con Cora Asmar, sin olvidar el menor detalle.

—Así que embarazada... ¿Otro narguile? —pregunta al final Fattush.

Está ganando tiempo, pero a Diana no le importa.

Cuando por fin habla, de nuevo entre humareda, es casi telegráfico.

—Samir, conocido como la Cobra por sus enemigos y hasta por algunos amigos. Si es que los tiene en el sentido en que lo entendemos gente como tú y yo. Todo un elemento. El más devoto de los muy devotos Asmar. Hipócrita entre los hipócritas. Peligroso. Lleva en sus venas la sangre asesina de su abuelo y de su padre, que masacraron a quienes les vino en gana e hicieron lo posible por alargar una guerra en la que amparaban sus ambiciones. Quienes le conocen dicen que es frío y venenoso, de ahí su apodo. Samir haría cualquier cosa por conservar y aumentar su poder y su prestigio, huelga decir que también su fortuna. Tiene una mujer muy guapa, aunque no tanto como tu amiga Cora. Se dice que Aline Asmar-Ghorayeb también sería capaz de todo para preservar su estado social y el buen nombre de los suyos.

—Hum —se limita a comentar Diana.

—Por lo que se refiere al caso El-Bekara, ha sido archivado, sobreseído, borrado. No hay tal caso, según las autoridades pertinentes.

—Más que sospechoso, ¿no? Naturalmente, los servicios de inteligencia militar llevaron el tema y tú, que eres obediente y respetuoso, nunca has metido en él tus narices...

Los ojos color de miel del inspector sonríen más que sus labios, sabedor de que Diana no ignora que no ha acabado aún de proporcionarle informaciones. Finge merodear en torno a la mesa como un gato distraído. Da cuenta de los restos de su segunda limonada con menta:

—He de empezar a prescindir del azúcar —dice.

—Tanto dulce resulta casi igual de peligroso para la nación árabe que todos los neoconservadores del mundo y vuestros fanáticos juntos —observa Diana, aprovechando al vuelo la ocasión de mostrarse condescendiente—. Un siglo más y desapareceréis, a fuerza de diabetes terminal e infecciones bucales.

—Habibi! —El otro ya no sonríe al llamarla querida, sino que ríe abiertamente—. ¡Esta es mi amiga! He llegado a temer que la solemnidad de ese Mesías tuyo y el respetable llanto a mares de la viuda te hubieran desprovisto de tu, digamos, energía.

Quiere decir mala leche. Continúa el inspector:

—El nombre de Samir Asmar figura en el expediente como principal sospechoso, como cómplice local en el tema de la estación de telecomunicaciones que intentaron montar los israelíes. O constaba, porque tuve acceso a la documentación muy al principio de la encuesta y, que yo sepa, los papeles ya no se encuentran en su sitio. Un amigo mío del Ejército me lo contó confidencialmente. Se echó tierra encima.

—¿Destruyeron el informe? —pregunta Dial—. Pero era alta traición, ¿no? En un período como éste, recientes todavía las heridas y la desolación causadas por la invasión de Israel en 2006, y con lo que ha costado recomponer la situación con la oposición y, al menos, celebrar elecciones... Si es cierto que un patricio maronita como Samir ayudó a los judíos a organizar una red clandestina en un pueblo del sur, en un territorio chií, prácticamente dominado por Hizbolá... ¿Cómo es posible que su implicación no haya trascendido ni siquiera en los medios de la oposición?

—Falta de pruebas. Sobornos. ¡Qué sé yo! Como bien sabes, estos embrollos políticos me interesan menos que mis pequeños robos y asesinatos cotidianos.

—Ah, sí —sonríe Diana—. En eso estoy de acuerdo contigo. Un ajuste de cuentas entre tenderos o un buen crimen de honor apestan menos. Tengo que advertirte, no obstante, de que te voy a necesitar.

—¿De veras?

—Mi intención es acercarme a la Cobra. Lo haré con el pretexto de que estoy escribiendo un libro sobre la heroica supervivencia de las minorías cristianas en Líbano. Y utilizaré una fotocopia de la acreditación de prensa falsa que vienes firmándome desde hace años. Te lo digo por si el caballero o alguien de los suyos te pregunta por mí.

El inspector sacude la cabeza con resignación, llama a Abed y paga.

—Decididamente, aún no voy a dejar el azúcar.

Son casi las ocho cuando Diana propina un taconazo que cierra la puerta de su apartamento a su espalda y enciende la luz del pasillo. Comprueba que los bultos de la mudanza han desaparecido de su vista, va hasta la cocina y deposita las bolsas del supermercado encima de la mesa. Aunque Salva ha prometido traer provisiones, a ella le gusta ofrecerle siempre un plato y un postre de elaboración propia. Antes de ponerse a limpiar los calamares y las verduras con que piensa rellenarlos, y de pelar las peras y cocerlas en el mejor tinto del valle de la Bekaa que ha encontrado, distribuye unas brazadas de nardos en un par de jarrones. La casa se llena con su aroma, y con el calor de la espera.

Terminado su trabajo, la cocina huele a humanidad y a merendero en la playa, y ella también, demasiado, por lo que se da una buena ducha, se perfuma y se arregla, cubriéndose con una galabeya azul eléctrico, una prenda de hombre que le da un aire andrógino. Se revuelve el pelo corto, perfecciona el ribete de kohl que pespuntea sus ojos oscuros. Podría pasar por árabe. Una libanesa rebelde que, en su madurez, en túnica y descalza, recibe en su casa a un hombre más joven.

Esperar a un hombre para cenar. Quiere creer que se conforma con eso. El Mesías, según Fattush. Sonríe al recordar el apodo, reconoce que el inspector no anda errado. Su olfato de sabueso identifica sin esfuerzo esa pedantería típica del oficio de arabista —de su carrera, rectificaría Salva, puntilloso—, de la que ni su sentido de la ironía puede librarle. Y, sin embargo, en noches como ésta y en horas más tardías, acumuladas las copas, el propio Matas le ha confesado a Diana que, en realidad, no es más que un funcionario menor de La Casa.

Le da tiempo a disponer velas en la terraza, protegidas por vasos de cristal damasceno coloreado. Bajo la buganvilla y entre los geranios y el jazmín. Velas prendidas para charlar, reír, disfrutar de un buen ágape y de mejor compañía. Deja para él los trabajos más esforzados: trasladar al exterior la mesa grande de plástico que ordinariamente ocupa un rincón del salón, bajo un tapiz de seda. Cubrirla con un mantel de exquisito dibujo que Diana reserva para estas ocasiones, poner platos y cubiertos. Descorchar el vino. Le gusta que el hombre descorche la botella. La firmeza del antebrazo, la precisión de los dedos. El líquido rojo, reposando como sangre en el fondo de la copa, sangre siempre lista para una transfusión.

Ha anochecido por completo. Las tenues luces del farol de la calle, las velas, la intimidad; los jazmines, abriéndose en plenitud para existir no más que unas horas. Pisadas en la pequeña calle, pasos que se acercan como en los cuentos de su niñez, ¿será un hombre malo o uno bueno? ¿Vendrá con el saco en el que guarda los despojos de sus víctimas, o con aquel en el que esconde obsequios para su heroína? ¿La rescatará de la torre o la dejará encerrada en ella? ¿Por qué no puede confiar en Salvador Matas, en sus sentimientos? Estúpida, porque él nunca habla de sentimientos. Eso le hace secreto, importante. ¿Lo es? ¿Crees que, al callar, deliberadamente otorga? ¿No te permite ese silencio elucubrar, ir más allá en tus fantasías que si de sus labios surgieran promesas de cumplimiento posible? Es una locura. Pero aquí, en Beirut, ¿no estamos todos locos? ¿No resulta infinitamente fácil cultivar la más inalcanzable fantasía? ¿Tan fácil, por lo menos, como matar?

La elevada silueta avanza hacia la cita, su sombra se alarga en el callejón. Todo es provisional, todo pasa. No este momento, se dice Diana Dial. Recordará siempre este momento en que la sombra estilizada del guerrero castellano atraviesa el patio de entrada y se confunde con el trémulo follaje de las acacias.

Quince segundos después —ella siempre cuenta; cuenta y espera— suena el ding dong del llamador. Diana se dice que debería estar volando hacia Luxor, para acogerse a la protección adinerada y la frivolidad de las intrigas de Lady Roxana. Aplazadas, las cajas y maletas de su mudanza se agrupan encima de los armarios y en los rincones del dormitorio, Joy las ha cubierto con lienzos, pero permanecen. Latentes como la angustia que siente en su corazón cuando piensa en estas cenas que no se repetirán.

Salva aparece en el marco de la puerta, huele a la colonia con que periódicamente le obsequian sus alumnas. ¿Se enamoran de él también —tiembla al repensar el adverbio— sus alumnas? ¿Sostiene hacia ellas idéntica distancia? ¿Es un follador de jovencitas, como el inconsistente Jaime, su colega, que lleva la verga enhiesta a modo de brújula? ¿A quién ama Salva, a Cora Asmar o a sí mismo? ¿Y por qué Diana desconoce cuál de las dos respuestas le inquieta más?

Se abrazan pero él lo hace sin usar los brazos, sólo los abre para mostrar su incapacidad, siempre la misma historia, excusándose porque tiene las manos ocupadas con una u otra cosa. Hoy sostiene las bolsas de su compra e inclina su cabeza, la deja caer en el hueco del hombro de ella, anida brevemente en su cuello y luego se dirige, rápido, a la cocina. Proceden juntos a desempaquetar quesos, jamón de Parma, un paquete de pasta hecha a mano y un bote de salsa con setas. Sobrará comida, como de costumbre, y él se la llevará en tuppers, como un crío, para evitarse cocinar el resto de la semana.

Un primer brindis, y Salva empieza a desgranar chismes de la Fundación Quijote. Sabe de sobras que a la mujer le deleitan los cotilleos procedentes de La Casa. «Gracias a ti no necesito poner los pies para enterarme de lo que ahí ocurre», le dice siempre a Matas. Hoy le cuenta que el director quiso interrumpir el curso cuando le llegó la noticia del atentado contra Asmar, y que, histérico, llegó a reunir al personal para espetarles: «¡A ver si os enteráis! ¡Esto es el puto Beirut! ¡El puto Beirut!», entre las chanzas de los empleados más antiguos, cuya experiencia en bombas sobrepasa con creces la del histérico mandamás. Al final, cuenta Salva, accedió a proseguir con las clases, e incluso mantuvo la conferencia de esa semana, a cargo de un viejecito libanés especialista en flamenco y fan de Carmen Amaya. Conferencia durante la cual, añadió Matas, deleitado, el director, sentado en primera fila, echó uno de sus habituales sueñecitos públicos.

Inesperadamente, Diana recuerda su cuaderno de notas y la sensación, que experimentó en el Café de los Espejos, de estar olvidando algo importante. Ya vendrá, no pierdas ahora el tiempo.

Se instalan en la terraza y, mientras comen, su conversación se limita a comentarios esporádicos sobre la calidad de la comida, el aire nocturno o el perfume de las flores. Algunas velas se van apagando.

—¿Y tu día? —pregunta Salva, mientras divide cuidadosamente una pera al vino.

La periodista acepta la porción que el otro le ofrece con su propio tenedor.

Intimidad.

—No puedo afirmar que haya sido una jornada normal. Tu viuda ha intentado marcarme con su hierro.

Recalca el tu. Salvador Matas ni se inmuta.

—No he podido ir a verla, he estado muy liado —confía el hombre, como si tuviera que darle explicaciones, quizá por ese tu que aparentemente ignora—. Por teléfono sonaba muy baja de ánimo. ¿Vas a investigar?

—¿Qué harías en mi lugar?

—Cualquier cosa, menos irme a Egipto en este momento. Por otra parte, a mí que me registren. —Salva se palpa el pecho, sonriente—. La detective eres tú. Pero si me preguntas si debes ayudarla, te diré que sí. Necesita una mujer, una amiga que esté fuera de la familia Asmar. Alguien sagaz como tú. Claro que si el caso no te interesa...

—No es eso.

—¿Entonces? —Le coge la mano, la aprieta, como suele hacer cuando teme que escape de él—. Cora no puede con esto sola. Y le has caído muy bien. «Me gusta porque no se casa con nadie y no tiene pelos en la lengua.» Me lo ha dicho, entusiasmada. Le has causado muy buena impresión.

—¿Crees que fue el hermano quien dio la orden?

En algún lugar del piso suena el pitido del móvil de Diana.

—Te lo traigo. —Ágilmente, Salva conduce su cuerpo hacia el interior.

Conduce, controla. Verbos que asocia con él. Regresa, le tiende el pequeño aparato. Dial lo abre con desgana y hace un gesto de aburrimiento.

—El embajador, qué lata de tío —informa.

—¿Qué quiere?

—Lo de siempre. Necesita verme con urgencia. Dice que tiene algo muy importante que contarme. Cualquier excusa es buena para él. Qué pesadilla.

—No seas cruel. Igual no te busca por amor. Igual tiene algo notable que decirte.

Se encoge de hombros.

—Me da lo mismo. Le veré en la recepción del 12 de Octubre. A lo mejor me llama por eso. Para que quedemos antes y, con la excusa de favorecerme con un anticipo exclusivo sobre la fiesta nacional, echarme la zarpa encima.

Salva se echa a reír pero sus ojos la observan con fría curiosidad. ¿Está celoso del embajador De la Vara? Eso sería una buena noticia.

Diana aparca el tema con un suspiro y regresa a la conversación anterior.

—¿Samir Asmar hizo que lo mataran? ¿A su hermano?

—¿Por qué no? Este es un país sin límites morales. Por eso nos atrae, incluso nos gusta. Por eso, siendo tan pequeño, nos parece inabarcable. Todo es posible.

¿Todo?

—Pobre Tony —prosigue él—. Nunca supo medir sus fuerzas. No era hombre de conspiraciones ni daba la talla para...

Se interrumpe. En silencio, ella completa la frase: «Para casarse con Cora.» Una ráfaga de viento agita el mantel. A la vacilante luz de las velas que restan, el rostro de su amigo se embosca. Sólo ve el breve trazo de sus dientes. Un lobo en la oscuridad, pensamiento que rechaza de inmediato. Vete a Egipto, Diana. Vete a Egipto, se dice.

—¿Viste a Fattush? —inquiere Salva—. ¿Alguna noticia?

De súbito, Dial recuerda.

—¿Qué hacías en el edificio de la Inteligencia Militar? Fattush te ha visto.

—Ya te he dicho que he estado muy liado. He tenido que encargarme de tramitar los permisos para el nuevo curso de español en el sur.

Así que es eso. Las clases de castellano que patrocina el Ejército español, en combinación con la embajada y con la Fundación Quijote, en la zona del sur de Líbano en donde se hallan desplegados los soldados españoles, integrantes de las fuerzas de interposición entre Israel y Líbano, enviadas por la ONU después de la guerra de 2006.

—Una auténtica pesadez —apostilla el hombre.

—Los permisos dependen de Seguridad Militar, no de Inteligencia —observa Diana.

—Había problemas con los alcaldes del sur, que la mayoría o son de Hizbolá o simpatizan con ellos.

Salva mira el reloj.

—Madrugo, he de supervisar la sede de Yunieh. —Y a continuación, como sin darle importancia—: ¿Qué vas a hacer con Samir Asmar?

—Iré a verle. Al fin y al cabo, no puede decirle que no a una periodista que investiga para escribir un libro sobre las familias que mantienen viva la llama del cristianismo en Oriente Medio.

Matas asiente.

—Es una buena excusa.

Recogen los platos, que dejan en el fregadero para que Joy los limpie mañana. Desde la terraza, Diana le ve alejarse. Silueta de ciprés, pasos que se alejan. Son los de él —hacia ella— movimientos de ida y de venida, sin ninguna progresión. Siempre equidistante. Lejano.

Regresa a la cocina a por un vaso de agua. Las bolsas de la compra, vacías, han caído al suelo a causa del viento que se cuela por la ventana abierta de par en par. Al alisar una de las que ha traído Salvador Matas, ve que pertenece a La Bersagliera, una de las tiendas de delicatessen más caras de Beirut.

La Bersagliera. Situada en Saifi. A veinte metros de donde vive Cora.



Viernes, 2 de octubre de 2009

Alto, flaco, calvo pero de altiva cabeza algo plana, vista de perfil—, de ojos semiletárgicos que no dejan pasar una y justifican el apelativo con el que le distinguen sus rivales la Cobra—, Samir es un hombre elegante a la antigua usanza y orgulloso de serlo. Saluda a Diana Dial besándole la mano, sin sonreír. Sus delgados labios se abren apenas cuando habla, como si temiera dejar caer un invisible papel de fumar.

Al aceptar el asiento que el mayor de los Asmar le ofrece, al otro lado de la gran mesa de acero inoxidable, Diana se seca el dorso de la mano con la parte posterior de la falda, no para borrar la huella de una transpiración inexistente, sino para recuperarse del frío que esa grieta ha depositado en su piel.

Están en su despacho del banco. Samir no ha querido citarla en la sede de su partido, cerca del puerto. En la conversación previa que han mantenido por teléfono a primera hora ha quedado claro que accede a su petición de entrevista si no charla con ella como miembro de su formación política. La atenderá en su condición de importante hombre de negocios, perteneciente a una relevante familia maronita. «Nada de política, sólo religión y tradición —ha dicho. Y ha aclarado—: No puedo permitir que crean que utilizo la tribuna que usted me brinda por ambición partidista.» Una formal aunque insincera declaración ya que, después, durante los primeros veinte minutos de su encuentro, la Cobra no ha hecho otra cosa que pavonearse de la influencia de su apellido en la vida pública libanesa.

Durante ese tiempo, que cuando era reportera Dial solía denominar «suministro previo de vaselina», la investigadora se ha concentrado en aquilatar al otro, y sus notas —que él observa atentamente, como si entendiera los garabatos y quisiera subrayar que los aprueba, por el momento—, han trazado el perfil del hombre y apuntado posibles preguntas, o más bien maneras de formular la única cuestión que la ha conducido hasta allí, aquella que le pica en el estómago como en su época de periodista. Hay que echar vaselina, sí, adobar la presa, halagarla, buscarle el punto débil. O más exactamente, la forma de alcanzar ese punto que, con pocas excepciones, y en todo tipo de personajes, suele ser uno solo. La vanidad.

Y la Cobra no es una excepción. Su austeridad es la cáscara. Debajo se esconde un ego del tamaño de las cuevas de Yeita, un ego que supura estalactitas y estalagmitas. Tiene motivos. A este hombre nadie le ha dicho en su vida que es uno de los personajes más rancios y tristes de su país. Parte de la tragedia de Líbano consiste en la aceptación de lo aberrante como normal, del anacronismo histórico como modelo de conducta. Es un feudo dividido y sin espejos, y sus prohombres carecen del barniz que, en Occidente, ha otorgado a la codicia una máscara de modernidad.

Mientras se dirigían hacia Sassine, la plaza cristiana por definición —de cuyas farolas cuelgan retratos de diferentes líderes y símbolos de otros tantos partidos—, Georges ha perorado acerca de la solidez del Banco Asgo, que Samir creó con capital propio y de su suegro, gracias a la promesa —sobradamente cumplida— de los potentados saudíes que, desde el final de la guerra civil, trabajan en diferentes frentes para hacerse con un amplio control de las finanzas del país, sin desdeñar conseguir sus propósitos utilizando a los maronitas.

—El Anciano y él son uña y carne —ha explicado Georges, admirativo—. El viejo Kamal Ayub lo quiere como a un hijo, si por él fuera ya le habría confiado la dirección del partido, pero Samir no lo necesita. Sería una formalización que sólo serviría para atraer sobre él más odio por parle de sus rivales. Ya se hace lo que decide, a través de su influencia con el viejo, y no tiene que dar la cara. Una vez les vi juntos...

Diana se ha perdido esa última parte, segura de que contiene una de las frecuentes flatulencias verbales de su chófer. Esta mañana, Georges se ha presentado luciendo primoroso aliño, como si se dispusiera a participar en una ceremonia especial. Dial sospecha que el traje, azul oscuro, es el de su boda. Se complementa con corbata —prenda inusual en él— a rayas azules y negras sobre camisa blanca, impoluta. Apesta a colonia, sin duda parte de uno de los lotes que su hermana, que tiene un negocio de cosmética en un hotel de Dubai, le envía con regularidad, junto con una aportación económica que permite cierto bienestar a su familia. El país está plagado de historias de este tipo: millones de emigrantes ayudan a sus parientes a mantenerse a flote. Por eso Líbano nunca se hunde por completo. Se enfanga.

Diana arrastra el mal humor —sobre todo, consigo misma— que le dejó su cena con Salvador Matas, y se siente poco predispuesta a complacer al chófer con sus habituales gemidos de aquiescencia. Reserva su potencial marrullero para la entrevista con Asmar. De modo que simula no darse cuenta de los cambios en materia de perifollos y se limita a mascullar, impaciente, un «¡Vamos!».

Al reflexionar sobre sus emociones de la noche pasada, la periodista ha decidido postergar el asunto Matas, encerrarlo en su cajón de enredos sentimentales no resueltos. A hacer puñetas Salva, sea cual sea su relación con la viuda de las narices. A hacer puñetas, junto con el pequeño pero punzante dolor que le produce su postergada partida de Líbano.

¿Es este dolor, o más bien su negación, lo que la ha impulsado a dirigirse a su cita con Samir Asmar con la determinación de un púgil que se dispone a terminar por KO con el otro en el segundo asalto?

Un carraspeo discreto de su interlocutor la obliga a salir de sus meditaciones. La Cobra la contempla con la atención cortés pero en el fondo desinteresada con que la ha recibido, impertérrito en su armadura. Despistada momentáneamente, Diana pierde pie y teme haber malogrado, con su silencio, la esforzada plataforma que ha urdido para facilitar su siguiente pregunta.

—¡Cuántas fotos importantes tiene usted! —exclama para salir del paso, señalando, con abyecta admiración, los marcos alineados sobre un aparatoso mueble, en cuyos extremos levitan dos imágenes de yeso coloreado de gran tamaño, una de la Inmaculada Concepción y otra del Sagrado Corazón. Ambos parecen bendecir al banco y al banquero y a todas sus empresas, aquí en la tierra como en el cielo.

—En efecto —asiente él con naturalidad, incorporándose—. ¿Quiere examinarlas de cerca?

No pregunta, ordena. Diana se apresura a felicitarse por haber sorteado el obstáculo de su corto despiste. Se coloca junto al banquero, como si estuviera en una exposición.

—Mi esposa y mis tres hijos —subraya los adjetivos posesivos, como si los hubiera comprado o parido él a los cuatro. Y así debe ser.

—Qué monos —sonríe ella, y añade, al ver la foto de al lado—. ¡Anda, el Papa!

—Su Santidad Juan Pablo II tuvo a bien concederme audiencia pocos meses antes de morir.

Vuelve a quedarse muda, pero esta vez con la sonrisa bobalicona perfeccionada a lo largo de cientos de entrevistas.

—¿Y aquí? —pregunta por fin, indicando lo que parece una ceremonia religiosa importante.

—La tomaron cuando mi familia apadrinó la llegada de la imagen original de santa Teresa de Lisieux a nuestro país. Como usted sabe, nos cupo el honor de encabezar la campaña por un mes de rogativas en favor de la paz en Líbano.

Dial recorre el frontispicio en el que figuran fotografías de la Cobra con diferentes mandatarios de países extranjeros.

Ni una imagen de Tony Asmar, ni un retrato del hermano muerto.

¿Ha esparcido Diana suficiente suavizante o necesita más? Un empujoncito:

—La emoción me ha impedido decírselo antes —empieza Diana, preguntándose si el envite es demasiado alto, pero se dice que frases del mismo tenor le han servido en otras ocasiones, y continúa—: Debo comunicarle que hablo en nombre de todos los españoles si le digo que, en mi país, están muy apenados por esta desgracia que se ha abatido sobre usted y los suyos.

Pausa e inspiración profunda. Él la contempla sin parpadear. Tiene las pestañas cortas y claras, espaciadas, lo que acentúa su parecido con un reptil. De la abertura que ocupa el lugar de su boca surge un reconocimiento comedido, austero:

—Nuestra gratitud para con el admirado pueblo español. Ustedes también tuvieron una guerra civil terrible, y supieron salir adelante, como hace la nación libanesa, pese a todas las dificultades y a los enemigos de dentro y de fuera, defendiendo el catolicismo y contra el comunismo nefando.

Bueno, relativamente austero.

Sonriendo plácidamente y sin sentarse, Diana aprovecha el pie que el otro acaba de suministrarle sin darse cuenta. Al fin y al cabo, la única respuesta que le interesa es la que el hombre puede ofrecer a la única pregunta por la que la periodista se encuentra en este despacho haciendo el indio.

—A propósito de enemigos, ¿qué tal quedaría el prestigio de su familia si alguien difundiera que usted trabaja para los mismos que bombardearon su país hace sólo tres años?

El otro aprieta la raja que tiene por boca y le dirige una lenta saeta visual que Dial juzga apreciativa aunque no apreciadora. Sus ojos opacos se animan brevemente a causa del odio, y a la mujer le parece captar un ligero temblor de párpados.

Inesperadamente, el hombre sonríe, mostrando dos hileras de pequeños dientes mortecinos.

—¡He olvidado mis modales de anfitrión! ¿Qué va a pensar de mí? —Mantiene la sonrisa—. ¿Té o café?

Diana Dial rechaza el ofrecimiento.

—No me conteste. —Inclina la cabeza educadamente y le sonríe también—. No es necesario. Tendrá noticias mías muy pronto.

Y se larga.

—Uf, qué tipo tan desagradable —le comenta a Georges cuando vuelve al auto.

El chófer la mira como si estuviera loca. Un rico puede ser cualquier cosa. Envidiable, siempre. Desagradable, nunca.

Diana Dial huele el peligro antes de abrir la puerta de su apartamento. Huele a comida filipina rica.

Joy avanza hacia ella, toda sonrisas, con Yara enchufada a la teta izquierda.

La periodista tuerce el morro.

—¿Todavía aquí? ¿Qué vas a pedirme?

Porque se trata de eso. Algo quiere. En momentos como éste, Joy recurre a la sabiduría que le han legado generaciones de mujeres supervivientes, de su poblado y de su familia.

—Necesito sentarme —dice, balanceando ubre y bebé.

Se instalan ambas a la mesa de la cocina. Son casi las tres —Joy suele terminar su trabajo una hora antes—, y el calor pega con potencia, pero las persianas venecianas pintadas de verde rabioso alivian un poco la temperatura. Sin borrar su sonrisa y utilizando a Yara a modo de airbag, Joy empieza tanteando:

—Mi marido ha pensado...

A la mente de Dial acude el rostro de Ahmed, atractivo pero bastante bruto, con los labios muy gruesos, los ojos pequeños y la frente estrecha. Pensar no es el verbo que ella le adjudicó al conocerle.

—¿El qué?

—Ya que usted todavía no nos deja...

No ha dicho «no se marcha», sino «no nos deja». Diana se hace fuerte ante el chantaje emocional implícito. Si ella fuera Joy utilizaría las mismas tretas. Pero no lo es.

—¿Y bien? —responde y pregunta, sin conmoverse.

—Da tiempo a preparar también un viaje para nosotros. Ahmed quiere que conozca a su familia en El Cairo.

Acabáramos. Un visado.

Joy acentúa su sonrisa, al ver que su patrona ha comprendido. Le alegra comprobar que su código de comunicación sigue intacto.

—¿Quiere arroz con coco ahora? —Aparta el pecho de la boquita glotona, que seca con el mismo pañuelo de papel con el que retira del pezón una gota blancuzca.

—No tengo hambre. Lo tomaré luego. —No se lo pondrá tan fácil.

Durante dos años ha aprendido a regatear con sus favores, que le concede como si le costaran gran esfuerzo, lo único que necesita hacer para que Joy no acabe pidiéndole la luna. Pues puede llegar a creer que a Diana Dial, habitante de un mundo en el que la otra cree que todo es posible —en el mundo de la criada ocurre lo contrario—, le resultaría muy fácil acceder a cualquier disparate que ella le pidiera con la adecuada insistencia.

Existe otro aspecto de su relación, el mejor —sin que éste le resulte intolerable—, que predomina cuando Dial se siente cansada, asqueada o dolorida por algo concreto y se desahoga con Joy, y ésta, sin zalamerías ni segundas intenciones coloca su mano, firme y áspera, sobre su hombro vencido. Hoy no es el caso.

Pero Diana comprende que debe sonreír también. Es un ser afortunado, que no depende de la benevolencia ajena. Al menos, no en lo material.

—Veré qué puedo hacer.

No resulta fácil para Joy salir de Líbano. Diana ha conseguido ventajas para ella a lo largo de estos dos años, pero obtener un visado en una embajada extranjera es otro cantar.

—Podría llevarme con usted. Decir que soy su criada. Ha sido verdad.

«Ha sido.» Recuerda que me abandonas.

Dial sacude la cabeza.

—No serviría. Tendrías que trabajar para un diplomático.

El viaje de Joy con su marido a Egipto aún no ha sido planteado por la muchacha como un intento de seguir trabajando para ella. Eso llegará más adelante, y la española lo solucionará como pueda. Pero el requerimiento de visado obligará a Diana a pedirle un favor a Ramiro de la Vara. Y ésta es la parte verdaderamente desagradable del encargo que la sirvienta acaba de depositar en sus manos, porque el tonto del embajador, de quien Diana sigue perdiendo llamadas telefónicas, intentará cobrárselo de un modo u otro.

El arroz ya está frío cuando Diana Dial se pone a comerlo con desgana. No le importa. Cuando se abstrae olvida alimentarse. Ha pasado la última hora tomando notas acerca de su encuentro con Samir Asmar.

Definitivamente culpable, al menos de la colaboración con Israel. La base de telecomunicaciones clandestina, seguramente el pico del iceberg de compromisos más vergonzosos y perjudiciales para este país. ¿Eso le convierte en el asesino de su hermano? Si la simple pregunta de alguien a quien cree escritora de un libro le ha puesto tan nervioso —y obsequioso como si intentara ganar tiempo—, ¿qué clase de terremoto no provocaría en su tinglado que se hiciera público que ordenó el asesinato de Tony? «No es nada personal. Negocios.» Una decisión, un sicario. Boom. Se acabó el problema.

Siente un esponjamiento en su vanidad al releer las notas. Samir Asmar, relevante miembro de la comunidad maronita, tocado en la línea de flotación por la infatigable investigadora Diana Dial, quien, posponiendo su marcha del país y una prometedora estancia en Egipto, se arroja a su gaznate con la precisión de un sabueso excitado por el olor de su presa.

Sonríe de su propia tontería, que agradece porque le parece mejor esta flaqueza que el estado de inseguridad en que la sumió la cena de anoche.

Suena la melodía estándar del móvil. Es Salva. Piensa en no responder pero su mano funciona al margen de voluntad.

—Esta noche doy una fiesta en casa. ¿Te apuntas?

—Creía que acompañabas a tu viuda en su luto. —Se arrepiente nada más pronunciar la frase, que acentúa su debilidad y la degrada ante sí misma—. ¿Cuál es el motivo?

—¿Hace falta uno? Si lo necesitas, la despreocupada costumbre beirutí de ponerle al mal tiempo buena cara. Carpe diem.

—¿Quienes acudirán?

—Un selecto grupo de amigos, libaneses y españoles, incluida gente de La Casa. Tu embajador. Carlos Cancio también, si es que su periódico no le encadena a última hora a lo que ellos consideran actualidad. Ha prometido traer con él a gente joven, supongo que a ese novio que tiene, Ali, y otros efebos amigos suyos, así como a las hermanas del chico, que han llegado de su remoto pueblo, dispuestas a vestirse como seres humanos y a gozar de las perversiones de Beirut. Ah, y tendremos discjockey. De eso y de que no falten alicientes me ocuparé yo. No traigas nada, habrá bebida de la mejor y comida de sobra.

—¿Con tus ahorros de profesor? —Sabe que le molesta que le recuerde lo mal que la Fundación Quijote paga a sus funcionarios rasos.

—He recibido una inyección inesperada. Un adelanto para que escriba un libro sobre los cristianos de Oriente Próximo.

—¿Estás de coña?

—En absoluto. Un amigo mío, que dirige una editorial de Barcelona, me lo ha contratado. Dice que con toda esta memez del regreso de las religiones y el prolongado choque de civilizaciones, el tema tiene mucha garra. No me critiques. A ti, lo mismo te pareció una buena excusa para abordar a nuestro malo predilecto. Te debo una comisión por despertarme las ganas de escribir al respecto. A propósito de Samir... ¿Le has visto?

—No me apetece hablar de él. Todavía me estoy lavando la mano.

—Cuando pienso que al muy asqueroso le salen los millones por las orejas... Dale fuerte, detective. Es un gusano.

Algo que ha dicho Salva en el transcurso de esta charla le ha devuelto a Diana la sensación de que ha olvidado realizar una comprobación importante antes de seguir con su investigación. Consulta su libreta. «La Viuda. Femme fatale de vía estrecha. Bastante gilipollas, pero una infeliz.» No es eso. Algo se le escapa. Una clave, una pista, un presentimiento al que no ha prestado atención.

Ya vendrá. Siempre viene. Junto con el pinchazo en el estómago.

Le abre la puerta el anfitrión. Salvador Matas viste una galabeya negra. Parece un pope ortodoxo medieval. Sus labios sensuales ofrecen ese aire ligeramente obsceno que a veces muestran los más relajados miembros de cualquier clerecía.

—Te he dicho que no hacía falta. —Señala la botella que Diana le tiende.

—No me fío de tu gusto en vinos —miente ella, alargándole un tinto francés y muy caro que ha adquirido en la tienda más sofisticada de su barrio.

Pequeños gestos de autoprotección al adentrarse en la guarida en donde habita un peligro que todavía desconoce. Aunque lo más seguro es que la amenaza se encuentre en su propio corazón.

Los asistentes —alrededor de una veintena— se levantan a la libanesa para saludarla o presentarse. Cuatro profesores de La Casa, entre ellos Jaime, que tiene fama de mujeriego. Diana no conoce a los otros, recién aterrizados y destinados a Trípoli y Junieh.

Las dos chicas vestidas de putones —«seres humanos», en definición de Salva— resultan ser las hermanas de Ali, que se precipitan a abrazarla porque el joven efebo les ha hablado mucho de ella. Ali es muy alto, más que Matas, y tan ondulante que avergüenza con su feminidad de almanaque a cualquier mujer normalmente constituida. Banal y encantador, lo primero que le pregunta es si nota que le ha crecido el cabello. Tiene un problema: se le cae el pelo en la parte de la coronilla. Diana suele animarle diciéndole que lo único que debe hacer es no sentarse. Dada su elevada estatura, resulta difícil que alguien descubra su pequeña calvicie. Como no sea desde un balcón.

Carlos Cancio es el hombre que mantiene a Ali y que sólo en Beirut vive fuera del armario. En Madrid regresa cautamente a él, temeroso de la reacción del gran diario conservador para el que trabaja como corresponsal en Oriente Medio. Cancio se precipita hacia ellos, sin perder de vista a su novio. Siente unos celos incansables, y muy acertadamente, en opinión de Dial. Es lo malo que tiene comprar el amor: puede presentarse alguien ofreciendo el doble.

Hay un bullicio enternecedor en el gran salón comedor, decorado con estilo pero sin lujos, del apartamento de Salvador Matas. Como otros miembros de La Casa, el profesor vive en un piso alquilado de la zona de Remeil, delante de la parte más industrial del puerto, en la avanzadilla del territorio armenio. Desde su terraza pueden verse el edificio herrumbroso de Electricité du Liban —contemplándolo uno conoce el nivel de calidad del suministro que ofrece—, la mole azul del Palacio de Congresos y el mar. El mar de Beirut, cuya frágil belleza redime las violentadas orillas de la ciudad.

A Diana le conmueve el bullicio que reina en la fiesta. Formará parte de la galería de recuerdos que la acompañará a Egipto, a España, adondequiera que vaya. Ha asistido a muchas de esas reuniones en que los anfitriones son hijos de Europa y habitantes de ninguna parte, y en las que otros desnortados, aunque sin expectativas, aquellos vástagos de un Líbano que no les atiende, se nutren, por unas horas, de la prodigalidad de sus amigos extranjeros, y se sienten necesarios y admirados. Se sienten amados, admitidos y —quién sabe— quizá con un porvenir europeo por delante.

Ya se han sentado todos, incluida ella —Salva le ha servido, irónico, una copa de vino de la casa—, cuando suena el timbre y aparece Ramiro de la Vara. De nuevo, todos en pie. Las chicas y la media docena de amigos efébicos del novio de Cancio lanzan grititos al enterarse de que el recién llegado es el embajador de España. La hermana mayor de Ali, que ocupa un lugar a la derecha de Diana, en uno de los megasofás, le propina un codazo cuando vuelven a sentarse. «¿De verdad está soltero?»

De la Vara le envía a Diana un gesto que no pasa inadvertido a Salva. Los ojos oscuros del profesor se animan con sorna cuando ella, bien educada al fin y al cabo, abandona su puesto, copa en mano —hay trances que requieren alcohol— para seguir al embajador hasta la terraza.

La brisa de la noche, saturada de aromas portuarios, le inunda los pulmones. Quizá sea la última vez que contempla esta perspectiva. Ha frecuentado poco el piso de Matas, y siempre con otra gente.

Ramiro se acoda en la barandilla, pegado a Diana, pero ella se despega y lo afronta, poniendo aire y la copa por delante.

—¿Qué ocurre?

—Eres difícil de ver. —Compungido, el embajador, frunce su gran rostro sonrosado—. Te he dejado miles de mensajes.

—Muy ocupada. Tengo entre manos una investigación.

—Lo sé. —De la Vara da un paso hacia ella, y ella dos hacia atrás—. De eso quería hablarte.

—¿Ah, sí?

—Aquí donde me ves, sé cosas. Un embajador siempre sabe cosas. En esta ocasión, por mi especial amistad con los Asmar y, más concretamente, con el añorado Tony. ¡Ah, este martirizado país! ¡Cuánto dolor produce!

Parece al borde de las lágrimas. Rioja, deduce Diana, o quizá algo más fuerte, libado antes de salir de la embajada, para sentirse a tono.

—¿Qué es lo que sabes?

—No. Aquí, no. ¿Cenas mañana conmigo en la residencia?

Dial va a negarse pero recuerda a tiempo que Joy necesita a alguien de arriba que avale su petición de visado en el consulado de Egipto. No puede plantearlo aquí. Sonríe.

—Será un placer —miente, pero añade, ya con sinceridad—: Sobre todo si me ofreces Jabugo.

Cuando regresan al salón se le acerca Salva con la botella, presto a rellenar su copa.

—¿Pesado? —inquiere.

—Atento —replica ella, secamente.

—¿Qué quería? —insiste.

—A mí.

Se desembaraza de la mano de Salva, que aferra su brazo con demasiada fuerza. No son celos. ¿Qué es?

Regresa a su lugar en el sofá a tiempo de presenciar la representación. El discjockey, que lleva el pelo enhiesto como una llamarada de pinchos en gradaciones anaranjadas, ha puesto la consabida canción oriental marchosa, a solicitud de Carlos Cancio, como era previsible. El viejo corresponsal danza sentado, levantando los brazos a la manera libanesa pero sin gracia. Entre aclamaciones, Ali se pone en pie e inicia un insinuante movimiento de caderas. La danza del vientre, servida por un efebo. No es la primera vez que Diana asiste a semejante demostración, aunque sí en esta casa. A Carlos le brillan los ojos mientras el otro se abre la camisa, se desabrocha el inicio de la bragueta y muestra el vello de su bajo vientre, ceñido por unos calzoncillos Calvin Klein.

El ambiente se va amariconando por momentos, Dial se pregunta cómo acogerá su amigo lingüista esta demostración. Le busca, no le ve. Se da cuenta de que está detrás de ella, en pie. Gira el cuello y alza la cara para mirarle, y lo que ve le abre el esófago como si le hubieran clavado una estaca.

Salvador Matas tiene la boca abierta, un hilillo de saliva en la comisura izquierda y la mirada brillante. Diana gira la cabeza para hurtarle el desconcierto que aflora, irreprimible, en sus ojos.

Es una revelación que desata en Dial sensaciones contradictorias. Cuando se despide de todos, saludando con la mano y dejándoles entregados a sus bailes, Salva la acompaña a la calle, en donde la espera un taxi. Se despiden con dos besos en el aire, y él parece ausente, como si se estuviera perdiendo algo importante que sucede, o puede suceder, en su apartamento.

Camino de casa, Diana Dial reconoce que las mujeres tienen una extraña manera de sentir.

Porque si Matas es homosexual ¿por qué, después de todo, la idea no le sorprende?eso le aleja tanto de Cora Asmar como de ella. Y, en el fondo, le gusta.



Sábado, 3 de octubre de 2009

—Menuda la liaste ayer con la Cobra —se ha quejado, burlón, el inspector Fattush, nada más verla.

Él y Diana se encuentran en el despacho del primero, en la sede de su comisaría, cerca de la Universidad Americana de Beirut. Son las once de la mañana del sábado y apenas se ven coches o gente en las calles, lo que ha permitido a Georges atravesar la ciudad como si llegara tarde a competir en las 24 Horas de Le Mans. Dial habría preferido que condujera más despacio, deleitarse con el trayecto. Atmósfera relativamente libre de la contaminación de los tubos de escape; las precarias y deformes aceras, desiertas; acacias y ficus gigantescos, mezclando sus hojas de terciopelo verde, aprovechando también ellos esa mañana de sábado.

A su insinuación de que fuera más lento el chófer ha fruncido el ceño. ¿Perderse una oportunidad de correr? Los ricos, para ser estupendos; y los coches, para ir rápidos, ha pensado Diana, completando su reflexión con el tercer mandamiento del macho medio libanes: las mujeres, para ser guapas, melosas, sumisas. Y putas, aunque lo último sólo cuando son propiedad ajena.

El despacho del inspector Fattush se halla al otro lado de un destartalado patio-zaguán-aparcamiento, en el que habitan media docena de gatos, mimados por los agentes que montan guardia —y más les vale, de lo contrario Fattush los enviaría a galeras—, y una palmera que tiene el tronco como si lo hubieran rapado al cero para una intervención quirúrgica y, en contraste, una abundante melena bohemia y grisácea que le cae a un lado, como si contemplara el mundo de abajo con escepticismo y algo de escándalo. Las comisarías no son un buen sitio para que crezcan dátiles.

—¿Qué le dijiste exactamente? —inquiere el inspector.

—Lo que cualquier periodista hubiera preguntado en mi lugar.

Y pronuncia la frase, que tiene memorizada porque se la repitió muchas veces antes de espetársela a la Cobra: «¿Qué tal quedaría el prestigio de su familia si alguien difundiera que usted trabaja para los mismos que bombardearon su país hace sólo tres años?»

Fattush se repantiga en su viejo sillón —en la pared, a su espalda, figura un retrato oficial del presidente Michel Suleiman— y le sonríe apenas. Algo preocupa al inspector.

—Eso es lo que le plantearía un chantajista profesional a un prestigioso banquero, pilar de la comunidad y espejo de virtudes, que hubiera traicionado secretamente a su país. Eso, y la exigencia de una suma de seis ceros a cambio de guardar silencio.

—Reconozco que, a veces, periodistas y chantajistas nos parecemos bastante —concede Diana—. Lo nuestro es por un buen fin.

—Estás retirada.

—Ah, no lo entiendes —disiente la mujer—. Ya no soy reportera. Periodista, hasta la muerte. Se lleva en la sangre. Igual que tú, con lo tuyo. ¿Dejarás de ser un sabueso cuando te retires? Me pasa lo mismo. Ya no publico. Pero busco la verdad, como he hecho siempre.

—La Cobra —Fattush marca una pausa para magnificar lo que sigue—, es decir, el poderoso primogénito de los Asmar, en pleno duelo por la muerte del hermano menor y nuevo mártir de la patria, ha montado un número... En fin, quiere que te saquemos de en medio.

—¿Te ha mandado a sus sicarios? —pregunta ella—. Eso sólo confirma la versión de la viuda. Culpable.

—No a mí. No soy lo bastante importante para él. —Levanta la mano y señala un techo imaginario situado muy arriba—. Se ha movido por las alturas. Y alguien que sabe que te conozco me ha enviado recado para que te avise. Van en serio, Diana.

Se levanta y da cuatro pasos hasta la ventana que da al patio. Retrocede con una mueca de repugnancia, toma un kleenex de la caja de marquetería que está sobre su mesa, entre un banderín de Líbano —cuyos pliegues suele acariciar con frecuencia, como si fuera un fetiche— y la foto de su mujer y sus hijas, y frota una mancha concreta en la suciedad gaseosa que empaña los cristales.

—Una mosca muerta —murmura—. No aguanto más cadáveres de los necesarios.

Se sienta al lado de Diana.

—Sea lo que sea que haya hecho, y estoy convencido de que es capaz de todo, esta rápida movilización por parte de Asmar tiene una lectura política de fondo. Lo que tú has descubierto, o pretendes descubrir y probar, pondría en peligro, de hacerse público, no sólo su imagen sino también su influencia con Ramal Ayub. El Anciano puede tener muchos defectos, y no te digo que en otro tiempo no haya cambalacheado hasta el crimen con los gobiernos judíos. Pero no es tonto. La última matanza israelí, la del verano de 2006, todavía nos pesa. El viejo no es tan imbécil como para no saber que, junto con la traición, el agravio y la burla debilitarían a su partido, precisamente en vísperas de la formación del maldito gabinete de Gobierno. ¿Qué haría Ayub? Sacarse de encima a Samir Asmar, y con él, a la familia. Muchos de sus rivales cristianos, y hasta algunos aliados, están deseando desplazar al clan de su puesto clave en el maronitismo.

—Y está el asesinato de Tony. Su propio hermano.

De nuevo el uso de las tres palabras —su, propio y hermano— hace que la detective se sienta como una intérprete de melodrama.

El policía asiente.

—Asmar te neutralizará como sea. Yo que tú me andaría con cuidado.

Diana inicia un gesto de protesta.

—Lo sé, amiga. No te arredran ni los tiros ni las bombas —corta él, sarcástico, pero menos de lo que podría esperarse.

Se levanta otra vez. La mujer se da cuenta de la seriedad de sus palabras porque le ve nervioso, inquieto.

—No hablamos de armas convencionales a la libanesa. —Hay amargura en sus palabras, junto con ironía—. Hablamos de veneno. Ponzoña. Llámalo como quieras. Ácido sulfúrico, sustancias corrosivas. Es decir, impunidad. Eso es lo que destilan los Asmar y sus cómplices, las Ghorayeb. El producto interior brutal de este país, por cuya elaboración rendimos pleitesía a nuestras más repugnantes y acrisoladas familias. Cualquier día puedes comerte unos salmonetes letales o encontrarte con la noticia de que traficas con drogas o utilizas a menores en un tinglado de prostitución. Lo que sea que se les ocurra para desprestigiarte y ponerte en la frontera. Al fin y al cabo, ya no perteneces a ese como se llame periódico que te protegía cuando eras periodista... Perdón, reportera.

Se cruza de brazos, esperando una respuesta.

—¿Qué debo hacer? —Diana le observa.

—Largarte a Luxor. Era lo previsto, ¿no? Si no hubiera surgido este asunto ahora ya estarías con esa amiga tuya. Métete en el primer vuelo de Egypt Air. Márchate. Olvida este caso, olvida este país. Nuestras hienas no merecen tanta atención.

—¿Y si no lo hago?

—No podré protegerte. En cualquier momento pueden abandonar la fase actual, en la que creen que eres una avispada chantajista, con datos sobre el acuerdo con los israelíes, a quien probablemente les convendría untar. En cuanto descubran que trabajas como detective para Cora Asmar por la muerte de su marido se arrojarán sobre ti.

—Cora no será tan idiota...

Fattush la contempla, ahora sí, con toda su sorna colgando de su sonrisa triste.

—Vamos, Diana. Tú sabes que sí. Si algo es esa chica, es idiota. Su matrimonio lo prueba. Sólo una imbécil se emparenta con semejante familia. ¡Una europea! Cora es una pobre mujer con lengua de trapo. No resistirá la tentación de pavonearse ante los Asmar de lo mucho que sabe. De hecho, también ella está en peligro. La diferencia —concluye el inspector— es que, a mí, la viuda no me importa.

Dial coge el retrato de las mujeres de Fattush y lo examina.

—Qué altas ya, las crías. ¿Qué edad tienen?

—La menor tres años y es más sensata que tú —replica Fattush con impaciencia—. ¿Por qué no lo dejas?

Usa el tono cansino de quien no ignora lo inútil de su intento.

Diana desvía su atención hacia el móvil, que suena en ese momento. Responde con un desganado monosílabo pero en seguida desorbita los ojos expresivamente y gesticula en dirección a Fattush.

—Buenos días, señora Asmar —dice, enarcando mucho las cejas—. Sí, sí, claro, es un placer. No, cuánto lo siento, mañana por la mañana, imposible. Tengo un compromiso previo, una cita de hace semanas... ¿Por la tarde? Mejor, sí, por la tarde. Ah, bien. De acuerdo. Entonces le esperaré a las cinco. ¿Tiene mi dirección? Bien.

Desconecta y le suelta:

—Era Yumana Asmar. La matriarca quiere verme mañana mismo. Enviará a su chófer a buscarme. Dice que estas cosas se solucionan mejor entre mujeres. Y sabe muy bien dónde vivo.

Diana no puede asegurar que el inspector Fattush se sienta más tranquilo ahora que cuando entró hace un rato en su despacho.

La embajada está en un palacete de piedra caliza, de dos plantas, que se alza, solitario, en la zona más recóndita de una colina, en las afueras de Beirut. Es una hermosa mansión, con un gran jardín delantero y otro interior. Césped bien cuidado, árboles de espeso follaje, parterres y setos muy elegantes, ajenos a la contaminación del exterior. Los salones alternan el encalado de los muros con retazos de piedra viva, tapices selectos y cuadros de pintores abstractos españoles. Chic oriental, más una pizca de solemne cordura castellana, bajo los techos abovedados que evocan un convento medieval.

—Espero que disculpes la confianza —recita en tono íntimo De la Vara, apartándose para invitarla a entrar en lo que, previamente, ha denominado «mis aposentos».

A Diana le parece chocante que, por segunda vez en los últimos días, alguien elija el dormitorio como escenario para sus confidencias. Quizá se trate de una moda libanesa de cuño reciente, reflexiona con resignación. Y con descanso: al menos, el embajador no la ha recibido en pijama.

La periodista no ha puesto nunca los pies en las habitaciones privadas de la residencia, y no puede negar que siente curiosidad.

El reducto particular del jefe de la legación ocupa un torreón de severidad fingida, operístico —la Tosca bien habría podido arrojarse desde allí, para en seguida levantarse y saludar—, al que anfitrión e invitada han llegado ascendiendo por peldaños insensibles al paso del tiempo y de embajadores.

—He dirigido personalmente la decoración —comenta el embajador, orgulloso, y se queda pendiente de su reacción.

—¡Dios! —exclama ella muy apropiadamente.

Lo que ve la pilla por sorpresa. Esto es el Museo del Crucifijo, se dice. La cama, de tamaño triple y seguramente reforzada, no añade atractivo alguno a la amplia estancia, en cuyas paredes figuran —con la única excepción de una imagen de Cristo Rey que abre sus brazos desde la pared opuesta a la cabecera— más cruces de las que la periodista ha visto y verá en toda su vida, y tal afirmación incluye la amplia gama local de tales símbolos, en cuya exhibición el Líbano cristiano no resulta especialmente parco.

Lo del embajador es un enjambre. Las paredes del dormitorio y las del saloncito que se interpone entre esta habitación y la terraza aparecen forradas de cruces de todos los tamaños y materiales, apretujadas una junto a otra.

—¡Jesús bendito! —redunda Diana, ante el placer de Ramiro, que toma su exclamación por un derrame admirativo.

—Una colección única en el mundo —se pavonea—. Vamos, no es oficial ni estoy en el libro Guinness de los Récords, pero me jugaría esta pieza a que no existen tesoros tan completos como el mío.

Toma en sus manos la cruz, de doble travesaño y cuajada de pedrería, a la que se ha referido al lanzar su presunción.

—Perteneció a Rasputín. Procede de los tesoros del Kremlin. La compré, ejem, en una especie de subasta por Internet. Clandestina. Muy peligroso. En mi posición, practicar el cristianismo puede resultar un auténtico reto, Diana. Incluso en el terreno decorativo. Pero soy de la opinión de que los creyentes tenemos que dar testimonio de nuestra fe por doquiera que vayamos.

Espera un elogio por su parte.

—Creí que allí sólo guardaban la momia de Lenin —comenta, en cambio, la mujer.

—No puedes imaginar hasta qué punto está arraigado el amor al crucifijo por esos mundos del Señor. —El sigue con su tema—. ¡La querida Madre Rusia no se rindió ante la feroz bota soviética! Y en los cinco continentes, no te creas, pasa lo mismo. Esta pieza única —ahora coge un crucifijo pequeño que parece de marfil— me la regaló un amigo embajador que estuvo destinado en el África profunda. Es una reliquia santa. Hueso de mártir. —Agita la crucecilla—. De mártir misionero. Los paganos, en su salvaje ignorancia, se comieron al gran evangelizador padre Benoît, quien, por cierto, era de origen libanés aunque fue ordenado en Roma. Espero que le canonicen pronto, yo mismo he enviado la petición al Santo Padre... ¿Por dónde iba?

—Los salvajes se lo comieron —le recuerda Dial.

—¡Ah, sí! ¡Estás en todo! —Sonríe, contento, y le saca brillo a la cruz con el puño de su chaqueta—. Mientras hacían su digestión, Benoît obró el milagro de que comprendieran su pecado. Presos del más doloroso arrepentimiento, se convirtieron, y decidieron que con los huesos de su salvador tallarían reliquias. ¿No es lo más sublime? ¡Que los huesos del hombre que dio su vida por la fe devengan objeto sagrado!

—Necesito un trago —dice Diana.

—Ah, perdona, qué descortés soy. En la terraza tenemos un bufet frío. —Entorna los ojos, insinuante—. He dado fiesta al servicio hasta mañana por la noche. Estamos solos.

Deposita el pedazo de hueso humano en su sitio y —con la misma mano, Dios santo, piensa Dial— la toma del brazo y la conduce hasta el exterior.

—¿Vino? —pregunta Ramiro, disponiéndose a abrir una de las botellas alineadas en una mesa rectangular, cubierta con un mantel de hilo que lleva bordada la bandera de España en las esquinas.

—Preferiría un whisky. En vaso corto, sin hielo. Y doble.

Está loco, se dice Diana. Está como una cabra. Interesante cuestión: ¿los occidentales pierden la razón en Oriente Medio o acuden a Oriente Medio porque han perdido la razón?

De la Vara carraspea.

—¿Qué te parece mi refugio? Esa parte de ahí —dirige la vista a la pared de madera labrada que, con una puerta en el centro, divide la terraza en dos— la he transformado en gimnasio. Me conviene rebajar peso.

Se palpa la tripa. A Diana le zumba una campanilla en el cerebro. ¿Qué le recuerda este gimnasio situado cerca del dormitorio? El propio embajador la saca de dudas:

—Tariq, que es un excelente entrenador físico, me obliga sudar la gota gorda ahí, todos los días. Me ha hecho instalar una sauna, y me da masajes.

—¿Tariq, el de Cora?

Un poco sorprendido, el embajador asiente.

—Ella me lo recomendó. Le conoció no sé dónde, en una obra de caridad, y se ha propuesto que trabaje en las mejores casas de la ciudad. Es un chico con porvenir, muy listo. De una aldea del norte. Su familia huyó a Canadá al principio de la guerra civil. Él creció en Montreal. Habla francés e inglés perfectamente. Parece que trabajó con su hermano en un negocio de artículos deportivos. Tariq decidió venir aquí, instalarse en la tierra de sus padres. Ya sabes cómo tira Líbano. Es musulmán, pero muy buen chico. Al principio, las cosas no le fueron muy bien, según me contó.

—Pero conoció a Cora —tercia la mujer, súbitamente interesada—, y Cora le ayuda a salir adelante.

—Él tiene amigos en todas partes, en los campos palestinos y hasta entre los salafistas de Trípoli, y también le recibe lo más distinguido de la sociedad. Es un caballero y gusta mucho a las mujeres. —Guiña un ojo—. Ya sabes, guapo y discreto. A mí me consigue lo mejor de lo mejor para mi narguile. Luego nos fumaremos uno, verás qué rico. Es mi único vicio, lo reconozco. Me lo fumo mientras me doy un baño, después de mi sesión de ejercicio. ¿Has probado a fumar pipa en la bañera? Te deja muy bien, relajado, pura sensualidad...

La mira golosamente mientras apura la segunda copa de Rioja, pero Diana no le presta atención. Así que el embajador y la viuda comparten a Tariq, el prodigioso. Deberá hacer que se lo presenten.

—¿Por qué me has invitado? —Dial va directa al asunto.

—Conoces mi especial deferencia hacia ti —replica él, ceremonioso—. Enterado de tu interés por el terrible atentado que causó la muerte del querido Tony, creo que obra en mi haber información reservada que puede resultar de tu incumbencia.

Se sientan, con sus respectivos platos en las rodillas, en un sofá de mimbre. Diana contempla la oscuridad del jardín de abajo, interrumpida sólo por los lunares amarillos de las farolas. Al fondo del paisaje, el cielo reverbera con la iluminación de las estribaciones meridionales de Beirut.

Ramiro se acerca a Dial, tanto que sus muslos como mortadelas forradas de gris marengo se interponen entre ella y cualquier intención de huida. Las zarpas de oso del diplomático se ciernen sobre sus manos. Aguanta, guapa. Por Joy. Maldita filipina, maldito visado.

—¿Qué te parece mi colección de cruces? —pregunta, con voz dulzona.

—No me gustan las acumulaciones. —Aparta las manos. Al diablo con Joy—. Y soy atea.

—Y sin embargo, nos unen tantas cosas. —Los ojillos del embajador despiden lujuriosos destellos que se desploman poco después, como gusanos muertos, en el escote generoso de la otra.

Diana se suelta y ataca un canapé de salmón.

—Gimnasia y masajes. Dice Tariq que puede esculpirme en unos seis meses. Y que esculpido luciré mucho mejor. Son décadas sin mujer, ¿comprendes? Mi dolor de viudo hizo que me abandonara, entregándome a consuelos inmediatos. La gula me pierde, pero es un pecado que el Señor perdona. Te juro que en nuestra boda no haré el ridículo, te lo prometo.

Diana le mira sin entenderle. Cuando lo hace, se atraganta y tiene que escupir restos de canapé en una servilleta.

—Podríamos anunciar nuestro compromiso por entonces —continúa De la Vara—, en cuanto esté debidamente esculpido. Comprendo que ahora te avergüences de mí, una mujer con tanta clase. Claro que ya eres talludita, y tienes que admitir que un buen partido como yo no volverá a presentársete.

—¿Un qué? —balbucea la periodista.

Y el otro, impertérrito:

—Mis hijos no nos molestarán, ya están colocados, y ni siquiera tendrás que luchar contra el fantasma de mi primera esposa, Claudine, que era tan sacrificada que ni con seis partos tuvo bastante como sufrimiento, y solía llevar puesto un cilicio con pinchos. Yo no estaba a su altura, el dolor físico me aterra. Por eso, sin duda, Dios me envía tentaciones, te lo puedes imaginar... Ay, esas tetitas...

Se produce un rápido viaje de manos. La del embajador se desplaza de improviso al escote de Diana y la de Diana a la mejilla derecha del embajador, al tiempo que le suelta una indignada retahila, ocurrencia instantánea que piensa que quizá funcione:

—¡Excelencia! ¡Recuerda quién eres y lo que representas! ¡El buen nombre de España!

Como al conjuro de palabras mágicas, Ramiro recupera la compostura, oronda pero impecable, de las ocasiones oficiales. Se levanta, se pone firme, se recoloca la chaqueta.

—Imperdonable. Imperdonable —balbucea—. Un comportamiento a todas luces deleznable. El embajador solicita excusas. Te mandará flores, hará lo que sea.

¿En tercera persona? Como una cabra.

Dispuesta a terminar pronto la noche, Diana le recuerda:

—Tienes algo que contarme, o eso me has dicho.

—Ah, sí.

Vuelve a sentarse, esta vez en una silla, en una declaración muda de intenciones.

—Cora Asmar no es lo que parece.

La frase resulta lo bastante ambigua como para que la periodista mantenga un discreto silencio.

—No es una mujer decente. Tiene un amante. —De la Vara deja caer la frase con evidente esfuerzo, ya que ha regresado a su papel de caballero español.

—¿Y quién es? —Aunque, en realidad, Diana se pregunta cómo un miembro numerario del Opus Dei puede creer que Cora Asmar parece una mujer decente.

—Tony creía que era una joven como Dios manda, y yo también... Con esa cara de virgen flamenca pintada por el maestro Campin, esa piel pálida, ese pelo rojo...

Diana comprende que la ignorancia y el deseo se mezclan en la percepción que el embajador tiene de las mujeres.

Loco y lelo. Oh, por los clavos de Cristo, ¿qué hago aquí? Menos mal que Diana ha prometido enviarle una llamada perdida a Georges, que la espera a la entrada, en cuanto necesite abandonar la embajada y a su desquiciado inquilino. Una pregunta atraviesa su mente.

—Dime, embajador. —Insiste en nombrarle por el cargo, usándolo a manera de protección—. ¿Crees que Salva es gay? Tú le conoces, coincidiste con él en otros países. La otra noche... Aquel chico.

—Te refieres al baile, ¿no? Terminó fatal. Ali, el efebo, se enfadó con Salva y Carlos Cancio, con Ali. Muy desagradable. El pobre muchacho sigue enamorado...

—¿Quién, Ali? ¿Enamorado?

—De Salva. Hace tiempo de eso. Al poco de llegar Matas a Beirut, antes de que tú vinieras. No sé por qué, el chico concibió esperanzas y le montó unas cuantas escenas, al ver que no era correspondido. Cuando Carlos lo recogió acababa de intentar suicidarse.

—¿Tú crees que Salva...? —pregunta Diana, con un hilo de voz.

—¿Mariconcete? No, no creo que nuestro amigo lo sea, aunque a veces... Confieso que su excesiva discreción... Te seré franco. Tanto en la Fundación Quijote como en la carrera diplomática se dan casos... Cómo decirlo sin faltar a mi más escrupuloso sentido de la delicadeza. No deseo ofender, no deseo ofender... Pero casos raros. Frustraciones. Gente que va cambiando de ciudad en espera de esconder que en el destino anterior no le ocurrió nada personal digno de memoria, y que necesita mimetizarse con el resto de frustrados. Nos movemos con seguridad entre los nuestros, desconfiamos del resto de los mortales. Hay gente entre nosotros que se hace pasar por normal y no lo es. Con esto no quiero decir que todos... Por Dios, no me malinterpretes. Y no me tomes por un tipo raro... Estoy convencido de que Jesús me quiere y me guía.

Despliega los brazos en un gesto entre simple y confiado. Diana frunce el ceño:

—Concretamente, ¿qué sabes de Matas?

—Nunca le conocí ningún lío. No es como yo, un viudo de oro muy solicitado, pero también difícil de cazar... Aunque ahora... Ahora es diferente, tanto para él como para mí. El amor nos aferra entre sus garras.

La contempla con sus ojos húmedos por el vino. ¿O por los celos? ¿Conoce Ramiro de la Vara sentimientos de Salva hacia ella que la propia destinataria ignora? ¿Por eso ha precipitado, a su manera psicótica, lo que cree su petición de mano?

Como sigas aquí mucho tiempo, también vas a volverte loca, se dice la mujer.

—¿Quieres ver mi gimnasio? —Se levanta el diplomático, cambiando bruscamente de tema.

—Me irá bien estirar las piernas —Diana se apresura a aceptar.

Quizá un entorno tan aséptico como un gimnasio, aunque sea pequeño, despeje por completo a De la Vara de su lujurioso delirio.

—Cinta para correr, bicicleta, pesas, barras —relata el embajador, definiendo lo obvio que aparece ante sus ojos—. Camilla para masajes.

La mira de nuevo turbiamente y, antes de que la periodista pueda reaccionar, la tiene abrazada de espaldas, hincándole el rostro contra la funda de felpa que cubre la camilla. Diana siente todo el peso del hombre sobre su columna vertebral. Boquea, buscando aire y algo rotundo que decir:

—¡Por Dios! —gime, finalmente.

Nunca ha nombrado más a Dios que en esta aciaga noche.

Al poco le resulta evidente que el otro, aparte de aplastarla, no sabe qué hacer con ella debajo. Dial da mentalmente gracias a su difunta mujer por no haberle iniciado en los juegos de la carne pese a los seis polvos que, previsiblemente, debieron de preceder a los partos. Y piensa que, en sus conquistas, el torpe embajador no ha debido de gozar de demasiada fortuna.

Ladea la cabeza, respira y lanza una astuta propuesta:

—¿No sería mejor que esperáramos a casarnos?

Cierra los ojos, la mujer, visualizando desde su difícil posición la patética escena que está teniendo lugar en la residencia privada del embajador de España. De súbito se echa a reír, medio ahogándose. Poco a poco, él la suelta y se queda delante de ella, mirándose los zapatos como un escolar compungido.

—¡Por el amor de Dios, embajador! —Presa de un ataque de hilaridad histérica—. ¡A nuestra edad!

Intenta reconducir la situación, incluirse sin aspereza en la fantasía del otro. Le toma de la mano, le lleva a la terraza, se sientan en el sofá pero convenientemente separados, como dos novios que pueden ser sorprendidos en cualquier momento por una seca carabina.

—¿Qué ocurre con Cora Asmar? ¿Qué ibas a contarme? —pregunta con dulzura.

El embajador la mira, aletargado.

—¿Cora? ¿Qué Cora? ¡Ah, Cora!

—Has dicho que no es lo que parece, embajador. —De nuevo usa el título como utilizaría el crucifijo de piedras preciosas, si se terciara, para interponerlo entre ella y la alterada mole diplomática que tiene enfrente.

—Pues, mira, no, no te lo digo. —El tono es juguetón—. Otro día. Así volveremos a vernos, ¿vale? ¿Me lo prometes?

Suena el móvil de Diana. Es Georges, con voz preocupada: «Me parece que es mejor que salgas ya de ahí. El de la garita acaba de contarme que el embajador se comporta como un incontrolado. Que la legación va manga por hombro, los consejeros viajan a Madrid a conspirar contra él, y que, aquí, los GEO han enviado una carta al Ministerio quejándose del comportamiento de De la Vara durante sus salidas. Dicen que no pueden garantizar la protección de un hombre que le toca el culo a la primera mujer a quien se acerca, sin importarle que el marido esté delante. Yo que tú saldría de ahí ahora mismo.»

—Ahora mismo —repite ella, sin mover un músculo del rostro, a la manera de Samir Asmar—. Me muero de sueño.

El embajador la acompaña hasta la puerta, tambaleándose —entre tanto trajín ha tenido tiempo para beber mucho—, y atraviesa con ella el jardín hasta la verja. Georges la espera junto a los guardias de la garita.

—¿Cómo quedamos? —pregunta Ramiro de la Vara, con ojos lacrimosos, a través de la ventanilla—. Firmaremos un papel... Si no quieres que nos casemos, firmaremos un papel, yo cuidaré de ti y tú cuidarás de mí...

Diana, sintiéndose segura en el interior del coche, se expresa ahora en voz baja pero con rotundidad.

—Vete a tomar por culo, gilipollas.

Y con él, piensa a continuación, también será sodomizada la posibilidad de que el embajador solucione el tema de Joy.

—¿Estás bien? —se asegura Georges.

¿Lo está? Desazonada, Dial responde:

—Ningún problema, Georges, pero muchas gracias por interrumpirnos a tiempo.

A sus espaldas queda la exclamación llorosa del embajador:

—¡Haz conmigo lo que quieras! ¡Lo que quieras!



Domingo, 4 de octubre de 2009

Manotea en el aire, con media mente refugiada aún en la oscuridad y dos tercios de cuerpo a resguardo, bajo la sábana. Resaca. La araña muerta que la ha perseguido en el sueño ya no está ahí. Eso ocurrió antes de que empezara la pesadilla real. Antes de que sus sentimientos reprimidos saltaran como un polvorín de esporas a raíz del atentado.

«No es una mujer decente.» La frase pronunciada por De la Vara estalla, de pronto, en su cabeza. Se le alegra el día.

Decide no elegir —se dice que podrá hacerlo más tarde— entre la satisfacción que le produce saber que Cora, entregada a un amante desconocido, se encuentra fuera del alcance de Salva, y el entusiasmo que le causó hace dos noches imaginarle como gay, tan imposible para la viuda como para ella misma. Se asoma al balcón. Se queda un rato contemplando a la mujer de enfrente, que vuelve a hablar con sus pájaros. Ella, al menos, ha olvidado ya el susto del atentado. O lo asimila, como hacen todos, lo interioriza. Forma parte de su circulación sanguínea. La sangre de todos, espesada con la del intempestivo mártir.

Sin pensarlo dos veces toma el teléfono y marca el número del profesor. Del Mesías, rectifica, de buen humor.

—¿Te despierto?

Casi ve la sonrisa del otro, y no puede reprimir la suya, cuando le escucha apostillar:

—Soy despierto, lo esté o no.

—Vale, vale —responde, conciliadora y algo perdonavidas.

Siente tantos deseos de que su relación vuelva a ser como antes. ¿Qué importan el amor, la pasión y sus agobios, frente al consuelo que proporciona el disfrute de la amistad?

La mujer del balcón de enfrente abre con cuidado la jaula e introduce una mano en el interior, en donde revolotean media docena de jilgueros. Algo demasiado blando se mueve en las entrañas de Diana.

Le refiere a Matas, con lenguaje telegráfico, la escena de la camilla en las habitaciones del embajador, y Matas ríe cálidamente.

—Quiero detalles —dice, perentorio, cuando Dial termina—. De toda la velada.

Respira hondo la mujer. No puede permitirse meter la pata. Tantea.

—Estuvo muy locuaz. Piensa que Cora tiene un amante. ¿Lo sabías? —Tono suave.

La mujer de enfrente sostiene un pájaro inmóvil en la palma de la mano.

Matas guarda silencio. Por último:

—No, ni idea. Vaya. De lo que se entera uno.

Diana va un poco más lejos:

—¿Dolido? Es curioso que lo ignores, siendo tan íntimos.

La mujer del balcón de enfrente se encoge dentro de la bata de colores brillantes, cubre el contenido de la mano con la otra, aprieta ambas contra su seno. Con rapidez, Diana da la espalda a la escena, la borra.

—No, ¿por qué? Puede que sea mentira—contraataca Salva—. ¿Desde cuándo te fías de Ramiro? ¿Y quién es ese supuesto amante? ¿Tiene un nombre?

—No estoy segura. —Recoge velas, aligera—. El embajador llevaba una cogorza considerable... Seguro que guarda los detalles para cuando nos casemos.

Quizá su amigo ama en serio a Cora Asmar. Quizá es, como ella, alguien que espera una migaja de cariño. Siente una oleada de ternura maternal hacia el hombre. No. Salva no sufrirá. Será feliz tal como desee serlo o ella no será nada. En esto consiste llevarle quince años, en desear su bien, aunque a veces la ira que le provoca impulsaría a Diana a abofetearle como a un niño cruel. Su ira por haber aparecido tan a destiempo. Por el desencuentro.

Sus contradicciones la asfixian.

—¿Nos vemos luego? —pregunta él.

Quedan para cenar. Pero la detective o periodista rechaza que sea en su apartamento. Eso terminó para siempre. No se ve con fuerzas para soportar una reedición de lo que ya ha enmarcado para el futuro como su última terraza compartida, la noche en que él apareció con ingredientes para cocinar adquiridos antes o después de ver a la viuda, puede que aconsejado por ella, mintiéndole a Diana. Da la espalda a la mentira, como al pájaro muerto, y sugiere un restaurante de los muchos que en Beirut brotan tan súbitamente como los sobresaltos. Uno con menú de fusión resultaría adecuado. El desapego de Salvador Matas más la frustración de Diana Dial. Hielo y fuego.

Templar ambos. Recomponer la amistad. Tarea para el final de este día que se presenta denso.

Cuando cuelga ve que, mientras hablaba, la ha llamado Fattush. Marca retorno.

—Precioso día. Estoy en la Corniche —anuncia el hombre—. ¿Te vienes a correr?

—¿Correr? No lo tengo en mente —replica Diana—. Además, he de acudir a una cita a mediodía.

—Caminaremos en una sola dirección —propone Fattush, que conoce su aversión a las idas y vueltas—. No te robaré mucho tiempo. Tengo algo para ti.

—Y yo necesito que hagas una averiguación.

En la calle Damasco, Diana detiene un taxi Mercedes desvencijado —Georges libra hoy— que le recuerda el Beirut más ingenuo de los primeros tiempos. ¿O era ella, la crédula? El conductor tiene puesta la radio con estentóreas oraciones a juego con el rosario musulmán que se balancea, colgado del retrovisor. Ella le indica la dirección en su mejor árabe, que es escaso pero sirve para estas circunstancias, y el otro interrumpe la charla especial para turistas con que había empezado a obsequiarla. Cuando la deja en Ain el-Mressié, la generosa propina que recibe le sorprende. «Por no hablar», zanja Dial, didáctica.

Fattush la espera apoyado de espaldas en el pretil de tubos de hierro que bordea la Corniche. A su lado, una mujer mayor que Diana hace flexiones para la espalda. Detrás de él, el impecable azul claro del Mediterráneo, ceñido por el sombrero algo más pálido de un cielo sin nubes. El viento, vigoroso, las ha ahuyentado.

—Voy a pasar el domingo trabajando —dice el hombre—. ¡Mi madre y mi mujer se han vuelto a pelear! Mi madre quería que me pusiera ya la camiseta de invierno, mi mujer la ha llamado loca, mi madre le ha reprochado que no cuida lo bastante de mí. Las niñas se han añadido a la trifulca. Yo... En fin, bienvenida seas.

—Te invito a un café —propone Dial, iniciando resueltamente el cruce de la Corniche, que a esa hora todavía está en calma. No tiene ganas de caminar.

Ocupan una mesa, en la esquina de una terraza protegida por cortavientos de plástico.

—Te he traído algunos papeles sobre el estado de las cuentas del muerto. —Fattush le tiende un sobre grande—. Tienes mala cara.

—Sueños agitados —replica Dial, comprobando el contenido del sobre—. Pídeme un expreso doble.

Se quita el chal de seda y se desabrocha los dos primeros botones de la blusa, se arremanga. El inspector permanece callado mientras ella lee, relee, comprueba y toma notas en su cuaderno. Cuando por fin termina:

—Vaya, se ha enfriado el café.

Piden otra ronda.

—¿Puedo quedármelos? —inquiere.

—Hice dos copias. Una para ti y otra para mí. Por si acaso.

—Bien. Estado de cuentas, investigaciones bancadas, balances, saldos hipotecarios, préstamos... Muy completo, Fattush, gracias.

Cuando el camarero se va con el pedido, Dial le dice:

—Dispongo de veinte minutos, luego tengo una cita.

—¿Relacionada con el caso? —pregunta el otro.

—Mucho. Al menos para mí —replica, sin más explicaciones.

No tiene ganas de hablar. Recuesta la cabeza en el respaldo de la silla y cierra los ojos, como si quisiera olvidarse de todo y sentir únicamente el mordisco del sol en el rostro. Cuando los abre sorprende a Fattush mirando con aprensión a una pareja que se abraza estrechamente al otro lado de la calzada, junto al mar.

—Dan ganas de avisarles —comenta el hombre—. Peleas, niños. El futuro.

La periodista golpea el sobre con el índice.

—Debía dinero a todo el mundo. A su familia, varios bancos, socios, ex socios... Su hermano Samir era uno de sus principales acreedores. Según esto, le había prestado dinero para todos sus negocios ruinosos, incluido el último. Y sin intereses.

—¿Sigues creyendo que es el asesino? —pregunta Fattush.

No hay más clientes que ellos en el café. El camarero, aburrido, se ha sentado en otra mesa, frente a una hilera de servilleteros y un gran paquete de pañuelos de papel que dobla y va colocando en los soportes.

Diana se encoge de hombros.

—No sé qué creer. Si Samir y, en general, la familia Asmar, ponían su fortuna y sus fincas a disposición del pequeño inútil... ¿Qué les costaba comprar su silencio sobre la estación de telecomunicaciones esgrimiendo esas deudas? Tony dependía de ellos por completo.

—A lo mejor la versión de la viuda es la buena —insinúa el policía—. Era un patriota. Se disponía a denunciar a su hermano.

Dial arruga la nariz, escéptica.

—Cuanto más reflexiono, menos sólida me parece la explicación de Cora. —Observa con cuidado al camarero—. Me parece más factible que Tony Asmar pretendiera cortar para siempre con su dependencia de la familia y la sombra omnipresente del hermano mayor. Pongamos que discutió con él, que le advirtió de lo que iba a hacer. Por lo que sabemos, el benjamín era un capullo bastante fanfarrón. Si le dijo que se disponía a hablar con el Anciano... A propósito, me gustaría entrevistarme con él.

—¿Con el viejo? Eso es imposible...

—Dime una cosa... —empieza Diana, cortándole. Se interrumpe también ella.

Observa al camarero en su tarea, empeñado en introducir en el servilletero más pañuelos de los que éste admite. Los apretuja, los contrae. Cuando consigue meterlos se desbordan, desparramándose sobre la mesa. Impaciente, Diana se levanta, se dirige hacia él. Se los quita. Con su habitual sonrisa irónica, Fattush la ve gesticular, y seleccionar la cantidad exacta de servilletas, agitarlas en el aire, colocarlas en un servilletero con gran teatralidad, como si aleccionara a un niño. Cuando, terminada su misión, Diana vuelve a su mesa, se desploma en su asiento como si acabara de realizar una tarea hercúlea y pregunta:

—Recuérdame cuáles son aquí, en Líbano, en esta pequeña y convulsa república y demás pamemas, los principales móviles con que te topas cuando se ha cometido un crimen.

Ahora es Fattush quien se encoge de hombros:

—Lo de siempre. Dinero, amor, celos. Como en todas partes. Honor machista.

—Exacto. Lo esencial. No podemos perderlo de vista. Demasiadas conjeturas sólo sirven para estorbar. Como las servilletas a ese chico. —Señala al camarero.

Cuando salen del café agarra al inspector por el brazo, familiarmente.

—Es un placer contar contigo —confiesa—. Qué conveniente que trabajes en domingo.

—Vas a pedirme algo —pregunta Fattush, apretando el brazo de Diana contra su costado.

—Informes sobre un tal Tariq. Desconozco el apellido. Profesor de gimnasia, yo creo que también un poco gigolò. Entrena a gente de clase alta, entre ellos nuestro embajador y Cora. Podría estar liado con la viuda. Es urgente.

Se quedan en la acera hasta que Fattush le elige un taxi. El inspector le hace prometer que le llamará por la tarde, en cuanto haya hablado con la matriarca.

El Mercado del Domingo —Souk el-Wahad—, aunque se rige por términos de estricta utilidad, no puede impedir que crezcan lujos residuales en su extenso y abigarrado recinto. Por eso algunos jóvenes hacen cola para conseguir un tatuaje o un piercingy, posiblemente —al menos, en opinión de la periodista, que observa las operaciones con recelo— una enfermedad contagiosa,

Diana ha quedado con Neguezt a mediodía, pero un buen rato después todavía la espera. La cita es en la entrada principal, debajo del puente. Bajo los puentes de los barrios periféricos de todas las ciudades del mundo, no importa el huso horario, piensa Dial, se adhieren como forúnculos mercados como éste: compra y venta de sobras para gente de segunda mano. Entretenida mientras el tipo del taladrador perfora las orejas de un punkielocal, Dial no advierte que tiene a Neguezt cerca.

Un golpecito en la espalda y la mujer se gira. Ante ella, envuelta en una coloreada túnica africana, la muchacha se muestra majestuosa, casi irreconocible. O es más alta o en su papel de sirvienta se encoge expresamente, piensa Diana. No viene sola. La acompaña un hombre pequeño, delgado y vestido formalmente de oscuro, con un traje barato de tergal y una camisa de cuello demasiado tieso y demasiado grande para su estrecho gaznate de ave intranquila, sujeto por el nudo de una corbata pasada de moda. Un cuervo, si los cuervos tuvieran una mirada amable.

—Nessim Blazer —se presenta.

Le tiende la mano y Diana se la deja estrechar, sin extrañarse por el blando roce. Los árabes te dan el apretón de contacto con los ojos.

—Abogado —añade el hombre, que la escudriña sin recato.

Diana le conoce por su trabajo. Desde su página web se hace eco de casos de explotación del servicio doméstico en Líbano, y en los últimos tiempos ha destapado no pocos suicidios de sirvientas procedentes de África. Mujeres desesperadas que se han lanzado desde un balcón o se han bebido un frasco de lejía. Sus cadáveres se pudren en la morgue, sin que nadie los reclame. Es un censo lacerante, un goteo que no cesa, contra el que se alzan pocas voces. La del hombre es una de ellas. No da tregua a las embajadas. Hace poco arrastró a una de las chicas, y a la patrona que la maltrataba, hasta el despacho del embajador etíope. A la criada todavía le sangraban la cara y los hombros, la señora aún llevaba en la mano el cinturón —de Annani, faltaría más— con que la había golpeado. El embajador se lo tomó en serio, y a la patrona le impusieron una multa. Cuando el caso se aireó en los periódicos, en las redacciones se recibieron indignadas cartas defendiendo el maltrato a la servidumbre como un derecho inherente a la condición de patronos.

Está distinta, reflexiona Dial, examinando a la joven. Risueña, Neguezt se dirige a un puesto de calzado. Selecciona un par en bastante buen estado, le cuestan tres mil libras, dos dólares. Los zapatos de plástico rojo, de tacón muy alto, centellean al sol como dos signos de admiración.

—¿Le gustan? —inquiere.

Asiente Diana. Observa con alivio que ya no la llama señora —madam, madam: el inevitable apelativo de las criadas que tan incómodo puede resultarle, incluso cuando Joy lo utiliza con humor—, y que se muestra mucho más segura que en el apartamento de la viuda Asmar. Este mercado forma parte de su territorio.

—He venido como consejero de Neguezt. —Para el abogado, la etíope no es Marie, ese otro uniforme, el nombre falso, con que se las diluye.

—Me parece muy bien, si resulta necesario —se apresura a acordar Diana.

Hay una nota de interrogación en su voz a la que el hombre no resulta insensible.

—Es mejor que hablemos en mi despacho. Neguezt ha visto cosas, ha oído cosas. Cosas que no puede contar sin temor a sufrir represalias. Debo asegurarme de que su testimonio permanecerá en secreto.

En el zoco, el movimiento de transacciones se encuentra en su punto álgido. Neguezt niega con la cabeza cuando le preguntan si quiere seguir comprando.

—No siempre compro —aclara, como si fuera necesario—. Me gusta venir para ver mercancías que están a mi alcance.

Los tres, físicamente tan distintos —aunque sólo Diana Dial desentona, parece una representante del enemigo—, se dirigen a paso rápido hacia la entrada principal, en donde se concentran camionetas de carga y descarga, y hombres aparentemente ociosos en cuyas miradas, sin embargo, se advierte la vivacidad de quienes permanecen atentos a la más mínima oportunidad de hacer negocio.

Se abren paso a codazos por entre un compacto grupo que espera sin método, a la manera desordenada propia de la región, para comprarle pichones a un vendedor de animales domésticos. Diana aparta la vista de los cachorritos de perro, aprisionados en jaulas estrechas que tal vez serán el mejor lugar que conocerán en lo que les quede de vida.

Araña y pájaro muertos, perrillos condenados. Agobio.

Le entran ganas de largarse, de volver a Barcelona y meterse en su cama española, su cama, bajo las sábanas, pero ya con la seguridad de despertar en territorio materno. ¿Qué haces aquí, resolviendo un crimen que ni te va ni te viene, en un país del que ves todos los defectos, entre gente que puede resultar tan inhóspita? ¿Sufriendo por la falta de amor de un hombre una generación más joven que tú, alguien de quien lo ignoras casi todo?

Sigo mi camino, se responde. Ésta es, de momento, la caravana que me alberga. Vendrán otras.

Las mujeres como ella nunca toman la senda de retorno.

—Vamos —indica Nessim, adelantándolas para parlamentar con un taxista.

Se alegra de que Georges no les acompañe. Entre sus cualidades deprimentes se encuentra el menosprecio con que trata a los africanos.

Llegan a la calle en donde el abogado tiene su despacho, en Burj Hammud, un barrio en el que moran bastantes de los diversos grupos étnicos que componen el silencioso ejército de servidores domésticos que mantiene en orden la ciudad desde la profundidad de su ninguneo. Cada nacionalidad se recluye en su propio gueto, reproduciendo la esencia misma de la multiculturalidad, tan mítica como frágil, que cultiva Beirut y que los desinformados del exterior glosan con nostalgia cada vez que la convivencia salta hecha trizas.

El desdén de unos hacia otros, siempre latente, siempre intacto. Eso sí que es multicultural.

La calle por la que ahora discurren está tomada por mujeres que visten al estilo de Neguezt y cargan con sus compras del domingo. Casi todas son jóvenes. Las mayores o han regresado a África o están muertas. Hay risas, charlas en lenguas que Dial desconoce. Sigue dócilmente a la pareja ¿hay algo entre ellos?hasta lo que Nessim denomina su despacho.

Es un cuchitril, un altillo en una tienda que vende especias. Una mesa de formica, de cocina, cubierta de papeles y carpetas; cajas de cartón en el suelo, llenas de carpetas y más papeles; dos taburetes y una silla de plástico blanco, que el abogado le cede caballerosamente a Diana. Además de absorber los aromas de la primera planta, el antro huele a polvo y a sudor recocido, el tufo de las prendas sintéticas poco aireadas.

Será mejor que vayamos al grano dice Dial—. Hace calor.

Nessim Blazer abre un ventanuco abocado a la tienda y una náusea de comino y de curry le trepa a la mujer por la garganta.

¿Qué es lo que sabes? inquiere a Neguezt, decidida a terminar cuanto antes.

La otra mira a su abogado.

Tiene que prometernos que lo que va a decirle Neguezt nunca le será atribuido a ella —exige el hombre—. Puede utilizarlo en su investigación, pero de ninguna manera le contará a nadie nunca, repito, nunca, que mi clienta es la fuente.

Diana frunce el ceño. Si Neguezt no fuera lo que es, una etíope desvalida en permanente situación de compra y venta, les mentiría sin el menor escrúpulo. Dial no es policía, ni ayudante del fiscal —son éstos quienes mienten y hacen tratos, ¿no?—, ni siquiera posee una licencia para actuar como detective. Una falsedad suya, denunciada por una sirvienta africana, ¿a quién podría importarle?

—Antes ejercía de periodista. Nosotros no revelamos las fuentes. Nunca. —Se da cuenta de su vaga ampulosidad y rectifica—: Nunca contaré a nadie que Neguezt y yo hemos mantenido contacto alguno. Si tengo que usar sus confidencias, enmascararé el origen. Nadie sabrá que hemos hablado. ¿De acuerdo?

Intercambio de miradas entre los otros dos.

—Adelante —se pronuncia, al fin, el hombre—. Cuéntale lo que sabes.

Como si estas palabras abrieran las compuertas del dolor, la joven llora igual que el día en que Diana la conoció.

—Iennku y Setota eran de mi pueblo, una aldea pequeña cercana a la frontera de Etiopía con Somalia. No es fácil vivir allí, no sólo por culpa de las hambrunas. Hay bandidos somalíes que cruzan la línea divisoria. O que son de los nuestros. ¿Qué más da? No es bueno para nosotras crecer allí. Hace unos años empeoró. Los fanáticos empezaron a hacer incursiones, mataban cristianos. Había un hombre, medio italiano, medio etíope, tenía una especie de hogar para pobres y nos daba comida de vez en cuando. También nos llamaba abisinias. «Las abisinias sois muy solicitadas en Oriente Medio», decía siempre. Unas cuantas decidimos partir. Yo llegué antes, cuatro años atrás, y en el mismo aeropuerto de Beirut me quitaron mi pasaporte y mis derechos.

—Nos conocimos allí —sonríe Nessim por primera vez.

La ternura con que el abogado pronuncia la frase le confirma que, efectivamente, entre él y la muchacha existe un afecto especial. El amor es una flor sorprendente. Brota en la adversidad, como consuelo.

—Vi al grupo —prosigue el abogado—. Yo venía del Golfo, de cerrar un negocio. Por entonces trabajaba en una empresa de construcción que tenía socios en Kuwait. Vi a un hombre, un libanes como yo, maldita sea su sangre, hacerse cargo de ellas, eran doce, quedarse con sus pasaportes, conducirlas como si fueran ganado. Empecé a indagar. Neguezt me mostró el camino.

—Es un buen hombre. Y en Beirut, una mujer como yo no es nadie sin un buen hombre —explica Neguezt, como si él no se hallara presente.

—Desde entonces, ayudo en lo que puedo. Trabajamos juntos por la causa. Acudimos a las embajadas, a la policía. Queda mucho por hacer.

Interviene Diana:

—Lo que les ocurrió a... —vacila antes de pronunciar los nombres—... a Setota y ¿Iennku?, no tiene nada que ver con la explotación del servicio doméstico. Es un atentado político. Podía ocurrir. Esto es Líbano. Eso, al menos, debían de saberlo antes de venir.

Se queda mirando a Neguezt, en espera de que reaccione a su impertinente observación. Lo hace, furibunda:

—¡Mentira! ¡Todo mentira!

Nessim toma a la mujer por los brazos, la sacude delicadamente. Ésta prosigue, más calmada:

—Cora Asmar miente. Tiene otro hombre. Yo escucho conversaciones. Sé cosas. No comprendo más que palabras sueltas, habla muy deprisa y siempre en árabe, nunca en inglés, sólo muchas veces «coño», en español, cuando se enfada. A menudo me da permiso para ir a mi casa a dormir. Al día siguiente, cuando cambio sábanas, yo sé que no ha dormido sola. Las sábanas hablan, ¿verdad?

—¿Eso fue antes del atentado?

—Antes y después. En seguida volvió la costumbre.

—¿Sabes quién es el hombre?

—No estoy segura. Siempre que venía Tariq, el profesor de gimnasia, yo tenía que irme a mi casa, tenía que dormir fuera. Pero otras noches, también. Sin gimnasia.

—¿Y el marido? ¿Tony Asmar lo sabía?

Neguezt se echa a reír abiertamente. Los cuernos masculinos son objeto de chanza en cualquier parte del mundo, piensa Dial, experimentando un regocijo primario.

—Qué iba a saber, el desgraciado. Los hombres libaneses se van a sus asuntos, a presumir, y sus mujeres tienen todo el día libre. Cuando se les acaba peluquería y salón de belleza, se aburren, y se consuelan. Ella siempre pidiéndole más dinero, él siempre haciéndole promesas, ella burlándose de él, y él prometiendo. Discutían, discutían. Hablaban de dinero. Con el otro también. Siempre la palabra dólares en las bocas. Al final ella se ponía como una gata mansa, pero primero enseñaba sus uñas.

Es la hora de la siesta y Burj Hammud, efectivamente, sestea en su indolencia de festivo semanal cuando Diana toma el camino de regreso hacia su casa, hacia su territorio de privilegiados que se sienten, y en realidad lo están, más a salvo que otros y menos que los únicos que se salvan siempre.

De modo que el embajador tiene razón. Cora tiene un amante.

Una breve siesta y una ducha, y la detective se siente lo bastante recuperada para enfrentarse a esa Yumana Asmar a quien imagina lista para lanzarse sobre ella con la deportividad con que un equipo de arañas podría descuartizar a una sola mosca. Cuando el sólido Rolls-Royce plateado se detiene ante su portal, Diana se mete de cabeza, ignorando el gesto de ayuda que amaga el chófer con gorra de plato que se ha presentado como Serge.

El interior apesta a L'Air du Temps de Nina Ricci, uno de los perfumes que más aborrece Dial. Contraataca rociando generosamente la tapicería con Egoiste, enérgica fragancia masculina de Chanel que merece haber sido pensada para mujeres. No hay modo. La suya es una simple colonia que, al poco de abandonar el frasco, retrocede, sumisa, abrumada por el olor matriz.

Abandonan Beirut a toda velocidad, aprovechando que el tráfico sólo discurre entumecido en la dirección contraria, gracias al ejército de domingueros que regresa a la ciudad tras un día en las playas del norte. Cuando llegan al pie del Casino, que se erige sobre una colina, rivalizando con la Virgen y el Sagrado Corazón que coronan dos promontorios vecinos, Serge pega un volantazo, gira a la derecha y toma una estrecha ruta que asciende bruscamente ochenta grados. Así es Líbano, en la orografía como en el resto. Una sucesión de sacudidas.

El aire huele a pinos y la humedad clausura, como una tapia crecida a sus espaldas, el aliento febril de la ciudad.

A Diana le desagrada la montaña. En cualquier lugar del mundo; mucho más en Líbano. La agobia. Se asfixia entre montes picudos y entrelazados bosques. La red de caminos que, desde la nuca de Beirut, serpentea hacia el país profundo como una enfermedad linfática, no conduce hacia las delicias pastoriles que cantan los poetas locales, sino hacia intemporales abismos de rencor.

La experiencia de su vida aquí y de sus viajes cuando era reportera ha despojado a Dial de todo optimismo. Le basta con alejarse media hora de Beirut para que la aprensión le aplaste el pecho. Encerrada en el Rolls, se maldice por no haber tomado precauciones. ¿Qué podía hacer? Yumana no especificó el lugar del encuentro, y la periodista es demasiado mayor para acudir con niñera a la gruta del ogro.

Después de recorrer veinte kilómetros de laberínticas curvas puntuadas por devotas capillitas de cristal que contienen imágenes de la Virgen o de santos, el Rolls se adentra en una urbanización de lujo y atraviesa un paso privado, cuya verja Serge manipula con un mando a distancia. Avanzan lentamente, por una senda de grava, hasta la entrada de lo que Diana identifica como una mansión alternativa. No de alternancia obligada según las estaciones, sino de alternar con las amistades, deslumbrándolas. Los Asmar coleccionan casas como otros sellos o autógrafos. Esta le resulta demasiado recargada, con el exterior cosido a hileras de tejas rojas que parecen haber caído allí a voleo, y un exceso de hierro forjado en las estrechas ventanas, más propio de la mazmorra del conde de Montecristo que de una vivienda mediterránea.

Fattush, Fattush, cómo te echo en falta. Se sobrepone a su flaqueza y echa a andar hacia el umbral, en donde otra de las doncellas del repertorio africano de los Asmar la está esperando.

Diana cree hallarse a solas y, cual es su costumbre, se dispone a apreciar el mobiliario. Nunca hay que desdeñar las posibilidades que una mentalidad libanesa puede ofrecer en materia de decoración. Clava los ojos en la monumental mesa baja, formada por una loncha oval de cedro de Líbano, del tamaño de una pista de baile y barnizada como tal, y asentada sobre dos pezuñas de elefante que parecen auténticas. Se arrodilla para comprobarlo, y está a punto de tirar de un pelo del desdichado mamífero cuando un carraspeo la fuerza a reincorporarse, sofocada. Sigue un comentario en francés pronunciado por una voz correosa sobre la que parece chirriar la aguja de un fonógrafo.

—¡Aquí estás! ¡Ah, mírala! ¡Tan tranquila, la muy cerda! ¡La muy vaca!

Dial comprende de inmediato que Yumana Ghorayeb de Asmar domina todos los términos insultantes que la lengua de Moliere pone a su disposición. También asume que la fetidez a L'Air du Temps que ahora mismo embalsama su pituitaria no procede de su pasado reciente en el Rolls sino del majestuoso sillón de estilo barroco que preside el salón, en el extremo opuesto de la tajada de árbol nacional libanes que obra como mesa de café.

—¡Acércate! —ordena la vieja, desde las profundidades de la tapicería granate—. ¡He perdido las gafas! ¿Dónde las habré puesto? ¡Es la tercera vez esta semana!

Debería obedecer a regañadientes, o quizá ni siquiera eso, y quedarse plantada en donde se encuentra. Por el contrario, Diana se sorprende reaccionando con docilidad, ansiosa por acceder a la petición de la figurita nerviosa que se retuerce en el sillón.

Cuando llega a su altura, se reafirma en que Yumana Asmar constituye un espectáculo digno de ser tenido en cuenta. Rubia de frasco desde tiempos inmemoriales, y de una melena sospechosamente profusa para sus setenta y muchos, la vejez y numerosas visitas al cirujano plástico han otorgado al cutis de la dama un seco tono de oro ajado —similar al de las molduras de su trono—, en el que refulgen unos ojos de color esmeralda tan singulares como los de su hijo Samir pero mucho más bellos en su frialdad mineral, nada opacos. Los agujeros de una nariz casi inexistente y respingona parecen sostener, como arracadas, dos surcos inmovilizados por el bótox que enmarcan su inflada boca y descienden hasta la leve papada, proporcionándole una plácida maldad de batracio en espera. Su cuerpo, escarpado y menudo, envuelto en seda amarilla, se repliega en el sillón, como si viviera protocolariamente un paso atrás de la cabeza reinante.

—¡Más cerca, más cerca, pedazo de guarra!

Vâche, salope, connasse. Mon Dieu: Diana se pregunta si su propio francés, tan comedido, estará a la altura. Ahora la otra comenta, con desconcertante ingenuidad y sin insultos, aunque sigue tuteándola:

—¿Crees que debería tener un par de gafas en cada una de mis viviendas? Eso solucionaría el asunto... Aunque no estoy segura de querer arreglarlo. Tiene tan pocas cosas que hacer una mujer a mi edad, aparte de buscar las gafas... Anda, siéntate aquí, a mi lado.

Lo dice señalando con el índice manicurado la punta del sofá. Convertida súbitamente en una remilgada anciana, acerca a su rostro el Rolex de oro que lleva en la muñeca, enrollado con varias pulseras, y se agita:

—¡Hora de mi Blue Label! ¡Casi se me pasa! ¿Quieres uno? —Sacude una campanilla.

Entra la criada y Yumana le ordena:

—Té azul para dos. —Se vuelve hacia Diana. Sin hielo y en taza, hazme caso. No es por disimular, pero en algo tengo que sentirme clandestina sin necesidad de pisar zona controlada por Alá. ¡América debió de ser muy entretenida durante la Ley Seca! Me gusta mucho América. ¡Miami! No sé qué gracia le ven a Nueva York, pero incluso aquello sería mejor que Líbano hoy en día. ¡Disfruto de tan pocas distracciones! No hay acción, y si la hay siempre es cosa de esa gentuza musulmana, nosotros figuramos menos y menos. Hay fiestas, claro, pero eso es para los jóvenes. Para mis nueras, que se conforman con mandar en el servicio, pasar tres días por semana ingresadas en el salón de belleza, hacer gimnasia e ir de compras. Yo compro por teletienda y salgo lo menos posible, sólo me paseo por mis dominios, de casa en casa, ya ves. A este país se le han acabado los redaños. ¡Yo tengo la sangre caliente! Hice la guerra con mi marido. Me cargué a un montón de gente. ¡Qué tiempos aquellos!

Sonríe con dulzura. Su testa brillante se adelanta como si el cuello funcionara por un resorte mecánico. Diana no se atreve a preguntarle si perder a su hijo pequeño por la explosión de una bomba en su coche hace menos de una semana no ha resultado una buena distracción para ella. Eso, sin contar con la probabilidad de que el mayor sea el asesino, y Diana se muerde los labios para reprimir el consabido «¡Su propia sangre!».

Interpretando su expresión, la mujer dice:

—El luto se lleva por dentro. Los hijos, el Señor te los da y el Señor te los quita. Por desgracia, te deja a las nueras.

Suena despiadada y, sin duda, lo es. Sin embargo, Yumana Asmar le gusta a Diana más de lo que quiere confesarse. Más que la viuda de Tony.

—Déjame verte. —La otra frunce el ceño—. Hija mía, qué discretamente vistes. Y ese pelo tan corto, pareces un chico. En fin, si esto es todo lo que Cora ha podido encontrar para asustarnos... La pobre necia. Nunca perteneció a esta familia.

Desplomándose en el sofá, Diana asiente con fervor.

—Completamente de acuerdo —resopla. Y en su escuálido francés, ayudándose por señas, concluye—: Cora es tonta del culo.

Yumana vuelve a exhibir su risa cavernosa:

—En realidad es un grano en el culo, pero reventarse un grano, por molesto que resulte, no requiere más que un pequeño tajo.

Cuando Neguezt aparece con el servicio de té que camufla el whisky, la vieja contempla con satisfacción la ceremonia del vertido de Blue Label desde la tetera.

—Nunca he comprendido por qué los ingleses toman tanto té, teniendo Irlanda tan cerca —gruñe, levantando la taza con delicadeza y llevándosela al colágeno, que parece revivir ante la proximidad del líquido.

Vacía su contenido de golpe y, viendo que Diana duda, la increpa:

—¿Qué pasa, idiota? ¿No te gusta la porcelana?

—No es eso. Suelo empezar más tarde. —Por alguna razón, se siente inclinada a darle explicaciones a esta mujer que le resulta inconfesablemente maternal—. No le hago ascos al buen beber.

—Mucho mejor. —Yumana se revuelve en el sillón hasta encontrar la postura adecuada—. Así que española. Yo estudié en París, tuve un profesor de historia de origen español, me parece que era, de Biarritz o por allí. Me gustaba mucho aquel hombre, me hablaba siempre de Jacques...

—¿Jacques? ¿Qué Jacques?

—Sí, vuestro santo patrono, Jacques, ¡el que mataba moros!

—Ah, Santiago. —Diana cae.

—Te he recibido por él.

—¿Por el apóstol o por el profesor?

—Por ambos. Comprenderás que no mereces este honor. Es más, ya no tienes por qué estar aquí, no tengo nada que decirte, ni tú puedes ya intimidarnos. Pero soy buena. Y siento curiosidad. ¿Por qué ayudas a Cora en esto? ¿Por solidaridad de compatriota o para sacar provecho?

La teoría del chantaje —según Fattush— parece cierta. Diana se repantiga en el sofá, intentando desprenderse del cosquilleo de grato masoquismo que experimenta desde que la otra ha impuesto su presencia. Si su reacción se debe a una añoranza de madre mal entendida, ha elegido un pésimo momento para manifestarse.

—Por las dos cosas. —Sonríe y se echa otro sorbo de whisky al coleto—. No son contradictorias, igual que tu santo y tu profesor.

Yumana añade:

—Sé también que te gusta hacer de detective.

Su incipiente bienestar se desvanece. ¿Conoce la vieja esa otra parte, su búsqueda del o los asesinos de Tony? ¿Hasta qué punto? ¿Y qué importancia tiene?, piensa Diana, con un sentido común que le ayuda muy poco en ocasiones como ésta. Si los Asmar han decidido hacerle daño, dará igual el motivo. Pueden. Fattush tiene razón.

—No creo que con eso te ganes la vida. Recibes regularmente unos nada desdeñables ingresos para alguien como tú, que gastas tan poco en peluquería. Te he investigado, no eres la única que mete sus narices en los asuntos de los demás. Pero un dinero extra nunca va mal, ¿verdad? Un dinero obtenido sin esfuerzo. ¿Qué te ha prometido esa sucia puta? Ni siquiera ha sido capaz de darme un nieto.

Al menos ignora que Cora espera un bebé. O quizá sólo está tanteándola.

Con un rápido movimiento, la matriarca saca de detrás de su espalda un bolso dorado cubierto de tintineantes abalorios y lo agita, mostrándoselo:

—Estas zorras del servicio no hacen más que robarme. Debo llevarlo siempre conmigo, esconderlo.

Le muestra un fajo de dólares, que devuelve al bolso con celeridad. Extrae a continuación un cigarrillo largo y delgado y lo enciende, apretando los dos cojines de colágeno que ocupan el lugar de sus labios. Un sapo que fuma y bebe whisky en taza a las cinco de la tarde. Debajo de las capas de maquillaje y de tiempo hubo un ser humano dotado de ilusiones y esperanzas, reflexiona Dial, voluntariosa, intentando convencerse de que el sapo puede volver a ser princesa. Aunque es muy probable que la princesa fuera peor que esta ruina que tiene delante.

—Quiero ser muy clara contigo. —Exhala una bocanada—. Tú me haces cagar. Cora me hace cagar. Los extranjeros que venís a Líbano para buscar aventuras que no podéis vivir en vuestra tierra me hacéis cagar. Os aprovecháis de nuestro cosmopolitismo, lleváis un tren de vida que no podríais permitiros en vuestro país de origen, corrompéis a nuestros jóvenes con vuestras costumbres licenciosas y, en general, dais mal ejemplo pagando mejor al servicio.

Se escancia más whisky en la taza. Diana tiene la suya vacía pero no se atreve a pedir que se la rellene, aunque bien que lo necesita.

—No deberías estar aquí —continúa Yumana—. No mereces acercarte a nosotros. Pero mi Samir es un débil, como todos los hombres, aunque muy tozudo cuando se trata de admitirlo. He tenido que obligarle a que deje este asunto en mis manos. Las Ghorayeb no solemos permitir que los extranjeros, y mucho menos las extranjeras, se inmiscuyan en nuestros asuntos.

—¿Lo dices por Israel? —Oh, bien, Diana, por fin vuelves a ser tú, machaca a esa rana inmunda—. Este episodio de espionaje en el que está envuelto tu hijo no es más que el último eslabón de una cadena de traiciones que empezó antes de la guerra civil...

—Deja la taza en la bandeja, estúpida —escupe la mujer—. No has entendido nada. Si el tiempo mata todo lo que amamos, al menos deberías respetar la habilidad libanesa para adelantarnos a la obra del tiempo.

—Es codicia —le espeta secamente Dial—. Odio también pero, sobre todo, codicia. El resto, habilidades que cultiváis con esmero, incluido el asesinato, al servicio de vuestras ambiciones.

—Yo lo llamaría poda estacional —sonríe la otra— pero puedes pensar lo que quieras. En cualquier caso, nuestras traiciones también son cosa nuestra. ¿De verdad crees que a alguien le importa que Israel tenga aquí cien espías más o menos?

—¿Una estación de telecomunicaciones pagada por los judíos y situada en tierras de Hizbolá? Hay alguien a quien sí le importaría que fuera asunto vuestro. Kamal Ayub, el Anciano. Es muy estricto. Hasta ahora, tú y los tuyos os habéis arreglado para echar tierra sobre el asunto. No así Tony. Quería airearlo. De haberlo hecho, vuestros propios enemigos dentro del partido os habrían desplazado de la cúpula. Ya no sois nadie pero seríais menos.

El batracio se llena de aire, sus carrillos macilentos muestran una súbita coloración carmesí.

—¡Fuera de aquí! ¡Fuera! ¿Quería satisfacer mi curiosidad conociéndote? —Con furia se plantea la pregunta y con furia se responde—. ¡Pues ya lo he hecho! ¡Piérdete de vista, cretina! Y da gracias a que Yumana Asmar Ghorayeb siga siendo una de las mejores anfitrionas de Líbano, porque en este momento mi servicio de té vale más que tu vida. No lo olvides. Largo. Serge tiene instrucciones para dejarte en donde quieras.

Se levanta Diana, con la musculatura de la espalda rígida por la tensión. Antes de abandonar el salón escucha a Yumana mascullar:

—Putas gafas... ¿Dónde habré puesto las putas gafas?

Emerger al aire libre no mejora la oxigenación del cerebro de Diana Dial, sometido durante la entrevista con Yumana a sensaciones contradictorias que han anulado temporalmente su capacidad analítica. Sólo sabe que debe huir una vez más de una de las propiedades de la familia Asmar, aunque sólo sea para poner su integridad mental a salvo.

«Piensa, Diana, piensa», se exhorta mientras ocupa su sitio en el Rolls, dispuesta de buen grado a atravesar el bosque sin dejar garbancitos detrás, salir de ahí y nunca más volver se ha convertido en su necesidad primordial, ya ni siquiera nota el perfume de la vieja en el coche. Serge no habla, pero Dial no se lo agradece, su silencio no es una ventaja sino un factor amenazante más. Maldita sea, cómo echa en falta a Georges y una buena charla con él acerca del carácter libanes, los precios de los coches de segunda mano o el estado de las finanzas de su hermana, la que vive en Dubai.

En el exterior ha oscurecido y fogonazos de luz procedentes de coches que vienen a toda velocidad en dirección contraria desvelan fugazmente el inhóspito paisaje. Lo mejor que puede hacer es serenarse y no poner nervioso a Serge, porque lo único que ella necesita, lo único, se repite, es volver a las luces de Beirut, recuperar bajo sus pies el asfalto desigual de la ciudad, reconocerse en edificios inconfundibles por sus mellas o sus oropeles. En definitiva, dejar atrás al lobo.

Nada de histerismo. Nada de información, tampoco, para los oídos de Serge, que sin duda son finos y se esmeran en cuchichearle a Yumana cuanto recolecta en el exterior. Nada de llamadas telefónicas, por consiguiente. Ni siquiera usará su pulgar diestro para enviarle un mensaje a Fattush. No buscará la voz de Salva, su distanciamiento de forense, que es lo que más necesita en este momento de asquerosa deserción de fuerzas.

Cuando desembocan finalmente en la autopista y se zambullen en el denso tráfico que se arrastra hacia la ciudad, Diana suelta un gemido y comprende que ha permanecido todo el rato apretando los dientes. Le duele la mandíbula.

Se siente ridículamente agradecida hacia los ocupantes de los coches que se apretujan en torno al Rolls, proporcionándole una fantasía de seguridad. Saluda a los exhaustos niños que pegan su rostro a los cristales, a los padres hastiados, a los bebés dormidos. Saluda y sonríe.

A la escueta pregunta de Serge de si desea volver a casa, responde que tiene una cita para ir al cine y le pide que la deje en el centro Sofil. Una vez allí, y mientras el vehículo se aleja y Serge aún puede verla por el retrovisor, Diana se queda en la puerta contemplando su reloj, mirando alrededor como si buscara a alguien y sintiéndose cobarde y cretina. En cuanto el otro se pierde a lo lejos echa a andar, sintiendo el rostro acariciado por la brisa que huele divinamente a combustible adulterado. A cada paso se siente más ligera, porque se sabe más cerca del Café de los Espejos. Necesita un lugar en el que sentirse segura para telefonear, tomar apuntes y pensar. Pensar.

El cuaderno de notas, abierto sobre el mármol del velador. Sabe que la sesión de fuegos de artificio que le ha dedicado la vieja no le ha resultado totalmente improductiva, pero desconoce qué claves puede extraer de su frívolo parloteo. ¿Qué le ha dicho Yumana Asmar? ¿O qué no le ha dicho?

Recupera la serenidad en el local amigo, entre olores sedantes —a tabaco de narguile, a cartas usadas, a café recién hecho—, sin gente alrededor. Es domingo y esta zona de la ciudad languidece a partir de mediodía. Un par de camareros secundarios charlan en voz baja con la cajera. Diana siente el estómago revuelto por el whisky bebido en taza y, para compensar, ordena una infusión de granos de anís servida en vaso largo. El líquido caliente la reconforta.

Yumana exhibe su maldad ante mí, satisfecha de su banalidad. ¿Por qué? Es evidente que quiere intimidarme, pero no puede evitar regocijarse con la representación, y su propósito inicial se diluye en naderías. Se aburre, ella misma lo confiesa. No le importa pasar por despiadada. Lo es, le gusta serlo. Y no tiene demasiadas ocasiones para vanagloriarse de ello ante una extranjera. Sólo al final de nuestro encuentro su animadversión suena más enérgica, pero no acaba de formular una bravata concreta.

Aunque eso no es del todo cierto. Para Yumana Asmar, considerar la vida de Diana menos valiosa que su servicio de té debe de constituir toda una declaración de principios, por no decir una sentencia.

Cavila y prosigue:

La amenaza queda diluida a causa de sus excesos verbales, pero existe. Vamos, Diana. Hay más. ¿Qué ha comentado acerca de Cora? Que es tonta del culo. No, eso lo he dicho yo. Que es como un grano en el culo.

Se detiene y repite en voz alta:

—Reventarse un grano del culo no requiere más que un pequeño tajo.

Marca el número de Cora. ¡Es ella quien está en peligro! Al menos, ella es la primera. Si los esbirros de los Asmar han investigado bien sabrán que es la viuda quien puede denunciarles. Quizá sospechan que guarda copia de los documentos comprometedores. La propia Diana sospecha que la joven le mintió en este aspecto. ¿Cómo no iba Tony a dejarle un juego de pruebas para salvaguardarse, en caso de que su entrevista saliera mal? Los Asmar no ignoran que Cora es el verdadero peligro. Sin ella, Diana Dial sólo tiene agua entre las manos. Sería la palabra de una extranjera contra la de una respetable familia maronita.

Vamos, vamos, coge el teléfono. Responde, necia e insensata Cora. Te has metido en un berenjenal y vas a pagarlo muy caro, muñeca.

Pero la otra no responde y Diana le deja un mensaje pidiendo que le devuelva la llamada con urgencia. «Vida o muerte», teclea.

Tampoco Salva contesta a sus llamadas. Un inmediato dolor de corazón —como si le quitaran los puntos de una herida todavía tierna—, y un pensamiento insidioso. ¿Están juntos ahora mismo el profesor y la viuda? ¿Existe entre ellos una complicidad mayor que la que une a Salva con Diana? ¿Intercambian confidencias, consejos, mientras ella se preocupa y espera, anhelante, la hora de la cena, la compañía benéfica de su amigo?

«Concéntrate en tu condenado cuaderno.»

«Ni tú puedes ya intimidarnos.» He aquí una frase de Yumana Asmar que debería analizar con especial cuidado. ¿Qué ha ocurrido entre la visita de Diana a Samir y la entrevista de esta tarde? Suena el teléfono y a Dial casi se le cae, en su precipitación por responder.

Es el inspector Fattush, interesándose por su conversación con la vieja. Diana se la refiere con pormenores, y eso la tranquiliza, en parte.

—No creo que yo corra peligro, ha sido una bravuconada —dice la periodista, más para convencerse que para convencerle—. Me detesta, pero creo que se ha limitado a meterme miedo a su modo, formaba parte de la ceremonia. Cora es la próxima víctima. Seguro que tiene copia de las pruebas, aunque nos lo haya ocultado.

—Intentaré encontrarla. Otra cosa —añade el inspector—. He localizado al tal Tariq. Trabaja con clientes particulares. Sobre todo clientas, tú me entiendes. Además, por las mañanas está de profesor de natación en el hotel Sun Beach. Tiene mucho éxito con las mujeres ricas. ¿Quieres su teléfono? Aunque no creo que ese tipo nos aporte nada.

Apunta Diana el número de móvil del masajista, pero Fattush tiene razón. Es un personaje irrelevante.

La periodista pregunta:

—Repítelo, amigo. Dime de nuevo por qué se mata en Líbano, dejando a un lado la política.

—Por lo mismo que en todo el mundo. Amor, dinero. Pasión, codicia. Celos, ambición.

—Hay otro móvil. Aquí como en el resto del planeta.

—¿Encubrir otro crimen?

—Exactamente, inspector.

Se despiden, después de que Fattush insista en que se pone inmediatamente a buscar a la viuda. Diana vuelve a sus notas. «Las servilletas sobrantes caen por sí solas de su soporte», escribe, recordando la intuición que ha tenido esa misma mañana.

Suena el móvil y es Nessim Blazer, el abogado de Neguezt. Su voz suena ceremoniosa pero urgente.

—Tengo que rogarle que olvide a nuestra amiga. Ha tenido que abandonar sus planes. Ya no trabaja para la señora Asmar joven, sino para la señora Asmar vieja. Acaban de comunicárselo, ni siquiera puede regresar al apartamento para recoger el uniforme.

—¿De quién partió la orden? ¿De Yumana?

—La joven viuda la llamó para comunicarle que no la necesitaba y que su suegra tendría la bondad de hacerse cargo de ella. Mi representada tiene mucho miedo a perder su empleo.

—Bueno, en realidad Neguezt no me dijo nada demasiado relevante —le tranquiliza Diana—. Que Cora Asmar fuera infiel o no es algo que, a la luz de mis nuevos descubrimientos, carece de la menor importancia.

—Entonces, mejor. ¿Sabe ya quién mató a Iennku y Setota?

—Tengo bien fundadas sospechas —replica—, pero ninguna prueba. Le llamaré en cuanto lo solucione.

Antes de cortar, escucha a Nessim pronunciar un fervoroso «Dios lo quiera», en árabe.

«El Señor te los da, el Señor te los quita.» Diana recuerda el comentario de Yumana Asnar al referirse al atentado en el que el pasado lunes perdió la vida su hijo. Dios va de boca en boca, como una mala reputación.

Matar es fácil para quienes creen contar con Dios en su bando. A las víctimas sólo les queda esperar que ese Dios les conceda, muy de tarde en tarde y con cuentagotas, un poco de justicia.

Son más de las nueve cuando Salva le envía un mensaje: «Nos vemos directamente en Le Pécheur, a las diez. Reunión inesperada con el director, luego te cuento. Nada de menú fusión.»

Tampoco el restaurante está muy animado y Diana ocupa una mesa junto a uno de los ventanales. Agitado, el mar rompe en oleaje contra los cristales. En otro momento le habría parecido un estimulante mensaje de la naturaleza, ahora se lo toma como una agresión personal. Pero es la mejor mesa y el maître no entendería que la despreciara y prefiriera refugiarse en un rincón. Además, Salva llegará pronto.

Salva, con sus chismes académicos, su sentido del humor, que tanto la hizo disfrutar en tiempos que ahora parecen remotos.

Se retrasa. Diana se entretiene hablando con el dueño, aspirando una pipa que el narguilero se ha apresurado a preparar al verla aparecer.

Todo parece igual y nada es lo mismo.

Sin embargo, su angustia se borra cuando ve entrar a Salva en el local. Irradia buen humor, seguridad. Se dobla, sonriente, y coloca un beso en su cuello, sin abrazarla pero presionando con la cabeza, como un crío. Diana siente una oleada de ternura que también podría sacudir los ventanales.

—Tengo un hambre de tigre —dice el hombre—. Vamos a escoger.

Se acercan al expositor.

—¿Crees que ese mero está fresco? Nunca recuerdo si los ojos tienen que estar rojos o blancos.

Piden vino, brindan.

—Me han hecho una oferta para regresar a España —informa Salva.

Sorprendida, Diana inquiere:

—¿Vas a enseñar español en España? ¿O árabe? Lo primero resulta improbable y lo segundo, ruinoso. Hoy en día todo el mundo quiere aprender chino mandarín.

El otro se echa a reír:

—No sería poco apropiado enseñar castellano a mis compatriotas, tal como usan la lengua... Podría empezar por los políticos, seguir por los periodistas... No, no es eso. Se acabó dar clases. La Morada Árabe. La directora actual se va de embajadora a Siria. He sido recomendado por las más altas instancias de la Fundación para sustituirla.

¡Eso sí que es un notición! Diana hace cábalas rápidamente. Después de Egipto tiene previsto volver a Barcelona, al menos por una temporada. Hallándose los dos en España, podrán verse a menudo.

¿Qué te parece?

Al preguntar, Salva cubre la mano izquierda de Diana con su derecha, un gesto que hoy le resulta especialmente reconfortante, aunque advierte algo maquinal en él.

Se miran mutuamente durante unos instantes. Los ojos de Matas no reposan en los suyos. Hay algo detrás, algo que se le escapa. ¿Emoción ante el cambio de vida? Lo ve retroceder hacia sus pensamientos, al tiempo que rompe en un discurso acerca de la mudanza inminente, la persona que va a sustituirle...

Ha sido muy rápido afirma—. Voy a largarme antes que tú.

¿Y el libro?

La contempla, desconcertado, como si no se acordara.

Ah, sí. El libro suspira—. Los cristianos de Oriente. Tendrá que esperar. Te parecerá raro, pero estoy impaciente... Las perspectivas...

Sigue un monólogo cuya emoción no remite a las personas que deja, a la ciudad que abandona. Lo que Diana escucha con desolación creciente es la perorata que puede esperarse de alguien recién elegido para un cargo, de alguien que ya siente desapego hacia el pasado inmediato... ¿Es éste su amigo? ¿Quién fue su amigo?, se asombra la periodista, repentinamente fría como un carámbano. ¿Cómo es posible que no le pregunte por sus pesquisas, después de haber defendido con tanta insistencia la causa de su amiga Cora? Por lo que a Salva respecta, piensa Dial, ella podría haber pasado los últimos días adiestrando delfines. ¿De qué clase de material está hecho Salvador Matas?

Diana comprende que ya no desea contarle a su amigo —¿lo es?— lo que le ha ocurrido, ni su conversación con la vieja, a la que tanto partido le habrían sacado en otros tiempos, aunque fuera en su vertiente anecdótica.

Salvador Matas ha mantenido siempre sus puertas y ventanas clausuradas, y por eso ella se ha visto obligada a observarlo a hurtadillas, a aventurar, inventar, cavilar... Hasta la consunción. Así es como se siente: helada por agostamiento. Ya no le cree. Su brillantez no compensa su falta de chispa humana. Le ha pillado en mentiras estúpidas, como la noche en que cenaron en su piso y le dijo que no había visto a Cora. Le ha sorprendido babeando ante los encantos de Ali, el efebo de Carlos Cancio. Posee la versión de Salva según el embajador, la suya propia... Incompletas; ni siquiera eso: esbozos. Demasiado y demasiado poco.

Podría perdonárselo. Incluso eso, podría perdonárselo. Si no fuera porque él nunca le ha dado nada propio. Esa transacción mínima que los seres humanos debemos consumar para facilitarnos la convivencia, para él carece de sentido. Lo que da no es suyo, no es íntimo, no es hondo. Pertenece a su profesión, a su papel en la escena. Es mero mobiliario, coreografía. Da las horas como un reloj, porque eso es lo que se espera de un reloj. Pero no siente el tiempo de los otros.

Si el hombre que tiene delante le preguntara por sus indagaciones lo que parece improbable, pues sigue enfrascado hilvanando planes—, ya no le contaría la verdad. Ya no cree en él. Y no es sólo por celos de Cora o de Ali, no hay nada sexual, por fin el descubrimiento la abrumaen su desilusión. Comprende, y sabe que este conocimiento la marca para siempre. Lo que tiene sentado ante ella es un organismo humano indefinido, enfundado en una vida de funcionario. El honrado servidor público que aparenta ser y que también es, concede Diana—, el profesor, alguien a quien le interesa mitigar la ignorancia ajena, estimular el conocimiento... Tal es su fachada, no su verdad. La vocación, revocada a cal y canto como disfraz. Como tarjeta de presentación que le sirve para ejecutar sus encantamientos en sociedad.

Una sombra en la vida de los otros, un visitante. Alguien que nunca se entrega. Suple esa carencia prestando atención, hasta el punto de que resulta casi imposible descubrir la diferencia. Sus análisis detallados, sus pormenorizadas alegorías ocultan a Salvador Matas, alguien que difícilmente muestra compasión.

Recuerda Dial la frase que le escuchó hace poco: «Que la gente resulte tan fácil de matar no deja de ser un aliciente más.» Si no pudieran achacarse a su cultivado sentido de la ironía, ¿no serían ésas las palabras de un sociópata?

La ternura que ha sentido al verle se ha estrellado contra él, contra su rígida corteza, y le ha sido devuelta, transformada en recelo. Como el oleaje de ese mar que estalla en las vidrieras.

Intenta sacudirse de encima el alud de nuevas sensaciones y retoma el asunto que la preocupa:

—¿Sabes algo de Cora? No contesta al teléfono. Le he dejado varios mensajes, y nada.

Salvador se encoge de hombros.

—No nos hemos visto mucho últimamente. Creí que estabais en contacto.

—Fattush la busca para ponerla sobre aviso. Tengo serios motivos para pensar que los Asmar quieren hacerle daño.

—Eso no es nuevo —apunta Matas.

—Me refiero a daño de verdad, a suprimirla para que no cuente lo que sabe. Igual que se deshicieron de su marido. Ignoran que está embarazada, y eso puede ser incluso peor. Al menos, respetarían su vida para quedarse con el niño.

Matas hace una seña al camarero y le pide que traiga los postres. Luego la mira, sonriente:

—¿No te lo dijo? —Sacude la cabeza, como si censurara cariñosamente el descuido de Cora al no tenerla al corriente—. Fue una falsa alarma. ¡No está embarazada! Se ha quitado un buen peso de encima.

Pero ya llega el mozo con un par de bandejas repletas de parafernalia golosa.

—Preñada o no —insiste Diana—, debe esconderse. Quizá ya lo ha hecho. Puede que esté con su amante. Pero necesita más protección.

—¿Su amante? —El hombre se limita a enarcar las cejas, pero por primera vez Dial siente que hay calor al otro lado de la mesa, una emoción que brilla levemente detrás del muro—. ¿Qué amante?

¿Celos o curiosidad?

—Tariq, naturalmente —responde la mujer—. Supongo que le conoces. Resulta que es una celebridad entre las damas. Tariq el masajista, el entrenador físico, el profesor de natación, el chulo.

—¿Eso es lo que le contó el embajador?

—No, Ramiro no fue tan claro, ya te lo dije. No pronunció su nombre, se guardó esa baza para un próximo encuentro. Lo de Tariq lo sé por otra fuente.

—¿Otra fuente? —La sonrisa de Matas es burlona—. Te felicito.

Diana no responde. Piensa en Neguezt y en lo mucho que le habría gustado relacionarse más con la etíope. Mala suerte. Si se acercara a ella sólo conseguirá perjudicarla. Hay otras formas, aparte de morir en un atentado, de ser víctima colateral. Dial no desea contribuir a que Neguezt pague con su empleo el precio de su investigación. Trabajar para Yumana o para Cora, ¿qué diferencia puede haber? Que la expulsaran de el país, ése sería su castigo.

Lo cual le recuerda a su criada filipina. Se tragará su orgullo y le pedirá a Ramiro de la Vara que mueva sus influencias para conseguirle un visado. Será agradable tenerla en Egipto. Una temporada en Luxor. Olvidar Beirut y todo esto.

Suena su móvil. La realidad. Fattush.

—¿Has encontrado a Cora? —le pregunta.

—No, pero el embajador ha aparecido muerto en su bañera. Ahogado. Estoy en camino hacia la legación, ¿quieres que te recoja?

—Voy por mi cuenta.

Penetran en la embajada por la puerta posterior, la del consulado, ahorrándose el alboroto que reina en la entrada principal y en el jardín. El edificio aparece iluminado como en las noches de fiesta, sólo que ahora los focos se le antojan a Diana tan ominosos como los de un campo de prisioneros.

El inspector les está esperando. Salva se ha empeñado en acompañarla, y Fattush ni le saluda. Expedita el paso hacia una oficina contigua a la ventanilla en donde se reciben las peticiones de visados, un pequeño espacio dotado de una insulsa mesa, cuatro sillas desparejas, alineadas en la pared bajo un retrato del rey Juan Carlos I, y varios archivadores arcaicos.

Fattush se dirige a Diana ostensiblemente, desdeñando a Matas:

Lo que voy a decirte sólo te concierne a ti.

La mujer se encoge de hombros, impaciente. No es momento para tontas rivalidades masculinas.

No importa. Suéltalo.

El forense acaba de examinar el cadáver. No me dejan intervenir. Territorio español y todo eso. Se están entendiendo directamente entre tu cancillería y mis superiores. Supongo que desean sofocar el escándalo.

¿Cómo ha muerto? interviene Salva.

Sin mirarle, el policía le explica a Diana:

—He podido asomar la cabeza. Un espectáculo. Ahogado en su bañera mientras fumaba un narguile cargado con hachís. Un vaso caído, una botella de whisky casi terminada. El baño y el dormitorio, inundados...

De poco le sirvió su colección de cruces, rumia Dial, no sin compasión hacia el pobre infeliz cuyo cadáver está siendo manipulado en el piso de arriba.

—Ese hombre era un peligro diplomático —sigue Fattush—, estaba fuera de sí, todo el mundo lo comenta. Y lo que es peor, los asuntos de la embajada marchaban manga por hombro. En los últimos días la situación se había deteriorado. Para empeorar las cosas, el consejero está de vacaciones en Madrid, y el secretario de embajada se encuentra en el sur, visitando la base española de la Finul, junto con el agregado militar. Ya les han avisado. —El inspector reflexiona antes de continuar—: Por lo que me han dicho mis fuentes, en la embajada todos temían que De la Vara acabara mal. Le habían perdido el respeto hasta los guardias de la puerta, que en los días de fiesta se ausentaban cuando les daba la gana. Hoy mismo sólo estaban en la entrada principal dos libaneses. Nadie guardaba este otro acceso.

—¿Qué dice el forense?

—Ahogamiento. Le resulta difícil establecer la hora de la muerte. El grifo del agua caliente ha manado sin parar. Debido a ello, la temperatura del cuerpo presenta alteraciones... Tiene la piel llagada por las ampollas.

Sentados contra la pared, cabizbajos, parece que también ellos esperen el obligado interrogatorio previo a la consecución de un sello en el pasaporte. Dial piensa que, en efecto, podrían encontrarse en cualquier rincón de cualquier ministerio u organismo oficial de su país. O de cualquier país.

Si no fuera por ese viejo loco muerto en su bañera.

—¿Va a haber autopsia? —pregunta ella.

—¿Tú qué crees? No. Muerte por paro cardíaco, lo más conveniente. Su hijo mayor, que es director general de no sé qué institución oficial, ya está en camino. Viene en un Hércules desde Madrid, con el consejero. Mañana, a mediodía, se le dispensará un breve homenaje póstumo en el jardín, y a volar. A volar en féretro sellado.

—¿Quién ha encontrado el cadáver? —inquiere Diana.

—Felicio, el mayordomo, cuando se disponía a apagar las luces de la residencia, al poco de regresar de su día libre. Vio que del artesonado del salón caían gotas. Subió corriendo y se encontró con los aposentos inundados y el cuerpo en la bañera.

—¿A qué hora fue eso?

—A ver... Ahora son las doce y cuarto. Hace menos de una hora. Parece que el embajador solía dar libranza a todo el servicio cada dos por tres, y que aprovechaba para traerse prostitutas. Creía que nadie se enteraba, pero era un secreto a voces entre el personal.

Diana Dial le confirma a Fattush esa peculiaridad de Ramiro de la Vara con los criados.

—Les daba fiesta incluso cuando no esperaba a rameras, sino a una incauta como yo. ¿Crees que alguna de esas damas de alterne habrá sucumbido al impulso de hundirlo en la bañera? Yo no lo hubiera dudado, de haber tenido la oportunidad.

—No, con su volumen físico tendría que haber sido un transexual campeón olímpico de halterofilia. —Fattush sonríe ante su propia ocurrencia.

Diana se levanta y se pone a dar cortos paseos reflexivos alrededor de la mesa, mientras se golpea el estómago para calmar los crujidos que nota por dentro. Otra vez lo que Joy llama el presentimiento.

—No me gusta. Aunque, pensándolo bien, tiene su lógica. ¿Quién va a matar a un tipo inofensivo como De la Vara?

Observa que Salva la contempla con curiosidad. Él no la ha visto nunca en acción, tal vez esté impresionado.

—Recuerdo que Georges me contó algo acerca de los GEO de la escolta —continúa—. Se quejaron a Madrid. Temían que su propensión a meter mano a toda mujer que se le ponía por delante acabara metiéndolos en líos.

¿Insinúas que le ha matado un marido celoso? inquiere Fattush, francamente divertido—. ¿A esa foca? El hecho de que usara furcias significa que, por escandaloso que resultara su comportamiento en público, es improbable que tuviera éxito. Contigo no lo tuvo.

En efecto concede Diana—. ¿Qué dicen los que guardan la puerta?

Hoy eran los libaneses, ya te lo he dicho. Aseguran que no ha venido nadie.

¿Y tú les crees? ¿Mantuvieron la guardia todo el rato o aprovecharon para relajarse un poco?

¿Y eso qué importa? El policía esboza un gesto de desaliento—. Ni tú ni yo tenemos vela en este entierro.

Fattush se levanta, dispuesto también a dar paseitos, y Dial comprende que uno de los dos tiene que volver a sentarse, dado el reducido espacio del que disponen. Lo hace ella, no sin fijarse en la mirada irónica que le dedica Matas.

Es muy tarde cuando regresa a su apartamento y se encuentra exhausta. Aunque no tanto como para no ver que alguien ha cambiado de sitio la camita de Yara. No puede haber sido la propia Joy, en una visita inesperada a la casa porque, además, la cuna está volcada.

Es una amenaza. Se dirige a la cocina, se llena un vaso de whisky, se pone una camiseta y se acuesta sin desmaquillarse ni cepillarse los dientes. Antes de dormirse le envía un mensaje a Fattush. «Me han hecho una visita de cortesía, pero no te asustes para que no me asuste. Déjame dormir. Hablamos mañana.»



Lunes, 5 de octubre de 2009

Faltan muy pocos días para que Diana Dial, asomada a un mirador que da al Nilo en la villa que Lady Roxana posee en Luxor, reconozca que fueron el azar y la tan denostada frivolidad beirutí los factores que la condujeron a solucionar el caso Asmar.

Por ahora asiste a la culminación de la ceremonia de despedida que se le tributa a Ramiro de la Vara en el patio de los naranjos de la embajada.

Contra la claridad de la mañana, los muros de piedra caliza que delimitan el patio parecen volúmenes dispuestos en torno a los asistentes como descomunales piezas de Lego. La arquitectura puede desmoronarse, reflexiona Diana, si la atmósfera, límpida aunque sólo se encuentran a unos 400 metros de altitud respecto a la ciudad, se carga con una sola alabanza más acerca del finado. El discurso de cierre recaé en el patriarca maronita, con quien el embajador mantenía lazos de amistad. El anciano, casi centenario y refulgente en su púrpura, canturrea tal letanía apologética, mezclando las cualidades del muerto con los inapelables designios de Dios, que la periodista teme que la función pierda su carácter de sentido adiós y acabe convirtiéndose en una oda política de las que el prelado acostumbra a perpetrar durante sus excesos patrióticos dominicales. «Irreparable pérdida del mejor cristiano y amigo de nuestro país en la cristiana España, solidario con la persecución a que somos sometidos los creyentes en Nuestro Señor.» Por fortuna, con esto termina y los asistentes inician la dispersión con urgencia de figurantes de opereta. Demasiadas honras fúnebres para una sola semana.

Salva y su grupo, todos pertenecientes a la nómina de la Fundación Quijote, forman un apretado pelotón. Al mirarles, Diana comprende que, en parte, lo que la ha desazonado durante los últimos días, ese pensamiento de estar perdiéndose algo que podría resultar importante, tiene que ver con esa gente. Ahí está Matas, formando bloque compacto con el director y otros cargos de la casa, así como algunos profesores. Dial ha cometido el error de ignorarlos, de juzgarlos a través de Salva, de permitir que su voz burlona y sus descripciones de los otros, tal vez inventadas, afiancen ante ella una imagen que probablemente no corresponde a la realidad. Él cierra sus puertas respecto a sí misino y cuelga carteles que engañan sobre los demás, envoltorios. Como esos gigantescos embalajes beirutíes, lonas pintadas con anuncios de falsos mundos que detienen la revelación de la verdad. Comprende Diana que su desconocimiento es total. De ellos, de él. Total e irremediable.

Es tarde. Ya no le importa. Quiere resolver este asunto y partir. Quedar en paz con las víctimas etíopes —y de paso, con el hijo tonto de los Asmar y con su alocada viuda— y abandonar Beirut. Irse deprisa, sin mirar atrás.

La cuna de Yara. Nada le ha dicho a Joy esta mañana del panorama que halló en su piso la noche anterior, pero le ha pedido prestada a la criatura y la ha tenido un rato en brazos, cantándole nanas cuyo recuerdo le ha venido de muy lejos, sin forzarse. Luego le ha prometido a la joven filipina que arreglará lo de su visado de una manera u otra. «Es posible que no puedas viajar al mismo tiempo que yo, pero nos veremos en El Cairo, eso te lo aseguro. Lady Roxana tiene contactos con gente cercana a Mubarak. Además, vete pensando en venirte a Barcelona más adelante. Con la niña, con Mohamed, si todavía no te ha repudiado. Este país se ha puesto insoportable.»

No es Líbano lo que ha cambiado, sino su percepción. La aventura se ha oscurecido. Se lo ha confiado esta mañana al inspector Fattush, que la ha llamado a primera hora, interesándose por su seguridad: «Tengo miedo y siento asco», le ha dicho Diana. Han quedado en verse en la ceremonia, pero el hombre no ha comparecido.

Los miembros de la legación y algunos empleados se arremolinan en torno al ataúd de caoba y al hijo del difunto. Ramiro de la Vara y de Oyarzun es una réplica de su progenitor, con treinta años y veinte kilos menos, sudoroso y como aprisionado por su terno gris marengo más adecuado para el otoño madrileño que para el beirutí. Diana se le acerca y musita una frase de pésame.

—Pobre papá. —Ramirito la abraza efusivamente—. Tenía sus cosas, pero era muy buena persona. Me hablaba muy bien de ti, sé que te quería mucho. ¡Morir en la misma semana que su amigo Tony! ¡Qué casualidad! Seguramente le ha matado el disgusto. Pero descansa en paz, abrazado a su cruz predilecta, la que perteneció a Rasputín.

Contempla Diana con no poco escepticismo al hombre adulto, y sin embargo tan infantil en su pomposidad, tan desvalido dentro de su inflado ego, preguntándose si, al suponer un vínculo entre las dos muertes, no actúa con sabia intuición. La idea germina a suma velocidad en el cerebro de la mujer —Asmar y De la Vara, muertos por la misma razón—, produciéndole instantáneos y dolorosos pellizcos en el estómago.

No, reconoce Diana. Los pellizcos se han presentado antes, durante los parlamentos. Exactamente al registrar, sin ser consciente de ello y mientras, aburrida, observaba a los asistentes, que las dos únicas personas ausentes en el acto son dos importantes módulos del rompecabezas: Cora Asmar, la viuda de su gran amigo, y su amante y masajista, Tariq.

Recibe la llamada de Cora mientras se dirige al Audi de Georges, quien aguarda con la puerta que corresponde a su asiento abierta.

—¡Por fin! —casi grita Diana—. ¿Dónde te has metido? ¡Tengo mucho que contarte, he visto a tu suegra y está que arde!

—Calma, calma —susurra la viuda—. Escucha, es muy importante que me prestes mucha atención. Tienes que entender...

—Escúchame tú —interrumpe la periodista—. Corres peligro. Y yo también. Ayer entraron en mi casa y me dejaron un mensaje muy poco agradable.

—Cálmate —repite la otra.

Esa histérica le recomienda calma. A ella. Dial se apoya contra el muro exterior de la embajada, haciéndole un gesto al chófer para que él también se tranquilice y siga esperándola.

—No sé qué se trae la vieja entre manos pero me parece que se le ha ocurrido una solución nada agradable para quitarte de en medio. A mí ya me han mandado un aviso, y no me ha hecho ninguna gracia.

Lo ha dicho con voz lenta y firme, buscando afianzar su superioridad sobre la otra. Pero ni siquiera conoce su paradero.

—¿Dónde te has ocultado? —pregunta.

—Eso es cosa mía. —Cora suelta una risa corta y seca—. Todo es cosa mía. Has hecho un buen trabajo y te lo agradezco. Te mandaré un cheque. Pero ahora quiero que lo dejes, ¿me entiendes? Que lo dejes.

—Una cosa es tener miedo y otra dejarse vencer —argumenta Diana—. Si estás escondida y no quieres decírmelo, vale, me parece bien. ¡Pero dejarles en paz! ¡Tienen que pagar por su crimen! ¿Qué es lo que ha ocurrido para que cambies tan radicalmente?

—Puede que el hecho de no esperar un hijo. —La otra vacila, como si ella misma buscara explicaciones—. Fue una falsa alarma y, contra lo que pensaba al principio, me parece que me he quitado un buen peso de encima. En cuanto pueda me largo de este país, y que les den por culo a todos los Asmar.

—¿Y la escena con la que me obsequiaste? Que si mi Tony, que si mi venganza... Oye, el miedo es libre, dímelo a mí que fui reportera de guerra. Pero de eso a permitir que los asesinos queden impunes...

—Ay, hija, qué quisquillosa. Ya te he dicho que te mandaré un cheque por las molestias. ¿O prefieres una transferencia directamente a España?

Diana distingue en el tono de su interlocutora una nota de aburrimiento. Estalla:

—¡Ya te dije que yo no cobro nunca, idiota! —Tiene razón la vieja Yumana, a esta cretina hay que llevársela por delante—. No en dinero.

—¿Qué pretendes? ¿Cobrar en lingotes?

—En justicia, Cora. Yo cobro en justicia. O, por lo menos, descubriendo a los culpables.

Y cuelga. Ha llegado el momento de hacerle una visita al tal Tariq. Antes, telefonea a Fattush para contarle lo de la viuda.

—Pánico —resume el otro—. No todo el mundo posee tus agallas. ¿O debería llamarlo inconsciencia?

—¡Menudo escándalo! Lo han tapado como han podido, ¿no es cierto? ¡El gordinflón descansa en paz, sí señor, y el whisky también!

Al volante, Georges se troncha como un adolescente que acaba de contar un chiste guarro. Diana le hace notar lo irrespetuoso que le parece que hable así de un muerto, y más aún saliendo de la ceremonia.

—Pobre hombre —murmura, remilgada, aunque a ella también se le ocurren un par de comentarios soeces—. En el fondo era una buena persona.

—Lo siento. Estaba recordando lo que pudo haberte hecho la otra noche —se disculpa el chófer.

—Hay que perdonar —concluye Dial, tajante.

Pero siente un escalofrío al pensar que la figura grotesca —y sudorosa, palpitante: viva— que la noche del sábado la aplastó contra su camilla de masaje se encuentra ahora encerrada en el interior de un ataúd.

—Así es la vida. Un día estás y al otro ya no estás —comenta Georges, con voz de circunstancias.

Diana telefonea al hotel Sun Beach y pregunta si ese día el entrenador de natación tiene clase. Le indican que se encuentra en la piscina con sus alumnos y que su trabajo finaliza a la una.

Georges, que la ha escuchado hablar con su oído atento —y cotilla—, no le pregunta adónde se dirigen. Anticiparse a sus deseos es una de sus muchas cualidades de doble filo, y le basta escuchar un nombre —el de una calle, el de un edificio— para salir disparado hacia el lugar.

Vira a la derecha para ir a la Corniche —en cuyo inicio se encuentra el Sun Beach— por el viejo puerto, un camino que Diana ama especialmente porque, a su vera, quedan vestigios del Beirut antiguo. No el de los fenicios ni el de los romanos, sino el Beirut inmediatamente anterior a los años setenta, a una guerra civil que cortó en seco su desarrollo, un Beirut avanzado para su tiempo y su espacio, que se vio detenido para siempre. Luego vino el salto al vacío, y el consecuente vaciado de alma.

A su derecha, apenas visible a los ojos del viajero que sólo se fija en los nuevos edificios, Dial avista una pequeña ensenada natural en la que todavía quedan rastros de pescadores, cuyos aparejos en pésimo estado se ven sitiados por materiales de derribo e ingentes cantidades de deshechos. Algunas veces, Diana y Georges se han acercado hasta aquí, al amanecer, para comprar pescado del día en una lonja clandestina improvisada por supervivientes de cotidianas catástrofes. En la orilla, desperdicios de múltiples procedencias conviven con las humilladas barcas que todavía se hacen a la mar, una mar pringosa a cuya vera se sientan los hombres con sus pipas y sus tés calientes, en tresillos de gomaespuma rescatados de los basurales.

Cuando entran en Beirut y recorren la introducción a la ciudad formada por talleres de reparación de neumáticos, Diana se da de frente con la irrealidad del gran complejo portuario construido después de la guerra. El coche atraviesa una explanada, Georges realiza las maniobras de rigor para acceder a la ruta adecuada y, de pronto, ahí está la ciudad de las postales. Cosmopolitas hoteles, zorras de lujo y farmacias en donde mujeres con el pelo cubierto venden condones y Viagra sin hacer preguntas.

El hotel Sun Beach es un establecimiento de lujo, aunque no el más espléndido de la zona. Esa insignia sigue luciéndola el Phoenicia, de restringido acceso. Sin embargo, el Sun posee la mejor piscina al aire libre de la ciudad, construida de tal forma en la azotea que uno puede chapotear en sus aguas, fijar los ojos en el horizonte y sentirse como un pez en el Mediterráneo.

En cuclillas al borde de la piscina, luciendo un ajustado bañador tipo bóxer azul oscuro, se encuentra el hombre al que Cora Asmar se tira cuando le viene en gana. Es el monitor de natación más esplendoroso que a Diana Dial le ha sido dado contemplar en los últimos años. Es moreno como el pan recién tostado, e igualmente apetecible. Crujiente. Ni siquiera el fino y anticuado bigotillo y la recortada perilla menguan su encanto. Se le ve a gusto, jovial, con los ojos brillantes y los dientes blancos y afilados, feliz como un lobezno juguetón mientras ayuda a media docena de niños de entre seis y cuatro años a realizar ejercicios agarrados al reborde. Cuando Diana llega hasta él, no sin temer pegar un resbalón y caerse en la piscina con su traje pantalón de hilo y sus mocasines crema; es decir, no sin temer como una hembra madurahacer el ridículo ante el joven macho, Tariq levanta los ojos y le dirige el tipo de mirada que un hombre que desea agradar tiene siempre a mano. O a ojos.

—¿No deberían estar en el colegio? —pregunta ella, señalando a los niños.

—Son hijos de los clientes del hotel.

Diana se queda mirándole, de arriba abajo, sin cortarse. Con el tipo de mirada que una hembra madura puede dirigir a un joven macho.

Ha venido a por información y se encuentra con esta propina. Una buena vista, y no se refiere al paisaje que se divisa desde la terraza del Sun.

—Termino en diez minutos —le notifica él, después de consultar un reloj de pulsera sumergible cuya esfera es casi más grande que su muñeca—. Puede esperarme ahí.

La facilidad del contacto hace que Diana suponga que el gimnasta está habituado al trato con alumnas potenciales. De natación o de lo que sea.

Le señala una tumbona pero la periodista prefiere no perder la dignidad —y, al levantarse, el equilibrio— dejándose caer en el mullido fondo de una diabólica hamaca en forma de medio huevo. Manos en los bolsillos, deliberadamente da la espalda a Tariq y se acerca a la baranda de grueso metacrilato. A sus pies, la profunda curva que comunica la Corniche con el tradicional territorio cristiano de la ciudad. En torno, más hoteles. A la derecha, las estribaciones del Monte Líbano. Delante, el mar.

El tiempo transcurre rápido mientras, con la cabeza gacha, contempla una de las escenificaciones de la historia libanesa de los últimos cinco años. A izquierda y derecha de la amplia vía perfectamente asfaltada y ribeteada de hoteles de lujo que se encuentra a sus pies, dos monumentos erigidos a la memoria de Hariri, el estadista asesinado en febrero de 2005: una descomunal antorcha que arde puntualmente todos los días a la hora del atentado, y un jardincillo con una escultura realista del hombrón en actitud de dirigirse a resolver los problemas del país. La custodian dos guardianes de seguridad vestidos de Armani que, en verano, se cobijan bajo un toldo de diseño italiano. Entre medias, ese pavimento perfecto, insólito en la ciudad de accidentadas superficies que es Beirut, y que no es sino una metáfora de la rapidez con que se cubrieron en su momento las huellas dejadas por la explosión. Crimen y ocultación.

También la bomba que se llevó por delante a Tony Asmar, a Iennku y a Setota ha servido para cubrir un delito anterior, el del espionaje en favor de Israel por parte de Samir. A lo largo de esta semana, en que la ciudadanía ha permanecido temerosa y —a su manera indecente— expectante, excitada por su propio temor, haciendo planes, desde el desánimo, sobre sus numerosas e imaginativas fórmulas para superarlo... A lo largo de esta semana transcurrida para Diana con la velocidad de una montaña rusa, la periodista metida a detective ha recibido un cursillo intensivo de duplicidades.

Se gira, ve a los niños salir de la piscina y dejarse envolver en toallas por sus niñeras menudas y oscuras, probablemente de Sri Lanka, a quienes los críos tratan con despotismo.

En un momento, Tariq está a su lado. Diana intenta mirarle únicamente a los ojos.

—¿Está interesada en clases particulares o prefiere unirse a un grupo? —inquiere el chico, tras ofrecerle una diestra ligeramente húmeda.

Dial permite que el equívoco de la natación se establezca entre ellos.

—Me han hablado muy bien de sus métodos —deja caer—. Estoy un poco desentrenada.

La piel bronceada del hombre —no tendrá más de treinta años—, la pueril satisfacción que asoma a su semblante, el ramalazo de vanidad que le hace ponerse en jarras, apretando el abdomen. Desentrenada, sí.

Carne fresca. Diana se sorprende albergando pensamientos que ni siquiera respecto a Salva —ante quien se siente en inferioridad de condiciones— se ha formulado con claridad. «Es un chulo —se dice—. Nunca has probado un chulo.»

Lo contempla con la voraz curiosidad con que suele examinar los aguacates en el supermercado. ¿Lo compro o no lo compro? Durante una fracción de segundo atraviesa su mente la repugnante imagen de los viejos occidentales que conoce y que, en Beirut, se aprovechan de la facilidad con que se les ofrece mercancía lozana y barata. Desecha el pensamiento. El verdadero amor. Eso sí que resulta obsceno, a su edad. Verdadero amor es lo que ella siente por Matas, y ni siquiera sabe si le quiere ayudar o destruir. Verdadero amor era, quizá, lo que impulsó al pobre embajador a aplastarla contra la camilla.

Déjate seducir por los estímulos del mercado, Diana Dial. Aparca por un rato tu maldita cabeza, tu jodida conciencia.

Lo que sigue es un corto paseillo hasta los vestuarios, una rápida mirada exploratoria por parte de Tariq antes de abrir una puerta y empujarla hacia adentro, y un arrugamiento excesivo de las dos piezas de hilo que componen el traje de la dama que, al sentir en la palma de su mano el calor de las credenciales del entrenador, se pierde en la ensoñación de un masaje completo.

—My queen... —empieza el otro.

—Calla —le corta, en castellano—. Cállate y enhebra.

Diana extiende un cheque y se lo alarga a Tariq. El muchacho lo guarda sin mirar en el bolsillo pectoral de su elegante camisa, mientras sorbe con deleite un té a la menta y la contempla con la dulzura de un cachorro al que su amo acaba de acariciar la tripa. Se encuentran en la cafetería del hotel.

—Esto, por la primera clase —dice Diana—. Ahora me gustaría hacerte unas preguntas.

—Si decide venir con regularidad puedo ofrecerle una tarifa especial. Precio de amiga, tratamiento VIP. Un abono.

Le da una tarjeta con su teléfono y dirección de correo electrónico.

—¿Tienes muchas clientas?

—Pocas, pero buenas.

—¿Cora Asmar es una de ellas?

Tariq se pone en guardia.

—¿La señora viuda de Tony Asmar? —pregunta el otro, ganando tiempo.

—No disimules. Soy amiga suya —sonríe Diana y se dispone a arriesgar una mentira, mezclándola con una verdad—. Me lo contó todo. Me pidió ayuda contra la familia del difunto.

—¡Ah, la detective! —El rostro del entrenador físico regresa a su cordialidad natural—. Algo me dijo. La va a librar de esos miserables ¿verdad?

—¿Lo ves? Estamos en confianza.

Tariq deposita el té en la mesa, se inclina hacia ella.

—Cora es la persona que más me ha ayudado en este mundo. Mi familia emigró a Canadá durante la guerra, teníamos un negocio de yates en Montreal, no era un asunto a lo grande pero nos iba bastante bien. A los veinticinco años decidí volver.

—¿Qué edad tienes ahora?

—Veintinueve. Yo nací en Canadá.

—Déjamelo adivinar. Líbano te ha decepcionado.

Tariq asiente.

—¡Tantas posibilidades, y siempre desaprovechándolas, por culpa de la política! —Sacude la cabeza—. No fue fácil para mí. Acabé volviendo al norte, a la tierra de mi familia. Allí hice amigos, tengo contactos. Muchos contactos, aunque no se trata de gente a la que me gustaría presentar a usted o a Cora.

—¿Mercenarios? —pregunta Diana, sacudiéndose una inexistente mota de polvo de la chaqueta, para quitar importancia a la pregunta.

El otro parece entrar en confianza.

—Hay mucho paro, y la gente se mete en lo que puede. Siempre rondan por allí personas que reparten dinero para formar grupos armados con los jóvenes que carecen de esperanzas. A mí también me lo propusieron, pero eso no es para mí.

Le dirige una sonrisa más acentuada, mira alrededor, fija su mirada en ella. Es un ingenuo.

—Esto, esto es lo mío. Beirut. El lujo. La buena educación. La libertad sexual. Yo bebo alcohol, ¿sabe? Cuando conocí a Cora fue como si el cielo se abriera para mí. ¡Qué mujer! ¿Todas las españolas son así? Porque usted también tiene mucha clase... Las chicas libanesas son muy guapas, pero no se puede hablar con ellas. Cuanto más guapas, menos se puede hablar.

—¿La quieres mucho? —le pregunta Diana con afable comprensión.

—Más que a nadie y a nada. Pero usted ya lo sabe... Lo que hago, lo que hemos hecho esta tarde...

A la mujer le conmueve esa doble moral, a su manera tan inocente, que el muchacho exhibe. Ha conocido a otros como él. Salir del agujero. Es todo lo que quieren, a cambio de hacer lo que sea.

—No es nada personal —termina ella.

—Exacto. Forma parte de mi trabajo. Tengo que seguir haciéndolo hasta que Cora se emancipe de los Asmar y disponga de dinero propio... Tenemos que cuidarnos entre nosotros, y del niño.

—¿El niño? —Diana Dial abre la boca—. ¿Qué niño?

Súbitamente transformado en un árabe tan tradicional como el narguilero Abu Hassan, el que sólo tiene hijas y cree que la culpa es de sus mujeres, Tariq abandona sus aires mundanos y se vanagloria:

—¡Un varón! ¡Cora y yo vamos a tener un hijo!

Este tío es memo... ¿Y Cora? Conclusión rápida, como consecuencia de lo anterior: Cora se cree muy lista. Aunque no tanto como ella, Diana Dial, perseguidora de la verdad, paladina de la justicia. Iennka y Setota, no os defraudaré. Neguetz, amiga mía. ¿Por qué miente Cora a Tariq? ¿Qué espera conseguir de él?

El servilletero vuelve a estar demasiado lleno.

—Dime una cosa, Tariq. —Se mira las uñas mientras habla—. ¿Esos amigos tuyos podrían proporcionarme un arma? Vivo sola y...

—¿Qué clase de arma? —pregunta el joven, sin inmutarse por la demanda.

—Bueno, cuanto más grande y más potente mejor. ¿Tú crees que podrías...?

—Puedo conseguir de todo —alardea el otro, tan ufano como Georges cuando presume de guardar una pistola en su guantera—. También tengo... Ya sabe, cositas para vivir mejor.

—¿Drogas? Qué bien. Una última cosa. ¿Está Cora protegida? ¿En tu casa?

—No, en mi casa, no. Y no ha querido decirme dónde, para que no caigamos en la tentación de vernos. No podremos hacerlo durante un tiempo. Tenemos que evitar las murmuraciones. Es lo que ella dijo que hay que hacer siempre en estos casos. ¿Por qué? ¿Usted tampoco sabe dónde se encuentra?

Estos casos. ¿Tantas precauciones por un simple adulterio? Súbitamente, Diana los imagina en la gran cama circular, en el sedoso dormitorio de Cora, abrazados, revisando en el televisor una y otra vez la última versión de El cartero siempre llama dos veces. Buscando los fallos que la pareja asesina protagonista comete y que ellos no deben repetir.

Abandona el hotel con el pelo alborotado y el cuerpo distendido, por primera vez en mucho tiempo. Bien por la frivolidad libanesa. Va siendo hora de que le aproveche también de cintura para abajo.

Se sobrepone al acercarse al coche. Se arrellana en el asiento y telefonea a Fattush:

—Te espero en la entrada principal del ABC. En la primera tienda de lencería, según accedes, a la derecha.

—¿Y eso? —pregunta el inspector, que suena risueño.

—Te ofrezco la oportunidad de resolver el caso al tiempo que le compras una negligée a tu mujer. Hay rebajas. Es uno de los efectos secundarios del atentado. La gente no gasta, las tiendas bajan los precios.

—Es que el tráfico...

—Ya lo sé. Tráfico de lunes. ¿Desde cuándo eso ha sido un obstáculo para ti? Tengo la solución de nuestro caso.

—¡Qué dices! Haré que uno de mis hombres me lleve en moto.

Cuando deja de hablar, Georges, que ya ha arrancado y conduce en dirección a Ashrafiyeh, pregunta:

—¿De compras?

Hay cierto asombro en sus palabras. Para baremos libaneses, Diana no es muy consumista y suele aburrirse comprando. Raramente visita el concurrido centro comercial cercano a la plaza Sassine. Georges y Joy se encargan de conseguirle lo que necesita.

—En efecto —asiente ella—. De compras hasta fundir las tarjetas. Además, tengo que buscarle un buen regalo a mi amiga de Egipto.

—Entonces, definitivamente, ¿te vas? ¿Ya lo has decidido? —Ve la mirada de Georges, súbitamente codiciosa, reflejada en el retrovisor.

El hombre se pregunta si recibirá una indemnización, y de qué cuantía, así como cuántos objetos de su piso le tocarán en el reparto de despedida.

Cuando entra en el ABC, después de que un empleado de seguridad le haya palpado concienzudamente el bolso, Diana ve a Fattush, ya apostado a la puerta de la tienda Nymphet's Dream. Lleva la coleta torcida y algunos mechones sueltos nimbándole el semblante.

—Jaled no usa casco. No había uno solo en toda la comisaría —explica, cachazudo.

—Ningún libanés lo utiliza. ¡Con lo machotes y osados que sois! No has ido a la embajada a despedir al procer —le reprocha Dial, alegremente—. Te has perdido la hagiografía del patriarca.

—Trabajo endiablado —se justifica el otro, siguiéndola al interior del comercio—. Un padre ha pretendido arrojar al mar a su hija, embarazada de su novio, desde lo alto del acantilado, en Rouche. La deshonrada se ha aferrado a él con uñas y dientes. Han caído los dos al mar. Ahogados como tu embajador.

—Qué racha —observa Diana mientras examina unas bragas de encaje que están de rebajas.

Introduce las bragas en una cesta. Duda sobre si adquirir el sujetador a juego. Es demasiado tacaña para hacerse de una sola tacada con dos piezas, sin darle vueltas al magín un rato.

—¿Cuáles son tus noticias? —pregunta el inspector, que observa sus maniobras con curiosidad pero con el envaramiento típico de los hombres de su edad cuando van de compras con una mujer.

—Tengo al culpable. A los culpables. —Es verdad, los sostenes están a muy buen precio, piensa; a la cesta—. Olvídate de los Asmar. Es decir, de todos menos de la viuda. Y no me refiero a la superviuda, Yumana.

—¿Hablas de Cora?

—Se cargó a su marido. Con la ayuda del bello Tariq.

—¿Le has visto? —Fattush se excita, y no por la lencería—. ¿Tienes pruebas?

—Tengo pruebas de que le he visto —replica Diana, con dulzura, al tiempo que aprieta los muslos y siente que se agudiza su sonrisa vertical.

—Pero los Asmar no pueden ser inocentes. He hablado con mi amigo Tadeus. Es miembro de la ejecutiva del Partido de la Patria, y muy remiso a cotillear, pero siempre se anima cuando le prometo un par de whiskies y dejar que me lea los posos del café. Aunque no pienso hacerlo. La última vez...

—¿Qué piensa Tadeus? No me refiero a tu porvenir, sino a lo de Tony Asmar.

—Esto te va a encantar... —Fattush inspecciona unos picardías de encaje en colores fluorescentes—. La mañana de su muerte, Tony Asmar tenía una cita con el Anciano.

—¿Con Kamal Ayub?

—¡El mismo! —Se hace, triunfador, con un camisoncito liviano y malva—. Según Tadeus, llevaba consigo la única copia de los documentos que probaban la complicidad de su hermano Samir en la operación israelí para instalar una estación de telecomunicaciones en territorio de Hizbolá.

Diana Dial procesa la información rápidamente.

—O sea, que iba a denunciar a la familia...

—No, amiga mía. —El inspector suelta una risa sardónica—. Iba a exigir prebendas por no hacerlo. Quería un sillón ministerial en el próximo gobierno y quedarse con el banco de su hermano. A cambio, se comprometía a guardar silencio. Pobre hombre, lo guardó. Eternamente. No le dejaron ni salir de casa.

Fattush alza el perchero соn el pequeño camisón y lo contempla al trasluz.

—¿Tú te lo pondrías? —inquiere.

—No, y tú tampoco. Pero tu mujer, sí.

Pensativos, se dirigen a la caja y pagan sus respectivas compras. Cuando sale, él la toma por el codo.

—¿Has comido? —pregunta.

—No tengo hambre.

—Tampoco yo. Tomemos un capuccino.

—Y pongamos esto en limpio. No tiene pies ni cabeza.

En el café, entre jóvenes que trabajan con su ordenador y mujeres con rostro de esfinge que cotillean mientras las niñeras cuidan de sus hijos, Diana le cuenta al inspector su conversación con Tariq.

—Ese chico tiene acceso a todo tipo de armas, a través de sus amigos, que por lo que ha insinuado son carne de cañón de los salafistas. Pudo conseguir el explosivo.

La periodista extrae su cuaderno del bolso y lo coloca encima de la mesa. Le da unos golpecitos.

—Mirándolo objetivamente —empieza, al tiempo que abre la libreta y la ojea—, la familia Asmar es la única interesada en eliminar a su oveja negra, para continuar manteniendo su liderazgo en el Partido de la Patria, sus prebendas y los favores del Anciano. ¿Estás de acuerdo?

—Completamente —asiente el inspector.

—Por otra parte, tenemos a Cora Asmar. Después del atentado me cita en su apartamento. Necesita de mis servicios como detective para que busque la forma de poner nervioso a su cuñado. Está segura de que es el asesino. Se muestra herida, furiosa, quiere vengarse, proteger al hijo que espera... ¡Un momento!

—¿Qué pasa?

—Que soy idiota. Cora me dijo que el fin de semana del atentado permaneció ingresada en la clínica del doctor... Espera, sí, aquí lo tengo. Marwan Haddad.

—Es cierto —replica Fattush—. Ese dato lo investigamos.

—Ya lo sé. Pero ella me aseguró que fue allí en donde le confirmaron el embarazo, aprovechando que la clínica también tiene ginecólogos.

Un niño de la mesa cercana se pone a berrear y su madre ordena a la niñera filipina que pida un Red Bull para el niño.

—¿Está loca? —le pregunta Diana al inspector.

—Conmigo no te sulfures —responde el hombre—. Si les inflan a coca-colas, ¿por qué no elevar un poco los niveles de excitación de nuestros futuros ciudadanos?

Dial se encoge de hombros.

—A ver, que no me pierda... ¿Qué quería yo hacer? —Se da una palmada en la frente—. ¡Ah, sí! Por favor, habla con Haddad.

Toma su teléfono mientras Fattush coge el suyo. Le escucha ponerse en contacto con la clínica mientras ella busca el número de Yumana Asmar. La vieja contesta directamente.

—¡Mi querida amiga! —Su voz cavernosa le lanza la frase como si pretendiera hacer blanco en el interior de su cerebro—. ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! ¿Veinticuatro horas? ¿O menos? Sabía que me llamarías...

—Me estaba preguntando... —Ve al niño del Red Bull beberlo con ansia, ayudado por la criada filipina—. Sí, me preguntaba qué clase de retorcido final es el que le ha augurado a su nuera para que ésta haya querido impedirme seguir investigando.

—¡Asquerosa! —La comunicación por teléfono no hace que Yumana seleccione con más finura su vocabulario—. Lo digo por ti. Creí que ibas a disculparte por las molestias que nos has causado... Es lo mínimo, ¿no, estúpida?

Boquiabierta, Diana contempla al niño, que se ha puesto a bracear y patalear al terminar el mejunje, y a la madre, que ordena que le traigan otro.

—Un momento, por favor. —Aparta el aparato y se dirige a Fattush, señalando a la mujer—. ¿Es que no piensas detenerla?

El otro se encoge de hombros y atiende su propia conversación telefónica:

—Eso es todo, sí —está diciendo—. Se lo agradezco mucho, doctor. Diana, no es cosa mía. Si tuviera que interferir en el sistema educativo libanés preferiría modificar los libros de texto.

—¿Estás ahí, pequeña cerda? —pregunta Yumana, atentamente.

—Eh... Sí, sí, perdone. Desde luego. —De nuevo le surge a Diana el Pavlov materno.

—Déjame adivinar. Cora te ha despedido sin explicaciones. Y ahora recurres a mí. ¿Qué quieres? ¿Dinero, también?

El estómago de Diana se eriza a causa del adverbio. Mira a Fattush, que está observando al niño con atención. Luego se vuelve hacia ella y le dice:

—El doctor Haddad asegura que Cora Asmar ingresó el último fin de semana en su clínica para someterse a un tratamiento de belleza, unas infiltraciones de oro y una pequeña liposucción de vientre. Aprovechó para hacerla dormir, ya que al parecer padece de insomnio.

—Un momento, Yumana, por favor —ruega a su interlocutora y tapa el micro con la mano—. ¿Y el ginecólogo?

—En absoluto se le practicó un examen ginecológico. Es más, las enfermeras que la atendieron recuerdan muy bien que se puso a menstruar mientras dormía y tuvieron que... En fin, tuvieron que tomar las medidas pertinentes. Me pregunto...

Diana hace un gesto con la mano para acallar a Fattush.

—Yumana, dígame una cosa. ¿De cuánto dinero estamos hablando?

—Dímelo tú. ¿Cuánto pides para dejarnos en paz?

—Me refiero al dinero que le ha pagado a Cora para que haga lo propio. Para que entregue las pruebas que obran en su poder.

Cuando escucha la respuesta, suelta un silbido y desconecta el teléfono, sin despedirse.

—Veinte millones de dólares —pronuncia la cantidad lentamente—. Tomaré un sándwich club.

Diana se limpia los restos de mayonesa con una servilleta de papel y avisa al camarero para que se lleve platos y tazas. Cuando la mesa está limpia, abre el cuaderno por el final, lo pone al revés y alisa la primera página en blanco.

—Recomencemos. ¿Te parece?

Fattush asiente.

—Tenemos a los Asmar. —Escribe el nombre con letras capitales—. Contra lo que inicialmente creímos, no son los asesinos. Sí están metidos hasta las cejas en el tema del espionaje de Israel, pero a la luz de los últimos datos son, en realidad, víctimas de un chantaje. Aunque no sean inocentes. Ningún chantajeado suele serlo.

Subraya la definición en el papel. Víctimas.

—Del mismo modo, Cora Asmar, a quien yo infravaloré desde el principio, considerándola una guapa con pocas luces y, en el fondo, buenaza, es en realidad muy astuta. Utiliza esa impresión que produce, de mucha teta y poco seso, para conseguir sus fines. Cora sabe que su marido carece de fortuna, sólo atesora deudas. ¿Por qué matarle? ¿Para heredarlas? Pero conoce los planes de Tony, sabe que está en posesión de pruebas que incriminan a Samir, en lo de El-Bekara. Se deshace del infeliz y decide realizar el chantaje por su cuenta.

—Culpable de asesinato. —Fattush lanza un silbido—. Es ella quien lo planea todo, y Tariq quien coloca el explosivo...

—De asesinatos. Hubo dos víctimas más, no las olvides. Iennku y Setota, sus verdaderos nombres etíopes. ¡Lo teníamos delante de nuestras narices! Esposa y amante se cargan al marido que sobra. ¡Si hasta se llama Cora!

—¿Y eso qué tiene que ver? —pregunta el inspector.

—Ya te ilustraré otro día sobre cine y novela negras. Volvamos a lo nuestro. Tony Asmar. Que es, a su vez, culpable y víctima. Culpable porque se disponía a denunciar a su familia, no por el bien de su país, sino para salir de la ruina y obtener prebendas políticas y económicas. También lo hacía, supongo, para vengarse de quienes le consideraban un inútil. Que era prácticamente todo el país, empezando por los propios Asmar.

El inspector se rasca la frente, golpea el cuaderno de Diana con su índice, como dándole instrucciones:

—Que otras dos personas fallecieran en la explosión reforzó la idea de que se trataba de un atentado político.

—Exacto —asiente Diana, anotando—. Eso les resultó muy conveniente a los asesinos. De ahí tanta carga explosiva, para que lo espectacular de la voladura creara una cortina de humo, tanto literal como figurada. Ningún pensamiento para las posibles víctimas colaterales. ¿A quién le importan aquí los criados, de la nacionalidad que sean?

—Mujer, supongo que ocurre en todos los países.

—No por falta de interés, pero en mi tierra ya no se puede actuar como antes. —Dial vacila un segundo—. O eso creo... Aquí se les retiene el pasaporte. Para conseguir permiso de residencia necesitan el aval de un libanés, cualquier libanés, que cobra sólo por una firma. Mi Joy no encuentra el modo de que le den visado para pasar un mes en Egipto con su marido. Hay un negocio montado gracias a las criadas con la complicidad de todos: sus propias embajadas, las autoridades de inmigración y los beneficiarios de esa mano de obra medio esclavizada. Tú lo sabes mejor que nadie.

—Pero no las mataron por eso. —Fattush intenta calmarla—. Estaban allí, simplemente.

—Exacto. Como comparsas de la historia que dirigen los otros. Sea la historia que se escribe a tiros entre facciones, la que precipita Israel a bombazos o la que pergeñan cada día esas arpías egoístas, esas vagas de uñas pintadas y tetas postizas, y sus niños chillones y malcriados.

—¿Te has desahogado ya? —requiere el policía.

Diana responde a su pregunta con una sonrisa, tan amarga como irónica. Piensa en la extraña pareja que forman Fattush, un inspector que sólo podrá intervenir en el caso si consigue pruebas —los poderosos Asmar serán los primeros en impedírselo—, y ella, una antigua periodista, actualmente detective aficionada que, a menudo, no puede aportar las evidencias imprescindibles para que se haga justicia por la vía ortodoxa.

De todas formas, ¿qué es o no es ortodoxo y justo en Líbano?

—Desde luego, a Cora Asmar no le importaban las sirvientas —prosigue Dial—. Dos etíopes muertas, como si hubieran sido cuatro. Su marido se había convertido en un obstáculo. La había defraudado. Posiblemente creyó, al casarse, que hacía el gran negocio. Salva me contó que estaba muy enamorada, pero yo no me lo tragué. Sólo cuando la vi en su casa, tan necia y tan... ¿ingenua?

—Es una buena actriz, no cabe duda —acota Fattush—. Porque engañarte a ti... Con el carácter que gastas.

—Y lo único que sacó de su aparatosa unión —la mujer pasa por alto el comentario— fue aparecer en los ecos de sociedad. Descubrió que Tony era una nulidad para los negocios. Su familia tenía que sufragar el tren de vida de la joven esposa, que no era precisamente un prodigio de austeridad. Por lo que entrevi ayer en mi charla con Yumana, a la bella Cora debía de resultarle muy humillante tener que someterse a las exigencias y caprichos de la matriarca. La familia nunca aprobó que Tony abandonara la norma sagrada del clan, casarse con hembras Ghorayeb, para emparentarles con una española que ni siquiera tiene propiedades en Marbella. Una muerta de hambre, vaya.

—Él tampoco era un Adonis —añade el policía—. Ni creo que funcionara bien en la cama.

—¿Ahora entiendes de hombres?

—No es eso. A mí, Tony Asmar siempre me recordó a un chico de mi clase que tenía forma de pera y que se pasaba el tiempo lloriqueando y balbuceando excusas. La culpa de todo lo que le ocurría la teníamos los demás. Coincidí con él y con su mujer hace unos meses. La esposa también tiene forma de pera, y él ya es claramente obeso. Siempre que pienso en eunucos recuerdo a ese pobre chico. Y Tony Asmar se le parecía mucho.

—La frustración sexual habría sido más llevadera con una fortuna real respaldándola. Pero lo único que había debajo de la cama fría era un sótano repleto de deudas.

Piensa Diana en el Camaro nuevecito que voló por los aires. A Cora eso debió de dolerle en el alma. Puede que Tony ni siquiera hubiera abonado la entrada.

—Era la única forma —dice en voz alta.

—¿De qué?

—Pusieron la bomba en el coche que Tony acababa de regalarle. Cuando me contrató, tuvo una frase de condolencia para su Camaro que me pareció muy poco apropiada para el momento. Sin duda habría preferido no tener que destruirlo, disfrutarlo con su amante, su chico guapo, cariñoso y bien dotado sexualmente...

—¿Eso cómo lo sabes? —pregunta el inspector, suspicaz.

—Yo sí entiendo de hombres —corta, seca, con impaciencia. Está demasiado ocupada atando cabos—. Convenció a Tariq. Jugó la carta del embarazo. Ese chico es un crío, en cierto modo es un inocente. No creo que le guste matar por matar. El truco del bebé inexistente le sirvió también para enternecerme. ¡A mí!

—Y desde luego que te convenció para que le hicieras de mensajera ante la Cobra —recalca el policía—. ¿Qué fue lo que le dijiste? Aquella pregunta...

Dial da la vuelta al cuaderno y consulta sus notas anteriores, que ahora le parecen tan caducas.

—Veamos... Aquí está: «¿Qué tal quedaría el prestigio de su familia si alguien difundiera que usted trabaja para los mismos que bombardearon su país hace sólo tres años?»

—Son las palabras de un chantajista. Ya te lo advertí.

—Y yo te contesté que un periodista y un extorsionador con frecuencia usan términos parecidos.

—Hiciste un buen trabajo en nombre de Cora. Debería pagarte comisión —bromea Fattush.

—¿Dónde pudo obtener Tariq el explosivo?

—¿Estás tonta? En el norte o en el sur, en el este o en el oeste. Tiene buenas conexiones. Amigos turbios.

—Cora y su amante colocaron la bomba en el Camaro antes de que el marido partiera hacia Faraya. Ella debió de asegurarse de que Tony no iba a llevar consigo más que el maletín con los documentos. Puede que se las ingeniaran para bloquear la cerradura del maletero. ¿Es factible?

—Lo verificaré —se apresura a asentir Fattush—. Siempre he sido un inútil con los coches.

Diana se rasca el entrecejo.

—Cora se encierra en la clínica de Haddad, y espera mientras le arreglan lo que sea. Su amante se va a Faraya con el detonador telefónico. Se instala en un lugar desde el que pueda observar el chalet de Asmar, esperar a verle ponerse en marcha... ¡Y boooom! Al mejor estilo libanés.

Fattush le agarra la muñeca de la mano con la que escribe y la aprieta:

—¡El hotel Grand Liban!

—Tenías a Tariq en tus narices, fingiendo hablar por el teléfono con el que accionó la bomba.

La revelación los deja mudos durante un rato.

—Deberás apretarle las clavijas al gimnasta... —retoma Diana—. Pero aunque confiese, y te ruego que seas muy duro, piensa en Iennku y en Setota, es un don nadie. Ni a los Asmar ni al Anciano ni al Partido de la Patria les interesa que esto salga a la luz, ni que sea para incriminar a la odiada nuera.

—Todo el tiempo estuvo revoloteando a nuestro alrededor —dice Fattush, ensimismado—. Tariq, el hijo de puta. Dedicándose a dar masajes, a entrar y salir de las casas. Invisible. Y ahora se va a repartir veinte millones de pavos con una mujer que es una auténtica belleza. Mucho mejor que trabajar sacándoles la pasta a las ancianas a las que entrena...

A Diana le entra un ataque de tos, cuyo producto líquido lanza sin escrúpulos en dirección a la madre del niño del Red Bull, que está levantándose de la mesa mientras la niñera se hace cargo del crío.

—¡Cielo santo! —exclama Dial, fijándose en lo que cuelga del cuello de la dama.

Es una cruz de oro de notable volumen y doble travesaño. Eso indica que la mujer es de religión ortodoxa, cosa que a Diana le trae sin cuidado, si no fuera porque le recuerda al pobre Ramiro y su colección de crucifijos. Oh, Dios. Oh, Dios, Dios, Dios.

—¡No fue un accidente! —exclama—. Ramiro de la Vara no se quedó dormido mientras se daba un baño, no murió a causa de la trompa que sin duda había agarrado.

El inspector se inclina hacia ella.

—¿Por qué? ¿Cómo lo sabes?

—¡No lo sé! —prorrumpe Diana, impaciente y de mal humor—. Lo deduzco, como casi todo en este maldito caso.

—Lo deduces, ¿de qué?

—La noche en que cené con él, este último sábado, cómo es posible que hayan ocurrido tantas cosas desde entonces... Bueno, esa noche el embajador me confió que Cora Asmar tenía un amante, y casi me facilitó su identidad. Me lo habría dicho, de no haber estado tan excitado por mis encantos de, ¿cómo me llamaba?, madurita picante.

—No es una mala definición —observa Fattush, y la mujer le fulmina con la mirada.

—Esa noche, De la Vara me contó que Tariq solía regalarle tabaco para su narguile. El chico me ha ofrecido drogas a mí hace un rato. No lo ha dicho así, desde luego. Su oferta ha consistido en «cositas» para alegrarme la vida. Bien pudo realizar una visita a la residencia ayer por la tarde, aprovechando que la legación estaba prácticamente sin vigilancia. Hachís, bebida... El diplomático se dirige tambaleante a su cuarto de baño, Tariq le acompaña con el pretexto de ayudarle. Llena la bañera por él, mientras esperan quizá comparte una copa con el viejo, pues presumió conmigo de beber pese a ser musulmán... Cuando el embajador está dentro de la bañera, medio grogui, le mete la cabeza en el agua y le empuja. Luego dispone la coreografía, el narguile, la botella... Deja el grifo de agua caliente abierto para despistar al forense... Y se larga.

—Tiene lógica —admite el inspector—. Debo echarle el guante a ese pájaro ahora mismo, antes de que se largue del país con el botín y la fulana.

—Debes hacerlo. —Diana sacude la cabeza—. Pero no dejo de preguntarme cómo supo Diana que el embajador conocía su relación con Tariq.

Piensa, Diana. Piensa.

Y, de repente, lo tiene delante. Salvador Matas. El arabista que ha sido su amigo durante su estancia en Beirut. El hombre sin puertas ni ventanas. Recuerda que él y Cora usaron, por separado, las mismas palabras al referirle que no existía el embarazo: falsa alarma, quitarse un peso de encima. Una tontería. Un detalle sin importancia. Fue durante su última cena en Le Pécheur. La misma en cuyo transcurso Diana le contó que Ramiro de la Vara sabía quién era el amante de Cora, y que pronto iba a revelárselo.

Lo tiene delante de ella. Físicamente. Diana abre y cierra los ojos, piensa que sufre una alucinación. Salva y Cora, cargados de compras, caminan uno junto al otro, uno con el otro, uno en el otro.

—No te vuelvas —ordena Diana, mordiendo las palabras—. Ni se te ocurra moverte. Son ellos.

—¿Cora y Tariq?

—No. Cora y su verdadero amante. Salvador Matas. O el Mesías, que dirías tú. Qué cretina he sido.

Instintivamente, Diana coge su teléfono y les hace una foto.

—¿Nos han visto? —pregunta el policía.

—No creo —responde—. No ven a nadie más.

Con todo, Diana se encoge, baja la cabeza. No lo hace sólo para esconderse, sino abrumada bajo el peso de su descubrimiento. Cuando la levanta, al cabo de unos minutos eternos, la pareja ya se ha alejado. Los ve desvanecerse al fondo de un pasillo, tan juntos que forman una sola figura. La periodista siente todas las terminales nerviosas de su organismo conectadas a la glamurosa instantánea que ilumina su móvil. Tan libanesa, la imagen, como una portada o como un anuncio de Mondanité, tan propia de la habilidad nacional para sobreponerse a la desdicha o al bombardeo operándose la nariz o implantándose pechos falsos, o lanzándose a practicar el arte del shopping y de la fantasía de ser otra, como ella misma ha hecho después de pagar por echar un polvo.

Cora y Salva. Su felicidad, sus proyectos, incluso su futuro, se reflejan ahí, en el pequeño rectángulo luminoso, su imagen agrandándose o encogiéndose al tacto de sus dedos. Un pellizco y los dos rostros se amplían en el recuadro, la triunfante mujer de melena rojiza brilla por la devoción que contempla en la mirada del otro... Y el otro, es decir, Salvador Matas, el pulcro, sobrio y siempre algo distante profesor, babea ligeramente al contemplarla, la boca medio abierta y húmeda en las comisuras, como en la fiesta, como cuando admiraba la danza de Ali el efebo. Diana amplía y amplía hasta convertir a ambos en una nube emborronada.

—Vaya, vaya. La vida es una letrina llena de sorpresas —comenta el inspector.

Diana cierra la puerta a su espalda, pero no siente el ánimo ligero. Su casa no es hoy un refugio. Hay luz en el salón. Una lámpara que ella no dejó encendida.

—Eso fue un error. Le advertí a Cora que era una equivocación ir de compras. Pero no me supe negar. Estaba tan ilusionada...

A la periodista no le sorprende encontrar a Salvador Matas sentado en su mecedora, muy cerca de la cuna de Yara que, ahora en su posición original —ella misma la colocó así anoche—, en su resguardado rincón, parece contaminada por la maldad —la indiferente maldad— que emana del hombre. Mejor habría sido que las puertas y ventanas del profesor de español hubieran permanecido selladas para siempre.

—¿Cómo has conseguido la llave? —pregunta, por decir algo, quieta en el umbral de la sala, temblorosa.

—Confiabas en mí, ¿lo recuerdas? —la alecciona el otro, paciente—. Sé en dónde guardas un juego de llaves, no me costó quitártelo, hacer una copia y devolverlo a su sitio. Fue durante una de aquellas cenas que tanto te gustaban, en las que me aburrías recitándome tu anecdotario completo.

Diana no se molesta en ir al aparador del comedor. Ahí, en un cajón, debajo de varios juegos de manteles y servilletas bordadas en seda de Damasco, supuestamente mantiene a buen recaudo llaves, tarjetas de crédito que no usa a menudo, dinero para la casa. Nunca ha sido partidaria de las cajas de seguridad y, a sus años, menos que nunca. Prefiere el bolsillo de una bata, el interior de un cajón. Vejez.

Se siente vieja. Cansada.

—Tan pagada de ti, tan superior respecto a Cora —continúa Matas—. Tan inteligente. Tú, tus vetustos reportajes, tus investigaciones, tus intrigas. ¿Tienes idea de lo estomagante que resultas para alguien como yo? Si quisiera sabihondos, me bastan los de la Fundación. De paso, el Quijote lo leí a los siete años. Versión completa, ¿lo sabías? Sí, creo que te lo dije. Me venerabas por ello. Eres patética. Pero siéntate. No resulta cómodo tenerte de pie delante de mí, juzgándome como siempre haces, juzgándome como a todo el mundo, con esa presunción que destilas de mujer viajada, esa condescendencia. Patética, ya te digo.

Como réplica, Diana cruza la sala, se acerca a la cuna, la agarra con fuerza y la aparta del hombre. Retrocede, inclinada, aferrándose a los bordes de la camita de Yara, interponiéndola entre ella y el indeseado visitante. Necesita sentarse pero no se va a desplomar en un sofá o en un sillón, otorgándole a Matas la ventaja de la altura. Elige una silla e intenta no mostrar lo frágil que se siente, cómo pudre su espíritu el mal ajeno. Con la cuna a la altura de sus rodillas, rozándolas, como un dique de inocencia que separa y filtra, para su bien, lo que el hombre es de lo que ella ignora del hombre. Diana, aparentando firmeza, espera a que Salvador Matas continúe explicándose.

Lo hace. Está aquí para hablar. Y no porque sea superior a ti, ni porque te desprecie a ti especialmente, Diana. Tú eres su auditorio, se dice. Aguanta, escucha. Entretanto, piensa. Está aquí porque tiene veinte millones de dólares y a una joven y bella mujer. Para que sepas que ya no es un funcionario, con un precario porvenir, que da clases de español mientras su existencia se deshilacha, desaguándose en el tapiz de las vidas de los otros.

Está aquí para contarte que ha triunfado.

Resultaría pueril, si no fuera un asesino. Iennku y Setota, ¿muertas por la ambición de este nadie, de este ninguno? Ni siquiera dos tontos como Tony Asmar y Ramiro de la Vara merecían un final tan falto de principios.

—Aquella visita a un coronel de Inteligencia Militar no fue por los cursos de español en el sur, ¿verdad? —pregunta Diana—. Querías averiguar si seguían la línea de investigación que os interesaba, la del atentado.

—Y lo comprobé. Qué aguda, Diana. Qué aguda y qué tardía.

—Fuiste tú —pregunta Dial—. Viste la ocasión que el descubrimiento de Tony Asmar os proporcionaba. Lo organizaste, planificaste hasta los menores detalles. Usaste a Cora, a Tariq... A mí.

—A Cora, no. A Cora no la uso. A Cora la quiero. Te duele, ¿verdad?

—Sí —admite, ante la complacencia de Matas—. Pero no te envanezcas. Duele porque yo te he querido creyéndote otro. Y no duele tanto porque, ¿quién, en su sano juicio, puede desear ser amado por este que eres? A propósito de amor, ¿qué clase de sentimiento puede existir entre dos narcisistas como tú y Cora? Dos infelices con veinte millones. Nada más. Enhorabuena.

Un breve relámpago en los ojos masculinos. En su caso, no es dolor. Él no puede sentirlo. Recuerda lo que te dijo, Diana, su convicción de que en este país resulta fácil matar. Lo que ahora muestra su mirada no es sino vanidad herida. Sólo ha dado un buen golpe. Y lo sabe. No es un genio. Tampoco ignora eso. Cora es una ignorante, le hace sentir por encima. Y eso es cuanto puede tener.

—Porque, vamos, hombre, admítelo. —Hurga en la pústula—. ¿Qué sería de vosotros sin esos millones, sin vuestra remuneración por cuatro asesinatos y un chantaje? ¿Qué clase de sentimiento os uniría si no pudierais ir de compras, vivir como ricos, creer que lo sois? El dinero se acabará, Salva, y Cora y tú os seguiréis teniendo el uno a la otra. Ni yo sería capaz de desearos un destino peor.

Suena el teléfono de Diana. Es Fattush:

—Tariq ha desaparecido. Ni rastro. No se ha presentado a la clase que tenía hoy con una huésped del Sun Palace. Hemos registrado su apartamento, parece que lo abandonó precipitadamente. Y no hay modo de rastrear su teléfono. O se ha deshecho de él o ese tipo sabe más de tecnologías que nosotros. ¿Y tú? ¿En dónde estás?

—En casa, con un viejo amigo —responde Diana.

Desconecta, antes de que el inspector plantee más preguntas. Se concentra en Matas, pasando por alto la mirada de curiosidad que ha mantenido durante su corto intercambio telefónico.

—Tariq se acostaba con Cora. —Se encara con él—. Medio Beirut se acostó con Cora antes de que se casara con Asmar. ¿No te importaba?

El otro la contempla, divertido.

—Tan comedida y puritana como siempre. Te dije en cierta ocasión que el amor escribe con renglones torcidos, y que tú eras la primera que debería saberlo. Mirándome siempre con devoción perruna. Sentía tu calor. En tus ojos, en tus palabras, en tus manos. Por suerte para mí, nunca te permitiste una transgresión. Te pasabas horas venerándome, como si fuera el copón bendito, pero jamás te permitiste un centímetro de piel de más, un beso fuera de sitio. Mejor, no soporto que me toquen. Ni siquiera Cora lo hace... Sin embargo, ¿nunca sentiste la tentación? ¿La mano al paquete? Reconozco que, en alguna ocasión, llegué a pensar que también estaba sexualmente dotado para la arqueología.

Hay algo tan grosero en su risa de ahora, en el gesto que acompaña la frase...

—Tú les miras. —Diana casi salta de su silla, ante el descubrimiento—. Les miras y te satisfaces por tu cuenta. No es que no te moleste que tenga amantes. La aplaudes por ello. ¡Una exhibicionista y un voyeur! ¿Cómo no se me ocurrió antes? ¡Cora es la mujer perfecta para ti!

—La conozco desde que era casi una niña y yo, el profesor más joven de la Universidad Autónoma de Madrid. En El Cairo empezamos a convertirnos en uno. Sí, Diana. Ella y yo, con nuestros excesos y nuestras carencias, formamos un todo. Cora no tiene secretos para mí, ni yo para ella. En eso consiste nuestra asociación. Yo la hice y ella me hizo. Y sólo tienes una limitada idea de lo que, juntos, somos capaces de combinar. Es la mujer más hermosa que he conocido, más aún que los hermosos jóvenes que ella misma me presentaba, al principio de nuestra relación, antes de que decidiera serle fiel.

—Espero que os metan en la cárcel y que os podáis ver de celda a celda —sugiere Diana—. Será el colmo de la práctica del sexo seguro.

—No tenéis pruebas, lo sabes —sonríe él—. Nadie va a abrir la boca en este asunto.

Se mira el reloj.

—Tengo que dejarte. Salimos de casa mañana a mediodía. Nos vamos a Damasco, por carretera. Y luego, ¿quién sabe? Estrenamos coche, un Mercedes Cupé rojo. Cora se ha encaprichado, la pobre perdió el suyo en el lamentable atentado que la dejó viuda.

El hombre se levanta y ella también, siempre con la cuna entre ambos. La diferencia de estatura es avasalladora.

—Comprenderás que no te acompañe a la puerta —se despide Dial.

—Nunca me acompañaste en nada. Nunca aceptaste lo que tantas veces te repetí. Este es el país de las oportunidades. Aquí todo resulta mucho más sencillo para quien sepa adaptarse.

El cerebro de Diana funciona a toda velocidad. Escucha los pasos del hombre, alejándose, como tantas otras veces hizo, tantas otras noches después de tantas otras conversaciones cuyo recuerdo creyó destinado a perdurar.

Se va. Se van los dos. Sin castigo.

¿Sin castigo? Ir de compras no fue el único error. Contarle cómo y cuándo piensan largarse también lo ha sido. No ante la ley, sino ante la justicia.

Algo que hacer. Buscar algo que hacer. ¿Qué le sirve en los tiempos duros, durante las crisis? Algo mecánico, usar las manos. Cocinar solía ser una salida. Tanto cocinó para él que ya nunca podrá ponerse ante un fogón con la sencilla y optimista predisposición de antes.

Su teléfono se está quedando sin batería. Buscar el cable. Enchufarlo. Se lleva la cuna al estudio, la mantiene cerca de ella, como si fuera una estufa. Conecta el ordenador, abre el correo electrónico. ¿nBlazer@gmail.com?

El abogado de Neguezt le envía una fotografía y un escueto mensaje: «Mi cliente quiere que usted tenga esto.» Es la imagen de tres jóvenes sonrientes, la blancura de sus dientes resplandece como los colores de sus túnicas. Al fondo, un paisaje reseco en el que una solitaria acacia tiende sus ramas hacia el infinito vacío.

Reconoce a Neguezt y no tiene que preguntarse quiénes son las otras. Gran asunto, la era digital, la facilidad con que nos llega el pasado.

Toma su móvil sin desenchufarlo, manipula el teclado. Ahí está otra parte del pasado: más reciente. Un pasado que no habría podido cumplirse si a Iennku y Setota no les hubieran segado la esperanza.

Diana Dial marca el número del celular de Tariq. Funcionará, está segura. Le manda la fotografía de Cora Asmar y Salvador Matas a través del teléfono.

Se queda ahí sentada, ante su escritorio. Mece la cuna vacía. Y espera.

Cinco minutos después, suena el teléfono. Recuerda que si habla mientras el aparato se carga puede darle un calambre. Maquinalmente arranca el cargador.

—Están en el piso de él —dice, antes de que el otro hable—. Y no espera un bebé tuyo ni de nadie

—No he podido hablar con ella, ni siquiera usando un prepago... —La voz de Tariq suena rota—. Ahora lo entiendo. Ellos... Yo, yo... No tengo a nadie. Sólo a usted.

Diana sonríe.

—Eso es, hijo. Se van. Mañana, en un Mercedes Cupé rojo. Se marchan a Damasco. Con los veinte millones de dólares que han obtenido gracias a ti, sacándoselos a la vieja Asmar.

Silencio, al otro lado.

—¿Tariq? —Sabe que el otro sigue ahí.

Finalmente, responde:

—¿Lo tenían planeado desde el principio?

—Desde el principio, Tariq. Te utilizaron. —Pausa—. ¿Mataste al embajador?

—Cora me juró que iba a denunciarnos, que sabía lo nuestro. Lo sentí. Era un buen hombre...

—Iennku y Setota tampoco merecían morir.

—¿Quiénes son? —pregunta el joven, desconcertado.

—Las criadas de Asmar. Puede que a ti no te importen, pero a mí sí. Incluso tú me importas, mi pobre Tariq. La pareja se larga a disfrutar de su amor y del dinero. Tú, aquí, con la policía detrás.

—Eso no es problema. Sé dónde esconderme. Ya te dije que tengo amigos.

—Lo sé, querido Tariq. Lo sé. Como sé que harás algo para que nunca lleguen a Damasco, ¿lo harás? Claro que sí. Y esta vez no habrá daños colaterales. ¿Me explico? Eso me lo debes a mí. Sólo los culpables deben morir. Graba esta enseñanza mía en tu cerebro. Para ahora. Para siempre.

Corta la comunicación. Elimina la fotografía de la memoria del teléfono. Cora y Salva han dejado de sonreír.



EPÍLOGOMartes, 6 de octubre de 2009

Más que abrazarla, Lady Roxana la estruja. Es una cálida bienvenida en el más que refrigerado aeropuerto de Luxor, en donde el avión de Egypt Air ha aterrizado después de un viaje de poco más de cuatro horas, con escala en El Cairo para abastecerse de turistas.

Tras un rato de «Qué bien estás» y otros saludos femeninos que tan gratos le resultan a una viajera necesitada de olvido, Diana Dial recibe las palabras que desea que alguien pronuncie.

—¡He pasado tanto miedo! —exclama la otra—. La CNN no deja de dar la noticia; Al Jazira y Al Arabiya, lo mismo.

—¿Qué...? —se hace la tonta.

—¡Por Dios, Diana! ¡Gracias a Dios que ya estabas volando! ¡Otro atentado en Beirut! ¡Y esta vez contra españoles! ¡Oh, qué contenta estoy de que hayas dejado ese maldito país para siempre!

El chófer de Lady Roxana se hace con su única maleta, se meten en el coche.

Poco después, con un té de menta en la mano, asomada al Nilo, en el mirador de la villa que su amiga posee al lado del hotel Winter, Diana pregunta:

—¿En qué consiste ese trabajo que tienes para mí?

Lady Roxane abre los brazos y la túnica amarilla que la cubre se despliega como el sol sobre el río.

—¡Un crucero a la antigua usanza con muchas, muchas sorpresas! —exclama.

—Cuéntame —la alienta Diana.

Más tarde le pedirá ayuda para obtener el visado de Joy, de quien se ha despedido dejándole una carta con instrucciones y un sobre con dinero. «Nos veremos pronto. Liquida el piso. Despídeme de Georges. Te llamaré. No aguanto este país.»

De cuanto ha quedado atrás, Joy es lo único que quiere recuperar. Ni siquiera se ha despedido de Fattush.

Algún día. Algún otro día.

* * *



RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

Maruja Torres

María Dolores Torres Manzanera, más conocida como Maruja Torres, nació en Barcelona en marzo de 1943. De familia murciana, ejerce como periodista, columnista, escritora y guionista de cine. Comenzó a trabajar a los catorce años como mecanógrafa, y acabó siendo secretaria de redacción de la sección “Página femenina” del diario La Prensa y colaboradora de la revista de cine Fotogramas. Fue enviada especial en los frentes del Líbano y Panamá para el diario El País, periódico para el que también es columnista.

En 1986 publicó su primera obra: ¡Oh, es él! Viaje fantástico hacia Julio Iglesias, enfocado en la figura del cantante con tono humorístico. Su segunda novela, Mientras vivimos, obtuvo el Premio Planeta del año 2000, y Esperadme en el cielo (2009) obtuvo el Premio Nadal. En la obra autobiográfica Mujer en guerra (1999) narra su vida periodística. Es colaboradora de las revistas Qué leer y El espectador.

Si bien no tuvo formación académica periodística, ha cultivado todas las áreas del periodismo, desde el reportaje de guerra hasta la crónica de sociedad. Son rasgos definidores del estilo de Maruja Torres la agudeza, el humor corrosivo, la parodia de las ideas y las frases hechas, la crítica burlona y también despiadada dirigida a las mentiras del poder y a la supuesta superioridad que da la riqueza.

Fácil de matar

La oveja negra de una influyente familia es asesinada en un atentado. Diana Dial, reportera prejubilada metida a investigadora amateur, siente ese pequeño pellizco en el estómago que le indica que algo no encaja en la versión oficial. Dos son los sospechosos: la viuda, exuberante y ambiciosa, y el hermanísimo, heredero del imperio familiar. Con la ayuda de su fiel criada filipina, un singular chófer y un investigador todoterreno, Diana Dial se dejará guiar por su instinto hasta dar con la verdad.

Maruja Torres se estrena en la novela policíaca y lo hace por la puerta grande. Fiel a su inconfundible estilo. Fácil de matar es una adictiva e irónica historia que confirma que las apariencias siempre engañan.

* * *

© Maruja Torres, 2011

© Editorial Planeta, S. A., 2011

Colección Autores Españoles e Iberoamericanos

Primera edición: abril de 2011

Fotografía de la cubierta: Pamela Hanson/<trunkarchive.com>

Fotografía de la autora © Leila Méndez

Diseño de la colección © Compañía

Depósito Legal: M-10.043-2011

ISBN 978-84-08-10145-1

Composición: Ormograf, S. A.

Impresión y encuademación: Dédalo Offset, S. L.



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