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LIBRO II

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

14 de junio, 21. 1 3

Han cambiado bastantes cosas en estos últimos tiempos.

Como ves, eres un nuevo cuaderno, también he conseguido un calendario gracias al que ahora sé en qué día estamos (por tanto, he dejado lo de dibujar almohadillas en la pared porque era muy deprimente. Ahora hago cruces en casillas: XXX). Pero tengo que contarte muchas cosas de antes de llegar a HOY. Hace dos años, día tras día, que estoy con R.: te conseguí a ti y al calendario el día de nuestro «aniversario»; el aniversario de mi secuestro (te juro que está majara). Supongo que yo también, igual que mis padres, me he resignado. Por supuesto que hace una eternidad que sé que esta historia del rescate era un camelo, pero eso no cambia casi nada, ni para mí ni para ellos: después de tanto tiempo, seguro que piensan que estoy muerta y yo procuro hacerme a la idea. Algo que, como comprenderás, no es lo que se dice fácil.

Desde Dora (que está detrás del zócalo donde también te escondo a ti) hubo otro cuaderno antes que tú, pero R. lo quemó en el lavabo cuando dio con él; se ve que no tuve mucho cuidado. Algunas cosas no le gustaron, detalles sobre lo de que me acaricio, que según él es pecado mortal, pero aun así a veces sigo, porque es realmente pesado con sus letanías de cura. De aquel día ha quedado una gran marca negra en el techo de mi habitación: tosimos muchísimo y esto apestó a humo durante semanas, pero R. dijo que así me acordaría siempre de mi falta. No te cuento lo que lloré, ¡estilo crecida del río Nivelle...! A partir de entonces conseguí negociar que llamara y no entrara antes de que yo dijera «Adelante», explicándole que no era para esconderle secretos sino porque una chica de mi edad necesita intimidad en su habitación. Creo que fue porque utilicé la palabra «habitación» por primera vez por lo que por fin cedió y ahora lo respeta. No quisiera que tú también acabaras inmolado en el lavabo, aparte de que ese incendio microscópico me provocó asma o un rollo así bastante desagradable.

Sé mi edad exacta: tengo TRECE años y DOS meses. Mis senos han crecido (¡resulta que no son tan pequeños!) y desde hace unas semanas tengo el «menstruo», como dice R., así que casi soy una auténtica mujer. El día que pasó esto, puso un espejo en mi estancia y dijo que era una forma de celebrar el acontecimiento: a él le parecía un acontecimiento extraordinario, pero a mí me pareció espantoso (tuve un dolor de barriga como si me hubiera tragado una herradura, pero dejémoslo). En el lugar del espejo, vi una chica alta y delgada, con una cabellera muy larga llena de reflejos rojos, los pómulos prominentes, la tez pálida como un fantasma. Tuve un sobresalto, corrí hacia R. y le pregunté, asustada:

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—¿Quién es esa?

No pretendía hacer una gracia: realmente creí que había alguien más allí y me parecía extrañísimo. Por un segundo me pregunté incluso cómo íbamos a vivir las dos allí dentro, cuando para mí sola el espacio ya era excesivamente justo. Vaya experiencia la de encontrarse con una misma después de no haberse visto durante tanto tiempo.

Yo soy más bien mona, sobre todo cuando tengo color en la cara, así que me entró

el canguelo al verme esa cara abatida; tardé días en acostumbrarme a pasar por delante de mi reflejo. En todo caso, ahora ya no tengo nada que ver con la que era antes.

Voy a recuperar los puntos esenciales de lo que se quemó en el cuaderno anterior para el día en que os confíe a todos a Stanislas Uhalde para que mi vida se convierta en una novela (eso es lo que he decidido, si algún día salgo de aquí. Es mi nuevo GRAN PROYECTO). Puede parecer raro, pero sé que un día me evadiré. También sé

que vivo una experiencia fuera de lo común y que por ello nunca seré una chica como las demás. Habría preferido que esto no ocurriera, claro, pero ahora que ya está

hecho hay que intentar sacarle alguna ventaja. En El ingenuo, Voltaire escribió:

«Desgracia es buena para algo», y como Voltaire era majo (y además estuvo entalegado, lo que nos acerca mogollón), seguro que tenía razón.

La noche en que R. volvió por fin de su viaje, me encontró en un estado deplorable. Me consoló tanto verle, que le salté al cuello y él me abrazó. Me traía un regalo: una cafetera eléctrica de la marca Electrolux. (Así que me pregunté si su famosa «Compañía» no sería Electrolux; pero no dije nada porque de según qué

sospechas vale más no hablar.)

Preparé café con mi nuevo aparato y luego charlamos mucho rato. Le dije que había tenido un miedo terrible de que no volviera nunca más, entonces me prometió

que diría a la Compañía que no le mandaran más de viaje (hasta hoy ha mantenido su palabra). Le supliqué que dejara una nota, una carta o lo que fuera diciendo que yo estaba allí por si le pasaba algo, pero él afirmó que no le pasaría nada de nada... Cualquiera diría que se tiene por un tipo inmortal estilo Highlander. En fin. Cuando me tranquilicé, volví a pedir permiso para salir, pero respondió que no era tan sencillo, que aún no estaba a punto y que había cosas que arreglar. Dije:

—¿Cosas como qué?

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—Como que asimiles que tu familia te cree muerta. Que no sirve de nada intentar volver con ellos porque puede sucederles una desgracia. En realidad, puede sucederle una desgracia a cualquiera con quien intentaras contactar. ¿Lo entiendes, Madison? Todo lo que hago lo hago por tu bien, aunque no lo entiendas. No te dediques a jugármela.

Aquello ni siquiera me hizo llorar, pues no sabía por dónde navegaba (hoy tampoco estoy muy segura de saberlo. ¡Me encantaría que le creciera la nariz cuando me cuenta trolas! Seguro que ni siquiera se llama Raphaël... Pero por supuesto no tengo prueba alguna porque la vida no es Pinocho).

Pasó el tiempo y creí que iba a volverme loca para siempre: Dora se había acabado y ya no tenía cuaderno donde desahogarme, pero no me atrevía a decírselo a R. por miedo a que quisiera ver su interior (teniendo en cuenta lo que le pasó a su sucesor

—al que llamaba el Cuaderno Burbuja porque estaba lleno de círculos de colores—, pienso que hice bien). Los únicos libros que tenía eran los cuentos para niños que le gustaba leerme por la noche: Érase una vez, patatín, patatán. Pensé en serio que R. se creía mi padre, aunque claro, papá nunca me habría apalancado en el sótano; ¡pero eso a R. le supera! Me había traído un pijama nuevo, tan formidable como el anterior, de felpa fucsia, con un loro de colores bordado. Parecía que R. no quería que me hiciera mayor, y en cambio se alegró de que tuviera la regla, pero como está majara no sirve de nada buscar algún sentido en la sandía demasiado madura que tiene por cabeza. .. Bebía café en exceso, lo que hacía que me temblaran las manos, y en aquella época acabé por comprender que se podía ser desgraciado hasta el punto de lanzarse por una ventana y aterrizar hecho añicos en la terraza de alguien (pero por supuesto aquí no hay ventana). Menos mal que hoy te tengo, tengo otros libros, y cuando cumplí doce años R. me regaló por fin un diccionario enciclopédico. Hace catorce meses que lo leo todas las noches; estoy en la letra P, en la palabra «Pagro» (pez de la familia de la dorada). Cuando una palabra nueva me gusta, la anoto en un bloc. Por ejemplo me gusta especialmente maelstrom porque quiere decir «remolino» y así es exactamente cómo me siento.

Pero al cabo de unas semanas, cuando me encontraba en la desesperación más profunda, se produjo un acontecimiento extraordinario: mi estancia quedó invadida de hormigas rojas, tan rojas y tan brillantes que se habría dicho que eran huevas de mújol que se movían de dos en dos. ¡Imagínate! ¡Montones y montones de hormigas!

Daba un yuyu de muerte, y además mordían, con lo que no paraba de rascarme hasta hacerme sangre. Pero, por decirlo de algún modo, ¡por lo menos pasaba algo! Algo que no era comer, dormir y dar vueltas sobre mí misma, algo sorprendente que se parecía a la vida. Las observé todo el día entrar en colonias, parecía que se metían en mi habitación por el agujero que yo había abierto detrás del zócalo para esconderos. A priori, pero estábamos aún en invierno, hacia mediados de febrero según mis

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cálculos; y precisamente puede que lo que quisieran fuera calentarse, no sé, no soy ninguna autoridad en entomología.

A R. le entró el pánico cuando vio aquello. Se fue corriendo y estuvo fuera exactamente veintinueve minutos. Luego volvió a abrir mi puerta y dijo:

—Ven.

¡Era la palabra más increíble que podía pronunciar! ¿Te das cuenta? ¡Abandonar mi cuarto! Aquel día era un martes teniendo en cuenta que la antevíspera había hecho la marca trigésimo primera en la pared. Ocho meses en cautividad y, ¡por primera vez iba a SALIR! Fue curioso porque en aquel momento no di ni un paso: me quedé pegada a la pared del fondo como si llevara enganchado un celo de doble cara de los más efectivos. Aquella puerta abierta a un pasillo negro me había metido el miedo en el cuerpo hasta un extremo inimaginable, como si se tratara de la boca abierta de un monstruo con dientes de navaja de afeitar dispuesto a despedazarme si la cruzaba. Estaba completamente paralizada (igual que el día que me besó Nathan Jaso), y R. tuvo que venir a buscarme. Empujó la puerta cuando salimos y vi que se cerraba por medio de una barra de hierro que se deslizaba entre dos anillas: la cerradura que yo había intentado forzar durante todo un día no servía para nada,

¡menudo tiempo perdido!

—Qué lástima haberte deslomado con esta cerradura a saber cuántas horas,

¿verdad?

Debí de ponerme roja como una amapola, pero afortunadamente estaba oscuro. No sabía que él se había percatado de mi intento de fuga, y aquello me fastidiaba porque tal vez tendría menos confianza en mí. Como mínimo comprendí de dónde salía aquel ruido raro del pestillo... Le cogí la mano sin hacer ningún comentario y avanzamos por el pasillo oscuro. Olía más a moho y humedad que mi cuarto. En el suelo había arena y no se veía nada a un palmo. Anduvimos a ciegas en una especie de laberinto subterráneo, pero seguro que R. conocía de memoria el camino con tantas veces como lo había recorrido. Yo le apretaba la mano con todas mis fuerzas y notaba que me temblaban las piernas. Creo que no duró mucho, menos de un minuto, pero a mí me parecieron horas y horas. Al final de un túnel llegamos al pie de una escalera de hormigón. Encima se veía un resplandor amarillento y a lo lejos se oía música. Entonces empecé a sentirme tan mal que no podía ni respirar: mi corazón latía tan deprisa que creí que iba a pararse de golpe, como el de Mounie. R. se puso en cuclillas y me miró a los ojos.

—No pasa nada. Por fin verás la casa. ¿A que tenías muchas ganas de ver la casa, Madison?

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Asentí. Me tomó de nuevo la mano y subimos los escalones. Los conté

mentalmente para no tener tanto miedo. Uno. Dos. Tres. Cuatro. La luz era cada vez más viva, la música, más fuerte. Cinco. Seis. Siete. Música clásica, con muchos violines. Ocho. Nueve. Una puerta... Diez. Once. Doce. La música estalló, trece, una música increíblemente triste con unos acordes de cuerdas que atravesaban el pecho, y cuando seguía a R. bajo la luz, catorce, aquello parecía una escena de cine de tan demencial como se veía todo.

Detrás de la puerta, era verdad que había una casa.

Yo había imaginado montones de cosas, pero era una casa completamente normal, con la única particularidad de que todas las cortinas estaban corridas, las persianas bajadas y la estridencia de los violines era terrible en el espacioso comedor de estilo rústico, con tapicería amarilla, muebles de madera oscura, iluminado por una araña con palmatorias de imitación en tono burdeos y bombillas con forma de llama. El embaldosado del suelo era marrón y por encima se veía una antigua alfombre persa raída, con agujeros, toda deshilachada. De las paredes colgaban unos cuadros con paisajes espantosos y fotos familiares en unos marcos recargados; se habría dicho que todas las personas allí representadas estaban muertas. La primera cosa que pensé fue que la casa de R. olía a vejez, a soledad y a tristeza. Pero le dije:

—Esta casa tiene su gracia.

Parecía inquieto, pero procuraba no demostrarlo: iba mirando a un lado y otro como si tuviera miedo de haber olvidado algo, de haber cerrado mal una ventana o dejado una entrada accesible. Pero yo, en una fracción de segundo, había pasado la estancia por el escáner ¡y tenía la seguridad de que por desgracia todo estaba en orden...! Por la forma en que estaba colocado el gran armario ropero comprendí que se encontraba a la derecha de la famosa puerta por la que habíamos salido y servía justamente para esconderla: quien entrara en aquel salón no tendría la más mínima idea de que detrás había un laberinto de pasillos y al final de todo una niña, y aquello me hundió la moral hasta el fondo del fondo de las Converse. R. señaló el sofá de terciopelo amarillo gastado, con adornos rebuscados que colgaban hasta el suelo, y ordenó:

—Siéntate. No te muevas. Si te mueves o gritas, te mato. ¿Está claro?

Obedecí, pero pregunté si podía bajar un poco la música, porque aquello realmente me destrozaba los oídos.

—No puede destrozarte los oídos, es Beethoven.

Beethoven o no, me destrozaba los oídos, pero cerré el pico. Salió medio minuto y yo pasé el láser por el salón con los ojos, deprisa, un teléfono, deprisa, una puerta de

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entrada, deprisa, un ordenador, pero no había nada de eso, a excepción de una gran tele LCD como la de casa y que se daba de bofetadas con la decoración. La cadena de música era también muy moderna, y cerca de las ventanas vi una cajita con una luz intermitente: una alarma, seguro, en Guéthary tenemos una, aunque no es de la misma empresa y esa sé cómo funciona. Todo era anticuado pero estaba extraordinariamente limpio y ordenado. Me fijé en los libros de una estantería, al lado de una impresionante colección de coches en miniatura. Cómo no, busqué el libro de Papy, pero no estaba, solo vi clásicos. Hoy los he leído casi todos: Rojo y negro, El ingenuo, Cándido, Las ilusiones perdidas, Nuestra Señora de París, Cartas persas... (En estos momentos leo El último día de un condenado de Víctor Hugo, que me parece super extraordinario.) Todos sus libros huelen a polvo, y en su interior, en la guarda, llevan escrito, en tinta violeta descolorida por el tiempo, MONA LUNEL. Luego me enteré de que la madre de R. se llama Mona, de modo que son suyos. Lo que no sé es si se trata de su nombre de soltera o del nombre del padre de Raphaël. En cualquier caso, «Raphaël Lunel» sería realmente un patronímico tonto ¡con tantas aliteraciones!

En fin, sigamos.

R. volvió enseguida al comedor: bajó la música cuando vio que no iba a gritar, y eso nos benefició a los dos. Dijo que se ocuparía del problema de las hormigas y fumigaría mi «habitación»: aquella noche tendría que dormir con él, porque los productos eran tóxicos. Cuando vio la cara que puse, añadió que, evidentemente, él dormiría en un sillón para vigilarme, pero que yo podría utilizar su cama. Al imaginar a R. en mi cuarto me entró el canguelo por si encontraba a Dora detrás del zócalo, algo que habría sido catastrófico. Claro que la última vez, al ver que las hormigas entraban por allí, había colocado bien el pedazo de madera y aquello me tranquilizó.

Para cerciorarse de que no haría ninguna tontería, me encerró en su habitación dando dos vueltas a la llave. Me explicó que, de todas formas, si encontraba un sistema para salir o si tenía intención de atacarlo, la alarma se pondría en marcha y se activarían todas las trampas con las que había llenado el jardín. Se trataba de unas trampas peligrosísimas, minas antipersonal, explosivos, sistemas con flechas que atraviesan el cuerpo si alguien se acerca demasiado al portal. Dijo también que la casa estaba aislada en pleno campo, de modo que no serviría de nada organizar planes o pedir auxilio porque la armaría gorda. Después de contarme todo aquello se fue. En su reloj eran las ocho de la noche.

Inspeccioné la habitación centímetro cuadrado a centímetro cuadrado; no tanto con la esperanza de encontrar algo para fugarme (sus historias sobre las trampas me habían metido el miedo en el cuerpo) como por curiosidad. Me refiero a que no era un lugar muy interesante, ni siquiera tenía espejo, como había esperado yo. Aun así,

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era extraordinario estar por fin en un lugar nuevo, ¡mirar cosas que no había visto mil veces! Me extasié en cada detalle, el cubrecama de raso acolchado, la ridícula butaca de madera tapizada con hilos dorados, las dos mesillas de noche de nogal con sus abominables lámparas con forma de velero, abrí los cajones de la cómoda y vi los calzoncillos y los calcetines de R. increíblemente ordenados. En el suelo, sobre las mismas baldosas marrones de todas las habitaciones, había una alfombra de piel de cordero, y en las paredes, más fotos con marcos dorados. Allí pude verlas de cerca: R. y una señora mayor frente al mar. R. y la misma señora mayor frente a una iglesia. R. y la señora mayor de excursión... Imagínate: ¡solo fotos de R. con su madre! Salvo una en la que se veía un niño en un jardín y creo que era él de pequeño. Debía de tener seis años, pero reconocí su pelo encrespado. Ya llevaba gafas sobre aquel rostro increíblemente simétrico, un buzo con pantalón corto de terciopelo azul marino, calcetines blancos hasta las rodillas y un jersey de cuello alto amarillo mostaza. Está

claro que R. creció en los ochenta, se veía por la moda. En fin. Su madre tiene un pelo gris azulado que se le encrespa por la parte de arriba como a su hijo y ya no tiene nada de joven: unos surcos recorren su rostro como si le hubiera pasado por encima una cosechadora. Tiene unos ojos increíblemente tristes, pero le dan un aire malévolo.

En la habitación hay además una ventana, que tenía los postigos cerrados y las persianas bajadas. Dudé mucho, pero por fin no hice ningún gesto para abrirla porque tenía demasiado miedo de que todo aquello explotara o algo así. Ver la casa de R. me hizo comprender que estaba más chalado de lo que imaginaba, porque era demasiado banal, estaba demasiado limpia, era demasiado anticuada, y con todas aquellas fotos resultaba realmente angustiosa, eso sin tener en cuenta que en los cajones de la mesilla de noche no había más que ejemplares de la revista Auto-moto (y un tipo que lee Auto-moto para dormirse no puede ser normal). Al cabo de unos veinte minutos, R. volvió y dijo, orgulloso:

—Mañana se acabaron las hormigas.

No pegué un salto hasta el techo porque sin duda aquello quería decir que volvería a mi cuarto. De modo que intenté aprovechar al máximo mi noche de

«libertad».

—¿Podemos ver la tele...? ¡Por favor! ¡Tengo tantas ganas de ver la tele! ¡Por favor, R., por favor!

—¿Qué?

—¿Qué qué?

—¿Cómo me has llamado? ¿Herr?

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—No... —respondí, cortada, porque se me había escapado—. R. La letra.

—Ah, vale, creí que me hablabas en alemán.

—Yo no hablo alemán. Estudiaré español y también japonés, y quizás incluso ruso.

—No me quieres llamar Raphaël porque es el nombre de tu padre, ¿verdad?

Fruncí el ceño y seguro que también puse cara de «No pienso responderte». Me miró y sonrió a su estilo serpiente.

—Voy a poner un DVD.

—¿En serio?

—¿Qué quieres ver?

—¡Una del Oeste! ¡O una de terror! ¡O de ciencia ficción!

—Tengo E. T.

—¿No tiene algo menos viejo...? Esa la he visto un montón de veces...

E. T. o nada.

—Bueno, vale, pues E. T.

Nos instalamos en el salón, en el sofá amarillo, y vimos E. T. Aunque me la sé de memoria fue una pasada ver imágenes, y encima R. había preparado palomitas, como si estuviéramos en el cine. Durante la película, encendió unos cuantos cigarrillos.

—Eso le matará —dije agitando la mano por delante de mi cara.

—Tu tía, la morena..., también fuma bastante.

—Sí, pero lo hace porque está triste. Dice que los cigarrillos sustituyen a los besos.

—Puede que yo haga lo mismo, ¿tú qué sabes?

Seguimos mirando la película sin hablar, yo comiendo palomitas y él fumando. Al final, cuando el extraterrestre vuelve a su planeta, lloré como cada vez, y R. me tomó

el pelo.

—¡Qué blandengue eres!

—¿Qué pasa? ¡Es triste!

—Me parece estupendo. Mi madre también llora.

—¿Su madre es la señora de las fotos de su habitación? —pregunté. Asintió, pero con un gesto extraño.

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—Le diré una cosa: yendo de vacaciones con su madre no encontrará novia.

—Pero ¿qué perra te ha dado con buscarme novia? ¡No necesito ninguna novia!

—Si tuviera novia no me necesitaría a mí.

—No lo entiendes, Madison. No entiendes nada.

—¡Explíquemelo! ¡Piense que soy muy lista! Sé que se las da de malo pero en realidad es un tipo simpático... Déjeme marchar, ¡por favor! No sé, ¡véndeme los ojos, métame en el Volvo negro y abandóneme en cualquier parte! ¡En una carretera, en un campo, da lo mismo! No les contaré nada, se lo juro...

—¡Basta! —ordenó con una voz tajante al tiempo que se levantaba del sofá. Yo también me levanté, pero esta vez no le obedecí. Estar fuera de mi cuarto me exaltaba. Me sentía tan cercana al exterior, a la vida, allí, justo detrás de las persianas, que ya nada me daba miedo, y entonces empecé a dar vueltas en el salón, hablando cada vez más alto:

—No diré nada a nadie, ¡haré como si lo hubiera olvidado todo! Se lo aseguro, explicaré que tengo amnesia, que no sé lo que pasó, ¡no podrán encontrarle! ¡No le encontrarán nunca, ni siquiera sé dónde estamos...!

—¡Madison! ¡Para!

—Se lo ruego, ya basta, ¡quiero volver a casa! ¡Por favor!

—¡CÁLLATE!

—Solo quiero volver a casa... ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!

—Así aprenderé a ser amable, ¡puñeta! ¡Así aprenderé! ¡Se te da la mano y tú te tomas el brazo!

—Si la casa está tan aislada, ¿qué puede importar que grite, eh, qué puede importar? ¡Ojalá nunca hubiera subido a aquel Volvo asqueroso! No tenía que haber pasado nunca por aquella carretera de mier...

R.. se lanzó sobre mí para taparme la boca con la mano. Me debatí con él, pero me sentó por la fuerza en el sofá hasta que me tuvo inmovilizada.

—Si aquel día no hubieras subido —murmuró mirándome fijamente con aquellos ojos de clavo de olor—, te habría pillado otro día. No sirve de nada que te hagas mala sangre, porque lo nuestro era inevitable.

Gruñí entre sus dedos, pues no entendía nada de lo que me contaba.

—Pero ¿tú qué crees? ¿Que aquella mañana me levanté pensando: «Venga, hoy voy a secuestrar a una niña»? Te escogí, Madison. A ti y no a otra. Un día te vi en la

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calle y supe que eras tú. Te paseabas por Saint-Jean-de-Luz con tu tía, era invierno, un poco antes de Navidad. Había nevado y llevabas botas de agua, un impermeable y un sombrero de lluvia rojos. No puedo explicarte por qué, pero en cuanto te vi lo supe. Fue como un clic. Supe que eras el objetivo que debía alcanzar, la que iba a dar sentido a mi vida. Te observé durante meses, seguí tus progresos en tenis, hice guardia delante de tu casa en coches de alquiler, frente a tu colegio... y el escondite lo hice para ti.

R. dejó de hablar y me observó hasta el fondo de los ojos para saber si podía quitar la mano. Tenía la cara llena de lágrimas, pero agité la cabeza de arriba abajo para decir que vale. Poco a poco, aflojó la opresión y aspiré una gran bocanada de aire. La luz halógena que iluminaba el salón se arrastraba en zigzag delante de mis pupilas como cuando vas en coche y, detrás de los cristales, las farolas de la autopista desfilan a toda velocidad en la noche

—Aprendí tus costumbres —siguió en voz baja—.Tus horarios, tus trayectos, tus preferencias. Lo sé todo, ¿entiendes? Lo sé todo de ti, y aquel día estaba convencido de que subirías a mi coche. Ibas a subir aunque en el fondo sabías que era algo que no debías hacer. Subiste porque estás colada por el hijo del veterinario, subiste porque hacía poco que tenías el gato y por ello no ibas a dejar a Catherine en la estacada. También estaba al corriente de la tormenta, había estudiado el tiempo hasta el último detalle, imagen de satélite tras imagen de satélite. Todo estaba planeado, Madison, ¿ves? Absolutamente todo. No dejé nada al azar y aquel día no hubo azar. O sea que ahora mismo vas a dejar de tomarme por un gilipollas. No pensaba que fueras tan astuta, eso es verdad. Pero yo soy mucho, muchísimo más astuto que tú. A partir de aquella noche ya nada fue como antes.

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La revolución bolchevique

—¡Me voy a Rusia! —exclamó Louison sentándose en el bar de debajo de su casa, del que nos habíamos convertido en habituales en aquellos cinco meses de relación.

—¿Cómo? Pero ¿cuándo?

—Dentro de una semana, si no hay novedad.

—¿Y me lo dices así, de golpe y porrazo? ¿Te quedas conmigo o qué? Ya tengo los billetes, mis padres nos esperan...

—No te lo tomes así, Stan, ¡estoy tan contenta! Me habría gustado ir a tu casa, pero esta es una oportunidad que no puedo desperdiciar, ¿no lo entiendes?

—No, no lo entiendo. De verdad, baby, no lo entiendo. Me lanzó una mirada asesina por aquel mordaz «baby» que le acababa de soltar en las narices. Encendió el cigarrillo, con el célebre mechero A. D. que me había regalado ella cuando cumplí los veinticuatro. Hizo un gesto al dueño pidiendo un café.

—Oye, tengo toda la vida para ir a la costa vasca. Además, sabes bien que no soporto esa zona.

—Entonces, ¿por qué dijiste que sí?

—No sé. Para que estuvieras contento, insististe tanto...

—¿Y Yo misma se va para cuánto tiempo? —pregunté por fin, sin dar crédito a que fuera yo quien dijera lo que estaba diciendo.

—Un mes y medio.

Llevaba un vestido retro estampado con lágrimas multicolores y en él vi la señal precursora de un cataclismo de gran envergadura. Tragué la información pero seguro que palidecí, pues me tomó la mano por encima de la mesa mientras con la otra ponía azúcar en su café.

—Si no he comprendido mal, ¿nos separamos?

Frunció las cejas y puso cara de no saber qué le contaba.

—No, ¿por qué? No veo la relación.

—Dejas colgadas nuestras vacaciones en el último momento para irte a la otra punta del mundo con... ¿con quién, vamos a ver?

—Con mi colega polaco. Viktor, ya te he hablado de él. Con él fui a Suecia.

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

—De modo que —dije— dejas colgadas nuestras vacaciones para irte a pasar el verano en Rusia con un polaco... Así que llego a la conclusión de que para ti nuestra relación tiene poca importancia.

—Basta, Stan... —respondió estrechándome la mano—. Hacía mucho tiempo que no estaba tan bien con alguien. Compartimos muchísimas cosas y además, gracias a ti, estoy progresando en mi trabajo... nunca había hecho fotos tan buenas como desde que te conozco. Me siento en una efervescencia intelectual tan provechosa... Me aportas mucho.

—Sí, te aporto, Louison. ¿Pero te importo algo?

—Oye —replicó ella, irritada, retirando la mano—, me voy porque es importante para mí. Podría solicitar una beca con las imágenes que traiga, puede que incluso piense en una exposición. Siempre he soñado con ir allí. ¿Tú crees que una relación tiene como objetivo destrozar los sueños del otro?

Me cañé. El argumento era imparable, pero aquel no era el problema: esperaba que me pidiera que me fuese con ella, aunque sabía que no lo haría. Desde que nos habíamos conocido estaba siempre a punto de marcharse, semana en Berlín, fin de semana en Roma, seminario en Bruselas, no deshacía las maletas sino era para volver a llenarlas; pero ni en una sola ocasión se le ocurrió que podría acompañarla. Yo era el espigón donde Louison tomaba el sol para descansar de sus distintos periplos, y a mí me consumía una pasión que tenía que disimular constantemente. Aunque se pasara el tiempo decepcionándome, unas horas de amabilidad me bastaban para que lo olvidara todo. Y a cada segundo que pasaba estaba un poco más enamorado de ella. A pesar de nuestras diferencias fundamentales, éramos dos seres apasionados, independientes, y nuestros caracteres, así como nuestras anatomías, parecían imbricarse a la perfección. Podíamos pasarnos horas charlando con una copa en la mano, compartíamos libros, películas, puntos de vista sobre el mundo, ella leía mis cuentos, yo la ayudaba a clasificar sus fotografías: nos enriquecíamos al aportar una mirada virgen al trabajo del otro, y nos reíamos mucho. Entre intercambio intelectual e intercambio intelectual, intercambiábamos fluidos, en cualquier parte, a la hora que fuera del día y de la noche, lo de posar frente a los pintores le había proporcionado un cuerpo de bailarina, flexible y atlético. Louison era de las que sienten tanto interés por el sexo como los chicos, cuando no más Yo ya sabía que existían mujeres así, a decir de Antoine y de algún otro, pero nunca había encontrado a ninguna. He de confesar que antes de ella me había especializado en historias sin mañana, pocas veces propicias al juego desenfrenado. En cuanto a Alice, bajo aquel escaparate pícaro se escondía una niña sensata, educada con el catecismo, y fuera de la postura del misionero se sentía incómoda. Así pues, Louison fue para mí un gran descubrimiento, como ya me permitieron presagiar sus confesiones sobre el

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onanismo el primer día. Aun así, flotaba entre nosotros una vaga diferencia que me empujaba irremediablemente hacia ella, como si quisiera descubrir el misterio. ¿Qué

misterio? No había tal misterio, para saberlo hubiera bastado preguntarle: «¿Me quieres?»; pero claro, yo no preguntaba nada, convencido de que su respuesta me obligaría a perderla. Tenía la ilusión de que a la larga el amor actuaría por contaminación, como un maravilloso virus que fagocitaría sus dudas para hacer un hueco al idilio unificador que yo imaginaba. Yo también habría querido encerrarla en un sótano para que no se alejara nunca más. Habría querido obligarla a quererme, revólver en la sien: me sentía incapaz de vivir sin ella. Pero había aprendido a conocerla, y Louison era como esas algas submarinas que cabecean desde su bulbo al ritmo de las mareas. Iba a donde la llevaba la ola y absorbía el sustancioso tuétano de cada encuentro: ya se tratara de mí, de Viktor, de François o de cualquier otro, los seres humanos no eran para ella más que alimento —afectivo, espiritual, económico, sexual—, y una vez roídos hasta el hueso, para ella ya no teníamos ninguna utilidad. Contra Pim's solo se enfurecía por el relativo desinterés que mostraba ante ella, cuando Louison habría deseado que permaneciera eternamente como un ser insignificante enamorado en la espumosa estela de su brillante orgullo... pero el rutilante macho tenía otras ocupaciones.

—Perfecto —acabé por decir, acorralado—. Supongo que no puedo luchar contra los bolcheviques. Pero no estoy seguro de que vaya a esperarte. Ante aquel patético intento por conservar algo de dignidad, esbozó una sonrisa terrible.

—Haz lo que quieras, cielo. Eres un hombre libre —concluyó, y se colgó su eterno bolso de cuero negro—.Te dejo, Yo misma tiene que ir a buscar un visado. Se levantó sin ni siquiera darme un beso y se dio media vuelta. La seguí con la vista mientras abría el candado de la bici aparcada al otro lado de la place SaintSulpice. Nuestra historia me parecía demasiado frágil para aguantar dos meses de separación: sabía que Louison era infiel por naturaleza y que el alga submarina tendría sin duda mil encuentros formidables en el curso de sus aventuras en tierras moscovitas. Tuve que rendirme ante la evidencia: el virus no había penetrado en su carne y mucho menos en el órgano de piedra que le hacía las veces de corazón. Estaba mortificado. De repente pensé en Mathilde: por fin comprendí lo que había podido sentir aquella noche cuando apagué su llama con tres palabras y con el tacto de un extintor portátil. El amor pensé. ¡El amor y sus sórdidos juegos de manos! Una nube de turistas, como una bandada de estorninos con cámaras, empezó a hacer fotos de la terraza. Como tenía un gran sentido de lo trágico, no me deshice en lágrimas ni corrí a lanzarme al Sena: por algo soy hijo de mi madre; estaba realmente de un humor de gulag. Iba a encender un cigarrillo, pero la piedra de A. D. se rompió de

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pronto y tuve que ir a pedir cerillas a la barra: el bosque de símbolos era ya asfixiante. Faltaba la guinda del pastel: en breve tendría los resultados del certificado de aptitud; en principio no sabía ni por qué milagro me habían admitido, dada la poca concentración que puse en ello en aquel período tan agitado. Pasó el vendedor de periódicos gritando: «Han llegado los extraterrestres, ya los tenemos aquí, señoras y señores, han llegado los extraterrestres, compren la gaceta del día, ¡han llegado los extraterrestres!», siguiendo su habitual estrategia comercial. Ya que el apresurado comunicado de Louison había caído sobre mí como la desgracia sobre el mundo, me dije que el horror del susodicho mundo aliviaría un poco mi malestar: compré el Liberation, básicamente por una cuestión léxica, y me lancé de cabeza a sus artículos. La barbarie corriente suele reconfortarme, y aquella mañana esperaba encontrar una historia lo suficientemente sórdida para desviar mis ideas de la terrorista con vestido retro. Tuve suerte: las páginas de «sociedad»

eclipsaron la traición de Yo misma arrojándome una fotografía que yo conocía demasiado.

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CURIOSO ANIVERSARIO

POR LA DESAPARECIDA DE AQUITANIA

La «célula Madison», que se había reducido a un simple temblor a pesar de las constantes sacudidas de la familia Etchart, ha recuperado la efervescencia de las primeras horas: la niña, que contaba 11 años en el momento de los hechos, desapareció hace tres años de la Costa Vasca, el 14 de junio, en circunstancias aún desconocidas. La pequeña, a la que se vio por última vez cuando bajaba del autocar que la llevaba a casa desde la escuela Jean Rostand de Biarritz, donde acababa sexto, parece haberse volatilizado en aquella carretera de los alrededores de Guéthary sin dejar el menor rastro. Pese a que los gendarmes encargados del caso optaron enseguida por la tesis del secuestro, no consiguieron juntar indicios válidos, y las pistas que se siguieron no dieron resultado alguno. La investigación sigue, aunque solo se ha destinado a ella una decena de agentes... agentes que se están moviendo de nuevo desde que una tal Muriel B., médium y radiestesista, les ha proporcionado nuevos elementos que, según la policía, serían tan inquietantes que valdría la pena tenerlos en cuenta. «En efecto —explica el teniente coronel Carlotti, encargado de la investigación—, la señora B. nos ha confiado unos detalles sobre el caso que nunca ha divulgado la prensa. No es corriente tener que recurrir a este tipo de especialistas, pero en un caso tan grave no queremos desechar ninguna pista.» Después de tres años de búsqueda infructuosa, es pues el sector paranormal el que reactiva las investigaciones para intentar comprender qué pudo haber pasado con la niña. «La señora B. ha dado instrucciones sobre búsqueda precisas —prosigue Carlotti—. Según ella, la pequeña estaría bajo tierra, aunque viva, y en nuestra región: "En algún punto cercano al Nivelle, próximo a la frontera española aunque en territorio francés", precisó B. La mujer ve también un vehículo negro y las letras R y L, aunque no puede determinar si dichas letras corresponden al lugar donde se encuentra retenida Madison, al nombre de su secuestrador o incluso al automóvil.» Por consiguiente, la policía peina la provincia de Lapurdi, inspecciona los vehículos negros registrados en la zona (en particular los Renault) y se interesa por todas las casas, pueblos y personas cuyos nombres contengan las dos letras citadas por la médium. «Nos anima que se hayan reanudado las investigaciones —nos ha confiado con

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cierta amargura Raphaël Etchart, padre de la desaparecida—. Pero no nos hacemos ilusiones respecto al origen de la información... En tres años hemos recibido cientos de cartas como las de la señora B., y todas las hemos remitido a la policía. Léonore y yo seguimos convencidos de que Madison está viva. No teníamos ninguna necesidad de encontrar a un charlatán más para confirmar nuestras esperanzas.»

Las letras R y L me recordaban a Louison y Rusia, el vehículo negro, su maldita bici holandesa con la que se dedicaba a abandonarme, claro que podrían recordar cualquier cosa a cualquier persona. Estaba consternado. Ávido de detalles, llamé a mi madre.

—¡Cariño! ¿Qué tal? ¿Sabes que hace tres días que intento localizarte? Queríamos saber cuándo llegabas.

—¿Qué es esa historia, mamá?

—¿Qué historia?

—La de la médium, ¡sobre Madison! ¡Acabo de leer un artículo en el periódico!

—Señor —suspiró, con su voz aguda—, ¡lo que les faltaba a esa pobre gente! ¡Aquí

enseguida montan una tormenta en un vaso de agua, imagínate!

—Pero... ¿han sacado algo en claro?

—Cuentos chinos, ya sabes. Ayer encontraron un zapato de niña en la carretera de Ciboure, cerca de una casa llamada Elorri. Imagínate que en el patio había una furgoneta negra... Analizaron el zapato y encontraron sangre, 0 positivo, como la de Madi. Y nada, ¡aquella gente se había marchado!

—¿Entonces? —pregunté, asombrado.

—¡Entonces nada! El zapato era de la hija del pobre hombre que vive allí, un viudo, por si fuera poco...

—¿Y la sangre?

—Se había lastimado el pie yendo en bici. Al menos eso es lo que contó a la policía, y no sé por qué esa niña tendría que mentir...

—No, claro. Además, es el grupo sanguíneo más corriente... Pero ¿hacen pruebas de ADN?

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—Supongo, cariño, ¡pero no soy policía! ¿Te imaginas sus padres? Estuvieron a punto de anunciarles la recuperación del cadáver de su hija... La madre... ¡pobrecita!

¡En su estado!

—¿La has visto? ¿Cómo está?

—Ya no sale. Vi a la señora Jaso en el mercado y me dijo que Léonore guarda cama desde finales del segundo trimestre... Después de todo, ya no es tan joven. Me acuerdo que cuando tu hermana yo también tuve que estar en la cama. Oh, créeme, no tenía nada de divertido... ¿Y tú? ¿Qué tal todo? ¿Cuándo venís? ¡Estoy tan impaciente por verte!

—Ya me verás, mamá. Pero Louison ha tenido un contratiempo.

—Vaya... ¡Con la ilusión que me hacía conocerla! Tú no sueles deshacerte en alabanzas sobre nadie, ¡y mucho menos sobre una chica!

—Pues igual me equivoqué, mamá...

—¿Cómo que «me equivoqué»? No, no, no, ¡no tires la toalla tan deprisa, Stanislas!

¡Lo que faltaba! Vosotros, los jóvenes, al primer tropiezo en la perfecta trama del amor ¡lo mandáis todo a paseo! Piensa, cariño, que una pareja exige compromiso, esfuerzo, adaptación... ¡No me extraña que hoy en día toda la juventud se divorcie!

¡No estáis dispuestos a luchar!

—Llego el 21, mamá, ¿vale? —intervine para frenar lo que parecía que iba a degenerar en una verborrea que no tenía humor para seguir—. ¿Papá irá a recogerme?

—Claro. Llámame cuando sepas los resultados, ¿de acuerdo? ¡El 21! ¡Diez días!

¡Qué contenta estoy! Supongo que comes bien, ¿no? ¿Ya te cuidas?

—Sí, mamá...

—Piensa que últimamente hay muchos casos de gastroenteritis, o sea que lávate bien las manos, porque sería una verdadera estupidez que te pusieras enfermo en vacaciones.

—Vale, te dejo, tengo otra llamada.

—Bien, de acuerdo, te quiero mucho, cariño...

—Yo también te quiero.

Colgué y fijé la vista en la Madison de la página del periódico. Elorri significa

«espino» en vasco: el nombre perfecto para una casa de los horrores, ¡el patronímico perfecto! Aquella investigación «mediumnítica» me parecía ridícula y, con más razón, me ponía a cien. Pero hoy debo reconocer que las coincidencias son

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inquietantes, y me gustaría ver a la tal señora B. y hacerle algunas preguntas sobre mi futuro...

En aquellas circunstancias, me fui de la terraza bastante deprimido y avancé en un estado medio inconsciente respirando el dulce perfume de los tubos de escape. Hacía un tiempo desconcertante para estar a principios de verano, es decir, fresco y relativamente desapacible, que daba a París un aire de circo: todo el mundo se negaba a admitir la situación climática y por todas partes veías circular siluetas estrambóticas, lo que habría hecho las delicias de Madison: vestiditos estampados y plumones acolchados, shorts microscópicos y botas de agua, camisetas con tirantes, sandalias y paraguas, blusas vaporosas y parkas con cuello peludo: las combinaciones indumentarias más insólitas caracterizaban aquel desagradable mes de julio. Nada de extraordinario, era el principio de la guerra fría.

«Frío» es, en efecto, el adjetivo más adecuado: me di cuenta de que no había llorado ni una sola vez, ni durante ni después de mi relación con Louison. Mi padre me enseñó que un hombre no llora. Pero creía sobre todo que había pasado aquellos meses en un estado de tensión tal que fui incapaz de producir lo que fuera, no me salieron ni palabras, ni lágrimas. Y aquella mañana, abriéndome paso entre el gentío en la place de l'Odéon, no era más que un espectro entre otros espectros: con los ojos secos y el corazón muerto.

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Í7 de julio, 14.38

Después de mi ataque de nervios la noche en que salí por primera vez, R. decretó

de golpe y porrazo que era hora de dormir. Como no tenía ni pizca de sueño porque los acontecimientos me habían trastornado, dije:

—No tengo el pijama, no tengo el cepillo de dientes, no sé dormirme sin el iPod, ¡y además no me he lavado!

—Por una noche dormirás sucia, princesita. Lo superarás.

Le miré estilo «Si mis ojos fueran ametralladoras, estarías muerto», pero se percató

de que buscaba camorra y no mordió el anzuelo. Buscó un fusil en el ropero y luego colocó de nuevo el armario frente a la puerta que lleva a mi cuarto. Tiró de mi mano y me encerró con él en su habitación, dándole dos vueltas a la llave. Cuando sacó el fusil, tuve un miedo terrible, porque nunca había visto un arma, excepto en las imágenes de guerra de la tele, e hice un movimiento de retroceso. Pareció molesto.

—Es solo por precaución. Por si te da por inventarte algo o tienes intención de ponerte a gritar otra vez. Pero no pienso utilizarlo... es decir, si te portas bien. Entonces me anduve con cuidado. R. encendió una de las lámparas de la mesilla: sacó de la cómoda una camiseta grande que podía servir como camisón y se dio la vuelta. Me la puse para quitarrne los vaqueros estampados con flores y el horripilante jersey verde pistacho que llevaba aquel día. Luego me dijo que me metiera en la cama, precisando que había cambiado las sábanas por mí. Él permaneció vestido y se instaló en la butaca de tapicería hortera. Seguía apuntándome con el fusil, tipo sheriff en las películas del Oeste, y aquello me daba canguelo.

—Ese cacharro me da canguelo. ¿No puede dejarlo? No voy a escaparme, ¿adonde quiere que vaya...?

Reflexionó un segundo, bajó el fusil. Luego, lo mantuvo como un bastón, pero no lo soltó en ningún momento. Por primera vez, me dije que no solo tenía miedo de que me fugara: tenía miedo de MÍ. Por eso, los platos y las tazas de plástico, los cubiertos con las puntas romas y todo lo demás. Siempre había creído que se comía el coco pensando que al estar tanto tiempo encerrada podía hacerme daño a mí misma, pero al verlo tan tenso con su fusil me dije que creía que YO era PELIGROSA. No soy una ardilla domesticada, porque una ardilla no puede hacer daño a nadie, y aquel fue un pensamiento tan chulo que me envalentonó.

—Se ha tirado el rollo con lo del rescate, ¿no?

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Se puso rojo amapola. Esperó un momento y luego dijo:

—Solo quería estar contigo.

—¡Si ya estaba con usted! ¿Por qué tenía que contarme esa bola? ¡Es una chorrada, ya me había hecho prisionera!

—No digas «prisionera». No es una palabra agradable.

—Puede, pero es la mejor que se me ha ocurrido, para que se entere. Si le gusta más, tengo «rehén».

—Prefiero «visita». O «amiga»... «Inquilina», en última instancia.

—Sí, pero esas palabras designan a gente que puede ir y venir como le da la gana, así que es una tontería.

—¿Lo ves, Madison? Por eso no te quiero comprar el diccionario. Lo dijo con amabilidad, más bien en broma, y aun sin ganas, sonreí. Resultaba realmente cómico estar en aquella cama tan limpia, con almohadas bajo la cabeza, tic palique con R., sentado en su butaca como una abuela junto a la cama de un nieto enfermo, aunque en realidad el niño enfermo era él.

—Bueno, ¿qué? —pregunté, porque no pensaba quedarme a dos velas con la pregunta—. ¿Para qué la historia del rescate?

—Hacías demasiadas preguntas —dijo levantando los hombros—. No me gusta que me pillen desprevenido. Querías una explicación y te di una.

—¡No lo pensó mucho!

—Cada uno hace lo que puede. No todo el mundo es tan listo como tú.

—Ah, ah —respondí—, usted es un graciosillo.

Luego se hizo el silencio. Sabía que tenía que aprovechar aquel momento especial para sacar en claro los máximos detalles, pues a pesar de mi ataque, R. parecía estar de buen humor, como si le gustara verme allí, en su cama, en su casa. Ya cuando veíamos E. T. comiendo palomitas, me había fijado en que sonreía, y tú sabes que eso es algo rarísimo. Me refiero a que era una sonrisa de verdad, no aquello forzado y cínico que me dirige cuando me pongo coñazo. Aquella era la sonrisa de una persona realmente feliz. Pero claro, todo lo que yo quería saber tenía que molestarle...

—¿Y cuánto tiempo me tendrá aquí? ¿Un año? ¿Mil años?

—El tiempo que haga falta —respondió, y aquello me puso terriblemente de los nervios.

—Pero ¿el tiempo que haga falta para qué?

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Bajó la cabeza y empezó a juguetear con el anillo con la M que lleva en el dedo meñique. Me crucé de brazos y adopté la técnica del enfurruñamiento. Como nada cambiaba, al cabo de unos cuantos segundos volví a preguntar, más imperativa:

—¿Tiempo para qué?

—Para que me quieras.

—Pues entonces, la palmaré aquí.

Me volví y me puse las dos almohadas sobre la cabeza. ¡Que le quisiera! ¡Aquello sí era fuerte! ¡Imagínate! ¡Que le quisiera!

Me había dejado pasmada. No nos dijimos nada más, y al cabo de un momento oí

que se levantaba, por los crujidos de la butaca tapizada; apagó la lámpara de la mesilla de noche.

—¡Encienda la luz! —ordené.

Lo hizo. Me incorporé y le miré otra vez.

—¿De quién es esta casa? ¿Usted es rico?

—No. Es de mi madre. La heredó de una tía lejana.

—¿Y por qué no vive aquí su madre si la casa es suya?

—Ha vivido aquí mucho tiempo, pero ahora le da miedo el aislamiento —explicó, recalcando la palabra «aislamiento»—. Prefiere la ciudad. Aquí es muy complicado para ella. Es vieja.

—¡Y lo bien que eso le va a usted! ¿O no? —exclamé, irónica—. Lo habría tenido mal para mantenerme encerrada de haber tenido siempre a la abuelita encima. Vi que la mano de R. apretaba fuerte la culata del fusil, pero me importaba un pito porque el poder lo tenía yo.

—Yo me casaré con un hombre muy rico —dije para hacerle rabiar aunque no fuera verdad—.Tendrá un descapotable azul eléctrico y me llevará de vacaciones a unas islas increíbles donde tendremos un yate enorme como los de los famosos que salen en las revistas de su madre. ¡Comeremos montañas de caviar, me comprará

vestidos muy caros y nos ducharemos con champán!

—¡Pues menudo tufo!

—Y a mí qué. Lo que quiero decir es que a usted no lo querré nunca.

—Lo sé. Estás enamorada de Stanislas.

—Exactamente. Estoy enamorada de Stanislas, y es para toda la vida.

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—¡Anda que...! —saltó, satisfecho consigo mismo—. ¡Resulta que te gustan los viejos!

—Stanislas no es viejo: es un hombre maduro. Usted sí que es viejo. Y me coloqué de nuevo las almohadas por encima de la cabeza. A mi espalda, suspiró, y ya no nos dijimos nada más. Hice como que dormía, pero claro, no pegué

ojo en toda la noche, y él tampoco: de vez en cuando me daba la vuelta estilo «Me estiro mientras duermo» y entreabría un párpado para ver qué hacía R.: seguía allí, en su butaca, mirándome sin hacer nada más que mirarme. Mi cabeza iba a la velocidad de la luz, pues en realidad era algo increíble lo de saber OFICIALMENTE

que no había rescate. Es cierto que me lo había imaginado, pero prefería seguir creyendo que era verdad, porque las otras razones que habrían podido empujar a R. a mantenerme encerrada en su sótano me daban canguis. Aquella noche pues no sabía qué pensar. «Mis intenciones son puras», me había dicho un día. ¡Y un huevo!

Pero por otra parte es verdad: nunca tuvo malos gestos, ni siquiera ahora que casi parezco una mujer de verdad (además me suelta todos esos sermones como si fuera a meterme a monja). Nunca he entendido por qué lo hizo, me refiero a lo de secuestrarme. Creo que está tan solo en el mundo que lo que quería era una amiga y tenerla allí para cuando la necesitara y, mala suerte, le gusté yo... ¡Ya sabía yo que me quedaba chachi el impermeable rojo! Mierda, a veces me arrepiento de tener tanto estilo. (Llaman. Vuelvo.)

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16.13

R. tiene ciática: apuesto a que esperaba que le compadecería. Nos hemos peleado otra vez por las mismas cosas y, ya ves, acaba de irse dando un portazo, o sea que mi salida ha quedado anulada. Dice que no soy amable y que le culpabilizo todo el tiempo, cuando hace lo posible para que yo sea feliz. A lo que yo he respondido que nadie puede ser feliz doblado en una caja y que a veces preferiría estar muerta (lo que no es verdad, pero no soporta que se lo diga) antes que ver sujeta todos los días. Eso es a lo que se le llama: nada nuevo bajo el sol (aunque aquí la expresión tenga un sentido especialmente relativo).

Bueno.

Al día siguiente de aquella noche, los dos teníamos unas ojeras increíbles, como si nos las hubieran pintado con tinta china. Cuando oí crujir la butaca hice como que aún dormía. R. salió de la habitación después de haber pasado la llave, luego volvió

con una bandeja en la que traía mi desayuno. Como siempre, chocolate en un bol de plástico, dos rebanadas de pan con mantequilla y mermelada de arándanos (antes me la traía de albaricoque, hasta el día en que le dije que la prefería de arándanos) .

—¿Has dormido bien?

—¡Increíblemente bien! —dije para tirarme el rollo—. ¿Y usted?

Pero no se enfadó, acercó su mano a mi pelo. Lo acarició, como para peinarme. Sé

que le gusta mucho mi pelo y veo cómo lo mira: según él, mis cabellos parecen

«plumas de pájaro exótico». Nunca los había acariciado así; pero curiosamente no me molestó mucho.

—Es la primera vez que te veo al despertar...

—Sí, ¡y espero que sea la última! —respondí echándome hacia atrás para que apartara la mano—. Porque no tiene ninguna gracia que te apunten en la cabeza con un fusil mientras duermes, no sé si me explico.

Me pasó la bandeja y empecé a comer con ganas. Pareció que le gustaba: desde mi huelga de hambre, creo que siempre tiene miedo de que vuelva a las andadas. Pero incluso cuando estoy deprimida hago un esfuerzo, porque no quiero ponerme enferma. Para él sería un riesgo demasiado grande que me viera un médico, por ello sé que tengo que ir con mucho cuidado y no pillar algo grave. Cuando acabé la primera rebanada dije:

—¿No cree que podría usar una vajilla normal, ahora? No voy a decapitarlo con un trozo de plato.

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—Esta vajilla está muy bien. El plástico es higiénico.

—Me da la impresión de ser un bebé.

—¡Eres un bebé! Mira cómo te comportas, todo el tiempo con caprichitos con esto caprichitos con lo otro.

Reflexioné un momento y después pregunté:

—Si usted tuviera elección..., si pudiera volver atrás..., ¿me volvería a escoger, o elegiría a una niña menos peñazo?

—Me gusta que seas peñazo —dijo con una sonrisa amable—. Demuestra que tienes carácter.

—¿No me cambiaría por otra?

—¡En la vida!

—Mierda —respondí—. ¡Me ha tocado!

Se puso a reír y luego dijo que en cuanto acabara el desayuno se ocuparía de las hormigas. Mojé el pan en el chocolate.

—Empiece, no hace falta que me espere. Por la mañana suelo comer despacio, si no mi barriga hace unos estragos catastróficos.

De repente cambió la mirada y su expresión me metió el miedo en el cuerpo. Comprendí que por su cabeza pasaba algo oscuro y dejé el pan en la bandeja.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Con la que montaste ayer, no te puedo dejar aquí sin vigilancia. Podría ausentarme un par de horas.

—¿Y qué? De todas formas me encerrará. Me encantaría tener un libro. He visto algunos en el salón.

—Cómete el pan.

—Ya no tengo hambre.

Nos dirigimos una mala mirada, como en un duelo de cowboys. R. suspiró y sacó

de la cómoda un fular y un rollo de cinta adhesiva.

—¿Cómo? ¡Supongo que no me atará!

—Me veo obligado a hacerlo, no es porque sí.

—¡No! ¡No puede hacerlo! ¡Eso es una guarrada! ¡No me puede atar!

Me levanté de la cama, volqué la bandeja y el chocolate salpicó la alfombra de piel de cordero. Eso le enojó: me cogió por detrás y en un santiamén me tapó la boca con

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la cinta adhesiva. Me debatí, pero R. es mucho más fuerte que yo y en unos segundos ya no pude decir nada. Gruñía con todas mis fuerzas a través de la mordaza.

—No quiero hacerte daño, Madison... Por favor, cálmate. Voy a atarte las manos,

¿vale? No me queda más remedio, porque te quitarías la cinta adhesiva. Si te pones nerviosa, puedo lastimarte, mientras que si estás tranquila todo irá como la seda,

¿entiendes?

Lo decía en un tono apacible. Como si lo que estuviera ocurriendo no fuera grave. Yo seguía debatiéndome, intentaba explicarle que no haría nada, que no gritaría, que no intentaría escaparme, pero claro, no me entendía porque mis explicaciones eran borborigmos.

—No puedo arriesgarme. Intenté confiar en ti, pero me fallaste, y no una vez sino dos. Lo siento mucho. Dame las manos.

Pero yo seguía debatiéndome porque aquello en la cara me desquiciaba, y noté

que él perdía la paciencia.

—¿Prefieres que te golpee? ¡Dame las manos, Madison! Si no, te pongo a dormir con el producto del primer día.

Entonces le tendí las muñecas, pues sabía que no había nada que hacer. Me las ató

a la espalda con el fular, muy fuerte, precisando que, por amabilidad, había escogido una tela y no una cuerda que podía cortarme la piel. Imagino que creía que se lo agradecería... ¡Vaya morro! Gruñí «CABRÓN», pero claro, no me entendió, porque salió algo así como «Ummmooonnn». Me dijo «Perdón» y me abandonó en el dormitorio, amordazada y atada como un salchichón humano, tan solo con las piernas libres para poder andar. Estaba hecha un basilisco, ¡una auténtica olla a presión! Me lancé contra la puerta varias veces gruñendo con todas mis fuerzas, pero me hice daño en el hombro y tuve que dejarlo. Presa de rabia, fui agrandando la mancha de chocolate de la alfombra, frotándola con los pies, para que él no volviera a verla y, tal vez, su madre le riñera.

Luego me tendí en la cama y me puse a llorar. Es especialmente espantoso llorar con una mordaza porque al cabo de poco ya no puedes respirar. La nariz se tapa y te ahogas, una sensación muchísimo peor que la de un resfriado de campeonato, cuando crees que vas a morir ahogada dentro de ti misma. En fin, que no te lo aconsejo: creí que había llegado mi hora. Después, gracias a lo que llaman INSTINTO

DE CONSERVA CIÓN, conseguí calmarme. Me sorbí los mocos y me calmé un poco. Aquello me había dejado totalmente agotada y por fin me dormí (o tuve un patatús, no lo sé muy bien) Fue K. quien me despertó cuando oí que la llave giraba en la cerradura.

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Simulé estar muerta. Me quedé completamente tiesa en la cama, con los brazos junto al cuerpo y los ojos muy abiertos, para que se asustara. Durante unos diez segundos noté que me miraba sin rechistar... luego se precipitó hacia mí. Lo de tomar el pelo a ese anormal está tirado. Me sacudió por los hombros diciendo «¡Madison!

¡Madison!», y como siempre, me atacó los nervios que pronunciara mi nombre. En su boca, mi nombre parece una palabrota. Yo, cuando pienso en mí, me llamo «Twist», porque ese es un nombre al que él no llegará. ¡Nunca llegará a Twist!

Me arrancó la cinta adhesiva de la boca y, como me hizo daño, tuve que moverme.

—¡Me habías asustado, Madison! ¿Cómo estás? ¿Bien?

—No empecemos... —murmuré, cuando en realidad habría querido chillar, pero tenía la voz ronca—. ¡He estado a punto de ahogarme...! ¡Está totalmente pirado!

¡Mierda!

Me puse a llorar otra vez, y él, a disculparse. Me soltó las manos diciendo que le había obligado a hacerlo, que si «colaborara» más eso no ocurriría. Y tal y cual. Me froté la boca, las muñecas, me sequé los ojos. El parecía realmente apenado, y entonces aproveché:

—Por favor, necesito tomar el aire... Se lo ruego, un poco de comprensión... No me encuentro bien... Resulta que cuando una persona nunca ve el exterior puede volverse loca... Seguro que lo sabe. Yo no quiero volverme loca... Dice que soy su amiga... ¡A los amigos no se les hace esto...! ¡Nadie dejaría que se volvieran locos!

Me abrazó con amabilidad y respondió que tenía que pensarlo. Aquello me consoló un poco, pues luego me llevó de nuevo a mi cuarto. Pero me escoltó con el fusil, como si fuera una criminal. Abajo, lo había limpiado todo, e incluso había puesto una alfombra nueva.

—Quería esperar a tu cumple, pero se presentó la ocasión. Era una gran alfombra de lana azul muy suave (R. sabe que es mi color preferido) y por una vez bastante bonita. Debo confesar que me hizo ilusión porque, con el cemento tapado, aquello no parecía tan frío. Le di las gracias. Eché una ojeada al zócalo y me tranquilizó ver que todo parecía normal. Lo único raro que vi fueron unos trozos de limón a lo largo de las paredes, ¡y ahí sí que pensé que aquel tipo perdía aceite! Cuando se disponía a marcharse, le pedí que se quedará un rato más y dejara la puerta abierta. Nunca lo hace, tienes miedo de que le ataque para intentar huir, pero entonces aceptó; aún se notaba el olor del producto antihormigas. No tenía intención de fugarme: no era el momento ideal, porque él no confiaba en mí, y además, ¡no sé con qué podía haberle atacado! Antes de cualquier tentativa, tenía que saber cornos funcionaba su sistema, la alarma, las trampas, de lo contrario! no iría muy lejos. Aquel día solo quería que se quedara. Me sentía como un pez capturado al

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que hay que echar de nuevo al mar (lo vi un día en un documental sobre tiburones): hay que volver a habituarlo poco a poco al océano sujetándolo con la mano antes de devolverle la libertad. Yo tenía que acostumbrarme otra vez a la estrechez de mi cuarto, pero soler, contaba con la mano de R.

Estaba sentado cerca de la puerta, con el fusil estilo bastón, como el día anterior por la noche. Le pregunté qué era todo aquello de los limones, si se trataba de la última tendencia en decoración de interiores o qué, pero R. me explicó que era un truco natural para atrapar hormigas.

—No les gusta lo ácido. Es para evitar que vuelvan. Dentro de unos días los quitaré.

—¡Anda que no sabe trucos curiosos!

—Son cosas de mi madre. En cuestiones de jardín y bichos sabía un rato.

—¿Ya no?

—¿Cómo?

—Ha dicho «sabía»...

—Desde que vive en la ciudad ya no se ocupa del jardín. Tiene plantas de interior. Había apretado los dedos sobre la culata del fusil, y le pregunté si iba de caza.

—No, la caza me parece algo repugnante. Matar animales está mal.

—¡La verdad es que del bien y del mal usted sabe un rato!

—¿No podrías parar durante treinta segundos?

—¿Usted hizo la mili? Mi padre hizo la mili. Y mi tío Samuel también.

—No.

—¿Y eso?

—Me declararon exento. Por la vista y un problema de espalda.

—Ah.

—Pero sé utilizar perfectamente un fusil, si es a lo que te refieres. No pongas esa cara de sorpresa, Madison, te conozco, con el tiempo que... Seguí unos cursillos de tiro en un club. Tengo otras dos pistolas.

No dije mas, simplemente me enfurruñé porque me molestaba que hubiera captado mi maniobra. Me preguntó si quería comer, hice un gesto de negativa. De modo que se levantó para marcharse. Antes de que cruzara la puerta, volví a suplicarle:

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

—Tengo que hacer ejercicio... ¡No se puede estar encerrado de esta forma!

¡Necesito correr, saltar! ¡Mierda, soy una niña!

—Ya te he dicho que lo pensaré. Si es que te calmas, por supuesto. Así entré en mi etapa «Soy una santita».

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

Guéthary, 11 de julio,

viento fuerza 7, cielo despejado

Cariño:

Esta noche he soñado que volvías.

Me despertaba, me ponía un vestido, un vestido escarlata que no existe. Me calzaba los zapatos de tacón negros, los que se parecen a los de la dama sentada en la butaca azul de Eleven AM.

Eran las once, repicaban exactamente las once en el salón como campanas de Pascua.

El sol era deslumbrante, tan intenso que parecía una niebla espesa. Con la mano frente a los ojos avanzaba por el pasillo, bajaba la escalera y el sol no dejaba de irradiar, intenso y cegador.

En la cocina estabas tú, sentada a la mesa ante una taza de chocolate. Leías el periódico como lo hacías a veces, como una chica mayor, seria y concentrada, como si el futuro del mundo dependiera de ti. Ha entrado tu padre. Llevaba un traje de color de cemento y en el reborde de tu mejilla ha sonado un beso.

Todo era normal. Quiero decir: como antes.

Yo estaba allí pero no estaba allí, como si el sol me eclipsara, ahogada en el exceso de luz e invisible a vuestros ojos. Todo volvía a ser normal pero yo parecía la única que se daba cuenta de hasta qué punto era extraordinario.

¡La alegría, Madison!

¡Este sol era la alegría! Una materialización de la alegría que se convertía en violenta, paralizante, algo parecido a la mística: un éxtasis. Y, bañada con tu luz, me he despertado.

El negro imperfecto del dormitorio, la respiración de tu padre, esa respiración que —¡oh, monstruosa!— hubiera querido no oír. El vivo, yo viva, tú muerta.

Yo espero: ausente.

Nadie puede imaginar el horror de ese despertar.

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

Haber creído hasta ese punto y darse cuenta de que no era ni sombra. Todo ful. Tu vuelta... ful.

Hubiera querido no despertarme jamás.

Hace tres años que me levanto Tú, me duermo Tú. Como Tú, bebo Tú, respiro Tú, ando Tú. En lo cotidiano, Tú. Nunca un descanso, nunca. Anoche me reí: Amélie contaba su lamentable salida con un nuevo pretendiente, y me hizo reír. A carcajadas. La última vez fue aquel día, cuando percibí en tu mirada maliciosa los principios normales y corrientes de una crisis de adolescencia: con ese coco tuyo, la crisis habría sido durilla. «Esto promete», pensé. Esto promete.

Pero después de que, ciertas cosas me parecen prohibidas. Durante esta risa, este minuto de risa, no te he vivido Tú. Me habría podido suicidar, avergonzada, si en mi vientre no estuviera alguien.

Otro.

Puede que esta fuera la razón del sueño. Parece ser que a veces se sueña lo que más se desea en el mundo. Puede sonar extraño pero nunca había soñado con tu vuelta. La creía posible y no soñaba con ella. Me pregunto si este sueño es una señal, la señal de que yo también te abandono. De que necesito soñar, puesto que ya no espero.

¡Estas historias de médiums! El cielo por encima de la cabeza, ¡querida mía! Te devuelven el aliento, ¡y luego viene el puñal! Entre los omóplatos... te desgarran el corazón, te desgarran los pulmones!

Un pececillo rojo en una pecera rota.

«No esperes nada, Leo. Si la encuentran, no será gracias a esa mujer, ni a otra. No será gracias a un péndulo, una visión, una chorrada de ese tipo. No te dejes embaucar, amor mío. No esperes nada, te lo suplico. No esperes nada.»

He aquí lo que dice tu padre. Tiene razón, por supuesto.

PERO...

¿Cómo detener la esperanza? ¿Cómo detenerla, dime? La esperanza no es algo que pueda controlarse: es la vida misma. La humanidad misma. Y

yo todavía soy un ser humano, a Dios gracias.

(¡Si pudiera creer en Dios! ¡Si pudiera creer que hay algo en vez de nada!)

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

Raphaël razona: desempeña su papel, el papel que yo le asigno. La roca. El acantilado. El lugar donde me arraigo para no descomponerme. Pero también ha esperado, lo sé perfectamente. Su pragmatismo no es otra cosa que mentira. Personalizado para mí, espectáculo permanente del realismo presentado día tras día en el altar del infortunio: los tapices terciopelo sangre, las candilejas eléctricas, los cielos artificiales. Tu foto en su cartera desde hace 1.123 días, Madi. Esa foto que él muestra en la calle, los bares, las gasolineras, y la gente mueve la cabeza, eternamente, como si fuéramos a molestarles, agredirles, pedirles dinero... Como si mendigáramos para encontrarte, cariño, ¡y ni una sola moneda llega a nuestra bolsa!

Pero ella ya está aquí.

Sí, cariño, tenía que ser una niña.

Habría preferido un niño, hubiera sido más simple. Por lo menos me parece que habría sido más simple. No sé: ya nada es simple. Noto cómo se mueve, ¡es tan vigorosa! ¡Una auténtica guerrera! Ella lucha por ti y contigo. Ella te mueve a ti. Ella te conoce, ¿sabes?, le he hablado de ti. Y le hablaré de ti una vez y otra. Larry también nota algo, siempre se enrosca contra mi vientre, dulce, tierno, tranquilizador. Frota su cabeza contra ella, contra nosotros, escucha el latido de su corazón. Le hablamos de ti, cada cual a su manera.

Sí, y podría finalmente hablarle de ti a alguien que no te ha conocido pero merece conocerte. Me siento bien pensando en ello. Si dijera algo así

a un desconocido, le parecería chocante. Cruel. Indecente, quizá. Los desconocidos no pueden comprender.

Salomé. Es su nombre.

Lo hemos escogido en función del tuyo.

Madison y Salomé. Salomé y Madison.

Como un poema, uno de tus poemas. Correspondencias, espejo deformante, anamorfosis. ¡Imagino ya el que podrías escribir, Madi!

Tenemos la sensación de que nunca podréis existir la una sin la otra. Complementarias..., dos hermanas.

Nada de sustitución. Nada de sucedáneo.

Será tan evidente que tendrás que volver...

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

Y yo me repito vuestros nombres, que hacen juego, Salomé, Madison, Madison, Salomé, y me saben a caramelo.

¡Y soy tan feliz...!

No me avergüenza esta felicidad. Tú la compartirás... tú la compartirás. Su nacimiento es inminente. De modo que espero.

Una vez más, espero.

Nunca olvides que te quiero.

Mamá

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

El sueño azul de los niños muertos

Como siempre, había puesto agua en mi vino. Estábamos en su habitación de la rué des Canettes, eran las dos de la madrugada y Louison acababa de cerrar sus maletas.

—Quédate —me había pedido ella—. Quédate conmigo hasta que tome el avión. Me había quedado: consideraba cada segundo de más a su lado como un segundo menos de sufrimiento. La estancia se había convertido en una leonera tal que habíamos tenido que subir a su cama para comprobar desde lo alto el contenido de su equipaje. La cámara de fotos (una Leica, naturalmente, «la misma que William Eggleston»); un kilo de películas de color, protegidas por saquitos antirradiaciones; una mochila que implicaba que aparte de las zapatillas cómodas para andar solo podría optar por otro par de zapatos.

—Decide, Stanislas. Será tu participación en mi expedición.

—El helio rojo —había respondido, sin vacilación—. Hace frío en Rusia. Incluso en verano.

Los botines encontraron su lugar en el equipaje y con eso aquello terminó. Ella estaba dispuesta a partir, mi sueño alzaba el vuelo. Había visto que metía unos preservativos en el neceser, pero no había hecho ningún comentario: había tirado la toalla. Ante la imagen de mi inmenso amor, la guerra estaba latente y yo no la citaba. Estaba con ella aquella noche porque me lo había pedido, porque yo lo necesitaba, pero temía que estuviera viéndola por última vez.

Preparó otro café. Era feliz porque se marchaba, sin embargo cierta tristeza en su mirada me hizo pensar que quizá me echaría de menos. Nos tomamos el café en silencio, sin saber qué más decir. Todo era ya partida... la ausencia, y el corazón oprimido. Ella estaba cerca de mí, tenía su mano entre las mías, sentía su olor y los latidos de su pulso, miraba cómo bebía, oía cómo respiraba, pero ya se había marchado. Louison en el este del mundo... tan lejos. Aquella noche, cuando aterricé

allí, entre aquel descontrol de ropa y teleobjetivos, ella me regaló im mediate Family, el famoso libro de Sally Mann del que Louison me había hablado el día en que nos conocimos y que yo había fingido conocer. Pero unas semanas después, cuando lo hojeé en su casa por primera vez en mi vida, mi reacción me traicionó.

—¡Dan ganas de hacer hijos solo para fotografiarlos! —había declarado entusiasta, olvidando mi propia mentira.

—Creo que de momento me contentaré con fotografiar a los de los demás...

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

Según Louison, maternidad y libertad no hacían buenas migas; no obstante, ella tenía en casa una obra que demostraba lo contrario: los tres hijos de Sally, en blanco y negro, unos niños de una belleza que cortaba la respiración. La pequeña, tumbada como muerta en las hierbas altas, la piel tostada por los rayos de una naturaleza pródiga, el sueño casi palpable en las hojas desparramadas. La mayor, desnuda y provocativa, encaramada en el cuero blanco de sus patines con ruedecitas. El dorso del niño, carcomido por las negras costras de una varicela vencida. La menor manchada de barro, con los rizos al viento, el rostro insondable. El pipí en la cama, la ropa colgada. La muerte de un abuelo, las relucientes grapas sobre una ceja rota por haber jugado demasiado. El posible malestar de ver a aquellos niños con el cuerpo descubierto, la cara herida, se erradicaba con una gracia extraordinaria, una perfecta connivencia entre la fotógrafa y sus temas: la espontaneidad de la niñez tomada en toda su complejidad, hasta sus rincones más perturbadores. Del trabajo se Sally Mann se filtraba un amor tal que el rostro ensangrentado de un niño se convertía en la negación absoluta del voyeurismo: una simple hemorragia nasal, símbolo de la inocencia y de los veranos solares. Aquellas imágenes, lejos de ser chocantes, reflejaban el deseo de una madre de fijar para siempre a su progenie creciendo, de fijar todo lo que es bello y todo lo que es feo en el proceso del crecimiento... la realidad pura de un niño que crece, el milagro de la vida ofrecido a la posteridad. Al descubrir este libro sentí por fin la fotografía como un arte completo, con un poder que hasta entonces se me había escapado.

El ejemplar que Louison me ofreció aquella noche estaba dedicado: «La ternura de determinadas miradas te hace avanzar. Gracias por la que tú me dedicas. XXX. L.». Me afectó, sin duda, pero ya no soportaba sus besos en X. En ellos no veía más que cruces, las cruces que yo trazaría por cada día sin ella, las cruces sobre las que se crucifica a las personas que demuestran un amor excesivo, los barrotes de la jaula en la que me había recluido al enamorarme. Mi mirada se perdió en la biblioteca: Louison se iba para seis semanas al otro extremo del mundo, pero Twist seguía allí, bien colocado en medio de los otros libros. Yo no lo reclamaba: ella tenía que devolvérmelo y lo sabía. Mientras el libro estuviera entre sus paredes, tendría que volver a verme. Entre ella y yo, tácitamente, Madison desempeñaba el papel de prenda.

—¡Recuerdo! —gritó de golpe.

Dio un salto, cogió la Polaroid y la apuntó hacia mí. Era la primera vez que me fotografiaba y yo me sentí violento, como un crío tímido al que se le obliga a cantar en público. Mi padre me había traumatizado con sus largas sesiones de pose durante las cuales nunca hacíamos «lo que hay que hacer», y luego con aquellos clichés en los que se nos veía, naturalmente, petrificados y feos como maniquíes de cera. Pero Louison me cogió por sorpresa y mientras yo asistía en directo a la aparición de mi

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rostro en el rectángulo glacial, tuve que reconocer que había salido bien. En el margen blanco, apuntó con un rotulador indeleble: «Stan in my kitchen», después me pasó la cámara.

—Ahora tú.

No sabía cómo hacerlo, pero motivado por la idea de que podría llevar su cara a todos lados conmigo, le hice la foto. Aun con un encuadre horroroso, como siempre, estaba encantadora. Sacudió la foto para acelerar el secado, después anotó: «Yo misma se va a la guerra» y me la dio. Mientras la contemplaba, inmortalizada en película, ella pasó la palma de la mano por mi mejilla:

—Sé que no te doy lo que necesitas, Stan... No lo hago adrede, es así. Yo soy así. Pero por más incoherente que te pueda parecer, tengo ganas de proseguir este tramo del camino que he empezado contigo.

Cruces, tramos de camino, pedazos de esperanza amasados como las ramillas que se recogen para hacer un fuego en el campo. Me sentía mendigo. Me desabrochó la camisa, me acarició el torso... y mi lengua en su boca, como siempre sin comprender cómo había llegado allí. La noche de la partida encerró el intercambio de fluidos más volcánico de mi corta existencia, como si los invasores hubieran desembarcado, como si se hubiera declarado la guerra, como si nosotros tuviéramos que morir justamente postcoito... en una urgencia apocalíptica. En el punto álgido yo había susurrado:

«Quédate»; el apocalipsis sienta bien al amor, pero una hora más tarde estábamos vivos, ella completamente, yo parcialmente, cada uno en un taxi que surcaba la aurora en direcciones contrarias. En aquel coche de pago que olía a pino, yo lamentaba no haberla drogado, dejado inconsciente, atado para impedir que partiera. Me odié por ser tan lamentable... no por pensar cosas parecidas, sino por no haber tenido el valor de poner en práctica aquellos pensamientos. Louison tenía razón: yo no tenía huevos.

Dos días después me enteré de mi éxito en el Certificado de aptitud para enseñanza secundaria. No lo viví como algo glorioso: había perdido la única batalla que deseaba ganar. Lié mi propio petate, buscando alguna razón para alegrarme... la presencia del sol en el Atlántico mientras en París hacía un tiempo de fin del mundo, o el placer de encontrar allí a Antoine, exiliado desde hacía unas semanas. Mejor será

decirlo: Antoine detestaba a Louison. Le parecía egoísta, vanidosa y por encima de todo bastante cursi. Hacía mucho tiempo que había dejado de odiar a las rubias simplemente por el color del pelo, y se había pasado el invierno agenciándose a todas las modelos de la capital, cuestión de «recuperarse». Creo que él se olía —sabía— que la mía me destrozaría el corazón, y como él mismo acababa de salir de un largo túnel, su amistad intentaba evitarme la catástrofe. «Te he explicado de qué va esto, chaval:

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¡son parásitos!» Naturalmente, no le escuchaba porque en lo referente a ella no escuchaba a nadie, ni siquiera a aquella voz interior que me suplicaba cada noche que depusiera las armas. Era el momento ideal: Louison no estaba. Pero el vacío que dejaba me parecía insondable.

Arrastré mi desgracia hasta la estación de Montparnasse y en el tren me dormí

enseguida. Me sentía agotado, febril. Me despertó después de tres horas de trayecto el primer mensaje de texto, muy inesperado, de una lista que iba a ser larga: «He llegado a Moscú. Lenin es inmenso, unos cuantos metros de altura... por todas partes. Tantos controles... ¡Yo misma tiene la impresión de ser una clandestina! XXX. L.». No pude volver a dormirme: en el otro extremo del planeta, Louison pensaba en mí!

Había perdido una batalla, pero quizá no la guerra... Animado por estas palabras, decidí aprovechar lo mejor de mi mes de vacaciones: yo también debía tener algo que contarle en el momento del reencuentro, fascinante y victorioso con un fondo de verano indio. Hasta el fin del viaje me perdí en la contemplación de su rostro en la Polaroid —ella radiante, yo ridículo— y cuando por fin llegué a Bayona, llovía a cántaros.

—No tienes suerte —constató mi padre colocando el equipaje en el maletero de su Megane—. Hacía semanas que no caía ni una gota.

Las cosas iban a arreglarse. Desde mi llegada, el tiempo se fue deteriorando de forma exponencial: el cielo, siempre negro; la lluvia, recia; el viento, fastidioso, y el océano perdía dos grados cada día... Parecía que hubiese importado mi tristeza en un globo meteorológico. Tenía ganas de excusarme ante los transeúntes con paraguas vueltos que intentaban a pesar de todo salvar sus vacaciones; gritar por las calles:

«¡La culpa es mía! Perdonadme, ¡todo es culpa mía!», pues, por absurdo que pudiera parecer, yo sentía este diluvio así: mi corazón se había descompuesto, mi país me lo devolvía.

Las inclemencias duraron seis días, lo que no me molestó en absoluto pues me puse enfermo nada más llegar. Tiritaba de fiebre, deliraba hasta más no poder en el azul marino de mi dormitorio, con la garganta tan hinchada que solo soportaba el caldo preparado escrupulosamente por mi madre, quien por aquellos días lucía un nuevo peinado, digamos que aerodinámico. El doctor Lastiri llegó a esta conclusión: angina con flemón de origen bacteriano.

—¡Bienvenido a casa, hijo!

Me dieron antibióticos y me pasé la semana en la soledad infantil de mi cama de adolescente, al acecho del siguiente mensaje de Louison. Me enviaba noticias con regularidad, cada dos días más o menos, y ante aquello de «Un caballo negro cruza la ciudad, una chiquilla con un vestido rojo hace punto delante de una pared

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destrozada: yo estoy allí, observo, y mi mirada atónita mantiene el mundo en movimiento», yo intentaba estar a la altura con mis respuestas, a pesar de una temperatura que más bien me inspiraba una poesía del estilo de: «Estoy sacando los pulmones por la boca, caen chuzos de punta, pero aparte de esto, sin novedad». La echaba muchísimo de menos, aunque la verdad era que me alegraba que no me viera en aquel estado, pálido y lamentable, mimado por una madre que imaginaba que había sucumbido ante una neumopatía atípica, ridiculizado por una hermana que pasaba el tiempo de bar en bar «con moderación», interrogado por un padre preocupado por mi futuro, y sermoneado por un amigo falócrata con bronceado hawaiano, que me trataba de desecho patético y no me daba la menor opción de desmentírselo: la vuelta del hijo pródigo no tenía nada de positivo. En cuanto me hube recuperado, a pesar de la ausente, aquellas vacaciones empezaron a parecer realmente vacaciones. Leí novelas, nadé, hice surf, bailé, pillé

insolaciones, se me cayó la piel a tiras, me bronceé, me estresé (Louison falló cinco días en sus deberes, y entonces creí que un Igor cualquiera me la había quitado), jugué al tenis, al frontón, al balonvolea, preparé vinagretas, escribí cuentos, me agarré un montón de cogorzas (probablemente mi hígado notaba la adaptación necesaria), impedí a Antoine que destrozara el corazón de Mia, me peleé con Mia sobre el tema, me reconcilié con Mia, me peleé con Antoine, me reconcilié con Antoine, me responsabilicé de unas cuantas barbacoas, luché contra las olas, hice excursiones por el Larrun, tranquilicé a mi madre, tranquilicé a mi padre, hable inglés, hice de alcahuete, hablé español, hice de alcahuete, monté en bici, fui en barco, asistí a un número incalculable de fiestas y a algunas comidas familiares: el único acontecimiento que vale la pena citar aquí fue la visita que hice, liándome la manta a la cabeza, a los padres de Madison.

No les había visto desde hacía más de dos años. La última vez, un 21 de marzo, el día de la primavera: la señora Etchart vino a ver a mi padre por cuestión del gato de Madi y, mientras esperaba el veredicto, intercambiamos unas palabras. Léonore procuraba dar el pego, pero aquella mujer tan guapa aquel día me pareció pálida y demacrada, hasta el punto de que daba un poco de miedo: Madison había desaparecido hacía más de nueve meses y se habría dicho que su madre tenía un embarazo invertido, que perdía kilos en lugar de ganarlos. En el otoño siguiente me fui para instalarme en París y no tuve más noticias de ellos que las de mis padres o, más triste, las de la prensa.

Cuando me enteré del nacimiento de Salomé, el 29 de julio de aquel año, me entraron ganas de verla. De verles. Me alegraba por ellos, pero aquel sentimiento sincero iba acompañado de una sensación rara, una especie de... incomprensión. Me preguntaba si aquella hija había sido fruto de una decisión o de un accidente; me sentía inquieto, triste, intrigado, atormentado por unos sentimientos contradictorios

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que aún hoy me cuesta explicar. Pero fuera el que fuese el motivo en aquel momento, me encontré tocando el timbre de la casa de los Etchart la mañana de la Asunción, fecha que iba a marcar un giro de lo más simbólico: me abrió Léonore, con el bebé en brazos, con un vestido de muselina azul y un aspecto radiante. Reaparecía ante mis ojos, con perfume a lavanda y té de jazmín, la mujer que había conocido en la época de Madison, siempre con ganas de broma, aquella con la que todos mis colegas fantaseaban. De entrada se sorprendió mucho al verme, pero me invitó a pasar a lo que ella llamaba el «living» con una alegría patente. La anticuada gracia de sus modales y su elocución tenían algo de anacrónico, como una mujer soñada en los cincuenta por un escritor nostálgico. Un nombre solemne, un padre artista y una madre sacrificada a la educación de sus hijas le habían conferido el encanto especial de una heroína de novela en la que el drama interior adoptaba una dimensión literariamente trágica.

Sirvió el té y luego se sentó en un gran sillón de mimbre cerca de la ventana.

—Disculpa, Stanislas, estaba alimentando a la pequeña. Me gusta ponerme aquí, al sol.

—¡Por favor! He aparecido de improviso...

—Nada de disculpas, me encanta verte.

Aparté los ojos un instante, mientras ella acercaba el bebé a su pecho. La estancia casi no había cambiado, pero me pareció más grande que en mi recuerdo, quizá

porque siempre la había visto con Madison corriendo de sillón en sillón, contando a quien quería escucharla que había hecho un servicio «atómico» o que no me había ganado por poco, lo que era evidentemente falso, pero le hacía tanta ilusión que yo asentía con aire humilde y contrito, una comedia ritual que nos divertía mucho. Su madre la llevaba todos los sábados por la mañana al Athletic Club y yo la llevaba muchas veces a casa en moto, algo que Léonore no soportaba. De todas formas, a pesar de ser de naturaleza inquieta, tenía confianza en mí, y a Madi le gustaban tanto aquellos paseos con la cara al viento que no se atrevía a prohibírselos. En realidad, alguna vez incluso me había invitado a comer, y mi joven alumna había asumido el papel de la anfitriona perfecta, sirviéndome vino con gestos de sumiller, con un giro aquí, otro allí, como un duende de Navidad. Los muebles seguían en su sitio, pero sin Madison, el salón parecía vacío.

Léonore miraba con ternura a su segunda hija y le hacía cosquillas en la planta de los pies para animarla a terminar su comida. La luz de verano envolvía su cabellera, que adoptaba un tono carmín, y una curiosa sonrisa flotaba en su rostro. Por un instante me recordó a la Gioconda.

—Felicidades —dije mirando a la recién nacida—. Es preciosa.

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Nunca olvides que te quiero

—¡Y encima tranquila! A menos que tenga hambre, es un angelito. Hemos tenido suerte.

Al darse cuenta de lo que acababa de decir, su mirada luminosa se apagó en el acto. La tranquilicé con un gesto.

—Comprendo, no se preocupe. Madison estaría tan contenta… Me decía a menudo que le gustaría mucho tener una hermana. Un día que estábamos con Mia, incluso dijo que esperaba que fuera tan bonita como la mía... Y al verla, me doy cuenta de que es realmente como quería ella.

Léonore bajó la vista hacia Salomé, quien empezaba a dormirse, desconocedora de cuan incongruente podía ser su presencia en el mundo.

—Hace seis meses —murmuró—, la gente me miraba como a una víctima. Ahora me miran como a un monstruo. No sé qué es peor.

—Deje que hablen; no tienen otra cosa que hacer.

—¡No te imaginas hasta qué punto! Un día, hará unos dos meses, ¡un tipo me fotografió! Vino hasta delante de la casa, ¿te imaginas? Y me hizo la foto de lejos,

¡como si fuera un animal de feria! ¡Habría salido corriendo detrás de él, pero si hubieras visto mi barriga...!

—¿Llamó a la policía? Es delito violar así la intimidad de las personas.

—Sí, pero qué le vamos a hacer, están muy ocupados para ir en busca de los paparazzis domingueros... Además, estaba lejos...

Se levantó, colocó delicadamente el bebé en el cuco y se volvió hacia mí.

—Le escribo... A Madi... Sé perfectamente que es una idiotez. Un montón de cartas fantasma, sin dirección que poner. .. Pero necesito hacerlo. Necesito decirle que la quiero, dejar un rastro de ese amor.

De pronto, miró su reloj.

—No digas nada a Raphaël, ¿vale? De las cartas... Volverá de un momento a otro, ha salido a correr.

—Jurado y escupido.

Me sonrió, contenta de oír una expresión de Madison de boca de alguien.

—Una cosa... —empecé, pero me interrumpí.

—¿Qué?

Moví la cabeza.

—No sé. Yo... puede que esto le parezca fuera de lugar.

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

—¿Sabías que Madi está enamorada de ti?

—Lo sé, sí. Cosas de crías... A los diez años, Mia se quería casar con nuestro monitor de esquí. Patrick. Él la llamaba «Mariquita» por sus orejeras de peluche, y en aquel apodo Mia creía ver hasta dónde llegaba su pasión por ella. Un caso todavía peor, ¡él tenía treinta y cinco años!

—Lo que quería decir —sonrió Léonore— es que ella te quería. Tenía confianza en ti, una confianza ciega, que incluso me transmitía a mí. ¡Dios mío! ¡Yo que dejaba que la llevaras de un sitio a otro en esa máquina infernal...! Nada de lo que puedas decir me parecerá fuera de lugar, Stanislas. Además, las he oído de todos los colores. Tomé un sorbo de té. Tenía tantas ganas de fumar que le pedí si podíamos salir al patio. Fuera, apoyó los codos en la balaustrada. Encendí un cigarrillo con un mechero de plástico que llevaba el lauburu vasco, puesto que tras la muerte de A. D. había perdido la «clase» que hubiera podido tener.

—He conocido a una chica —le dije después de aspirar una gran bocanada de humo.

—Así que ahora soy yo quien debe felicitarte.

—No, en fin, no creo que sea la mujer de mi vida... Es complicado. Pero ella es fotógrafa y...

De repente me di cuenta de que iba a evocar a Capdevielle y noté que palidecía.

—Siento mucho lo de su padre. Me entristeció. Ya sabe que le admiraba mucho. Me puso la mano en el hombro: un gesto maternal, tranquilizador.

—Eligió su camino, como había hecho siempre, sin preocuparse de los demás. ¡En definitiva, me parezco mucho más a él de lo que hubiera querido! Esa muchacha...

¿cómo se llama?

—Louison.

—Louison. ¿Y dices que es fotógrafa?

—Le gustó mucho Twist. Muchísimo. Y... no sé. No tenía ninguna esperanza respecto a Madison... Sé que no debería decirle eso, pero... En fin, ahora ya no tiene importancia lo que yo pensara o dejara de pensar. Porque al ver cómo miraba esa muchacha a la que quiero a la muchachita a la que quiero, de pronto supe que todo iría bien.

Me miró fijamente y no supe interpretar su mirada. Me sentí tan estúpido que deseé desaparecer entre el entablado de la terraza.

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

—Sé que parece una locura... Perdóneme, no sé por qué le cuento todo esto. No soy mejor que todos esos charlatanes que le hacen la vida imposible.

—Al contrario. No te imaginas lo agradable que es oírte, y no es que dé crédito a las intuiciones, yo me inclino más por lo racional. Pero si ella aún está ahí, con nosotros en alguna parte, necesita que sigamos creyendo en ella. No creo en Dios, Stanislas, pero creo en mi hija.

Vi que Raphaël se acercaba corriendo por la carretera, con la camiseta manchada de sudor. Nos callamos.

—¡Vaya! ¡Stan! ¿Cómo estás? —me preguntó, estrechándome la mano con vigor.

—Muy bien, gracias...

—Perdona que tenga la mano sudada, ¡pero he corrido diez kilómetros!

—¡Vaya atleta! —dijo Léonore soltando un silbido antes de darle un beso en el cuello.

—¿A qué se debe el placer? ¿Te quedas a comer?

—No, se lo agradezco mucho... Mis padres han invitado a toda la tropa. ¡Como no vaya, me desheredan! He pasado un momento para saludarles... A conocer a Salomé.

—¿A que es un encanto?

—Una preciosidad —asentí—. ¡Han hecho un buen trabajo!

Raphaël se apoyó en la balaustrada y tomó la mano de Léonore. Al ver que apagaba la colilla, me dijo:

—¿Me das uno?

Abrí el paquete y dejé que lo cogiera él. Al constatar mi sorpresa, sonrió.

—Sí, he vuelto a las andadas. Alguno de vez en cuando. ¡Con lo que me costó

dejar... esa porquería!

Encendí su cigarrillo y toda la ilusión que él pretendía crear quedó reducida a cenizas. Raphaël Etchart es un hombre alto, robusto, con una planta sólida; sin embargo tuve la sensación de ver a un niño.

—Y a ti, ¿qué tal te van las cosas? Sabemos algo por tus padres, ¡pero siempre es mejor dirigirse al Señor que a sus santos!

—He pasado el examen de Capacitación; el año que viene, cursillos y prácticas... El inicio de la vida activa... ¡El principio del fin!

—Muy bien —dijo soltando una bocanada—.Tienen que estar orgullosos de ti.

—Sí... supongo.

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

—¿Y la tesina? Sade, ¿no?

Tuve un segundo de latencia al imaginar lo que podían pensar. Era tan difícil hablar con aquella gente... Tenía la sensación de que cada palabra pronunciada era una metedura de pata; en realidad aquello era muchísimo peor que dejar a una chica.

—El tema... lo había escogido antes... Quiero decir antes de que...

—Lo he entendido, Stan. No te quemes la sangre, no lo decía por eso. Es un tema perfecto. Algo salvaje, pero da mucho de sí. ¿Desde qué ángulo lo abordas?

—La circularidad. El hecho de que se repitan una y otra vez las mismas escenas, en circuito, dando la sensación de que el horror no acabará nunca. Eso es, el infierno: la repetición de lo mismo.

—Eso es, el infierno. La repetición de lo mismo —repitió él al pie de la letra—, ausente de golpe.

Vi que había llegado el momento de despedirme, sobre todo teniendo en cuenta que los invitados de mi madre no tardarían en llegar. El gato de Madi saltó sobre la barandilla y me dio un susto, como un lince fantasma surgido de la nada.

—¿Cómo has venido? —preguntó Léonore rascando a Larry entre las orejas—.

¿Sigues con tu Piaggio?

—Mi padre me ha prestado su coche. He abandonado el scooter: ¡demasiado peligroso!

Ella me acarició la mejilla, exactamente igual que había hecho Louison la noche en que se fue. Pero en aquella caricia no había condescendencia, tan solo ternura.

—Gracias por pasar —me dijo Raphaël—. Siempre eres bienvenido, supongo que ya lo sabes.

—Muy amable. Felicidades de parte de mis padres.

—Salúdales de nuestra parte —añadió Léonore—. Seguro que me encontraré con tu madre en el mercado, ¡ahora que ya no estoy condenada a permanecer en la habitación!

Le di un beso, un apretón de manos a Raphaël y me fui. Antes de entrar en el Megane, me volví una última vez hacia aquel edificio típicamente vasco, de un blanco resplandeciente, en el que el entramado entrecruzado lanzaba besos rojos a los transeúntes.

La casa de los Etchart se llama Negua. Hacía 30 grados y brillaba el sol, pero al alejarme de allí lo que noté fue exactamente esto:

El invierno.

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

22 de diciembre, 10.14

No me lo puedo creer: ¡pasado mañana es Navidad! Por un lado me siento terriblemente triste y por otro especialmente emocionada. TRISTE, evidentemente. Pienso en mi familia, en las comidas que organizábamos unos en casa de otros (a menudo en la nuestra, pues tenemos una casa fantástica y además chimenea). Papá compraba siempre el abeto más grande que encontrábamos, y aunque aquello no fuera muy «ecológico», decía que era la única ocasión del año en que teníamos derecho a transgredir nuestras convicciones (papá es muy estricto en cuanto al reciclaje y la protección de la naturaleza: debíamos separar los desechos en bolsas de colores diferentes y gruñía cada vez que yo tomaba un baño, ¡pero creo que todo eso es porque se culpabiliza de tener un oficio que destruye tantos árboles!). En mi iPod escucho un disco de Sufjan Stevens que se llama Songs for Christmas, canciones muy serias y muy alegres a la vez. Fue Samuel (el hermano pequeño de papá, a quien le gusta tanto la música que trabaja en un estudio de grabación en París) el que me lo regaló la última Navidad que pasé fuera de aquí. Hay coros, acordes de guitarra y cascabeles que danzan entre los acordes. En mí tiene el efecto de un bálsamo para las penas. Quiero decir: en este ambiente. EMOCIONADA, porque: cuando R. me preguntó qué regalo quería este año, enseguida solté:

—Ropa, pero solo si puedo escogerla yo. Porque ahora sí que, como sabe, ya no puedo más.

Es un poco tonto, ya que aquí no me ve nadie aparte de él, pero aun así... Desde que tengo espejo no soporto verme tan mal vestida. Cada vez que me miro tengo la impresión de que veo una caricatura de mí, una vieja muñeca ajada entre las manos de una niña que no tiene nada de gusto, lo que me hunde la moral hasta el fondo de los mocasines (¡ya ves lo que hay!). Digamos que esta historia de elegir la ropa es un poco complicada: realmente R. no me puede llevar de tiendas. Así que empezó a vacilar, pero yo estaba decidida a conseguir lo que quería y, como dice Papy, cuando se me mete una idea en la cabeza, no se mete en otra parte.

—¿Y los catálogos para qué sirven?

Le di una buena lección y a la mañana siguiente vino con un catálogo de la Redoute. Me pasé todo el día espulgándolo en un estado de histeria total. R. me había fijado un presupuesto de cien euros, que no podía superar. Me quejé, preguntándole si su Compañía no le daba paga de Navidad, pero respondió que era todo lo que nos podíamos permitir.

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Bueno. Menos da una piedra.

Tengo la impresión de que los precios han subido de una forma espectacular en dos años y medio. A eso se le llama «inflación». En cualquier caso, ¡hoy en día no se llega muy lejos con cien euros! Pero lo más importante: he pedido unas Converse. Ahora calzo el 37. Fatal, tengo los pies grandes. En fin. Serán todas negras, porque las de dibujitos eran mucho más caras. También he escogido una camiseta con cuello de pico, gris antracita con una guitarra amarilla dibujada, y unos vaqueros dignos de su nombre, rectos, sin nada y sobre todo SIN BORDADOS. Por fin me normalizaré un poco, ¡y rezo para que el paquete llegue a tiempo!

En el momento de hacer el pedido, R. me pidió que escogiera un seudónimo.

—¿Para qué? ¡Ponga su nombre y su dirección y listos!

—Podría parecer raro, una ropa así enviada a mi casa...

De repente me di cuenta de que nunca me había planteado la cuestión. Me había obsesionado tanto el «dónde» podía encontrar él esa ropa tan sosaina que ni se me había ocurrido pensar en el «cómo».

—Con tanto tiempo —respondí—, ¿no le parece «extraño» a la gente que usted compre ropa de chica? Y lo de mi «menstruo», ¿cómo se lo monta?

—En los hipermercados... ya sabes, ¡mientras pagues! Además, cambio a menudo. No te preocupes por mí, tengo la situación controlada.

Claro. Es tonto pero no tanto. Entonces reflexioné sobre lo del seudónimo mientras preparaba café para los dos, y cuando cayó la última gota negra en la jarra, dije:

—¡Punky Brewster!

Estalló en una carcajada, y ESO, eso NUNCA había ocurrido. Era totalmente increíble; a mí también me dio la risa, una risa salvaje de las que no puedes parar y que te dan el mismo dolor de barriga que una larguísima sesión de tenis. Estábamos allí, en mi cuarto, partiéndonos el pecho sobre el pedido de la Redoute, y las lágrimas de la risa iban emborronando las referencias que había copiado con tanto esmero.

¡Hacía tanto tiempo que no me lo pasaba tan bien que creí morir!

Nos calmamos y R. dijo que el seudónimo le parecía demasiado seudónimo. Así

que escogí «Amélie Foret», en homenaje a mi tía preferida y a mi compañera preferida. Él lo escribió en el pedido y, por supuesto, salió antes de escribir su nombre y dirección en el sobre.

Para Nochebuena, me marqué una misión (con R. siempre me marco misiones, y cada pequeña victoria contra él me parece un paso más hacia mi liberación. Sé que me hago ilusiones, pero jugar a los detectives privados me gusta, es un poco como

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escribir en tu interior). Mi misión, pues: descubrir su verdadero nombre. Estoy convencidísima de que no se llama Raphaël. Me lo contó por lo de papá, pues lo planificó todo desde el principio y sabe un montón de cosas sobre mí. Debió de pensar que así me caería más simpático o algo así, pero yo REALMENTE necesito saber cómo se llama.

23 de diciembre, 15.11

Ya que estamos en Navidad, voy a contarte un cuento de Navidad. Es la «Historia de la chica que sentía las estrellas».

Es un cuento inspirado libremente en un hecho real que tuvo lugar hace exactamente un año y un día.

Érase una vez una princesa de doce años y nueve meses. Era muy moderna para ser princesa: llevaba botas camperas, un vestido de noche de tafetán violeta (corto) y el pelo, rojizo, peinado en forma de corona encima de la cabeza. La princesa vivía una gran desgracia, pues desde hacía un año y medio era prisionera de un dragón de escamas en flor que escupía mentiras como otros escupen llamas. Atrapada en un torreón sin puerta ni ventana, la muchacha soñaba con sir Stanley, su príncipe encantador que, como ella esperaba, iba a liberarla tarde o temprano con su diestro caballo azul eléctrico.

Mientras tanto intentaba negociar con el dragón, que tenía un rostro increíblemente simétrico para ser un dragón. El monstruo no era muy feroz, pero tenía un antojo: que la princesa se enamorara de él (lo que, EVIDENTEMENTE, era imposible del todo, ya que ella quería a sir Stanley y le querría hasta el fin de sus días. Además, el dragón era muy viejo, como mínimo tenía dos mil años, y en la parte superior de la cabeza perdía escamas. Sir Stanley, en cambio, tenía un precioso pelo moreno que llevaba siempre a su aire, la tez pálida y delicada como la porcelana y una nariz larga, aguileña, que le daba aspecto de ave rapaz de gran majestad). La princesa se aburría mortalmente entre los muros de piedra y suspiraba por su familia y por su enamorado. Suspiraba también por ver el sol, por el aire puro, el color de la hierba, la suavidad del viento, pues nunca veía el exterior, ya que el dragón temía que intentara escapar. De todas formas, el castillo estaba rodeado por un terrible foso en el que nadaban unos cocodrilos imitantes cargados de explosivos, de modo que la

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princesa no podía tomar las de Villadiego. Digamos que el dragón estaba un poco paranoico.

Sir Stanley remoloneaba y la princesa estaba hasta el gorro de consumirse en la humedad del torreón. Y así pasó unos meses haciéndose la santita. A fuerza de portarse bien, se ganó la confianza del carcelero y consiguió permiso para pasearse por el castillo, eso sí, siempre con las puertas cerradas y las troneras atrancadas. El día en que cumplió doce años, el dragón le regaló un libro mágico con un montón de palabras fabulosas y un cuaderno en el que la muchacha podía explayarse; pero, con esto y todo, seguía languideciendo.

Llegó la Navidad. El año anterior, el dragón había hecho como si el nacimiento de Jesús no existiera, y la princesa, aislada del mundo, apenas se enteró de la festividad. Pero en esta ocasión parecía que el dragón había decidido celebrarlo y le preguntó

qué le gustaría que le regalara.

—Salir —respondió ella—. Fuera.

Era lo que contestaba cada vez.

Pero contra todo pronóstico, el dragón aceptó, tal vez porque la princesa ya tenía un tono tan grisáceo que se le podía confundir con el muro del fondo. Prometió no gritar y mantenerse tranquila, y por la noche el dragón tomó la mano de la muchacha con su pata ganchuda para sacarla del torreón. Las troneras estaban sin atrancar y la princesa vio por primera vez una parte de lo que quedaba detrás de ellas. El dragón abrió una sólida puerta, bajó el puente levadizo y la princesa, totalmente histérica (aunque sin hacer ruido), por fin pudo sacar la nariz fuera. Era la parte trasera del castillo. Allí había un jardín, como le había contado el dragón, aunque ella no le había creído. El jardín no era ni grande ni bonito: era más bien una especie de patio con un poco de hierba y unos grandes álamos como barricadas para disimular una reja que parecía muy tupida. El monstruo le había hablado de una encina centenaria que albergaba una cabaña para hacer cosquillas al cielo, aunque evidentemente aquello era una trola descomunal. Pero el descubrimiento de otra mentira resultó tan sorprendente que a la princesa le importó

un pepino lo de que el árbol no existiera: el dragón siempre le había contado que el castillo estaba situado en un terreno remoto y desértico, lejos de cualquier civilización, cualquier pueblo y cualquier ser humano que hubiera podido rescatarla.

«¡Y un jamón!», pensó la princesa.

Se veían farolas, se oían calesas que pasaban por la calle y, al levantar la vista, vio tejados. El castillo estaba en medio de una aldea y, con cocodrilos imitantes o sin ellos, tenía VECINOS. La princesa se dio cuenta de que no estaba sola y estuvo a punto de desmayarse. Se recuperó, claro, no se cayó ni dijo esta boca es mía, pues el

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dragón ya parecía bastante molesto. Aquella noche de Navidad la muchacha comprendió por qué había tardado tanto en dejarla salir; de todas formas, de no haberlo hecho, la princesa habría muerto de tristeza, y él la quería demasiado para permitir que ocurriera algo así.

Con las piernas agarrotadas, se tumbó en la hierba y observó el cielo. Era un día superfrío, pero ella ardía por dentro. El cielo estaba muy claro, increíblemente majestuoso, con collares de diamantes colgados en la negrura, y el viento polar le picoteaba el rostro como una nube de erizos de mar. Se sentía tan feliz que le entraron ganas de llorar, pero no lloró: había demasiado oxígeno y las lágrimas no salían. El dragón se tumbó, torpe e inquieto, con su enorme esqueleto estremeciéndose junto a ella.

—¿Dónde está Catherine? —preguntó la princesa.

Catherine era un bebé dragón monísimo, el culpable de que hubiera subido a la calesa negra y se encontrara enclaustrada en el torreón, pero aquella era harina de otro costal. El dragón frunció las cejas con tanta vehemencia que le cayó un puñado de escamas de la frente.

—Se marchó —respondió el dragón con su potente voz—. La he buscado por todas partes pero no la he encontrado.

«¡Y un jamón bis!», pensó la princesa, pero por supuesto no lo dijo en voz alta. Supuso que había pedido prestada a Catherine a alguien tan solo para enternecerla, o bien que se trataba de un bebé dragón errante del que se había deshecho enseguida. Un bebé dragón tiene que comer, salir, uno tiene que ocuparse de él, y ya tenía suficiente trabajo con la princesa. Soltó un suspiro y de pronto sintió mucho frío. En su casa, en la época en la que jugaba a la pelota con sir Stanley junto al mar, la princesa también tenía un dragón pequeño. Pensó que ya sería muy mayor. Que quizá incluso sabía escupir fuego.

En fin...

Al cabo de un momento, consintió en volver al castillo porque estaba helada hasta el fondo del fondo de los huesos. Preguntó a la bestia si algún día podría ver de nuevo el sol y el color del cielo.

Una vez más, con su potente voz de dragón, él respondió:

—Tengo que pensarlo.

24 de diciembre, 18.12

Al traerme la comida al mediodía, R. precisó:

—Esta noche te recojo a las ocho.

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

Lo de la cita estilo galán ya me lo había hecho el día que cumplía trece años. Quería un cuaderno nuevo, ya que él había inmolado el Cuaderno Burbuja, pero se negó («Si es para seguir hablando mal de mí y contar marranadas, no vale la pena»). Resultado: le puse morros. Había comprado una comida deliciosa, paté de pato, brioches, fresas y un borracho con nata; pero, por más que me apeteciera, no toqué

nada. Tampoco quise soplar las velas, y él se puso nervioso. En lugar de un cuaderno, me plantó un jersey cuello cisne deprimente, y también un sostén porque se había fijado en que desde hacía un tiempo lo necesitaba. Cuando me lo dio se puso rojo como una amapola, lo que resultaba tronchante, pero claro, me guardé la risa dentro y no solté prenda en toda la velada. (Resulta que cuando unos días después tuve la regla por primera vez, se me ocurrió que había puesto veneno en la comida para vengarse y que estaba a punto de tener una hemorragia interna catastrófica, sobre todo porque me retorcía de dolor como un gusano sanguinolento. En fin. De todas formas dos meses más tarde te tuve a ti. ¡Y hala! Otra victoria sacada del sombrero.)

De modo que es Navidad y R. vuelve con sus historias de galán. Pero resulta que estoy de buen humor.

De entrada, ayer, después de haberte dejado, me permitió salir al jardín. Hacía un día espléndido: el cielo estaba perfectamente azul de punta a punta, el sol era redondo y rojo... un espléndido día de esquí. el sol en una hamaca, con los ojos cerrados, imaginando ante mí las pistas de Peyregudes, la estación de los Pirineos donde papá me enseñó a practicar snow-board. Visualizaba la nieve, la cresta de las montañas, la gente con sus atavíos hidrófugos, los pequeños chalés de madera como miniaturas y los puestos de crepés. Con un pelín de esfuerzo, con solo la fuerza de la imaginación, ¡incluso olí la Nutella! Evidentemente sabía que R. estaba detrás de mí, como siempre dispuesto a saltar al menor movimiento, pero con todo fue una auténtica pasada. El trasteaba por allí con un rastrillo, ni siquiera le pregunté qué

hacía, me importaba un bledo. Hacía siglos que no había tomado el aire en un día tan precioso y quería aprovecharlo al máximo. A eso se le llama: zanganear. Alguna vez, R. y yo arreglamos el jardín juntos o limpiamos el Volvo negro con la manguera, cosas de este tipo. Este verano me ha dejado salir un poco más de lo habitual, probablemente para que recupere fuerzas. Al principio le pregunté por qué no saltábamos sobre sus minas antipersonal y brincábamos tranquilos como un par de ardillas; me explicó que la reja de alrededor del jardín estaba electrificada, pero que las trampas mortales se encontraban junto a la casa, es decir, en la calle. Sin embargo, yo nunca he podido ir hasta allí. Ahora que sé que alguien puede oírme, a veces pienso en pedir socorro, o incluso en arriesgarme a atravesar la reja, porque me pregunto si no me está vendiendo la moto con su supuesta parafernalia militar. Pero siempre tiene el fusil en la mano: dice que si no me alcanza con las balas, irá a matar

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Delphine Bertholon

Nunca olvides que te quiero

a mis padres, a Amélie, a Stanislas y a toda la gente a la que quiero en el mundo. Sé

que a mí no me hará nada. Pero a los demás... Cuando le imagino a punto de disparar contra el cuerpo de mamá o la cara de Stanislas, me dan ganas de potar. Me recuerda las noticias que veíamos por cable cuando Papy estaba en algún país en guerra, como Chechenia o Costa de Marfil. Normalmente, no me dejaban verlas, pero cuando viajaba a algún lugar especialmente peligroso, en casa veías continuamente las emisiones de la LCI, y entonces no era tan fácil vivir con los ojos cerrados. En fin.

De modo que he recuperado el color, tengo buen aspecto y esta mañana en el espejo me he visto guapa, lo que no suele pasar, aunque R. no pare de dirigirme cumplidos. Y a la hora del desayuno me ha dicho que el cartero acababa de traer mi paquete de Navidad. ¡Qué contenta estoy! ¡Imagínate! Espero no haberme equivocado de talla, porque no confío mucho en R. en lo de tomar medidas... tenías que haberle visto con la cinta métrica de modista: como gallina en corral ajeno. En fin, todo un detalle por su parte lo del pedido en la Redoute, pues soy consciente de que a pesar de las precauciones corría un riesgo. Ya sé que el mundo no se pasa el día buscándome, pero con su paranoia también podía haber dicho NIET. De modo que decidí ser complaciente y que estuviera contento. Me puse el vestido que le gusta, el de las floréenlas negras y los botones nacarados. Vamos a ver, no es que sea el peor: con las botas de india con flecos habría quedado súper (lástima que las botas de india con flecos son del 35). En cambio con los mocasines es un espanto, pero QUÉ

IMPORTA: ¡dentro de dos horas me pondré las Converse!

¡ME LLAMO MADISON ETCHART Y VOY A RECUPERAR LA FORMA DE



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