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– He estado pensando… -Ya lo había hecho. Ya había dicho las primeras palabras. Ahora sólo tenía que continuar. Jon la miró sin dejar de apretar sobre su molde leno. Le resultó agradable escuchar su voz después de los días que ela levaba sin dirigirle la palabra, aunque fuera él quien se había ganado su silencio.

– Está claro que tú y yo tenemos un problema -continuó Beatriz-. Y deberíamos tratar de solucionarlo.

– No entiendo a qué te refieres -mintió Jon.

– Sí que lo sabes. Al principio no entendía por qué eras tan áspero conmigo. Después deduje que uno de tus motivos podría ser Ignacio -confesó, cerrando el molde y apretando con los dedos sobre la tapa.

Ignacio, y las malditas tierras de las que no quieres deshacerte, pensó Jon, que rogó en silencio que aquelo no fuera el inicio de otra discusión.

– Beatriz -dijo, impaciente y a modo de advertencia-. No creo que éste sea un buen momento para…

– No -interrumpió ela-. No lo es. Por eso quería proponerte algo.

Jon detuvo lo que estaba haciendo y la miró, esperando que se explicara.

– Tú sostienes que Ignacio fue una gran persona. Tal vez yo podría pensar lo mismo si compartieras conmigo algunas cosas. -Jon esperaba la propuesta con recelo-. Me gustaría invitarte a cenar esta noche en mi casa para poder hablar con tranquilidad.

– No creo que esto sea una buena idea. -No podía olvidar su sensata intención de alejarse de ela para evitar la confusión que a veces le causaba.

– Me dijiste que no sabía nada sobre él -insistió Beatriz.

Jon se alejó para colocar en la prensa una hilera de moldes lenos y cerrados. No importaba lo que ela dijera; aquelo no era una buena idea. El no podía decidir que la evitaría y al día siguiente aceptar su invitación a cenar.

Giró la palanca de la prensa y volvió al lado de Beatriz. Ela esperaba una respuesta, pero él cogió un nuevo molde y extendió el trapo mientras valoraba su proposición. Aquelo podía ser un homenaje a Ignacio. Si conseguía que su nieta le conociera y legara a quererlo, sería el mejor regalo que pudiera hacer al viejo, aun después de muerto.

– De acuerdo -dijo, y al aceptar se le aceleró el corazón-. Esta noche hablaremos de Ignacio.

¿Cómo se vestía, una mujer de ciudad, para una cena en una borda de pastores, con un hombre atractivo pero intratable que no perdía ocasión para hostigarla?, se preguntó Beatriz durante horas. ¿Cómo lo hacía para no parecerle una esnob pretenciosa, y conseguir con ese encuentro un poco de paz?

Cuando se vio con la falda negra de hilo, la camiseta negra de tirantes y la blusa blanca, transparente, Beatriz ya había probado con todo su vestuario. No tenía un espejo de cuerpo entero donde mirarse, pero al ponerse sus zapatos blancos, estilo bailarina, le pareció que estaba elegante a la vez que sencila. Algo parecido le había ocurrido, durante toda la tarde, con la cena. No quería servir nada precocinado, con lo que sus opciones se vieron reducidas a los alimentos fríos. Rasgó sobres, abrió botes y manejó el cuchilo para servir jamón serrano, espárragos de Navarra, taquitos de queso y una primorosa ensalada mixta. Jon legó recién duchado, con el cabelo aún húmedo y oliendo a jabón. Se había puesto unos vaqueros gastados, una camisa blanca y su parca azul marino que se quitó nada más entrar. Llegaba nervioso porque aquel encuentro implicaba un peligro que sólo él presentía, pero aun así consiguió ofrecer una amigable y relajada sonrisa.

– Si no va con la cena, puedes guardarla para otra ocasión -dijo, tendiéndole una botela de vino tinto de Navarra. Beatriz la cogió sin saber qué decir. Realmente, ¿qué vino iba con lo que ela había preparado? Mientras caminaba hacia la cocina, seguida por Jon, pensó que tal vez debería haberle aclarado, aquela misma mañana, a qué tipo de cena le invitaba.

Una hora después, la botela medio vacía descansaba en el centro de la mesa y elos dos habían picado de todos los platos sin haber sacado el tema de Ignacio. Jon se impacientaba. Viendo que ela no arrancaría nunca, se decidió a hacerlo él. Cogió otro taco de queso y observó que era un cuadrado perfecto, como si Beatriz hubiera usado una regla para medir y hacer los cortes.

– ¿Qué quieres saber sobre tu abuelo? -preguntó, levándoselo a la boca.

Ela inspiró con fuerza, lenándose los pulmones y preparándose para escuchar las pretendidas bondades del viejo.

– Me gustaría saber qué tenía para que aún hoy le guardes tanta fidelidad. -No entendía el cariño sin fisuras de un hombre como Jon hacia un ser ruin como Ignacio-. ¿Cómo legaste a quererlo tanto?

– Imagino que ya sabes que mi hermano y yo nos criamos aquí -comentó él, en una clara referencia a la visita que le habían hecho sus «traidores» padres-. Los primeros recuerdos que tengo de tu abuelo son los de un hombre arisco, amargado. No quería tener críos al lado y yo siempre estaba curioseando alrededor de él y del ganado. -Bajó la mirada hasta su vaso de vino y lo acarició con sus dedos-. Solía echarme con un «maldito niño, vete con tu madre». Pero yo volvía una y otra vez. Beatriz confirmó su creencia de que Ignacio era un hombre sin corazón, pero caló y siguió escuchando.

– Yo era muy insistente. Aún lo soy-confesó sonriendo-. Al final no tuvo más remedio que aceptar mi compañía. Por entonces no disponía del ordeño automático. Conseguí que me dejara ordeñar alguna oveja de vez en cuando, echarles de comer, limpiar el establo. -Alzó su mirada brilante hacia Beatriz-. Para cuando me fui a estudiar a Pamplona ya trabajaba mano a mano con él y con mi padre, y ya le quería como si fuera mi propio abuelo.

– ¿Y te pagaba por tu trabajo? -preguntó sin ninguna malicia.

Jon cogió el vaso y bebió despacio. La pregunta le había molestado. Quiso creer que la estaba prejuzgando, que no levaba ninguna segunda intención.

– Yo estaba dispuesto a pagar porque me dejaran hacerlo, pero sí -afirmó con satisfacción-, me pagaba, y eso me vino muy bien para mis años de estudio en Pamplona. -Y sin poder evitar la pregunta que levaba clavada en el alma, le dijo-: Respóndeme ahora tú: ¿Por qué no viniste?

– No te entiendo -dijo Beatriz, confusa.

– El viejo no merecía morir solo -afirmó él, mirándola a los ojos, y según hablaba sentía que los recuerdos le iban envenenando la sangre-. Si vas a preguntarme si él me pidió que te lamara, la respuesta es no. El nunca pedía, al menos no con palabras. Pero necesitaba verte antes de morir. Por eso hablé con Luciano Bessola para que me diera tu teléfono; hacía meses que te había localizado a petición de tu abuelo. -Agitó la cabeza sin dejar de mirarla-. Su nieta. Su única nieta y no fuiste capaz de venir ni siquiera a su entierro.

«Era él», pensó Beatriz. El hombre que la lamó para comunicarle que a su abuelo le quedaban días de vida, era él. Recordó que le había impresionado su voz dolorida y cortante, pero no le importó la noticia que le daba.

– El no pertenecía a la familia. En su día así lo decidió la abuela y yo la respeté. -Tragó al ver la frialdad en los ojos de Jon-. La verdad es que no me costó

hacerlo, porque Ignacio era un desconocido para mí.

– ¿Por qué me mentiste? -insistió, dispuesto a no darle tregua-. Dijiste que vendrías, pero sólo lo hiciste para que yo dejara de importunarte, ¿verdad?

– También tú eras un desconocido -se disculpó ela, pidiéndole con la mirada que la comprendiera-. No habría sido lógico que te explicara mis problemas familiares. No fue mentir ni tampoco miedo a que insistieras. En aquel momento me pareció la mejor respuesta.

– Era un buen hombre -reiteró Jon, incapaz de ver la silenciosa súplica de Beatriz-. Tenía mucho cariño para dar y sólo necesitaba que alguien le abriera su corazón. Le ocurrió también con los chicos de Doina. En cuanto le mostraron cariño se volcó con elos para darles todo cuanto necesitaban.

– Le resultaba sencilo dar cosas materiales. Le sobraba el dinero -afirmó Beatriz con suavidad. No quería provocar discusiones. No podía olvidar que la finalidad de aquela cena era limar asperezas.

– Les compraba cosas materiales, es cierto -respondió él-. Les regaló hasta esas motos de trial con las que disfrutan como locos. Pero sobre todo les dio mucho cariño. Más del que puedas imaginar.

«Por supuesto que no lo podía imaginar», pensó ela. No entendía que un hombre que no había sido capaz de dar amor a su esposa y a su hijo, lo hubiera tenido para repartir con los hijos de los demás.

– ¿Los quería a elos tanto como te quiso a ti? preguntó, convencida de que en el fondo los había utilizado a todos para no vivir en soledad-. ¿De verdad quiso a alguien alguna vez?

Jon se frotó la nuca, cansado. No le gustaban las insinuaciones de Beatriz; le hacían sentirse enfermo. Ela tenía la facultad de lanzarle al abismo de sus dudas y hacerle perder el control.

– ¿Por qué te empeñas en medir el cariño? Eso se leva dentro -dijo, golpeándose el pecho con la palma abierta-. No se ve, pero se siente. Y no se puede medir, igual que no se puede medir el odio.

– Sólo trataba de saber cuánta sinceridad ponía él en sus afectos -se defendió Beatriz-. Y es que sigo sin entender por qué, si tanto te quería, no te incluyó en el testamento.

La palabra «testamento» le lenaba, a Jon, el cuerpo de demonios y el alma de desconfianzas. No pensaba enfadarse, ni gritar, ni salir dando un portazo. Inspiró

despacio para contenerse y cogió uno de los trozos de queso.

– El queso no se corta en tacos -dijo con una intencionada prepotencia y mostrándoselo entre los dedos.

– ¿Qué?… -musitó la confundida Beatriz.

– Que el queso no se corta en tacos -repitió, y se acomodó contra el respaldo para explicarle con paciencia-: Se separa una cuña, se quitan las cortezas laterales y se va dividiendo en triángulos finos. -Arrojó el trozo sobre los que aún quedaban amontonados-. Después se ponen en un plato, bien ordenados, con las puntas hacia dentro.

– Muchas gracias por la clase teórica -dijo, apretando los labios y aleteando la nariz para controlar su rabia-. Pero no creo que eso tenga tanta importancia como para…

– La tiene, porque has jodido el queso -respondió con calma-. El corte le cambia el sabor. Cuando me invitaste a cenar-dijo sonriendo con malicia mientras veía crecer la furia de Beatriz-, creí que cocinarías, pero entiendo que eso es mucho pedir para alguien como tú. Pero, no te preocupes. Mientras existan los abrelatas estarás salvada.

– ¿A qué viene todo esto? -gritó, apretando los puños sobre la mesa.

– ¿No querías sinceridad? Te la estoy dando.

Era arrogantemente cínico, pensó Beatriz. Del mismo modo que a veces le agradaba su compañía, ahora contenía las ganas de estamparle en la cara el plato del dichoso queso.

– Eres un prepotente, un imbécil, un maleducado, un… un… -Sentía tanta rabia que no podía pensar en ningún insulto que estuviera a la altura de lo que Jon acababa de hacerle.

– Bien -dijo él, levantándose con tranquilidad de la mesa-. Me voy. Tal vez legue a tiempo de cenar en casa. Me cuesta mucho conciliar el sueño con el estómago vacío.

– ¡No te vas con el estómago vacío! -afirmó, deseando que todo cuanto había comido se le agriara dentro hasta envenenarle.

– ¿De veras lo crees? -preguntó con guasa-. Has estado invitada en la casa de Doina. Ya deberías saber lo que es una cena. -Sonrió al coger su parca de una de las silas para darle después la espalda.

– ¡Te odio! -profirió Beatriz cuando él alcanzaba la puerta.

– Me parece bien. Pero te aconsejo que no trates de medirlo. -Le dedicó una última e irritante sonrisa-. Ya te he dicho que eso es imposible. En cuanto salió de la borda, la calmada apariencia de Jon se disolvió para dar paso al hombre enfurecido. Necesitaba gritar, y lo hizo cuando montado en su coche se alejó lo suficiente como para no ser oído. Rugió con fuerza, golpeando el volante con los puños. Desahogaba la furia que había contenido ante Beatriz, pero también la que ahora sentía contra sí mismo. Y es que se había comportado como un vulgar cabrón menospreciándola y humilándola sin mostrar ninguna piedad. Se había ensañado por una nimiedad, y ni siquiera había sentido placer al hacerlo.

CAPÍTULO 07

Durante aquela noche hubo momentos en los que Beatriz estuvo tentada de preparar su maleta y salir de alí para no regresar nunca más. No veía dónde estaba la compensación al agobio de trabajar, codo con codo, con un hombre que no la soportaba y que le mostraba su rechazo en cuanto tenía ocasión. Pero tampoco le emocionaba la idea de regresar a Madrid y ver a Diego.

Al final, y cuando las primeras luces del nuevo día se colaban a través de la cortina de algodón, el tenaz orgulo de los Ochoa de Olza había tomado varias decisiones.

Se juró que no volvería a Madrid hasta no tener su moral y su estima preparadas para enfrentarse a lo que había dejado atrás. No se iría de Roncal, precisamente, porque Jon no la quería alí y ése le parecía un buen motivo para quedarse. Y, además, aprendería a cocinar porque aquel maldito hombre le había hurgado en su quebradizo amor propio.

Reconfortada por la idea de que tenía por vecina a una buena cocinera, esa mañana legó a la quesería vestida y perfumada de orgulo, y con la firme intención de no mirar ni hablar a su compañero de trabajo.

A Jon, la noche le había suavizado el sentimiento de culpabilidad. Ya no se recriminaba con tanta dureza por su actitud con Beatriz, y cuando se encontró con un escudo de altanería que hacía que fuera imposible acercarse a ela, casi se alegró de todo cuanto le había dicho la noche anterior. La primera hora la ignoró. Después, sus ojos fueron buscándole sus manos, suaves y pálidas, que se movían sobre la esponjosa masa blanca; y los dedos, largos y delgados, con la intensa huela de un anilo ausente en el dedo corazón de la mano izquierda. Pensó que eran unos movimientos delicados y sensuales. Observando sus dedos, los imaginó desatando botones, deslizando cremaleras, deshaciendo obstáculos para alcanzar y moverse sobre una piel de hombre: su propia piel de hombre.

Sacudió la cabeza preguntándose cómo podía ser tan estúpido de caer una y otra vez en el mismo error. Quería evitar que ela le confundiera, pero él, de modo inconsciente, buscaba esa sensación. Era la atracción irracional que convive con las cosas prohibidas, con las que no debes hacer, con las que no debes mirar…

Según avanzaba la mañana, sus buenos propósitos se despedazaban contra ese imán y él se volvía más audaz. La miraba al rostro, al gesto infantil de mordisquearse el labio inferior, a cuando los separaba porque necesitaba emitir un suspiro. Y Jon comprobó que aquela mujer, hermosa y altiva, no necesitaba hacer nada especial para templarle los instintos más primarios.

Se preguntó desde cuándo le interesaban las mujeres orgulosas que se vestían como modelos de revista. Se respondió que era la primera vez que alguien, a quien consideraba superficial y a ratos ni siquiera soportaba, le atraía tanto.

Viendo que Beatriz ponía la tapa al último molde, dio por sentado que saldría sin despedirse mientras él colocaba en la prensa la tanda con la que concluían la jornada.

Pero se equivocó.

– ¿Por qué me miras? -preguntó ela, a la vez que se quitaba el delantal.

Jon sonrió, agitando la cabeza y terminando de ajustar la prensa. Ela tenía ganas de bronca y él descubría que esa actitud desafiante le gustaba.

– Creo que te equivocas. Yo no te he mirado -dijo según pasaba a su lado y salía sin detenerse.

Para Beatriz fue como un nuevo desprecio y salió tras él, hecha una furia.

– Llevas haciéndolo toda la mañana -insistió, cambiándose de calzado sin preocuparse de anudarse las zapatilas. Sentado en el banco de listones de acero, Jon ataba los cordones de sus botas con deliberada lentitud. Desde hacía un tiempo le costaba comprender las reacciones que le invadían ante esa mujer. Ahora le confundía el estimulante hormigueo que le recorría el cuerpo, haciéndose más intenso a medida que aumentaba el cabreo de Beatriz.

– ¡No quiero que me mires! -siguió gritando al tiempo que se acercaba al lavabo para jabonarse las manos-. Eres el hombre más maleducado que conozco. Ayer te invité a cenar y fuiste lo más grosero y estúpido que he visto jamás.

– Eso no era una cena -dijo Jon, y ela le respondió con una risa mordaz.

Terminó de anudar su calzado y se puso en pie, acercándose también hacia el lavabo. Se detuvo junto a la espalda de Beatriz y se inclinó con cuidado para inspirar el suave y dulce olor a moras de su cuelo.

– Hace unos meses te dije que eras una inútil -continuó diciendo Jon, observando cómo un bucle escurrido de su coleta le acariciaba la nuca-. Y salvo alguna pequeñísima excepción, sigo pensando lo mismo.

Beatriz sintió que se le acercaba demasiado y alzó la cabeza para afrontarlo con dureza en el espejo. Él se incorporó, despacio, manteniéndole la mirada con un gesto divertido, como si hubiera deseado ser sorprendido con la nariz pegada a su cuelo.

La ira inflamó el verde de los ojos de Beatriz.

– Eso no es cierto -respondió, apretando los dientes, y se volvió con la toala en las manos-. Soy tan buena como tú haciendo quesos. Tal vez hasta mejor -le desafió-. Sé mantener la temperatura, preparar el cuajo… Podría hacerlo sin ninguna ayuda. Y gracias a tu apabulante amabilidad, ahora también sé cortarlo como Dios manda -agradeció, sarcástica.

Jon se quedó mirándola con una sonrisa cínica. Tenía que admitir que ela tenía agalas, tanto para trabajar como para enfrentársele. Pero sólo le reconocía ese valor ante sí mismo, siempre y cuando no estuviera furioso con ela.

Observó cómo le irrumpía el color en la pálida piel de sus mejilas y cómo la impotencia le bulía tras el ópalo de sus ojos verdes. Se la veía hermosa cuando la devoraba la rabia.

– No te soporto -volvió a gritar, impotente ante el silencio de Jon-. Odio tenerte cerca y odio que me mires de ese modo en el que lo estás haciendo ahora. Sin ninguna prudencia, él le colocó los dedos en la cintura y la apartó del lavabo. En el espejo pudo ver cómo se amorataba de furia, y legó a creer que su rostro acabaría estalando de indignación.

– Tienes la solución a tu terrible problema -afirmó, poniendo las manos bajo el chorro de agua fría-. Lárgate a Madrid o a tu casa del pueblo y no me verás nunca más.

Beatriz, sujetando la toala, observó la tranquilidad con la que Jon jugueteaba con el agua. Le enfurecía su calma. Le parecía que actuaba como si supiera que iba a salir victorioso, como en casi todas las discusiones que habían mantenido.

– No sueñes que te vaya a regalar ese placer -le respondió, clavando las uñas sobre la felpa blanca y jurándose que él la soportaría hasta que a ela se le antojara. Pero Jon siguió mostrando una fastidiosa tranquilidad. Ela buscaba provocarle, pensó. Quería desahogar su frustración con una rabieta de niña malcriada. Pues bien; él le concedería la satisfacción de una buena contienda.

– No te gusta la borda pero vives en ela -explicó, con una guasa hiriente-. No te gusto pero te afanas cada día a mi lado. Hay algo que no encaja -la miró, sonriendo con misterio-, ¿no crees?

Beatriz controló su irritación inhalando con lentitud por la nariz. No pensaba hablarle de los motivos que tenía para esforzarse en trabajar cuando no tenía por qué

hacerlo, entre otras razones porque tampoco ela los conocía.

– Me parece que voy comprendiendo -continuó diciendo Jon, que entrecerró los ojos fingiendo pensar-. Por eso estás enfadada conmigo; porque me está

costando captar tu juego.

– ¿De qué estás hablando? -preguntó ela, cada vez más rabiosa.

– Del juego al que no he sabido seguirte. -Su sonrisa se volvió maliciosa-. Te pido disculpas. No supe entender que haces el sacrificio de vivir en una borda que odias y te has implicado en trabajar todas las mañanas para estar cerca de mí. -Beatriz abrió la boca para protestar, pero Jon continuó-: Te aburres. Esto no se puede comparar con Madrid y te aburres. -Cerró el grifo y la miró a los ojos-. Te aburres y quieres que yo te entretenga.

– Estás loco -soltó Beatriz, cruzando los brazos para ocultar bajo la felpa sus puños crispados-. Yo no quiero nada de ti.

– ¿Entra en tu plan esto de hacerte la dura? -preguntó, sacudiéndose el agua de las manos por no pedirle la toala-. Eso me gusta. Promete ser un juego entretenido.

Quería humilarla. Necesitaba hacerlo, ya que, por algún motivo absurdo, sentía que estaba dejando de odiarla. Para eso podía haber elegido cualquier opción; cualquier cosa menos ésa. Pero estaba haciendo lo que en el fondo, y de modo inconsciente, deseaba.

La miró, comenzando por las piernas, y ascendió despacio, con descaro. Se detuvo en sus labios y alargó el brazo para rozárselos con los dedos húmedos.

– No te necesito para eso -gritó ela, apartándolo con un manotazo.

Jon lo tomó como una provocación. La sujetó por las muñecas y la arrastró con él hasta encajarla entre su cuerpo y la pared. La toala cayó a sus pies.

– Está claro el papel que has elegido para mí-dijo, acercándole el rostro hasta que pudo respirar de su aliento-: yo debo entretenerte, divertirte, folarte… y no es necesario que lo haga en ese orden -susurró, bajito-, ¿verdad?

Disfrutó al ver crecer la ira en los ojos de Beatriz, al sentir la fuerza con la que trataba de liberar sus muñecas agitando el cuerpo bajo el suyo. Estaba listo para mofarse una vez más, pero perdió el rumbo y la lucidez cuando la vio abrir la boca para insultarle.

Se lanzó a devorarla como si la hubiera deseado durante siglos. Pero se recreó en la inesperada sedosidad y su lengua no fue lo bastante rápida. Encontró la barrera infranqueable de los labios que Beatriz comprimía con todas sus fuerzas. Él no se rindió. Saboreó y lamió aquela tensa línea recta mientras descubría las formas redondeadas que se agitaban y luchaban contra su pecho. Cuando ela consiguió apartarle el rostro, Jon apoyó la boca en su mejila, jadeante. El forcejeo y la suavidad de esos labios que se le negaban lo habían excitado.

– Quítame las manos de encima -ordenó Beatriz, sin girarse-. Quítame tu cuerpo de encima -añadió cuando intentó moverse y se sintió presa entre la pared y los músculos tensos de Jon.

Él le soltó las muñecas y comenzó a separase, pero entonces, ela volteó la cabeza y le miró de frente, limpiándose la boca con un gesto rabioso del dorso de la mano. En sus ojos brilaba un intenso desafío. Sus labios volvían a trazar una fina línea recta que retaba a ser traspasada. Jon sintió que la sangre le hervía hasta convertirse en vapor oscuro. La poca lucidez que le quedaba se diluyó en rabia, y sólo una idea ocupó su pensamiento; no la dejaría marchar sin haber probado antes a qué sabía su maldito orgulo.

Volvió a apretarse contra su cuerpo y a buscarle la boca con la que ela acababa de despreciarle. Beatriz intentó apartar el rostro, pero esta vez él la inmovilizó, sujetándoselo entre las manos. Su lengua se movió enloquecida buscando un hueco. Toda la cólera y la fuerza de Beatriz no bastaron para contenerla. Penetró con fuerza, invadiendo, arrasando, apoderándose de su sabor a dignidad, empapándose de su humedad caliente como si toda ela le perteneciera. Beatriz peleó, agitando su cuerpo y empujándole por los hombros, pero él era una roca inamovible.

De pronto la lengua dejó de violentarla.

Se deslizó acariciándole el interior con suavidad y salió con docilidad para lamerle los labios. Beatriz se sintió confundida y, antes de que pudiera forcejear de nuevo, él se apartó unos centímetros para mirarla. Sus ojos negros ardían como tizones avivados por el viento caliente del infierno, y respiraba tan agitado como lo hacía ela misma.

– Si vuelves a besarme, te mato -le desafió Beatriz con simulada y tensa calma. Jon sólo podía mirarla, aturdido. No entendía qué le había incitado a besarla, pero se moría de deseo por volver a hacerlo-. Hablo en serio. -Alzó la barbila y apretó los dientes-. No te atrevas a tocarme de nuevo.

– Si tanto te desagrado, ¿qué demonios haces aquí? -preguntó con el sonido ronco y lento que surgía de una respiración agitada.

– Si alguien tiene que dar explicaciones, eres tú. -Su boca trazó una sonrisa de triunfo-. ¿O has olvidado que trabajas para mí?

– Te equivocas -dijo Jon, con voz insegura-. Yo trabajo para Ignacio.

– Ignacio está muerto. Todo lo que era de él me pertenece. Puede que hasta tú me pertenezcas -concluyó con intención de humilarlo. Y lo consiguió.

Sus palabras se clavaron en el centro del amor propio de Jon, que se preguntó qué hacía aún alí. Tras la muerte del viejo no había cambiado su rutina. Continuó

haciendo los mismos trabajos, incluso se había implicado en alguno más con el fin de no tener horas vacías. No había dado la importancia adecuada al hecho de que ela era la nueva dueña: ela la que daba las órdenes y él quien obedecía.

– Tienes razón -reconoció con orgulo-, y te agradezco que me lo hayas recordado.

Miró a su alrededor. A la puerta de la quesería, hacia las cámaras, los delantales colgados de las perchas, las botas de goma bajo el banco. Todo lo que había formado parte de su vida durante muchos años. Después miró a Beatriz con ojos nublados por una dignidad cansada.

– Me voy. No estoy dispuesto a recibir tus órdenes. Si quieres que te firme mi renuncia no tienes más que pedirlo.

– Yo j amas te he dado ni una sola orden -aseguró, altiva.

– Eso demuestra que me voy en el mejor momento -respondió, caminando hacia la salida-. Dos últimas cosas -dijo, deteniéndose junto a la puerta-: mañana mismo separaré mi ganado del tuyo. No te preocupes, porque no pienso levarme nada que no me pertenezca. Y en cuanto a los negocios que tenemos a medias,

¿tienes algún problema porque lo arregle a través de tu abogado?

– Ningún problema. Yo también lo prefiero así -respondió, y alzó la barbila mientras él desaparecía. Al quedarse sola tuvo que sentarse en el banco de listones porque no la sostenían sus piernas. Aún sentía en su boca el sabor de los exaltados besos de Jon, y él acababa de despedirse. No podía pensar con claridad, pero le preocupaba que aquél pudiera ser el inicio de un desastre. No entendía lo que acababa de ocurrir. La mayor parte del tiempo Jon era rudo con ela y hasta daba la sensación de que la odiaba. Entonces, ¿por qué la había besado de aquel modo?, se preguntaba. ¿Para humilarla? Podía creer que así hubiera sido con su primer beso, incluso con el segundo. Lo que le confundía era aquel final, cuando toda la rudeza de su boca se convirtió en caricia y la miró con ojos turbados y encendidos. Desconcertada, inspiró por la nariz y exhaló despacio. Lo hizo una y otra vez mientras se imaginaba en unas aguas azules y tranquilas donde no existían las complicaciones.

Cuando Jon legó a casa, sus padres trabajaban en el huerto. Ponían pequeñas plantas de judías y, al lado de cada una, clavaban una larga estaca a la que se iría sujetando la planta según fuera creciendo. El los observó durante un buen rato desde el balcón de la cocina mientras revivía lo ocurrido con Beatriz. Desde que la vio legar, hacía ya dos meses, en su lujoso automóvil, con aquela apariencia perfecta, mirándole con superioridad y orgulo a través de los cristales negros de sus gafas, supo que las cosas entre elos acabarían mal.

Debería sentirse aliviado porque todo hubiera terminado, pensó. En cuanto se supiera que estaba sin trabajo le loverían las ofertas y podría permitirse el placer y el lujo de elegir. También podía volver a Pamplona para continuar con la clínica veterinaria que abandonó años atrás. Su ex socio y amigo se lo había pedido muchas veces. Podía hacer con su libertad lo que quisiera. Entonces, ¿por qué se sentía tan mal?

Porque ela le había vencido.

El abandonaba todo por lo que había luchado durante años, y Beatriz se quedaba como dueña y señora de algo que ni había amado ni amaría nunca. Y, por si eso fuera poco, la había besado.

Había actuado como un idiota descerebrado, perdiendo el control ante una mujer hermosa. No se explicaba cómo había caído en algo tan absurdo, qué diabólico instinto le había incitado a besarla. Pero algo, en mitad del beso le había convertido la furia en confusión, y él había comprendido que la atracción que sentía por ela era más grande de lo que imaginaba.

Desde la cazuela de barro arrimada al fuego, el confortante aroma de un sabroso marmitako

[2] invadía la cocina. La mesa estaba puesta, aguardando la hora de comer. Jon se había adelantado, legaba sin apetito y el olor a comida le provocaba náuseas. Prefería esperar en otro lugar.

Bajó a la leñera y enderezó una de las bicicletas recostadas contra la pared. Se sentó sobre la barra que unía el manilar al silín, y pisó firme el suelo para mantenerla erguida. Unos minutos después sus padres lo encontraban en la misma posición, pensativo y cabizbajo. Cosme, con la azada en la mano, y Aitana, con el cubo metálico entre las suyas, preguntaron, con recelo, qué había ocurrido.

– Me he despedido -dijo Jon, fingiendo tranquilidad-. No volveré a trabajar para esa arpía.

Aitana se adelantó unos pasos, frunciendo el ceño.

– Pero, ¿qué ha ocurrido, hijo? ¿Por qué sales con esto de repente?

– Hemos discutido y yo me he despedido. No hay nada más que contar. -Una pregunta en los ojos de su madre le hizo añadir-: No quiero que alguien como ela me dé órdenes.

– Yo apoyo tu decisión -exclamó el padre de pronto-. Puedes trabajar donde te dé la gana. No necesitas que…

– ¡Cosme! -le cortó Aitana, volviéndose hacia él-. No le animes en esto. Está donde siempre ha querido estar, y si se va ahora se arrepentirá siempre.

– ¿No has oído que la chica le da órdenes? -musitó él, por lo bajito, tratando de no herir el amor propio de Jon-. Nadie puede tratar a mi hijo como si fuera su criado.

– ¡Ya basta, Cosme! -repitió, y ela no bajó la voz-. Si vas a calentarle los humos, mejor subes y vas sirviendo la comida.

– Tengamos paz, ¿vale? -pidió Jon con paciencia-. Ela nunca me ha tratado como a un criado, papá. Yo no se lo habría consentido. -Miró a su madre, que continuaba acalorada-. Ni siquiera ha intentado imponerme nada, pero puede hacerlo. Y no esperaré hasta que eso ocurra.

– ¡Qué mal compañero de viaje es el orgulo! -exclamó Aitana-. Es normal que…

– No es orgulo, mamá -interrumpió-. No me importa trabajar a las órdenes de cualquiera, pero no de ela. -Negó, agitando la cabeza-. De ela jamás.

– Nunca la has mirado bien -afirmó Aitana-. Esto le pertenece, hijo. Tiene derecho a estar aquí.

– Lo sé. -Se apartó de la bicicleta y la posó contra la pared-. No le niego ese derecho, pero me duele.

– ¿Qué te duele más, lo que ela hizo con su abuelo o que se haya convertido en dueña de lo que siempre creíste que legaría a ser tuyo? -preguntó, mirando a Jon, que se alejaba hacia la puerta.

– Las dos cosas -respondió él, apoyando el hombro en el marco de madera y dejando su mirada vagar por el huerto-. Las dos cosas me hacen daño. Cosme, que desde la interrupción de su mujer les había observado en silencio, se acercó al fregadero y, mientras se ocupaba de lavar la azada, propuso:

– ¿Por qué no hablas con ela? Después de todo el tiempo que leva aquí, puede que lo haya pensado mejor y ahora quiera vender…

– No trataré con ela sobre esto -respondió Jon, sin moverse-. Ya hablé con su abogado hace meses, cuando me contó que ela lo heredaba todo, y me respondió que no lo pondría en venta. Si no me ha lamado es porque todo continúa igual.

– Siempre has dicho que no te gustan los intermediarios. Que los asuntos se arreglan mejor hablándolos de frente con el interesado -continuó Cosme, sacudiendo el exceso de agua y dejando la azada junto al resto de herramientas-. Dile que estás interesado en…

– No lo haré, papá. Además, aunque quisiera, ya es tarde para eso. -Cogió aire y lo soltó de un fuerte soplido-. Separaré mi ganado, liquidaré los negocios que monté con Ignacio, y cerraré esta etapa de mi vida para comenzar con la siguiente.

– Estoy de acuerdo porque… -La mirada enérgica de Aitana acabó con la frase de Cosme. Cuando estuvo segura de que él no seguiría animando a la rebelión, caminó hacia Jon, que se mantenía inmóvil, con sus ojos negros clavados en el grupo de escarolas.

– Sabes que tu padre y yo estaremos contigo hagas lo que hagas. Aunque te equivoques. Solo quiero que lo pienses bien. Hiciste una promesa a Ignacio.

– Pero no puedo cumplirla -agitó la cabeza, despacio-. No puedo estar cerca de esa mujer.

Algo en aquelas palabras alertaron el corazón de madre de Aitana. Preocupada, se movió hasta que pudo mirar de frente el rostro de su hijo.

– ¿Por qué discutisteis? ¿Qué pasó?

– No quieras saberlo -pidió, cerrando los ojos ante el recuerdo de la boca de Beatriz.

Aitana se volvió hacia su marido, que alzó los hombros con impotencia. Cuando Jon se cerraba no había nada que elos pudieran hacer, salvo esperar a que quisiera confiarse de nuevo. Nunca había sido amigo de compartir penas o problemas.

– Es tu vida, cariño -dijo ela, al fin-. Tal vez te ayude a tomar una decisión el imaginar la explotación de Ignacio dentro de unos años. Si legas a verla en manos extrañas; o hasta cerrada y abandonada, ¿no te culparás?

Jon se apartó el cabelo con los dedos y apoyó la cabeza contra el marco.

– El viejo no debió echar sobre mis hombros una responsabilidad tan grande. No termino de entenderlo -añadió, confundido aún porque dejara toda su herencia a Beatriz.

– Y tú no debiste aceptarla, pero lo hiciste -comentó Cosme, mientras abría la puerta de la leñera para subir a la cocina.

– Las consecuencias de nuestros actos nos acompañarán siempre -dijo Jon en un susurro-, y siempre es demasiado tiempo. Suspiró, agobiado. No le correspondía cumplir con la última voluntad de Ignacio, sino a su nieta y heredera. Pero estaba claro que el único que había empeñado su palabra era él.

– Anda, cariño. Subamos a comer y ya pensarás con calma lo que vas a hacer -pidió Aitana.

– No tengo apetito-respondió Jon-. Me quedaré aquí un rato más.

– He hecho uno de los guisos que te gustan -informó para tentarlo.

Jon le revolvió el cabelo, sonriendo. Ela era una mandona, como bien decía su padre, pero era una mandona tierna que siempre se preocupaba por elos.

– Guárdame un poco para la noche -pidió, sólo para agradarla-. Ahora necesito un poco de silencio.

Salió al huerto y se sentó en el tronco del viejo roble que su padre había tumbado contra la pared de la casa, a modo de banco. Recostó la espalda contra la piedra caliente por la exposición al sol durante toda la mañana.

Quería dar con una solución. Pensar en su trabajo, en la promesa hecha a Ignacio, en los sueños a los que estaba renunciando. Pero no era dueño de sus pensamientos, que, sin licencia, asaltaban su recuerdo de Beatriz; la tensión de su cuerpo forcejeando contra el suyo, el calor excitante de su aliento, la suave y frágil resistencia de sus labios, el sabor meloso de su boca…

Maldijo, una vez más, el momento en el que se había dejado levar por los instintos, que le habían complicado la existencia. CAPÍTULO 08

¿Cuáles eran los quehaceres diarios de Jon? Muchos. Él lo supervisaba todo.

Mientras Beatriz diluía el cuajo de cordero para convertir la leche en cuajada, trató de pensar en cuáles eran esos trabajos. Además de elaborar queso, tenía responsabilidades más discretas como comprar piensos, conseguir buenos sementales para renovar la sangre de la cabaña, levar el seguimiento de los animales sujetos al programa de mejora genética, vender al mejor precio las diferentes clases de ganado, ejercer de veterinario con todos elos, dirigir los trabajos de los Ionescu…

Beatriz resopló. No podía recordar todo lo que, según Doina, Jon hacía para Ignacio y ya no haría para ela. Se agobiaba pensando en quién se iba a ocupar de todo y respiraba con miedo, por si a sus crisis de ansiedad se les ocurría regresar en aquel delicado momento. Superada por las circunstancias, se preguntaba qué hacía aún alí, metida en un lío tan grande. Después de los apasionados besos de Jon y al saber que no volvería a verlo, había comprendido por qué había ido aplazando el momento de regresar a Madrid: aún no quería encontrarse con Diego, eso era cierto, pero la razón más importante era que le gustaba estar cerca de Jon. Por eso toleraba el agobiante verde, el inquietante silencio; por eso seguía haciendo queso. No soportaba su rudeza y a veces hasta lo odiaba, pero, de un modo inconsciente, había estado buscando su compañía.

Y ahora que todo había cambiado, sentía una acuciante necesidad de marcharse.

Llamaría a Bessola para pedirle que acelerara la venta de la explotación antes de que todo acabara en la ruina. Pero la urgencia más inmediata era que la leche estaba terminando de cuajar y ela no podía elaborar todo el queso sola. Tendría que lamar a Doina y explicarle la nueva situación.

– Si tú estás de acuerdo, seguiré trabajando aquí. -Beatriz se giró, sorprendida-. Prometí a tu abuelo que velaría porque todo continuara igual. No le había escuchado legar, pero Jon estaba alí, vestido con vaqueros y una camisa de cuadros de diferentes tonos de azul. Beatriz sintió alivio al verle; todos sus problemas habían desaparecido de golpe. Pero también se lenó de una insana satisfacción al comprobar que él venía rogando; rogándole a ela.

– El está muerto -le respondió, alzando la cabeza con orgulo-. ¿Debo repetir, palabra por palabra, todo cuanto dije ayer?

Jon apretó la mandíbula hasta que le chirriaron los dientes. Su carácter tranquilo se endemoniaba ante la impertinencia de aquela mujer. Caminó unos pasos. Beatriz se fijó en que no levaba puestas las botas de goma. Él, que tan preciso era con las normas para no contaminar el espacio de trabajo, se las estaba saltando todas.

– Ése es el problema, que está muerto y no puedo pedirle que me libere de mi promesa. Pero ayer lo olvidé. -Con las manos en el interior de los bolsilos, alzó los hombros en señal de impotencia-. Quiero saber si puedo continuar aquí como si no me hubiera despedido. Jon observó la superficie de la leche que cuajaba en el depósito: aquel blanco tembloroso le tranquilizaba. Después miró con firmeza a los ojos de Beatriz.

– Me parece bien-indicó ela, disfrutando de causarle incomodidad, pero cuidando de no excederse para que no se fuera de nuevo-. Puedes quedarte. Olvidaré

que te despediste y por supuesto también ignoraré tus ofensas.

Jon sabía que responder con un gracias hubiera sido lo apropiado, pero no estaba dispuesto a rebajarse tanto, no después de entender que a ela le importaba bien poco si se quedaba o no. Volvió a mirar el contenido del depósito para calcular el tiempo que faltaba para comenzar a trabajar.

– De acuerdo -dijo, antes de darle la espalda para salir-. Volveré en una hora.

Ya en el exterior, inspiró como si hasta entonces le hubiera faltado el aire. La libertad le había durado muy poco. Su sentido del deber se había impuesto; su corazón, aun sabiendo que era una locura continuar junto a Beatriz, había claudicado.

Algo suave y familiar se enredó entre sus dedos. Thor celebraba su legada ofreciéndole el pelaje de su cabeza y solicitándole unas caricias. Jon se la frotó con cariño. Le reconfortaba comprobar que algunas cosas no habían cambiado. Pensó que con un poco de autocontrol y de tiempo, también él volvería a ser el de siempre. No fue fácil compartir el espacio aquela mañana. Su última discusión no había sido como las demás y ninguno de los dos podía olvidarlo. Jon se maldecía por su estúpido comportamiento que le había levado a la delicada situación en la que se encontraba. Necesitaba quedarse alí por Ignacio, por él mismo. Era muy consciente de que, igual que se había tragado su orgulo esa mañana regresando para ponerse bajo sus órdenes, debería seguir haciéndolo si quería evitar enfrentamientos.

Además, estaban los besos con los que la había forzado. No quería recordarlos, por eso evitaba mirarla. También Beatriz deseaba paz. El vale era un buen refugio para sus penas, por las que cada vez loraba menos. Desde que estaba en ese lugar perdido, se había ido sintiendo más fuerte, más segura. No sabía si era porque debía pelear contra las afrentas de Jon, por la distancia que había puesto en su relación con Diego, por sus ganas de salir adelante por sí misma… Daba igual el motivo. Quería seguir alí un tiempo más, y por eso precisaba que también Jon permaneciera en su puesto, velando por todo.

Durante toda la mañana trató de no mirar los largos y delgados dedos de Jon moverse sobre la cuajada. No quería evocarlos cerrados sobre sus muñecas o manteniéndole el rostro inmóvil mientras él insistía en besarla. Pensar en aquel momento la enfurecía. Sin embargo, recordar la suavidad y la ternura con la que él finalizó

el beso, la lenaba de inquietud.

– Buenos días, señorita Beatriz -exclamó Doina al día siguiente, entrando en la quesería mientras se anudaba el delantal-. Tiene nueva compañera de trabajo. Beatriz sintió una presión en el pecho y trató de respirar con calma.

Hacía veinticuatro horas que Jon había regresado, y ya había enviado una sustituía. ¿Acaso lo había pensado mejor y al final lo abandonaba todo?

No se atrevía a preguntar para no parecer demasiado interesada. Si Jon no quería trabajar con ela, no iba a ser ela quien pareciera morirse por trabajar con él.

– ¿Cómo está Jon? -preguntó, prensando sobre el primer molde que lenaba esa mañana y actuando como si la respuesta no le preocupara demasiado.

– Imagino que bien, señorita Beatriz. Estará en su casa, durmiendo -respondió, comenzando con su tarea. Durmiendo a las ocho de la mañana. Para Beatriz ésa era la confirmación de que se había despedido para siempre. Trató de no dejarse dominar por el pánico, al menos hasta tener la seguridad de que la había dejado plantada.

– Se acostaría muy tarde ayer-comentó, con la esperanza de que Doina comenzara a contar lo que sabía. -¿Tarde dice, señorita Beatriz? -Sonrió ante el sospechoso interés-. Se ha acostado hoy, después de las seis de la mañana. Según me ha contado Mihai, el pobre señor iba roto.

¿Y qué significado tenía la palabra roto para Mihai? ¿Cansado, desesperado, herido…? Beatriz continuó lenando moldes. No se le ocurría qué preguntar para que la respuesta se adecuara a lo que quería saber.

– Vaya luego a ver los potrilos -dijo Doina en tono cariñoso-. Tienen más grandes las patas que el cuerpo, pero son bonitos.

– ¿Potros? -exclamó Beatriz, esperanzada-. ¿Han nacido los potros?

– En eso estamos, señorita. Parece que las yeguas se han puesto de acuerdo para complicarle el descanso al señor Jon. La presión en el pecho desapareció, y Beatriz respiró con alivio. Jon se había pasado la noche haciendo de veterinario y ahora estaba, como bien decía Mihai, con el cuerpo roto.

– No sabía que esto de los partos era tan complicado. -Inspiró al sorprenderse realmente preocupada por Jon-. ¿Pierde muchas noches?

– Con las yeguas, no. Suele ir todo bien y se arreglan elas solas. Las que son malas para parir son las ovejas de raza latxa. Esas sí necesitan ayuda.

– ¿No es ésa la raza de las que nosotros tenemos? -consultó, frunciendo el ceño.

– Sí, señorita Beatriz. El queso Roncal no se hace con otra leche. Cuando legan los partos, por noviembre, el señor Jon pierde muchas noches.

– ¿No le ayudan Mihai y los chicos? -preguntó, calculando que para entonces ela ya no estaría alí.

– El señor Jon no quiere. Dice que si todos se pasan la noche danzando, nada funcionará al día siguiente. Beatriz suspiró muy bajito. Se sentía feliz. Saber que Jon estaba cuidando de todo le infundía tranquilidad. Imaginarlo durmiendo después de toda la noche haciendo de comadrona de yeguas inexpertas le inspiraba ternura. La combinación de ambas cosas le dibujó una sonrisa tonta que no podía borrar de su rostro.

– ¿Sabe cuánto tiempo leva aquí, señorita Beatriz? -preguntó Doina a la vez que cogía un nuevo molde.

– Creo que unos… -entrecerró los ojos para pensar.

– Dos meses -le confirmó-. Cuando la aconsejé que se instalara en la casa del pueblo, me dijo que sólo estaría unos días.

– Eso creí. Vine con la idea de que ésta sería una estancia fugaz -recordó su legada en busca de un refugio en su huida.

– Si va a quedarse más tiempo, debería hacerlo en el pueblo. Mis chicos pueden ayudarla a levar sus cosas.

– No, Doina. Te lo agradezco, pero tengo varios motivos para no hacerlo -dijo convencida-. El primero, porque es posible que me vaya de pronto, de un día para otro. El segundo es que me daría la sensación de que me estoy asentando en este lugar, y eso no lo haría ni loca -rio, imaginando qué haría con sus zapatos de diseño o sus vestidos de fiesta-. Además… -dudó antes de hacer la confidencia-, vine para alejarme de algunas cosas y meditar sin interferencias de ninguna clase. Me estoy dando cuenta de que es bueno hacerlo en un medio tan diferente al mío. Vivo una vida muy cómoda en Madrid, ¿sabes? Una vida a la que me he acostumbrado y ya no valoro. Puede que pasar aquí unos días más, en la incomodidad de la borda en lugar de en una casa corriente, me enseñe el modo de mejorar lo que tengo alí.

– No lo entiendo -confesó Doina-. Me ha hecho usted un lío y ya no sé si le gusta su vida, si la odia, si quiere cambiarla, escapar de ela…

– La adoro -dijo, riendo y apretando sobre su molde leno-. Tengo una vida perfecta… -arrugó la nariz con gracia-. Bueno, será perfecta cuando regrese y cambie un par de cosas. Por eso estoy alargando mi estancia hasta que encuentre las fuerzas que necesito para hacerlo.

– ¿Y no puede encontrarlas en la casa de su abuelo?

– No serían las mismas -dijo mientras acariciaba la tela que cruzaba sobre el recién formado queso-. A grandes males, grandes remedios, solía decir la abuela. Imagino que no has oído hablar de las terapias de choque. Esta es mi particular terapia de choque; vivir de manera opuesta a lo que me gusta.

– Ustedes, los de ciudad, son muy complicados. -Rio, agitando la cabeza y cogiendo más cuajada del tanque-. La vida es más sencila que todo eso.

– Puede que a veces sea así -reconoció. En ese momento sí lo era. Después del último sobresalto, todo estaba bien y ela volvía a sentir la calma que había ido buscando-. Doina -dijo de pronto-. ¿Tú podrías enseñarme a cocinar?

– ¡Qué sorpresa, señorita Beatriz! ¿Al fin va a tirar a la basura toda esa comida precocinada que compra?

– Aún no, Doina. No sabría qué comer si me faltara -bromeó-. Sólo quiero aprender a elaborar platos ricos, y eso me levará un tiempo.

– Siempre que una chica hermosa entra en la cocina es que quiere impresionar a alguien especial -comentó Doina-. ¿Usted quiere impresionar a un hombre cuando vuelva a Madrid? -preguntó, presintiendo que el hombre en cuestión estaba mucho más cerca.

– Algo parecido -respondió Beatriz, misteriosa-; más o menos parecido.

– Pues tengo algo que servirá. Mis chicos me regalaron un libro de cocina con unas fotos y unas letras muy bonitas -dijo, riendo-, pero con unas recetas muy finas que no alimentan. No sé por qué, pero creo que a usted le gustará.

– Yo tampoco sé por qué, Doina, pero presiento que ese libro es lo que necesito.

Beatriz continuó lenando moldes, satisfecha. Todo iba bien. Seguía teniendo cerca a Jon, y ela estaba a punto de ojear el primer libro de cocina de su vida. Al finalizar el trabajo de esa mañana, Beatriz se acercó a conocer a los recién nacidos. Aquél le pareció un buen momento, con los Ionescu a punto de comer y Jon en su casa, recuperando el sueño perdido.

Encaramada al primer travesaño de la vala, observó con tranquilidad los potrilos. Eran tal y como ela los recordaba y como Doina los había descrito; todo patas, todo beleza, todo ternura. Le gustaban los cabalos desde que, dominando su miedo, aprendió a montarlos en el club de hípica del que Diego era socio. También alí

había visto algunos pequeños, pero seguía sorprendiéndole que, aún con pocas horas de vida, fueran tan fuertes y se movieran con tanta agilidad. Disfrutaba del hermoso espectáculo, envuelta en una suave brisa y al calor del sol del mediodía, cuando el saludo cariñoso de Mihai la hizo volverse. Se quedó sin aire al descubrir que no legaba solo. Jon estaba parado ante ela, con el cabelo húmedo, las mangas de la camisa dobladas hasta los codos y las manos en el interior de los bolsilos del pantalón. La miraba con fijeza, sin burla, con una intención que ela no supo descifrar, pero que la hizo sentirse como si la hubiera sorprendido fisgoneando en sus dominios. Era una sensación extraña que le asaltaba al pensar que él daba a las yeguas su tiempo, su esfuerzo, su experiencia, las ayudaba a parir, y ela legaba sólo para disfrutar del hermoso milagro.

Le hubiera gustado desaparecer en aquel instante, pero aún tuvo que aguardar unos minutos a que Mihai le hablara de los potrilos que estaban naciendo en libertad, en la sierra.

Mientras escuchaba y respondía con tímidos monosílabos, le costó mantener los ojos apartados de Jon sabiendo que él no la perdía de vista. Por fin, en una pausa de Mihai, ela se disculpó diciendo que aún tenía que preparar su comida.

– Hasta mañana, Beatriz -exclamó Jon de pronto con un suave y ronco tono.

Ela se atrevió a mirarle antes de responder. Seguía estando serio, sin embargo, sus ojos brilaban, sonreían y parecían estar ofreciendo una tregua; un nuevo comienzo.

– Hasta mañana, Jon -respondió ela, en el mismo tono amigable.

Según se alejaba atravesando el pastizal, un enorme camión se internó en la finca y pasó a su lado. Sonrió al advertir que ése era el motivo por el que Jon había renunciado a una buena parte de su merecido descanso.

A veces podía ser el hombre más déspota y amargo que existía sobre la tierra, pero también era un hombre de principios que se mantenía fiel a sus obligaciones y a su palabra.

Satisfecha, alzando el rostro para respirar de aquel fresco y suave olor a pinos, avanzó por el verde diciéndose que algunos días amanecían y transcurrían de modo casi perfecto. Hasta la borda, con su fachada de piedra y su tejado vertiginosamente inclinado, le pareció que lucía con un apacible y desconocido encanto. La misma sensación placentera la acompañó al despertar el día siguiente, y evitó aquelos pensamientos que la dirigían a Diego. Sólo una leve inquietud le aleteaba en el estómago: ¿aparecería Jon en la quesería o lo haría Doina?

La duda se le despejó en cuanto la cuajada estuvo cortada en pequeños pedacitos, lista para comenzar a trabajar. Fue Jon quien legó, puntual como la claridad aparece para completar el día, relajado como pocas veces lo había visto y, en apariencia, con pocas ganas de conversación. Pero esa insignificancia no pudo con el ánimo de Beatriz, que se sentía feliz porque no se respiraba el aire tenso y agobiante de otras veces. Jon había pensado mucho en el momento en el que la inmovilizó contra la pared y la besó. No recordaba cuántas veces se había lamado estúpido y se había jurado que no volvería a ocurrir. Por eso procuraba no acercarse demasiado, no hablar demasiado, no mirarla demasiado…

También Beatriz recordaba el forcejeo y, de modo especial, el segundo de los besos; la suavidad que sucedió a la aspereza; la dulzura con la que le lamió los labios, mimando lo que acababa de maltratar. Desde aquel momento, cuando trataba de recordar los besos apasionados de Diego, era ése, violento y tierno quejón le había dado, el que terminaba ocupando sus pensamientos.

Pero la preocupación de Beatriz no era que aquelo no volviera a suceder. Daba por hecho que no ocurriría. Pensaba que Jon sólo había querido humilarla en medio de la discusión, por lo que no podía imaginar que se alteraba teniéndola cerca. Ni siquiera era consciente de que comenzaba a ocupar más espacio en sus pensamientos que el mismo Diego. Por eso no evitaba acercarse demasiado, hablarle demasiado, mirarle demasiado… Aunque siempre esperaba, con cautela, el mejor momento para comenzar a preguntar.

Le observó apilar los moldes en la prensa y girar con precisión la manivela, y aguardó a que volviera a su lado y cogiera un nuevo molde.

– Creí que fabricábamos queso todo el año -comentó, encajando la tapa sobre el que acababa de lenar-, pero Doina dice que dejaremos de hacerlo en junio.

– Así es -respondió Jon, sin mirarla-. Las ovejas no pueden estar dando leche sin descanso. Queremos que vuelvan a parir hacia noviembre o diciembre. -Ante la expresión confundida de Beatriz, Jon continuó-: Con todo el ganado que tú tienes, podríamos preparar dos rebaños con los que elaborar queso todo el año, pero Ignacio y yo legamos al acuerdo de hacerlo de este modo.

– ¿Qué acuerdo fue ése?

– Cuando decidimos comenzar con esto, él puso una condición: que lo hiciéramos de diciembre a junio. Estaba obsesionado con que yo no levara la misma vida que él, siempre solo. -Sonrió al recordar sus consejos de experto en fracasos-. Decía que un hombre joven debe divertirse, enamorarse y crear una familia. Quería que yo utilizara el verano para viajar y hacer todo tipo de cosas.

– ¿Y las haces? -se interesó, animada por la expresión de dicha de Jon.

– ¿Viajar y todo tipo de cosas? -preguntó, riendo-. Sí. Sí que las hago.

«¿Y lo de enamorarte y formar una familia?», estuvo a punto de preguntar. Pero no quiso tentar a su suerte. Le gustaba el Jon amable y no sabía si una indiscreción por su parte podía despertar al Jon odioso y dar al traste con aquela tranquilidad.

– ¿Este verano también te irás para hacer todas esas cosas? -preguntó, pensando en que, si él desaparecía, ela haría su maleta y se volvería a Madrid. Jon detuvo los dedos sobre el paño con el que acababa de cubrir el queso. Lo frotó con suavidad preguntándose cuánto tiempo estaría ela alí, jugando a los ganaderos.

– No tengo planes para este verano -respondió, y la miró, sonriendo con misterio-. Mi intención es no alejarme demasiado de aquí. A Beatriz le surgió la duda de si se quedaría cerca para hacerle compañía o porque no se fiaba de ela y quería vigilar que no provocara algún desastre. Pero no le preocupaba la respuesta. Acababa de decidir que también ela pasaría el verano en ese vale.

Cuando terminaron el trabajo, se cambiaron de calzado y se lavaron las manos, Jon abrió la puerta y la sujetó con la espalda para ceder el paso a Beatriz. Ela no pudo negarse. Salió despacio, oteando hacia los lados y respirando aliviada al comprobar que estaban solos. Jon salió tras ela, se humedeció los labios y emitió un fuerte silbido.

Beatriz se quedó sin aliento. Intentó retroceder, pero Jon le cortaba el paso hacia la quesería y ela temió que acabaría siendo presa del pánico.

– Disculpa -musitó, instándole a que la dejara pasar-. He olvidado algo ahí dentro.

– No has olvidado nada -respondió él, con suavidad-. Quieres irte antes de que aparezcan los mastines. Lo miró sorprendida. ¿Qué trataba de hacer?, se preguntó. ¿Matarla de un infarto, que la devoraran los perros, que se aterrorizara tanto como para preparar su maleta y salir huyendo hacia Madrid? ¿La dichosa tregua era tan sólo una farsa y seguía insistiendo en deshacerse de ela?

– ¡Qué tontería! -consiguió decir sin que le temblara la voz-. ¿Por qué iba a querer hacer eso?

– Porque les tienes terror -aseguró él, con suavidad-. Te ocurre algo parecido con las vacas y las ovejas, ¿no es cierto?

– No lo es -respondió sin dejar de mirar hacia los lados con nerviosismo-. No entiendo de dónde has sacado una idea tan estúpida.

– Les temes porque nunca has convivido con elos. Y no me estoy mofando, Beatriz -declaró en el mismo tono amigable-. Entiendo que son enormes, imponen, y no sabes que son inofensivos

– Mi amiga Laura tiene un perro -se defendió con dignidad-. Un yorkshire con muy mal genio. Todo el mundo le teme menos yo. Él sonrió pensando en la gran bestia que seguramente lucía su sedoso pelaje hasta el suelo y lo peinaban con un moñete adornado con un lacito rojo. Mientras trabajó como veterinario, en Pamplona, había atendido a unos cuantos orgulosos Yorkis.

– He tratado a muchos de esos canijos, y algunos son verdaderas fieras. Si pesaran la mitad que Thor, serían perros asesinos.

– No sé si te estás burlando de mí-dijo, y de pronto sintió que le flaqueaban las piernas al ver a los mastines cruzar veloces el pastizal.

– No lo hago… -La mirada aterrada de Beatriz le hizo darse la vuelta. Los perros se acercaban y él, con un gesto de la mano, hizo que se detuvieran y se colocaran a su lado.

– Por favor -rogó ela, bajando la voz-. Llévatelos de aquí o apártate y déjame entrar.

– ¿Confías en mí? -preguntó, acariciando la cabeza de Thor mientras Obi se mantenía quieto.

– ¿Debería hacerlo? -dijo ela, temblando de pies a cabeza.

Jon volvió a sonreír. Ni siquiera él sabía si debería dejarla confiar. Cada día la encontraba más atractiva, más deseable, y ante aquel miedo irracional que ela tenía a los animales, sentía deseos de abrazarla para tranquilizarla.

– Estos perros son muy nobles -respondió con paciencia-. No te atacarán. Tan sólo lo hacen con extraños, pero siempre controlando su fuerza. Son inteligentes, conocen su poder y lo piensan antes de utilizarlo.

– Yo soy una extraña -señaló Beatriz, que no se atrevía ni a pestañear.

– No lo eres, y elos lo saben -aseguró Jon, sonriendo-. Sólo se te acercan para que los acaricies. Les gusta que les froten las orejas. Prueba a rozarlo -le pidió, señalándole el suave pelaje de Thor.

Beatriz negó con un enérgico movimiento de cabeza, apretando los dientes para no gritar.

– Está bien -dijo Jon, consciente del mal rato por el que la estaba haciendo pasar-. No los toques hasta que no desees hacerlo, pero deja que los tres te acompañemos hasta la borda -sonrió ante su propia petición-. Puedes caminar a mi lado, despacio, sin prestarles atención, para que compruebes que también elos te ignoran. -Beatriz dudó y él bajó la voz-. Por favor. Te prometo que no se te acercarán.

Ela asintió, temblando como un mimbre en un atardecer ventoso.

Con una dulce y alentadora sonrisa, Jon comenzó a caminar manteniendo a los mastines a su derecha. Beatriz se colocó a su izquierda, respirando muy despacio para que los perros la ignoraran, y escuchando, durante todo el camino, las palabras con las que Jon trató de tranquilizarla. Alcanzada la borda, ela se apresuró a abrir y, en ese corto instante en el que dio la espalda a las bestias, sintió que un escalofrío mortal le recorría la espina dorsal. Entró como si la persiguiera el mismo diablo. Se volvió hacia Jon a la vez que sujetaba la puerta con la mano, segura de que podría cerrarla en un instante si las fieras la atacaban.

– No ha sido tan terrible -dijo él, con una confortante sonrisa-, ¿o sí?

Beatriz, tras la puerta entreabierta, y pendiente de cualquier movimiento extraño, admitió que no había sido tan malo. Y es que, una vez a salvo, le parecía que el mal rato de caminar junto a los mastines había sido bien recompensado por la compañía y la dulce atención que le había dedicado Jon. Las súplicas que Diego hacía en silencio, y hasta en voz alta algunas veces, comenzaban a parecerse a las oraciones que jamás habían salido de sus labios o estado en sus pensamientos. Llevaba casi tres meses rogando por que Bea apareciera o al menos le lamara. Ahora, esperando a que Laura le abriera, y mientras escuchaba los ladridos de su insufrible yorkshire, cerraba los ojos para implorar que ela se apiadara y le contara todo lo que sabía. En cuanto se abrió la puerta, la pequeña fiera comenzó a aular, como una posesa, dificultando cualquier conversación. Tampoco el silencio y la fría mirada gris de Laura fueron demasiado alentadores.

– Por favor. -Diego la miró con ojos vencidos por la falta de descanso-. Necesito hablar contigo unos minutos. Laura, que levaba meses temiendo su visita, no fue capaz de cerrarle la puerta. Apreció que aquél no era el Diego seductor y seguro de sí mismo que arrancaba suspiros a su paso. Su perfecto traje de Armani no le cuadraba los hombros como de costumbre, ni su espalda se erguía con el mismo elegante y atractivo orgulo. Era la imagen de un hombre hundido.

Laura suspiró a la vez que le hacía un gesto para que pasara.

Apenas se internó dos pasos, la yorkshire, que no era más grande que uno de los zapatos de piel italiana de Diego, cerró sus dientes sobre el borde de su pantalón y empleó todas sus energías en arrastrarlo fuera del piso. Diego, acostumbrado a ese espectáculo, continuó avanzando con cuidado de no lastimarla. Tras él, una pequeña «mopa» gris perla con extremidades doradas y un coqueto lazo rojo en lo alto de la cabeza, se deslizaba sacando brilo a un inmaculado suelo de madera.

– Vicky, cariño -exclamó Laura, agachándose para cogerla en brazos.

– No, por favor -suplicó Diego-. Si me suelta el pantalón comenzará a ladrar como una histérica y no nos dejará hablar.

– Pero mientras intenta sacarte de casa está nerviosa -respondió, preocupada.

– También lo estará si me ladra mientras intentamos hablar, y los dos sabemos que no calará mientras yo esté aquí. Prometo que sólo será un momento. Laura asintió. Su adorada princesa era una fiera que no aceptaba visitas. Por fortuna, su boquita solo alcanzaba a morder los bajos de los pantalones. Eso le bastaba para satisfacer su espíritu de perro guardián del hogar, aunque con su fuerza jamás conseguía arrastrar a nadie hasta el felpudo de bienvenida. Ya en el salón, con la perrita colgada de la pernera izquierda de su traje, Diego fue breve y directo.

– ¿Dónde está Bea?

– Te lo he dicho cientos de veces y te lo repetiré cada vez que me preguntes -exclamó Laura, agitando las manos con impotencia-. No sé dónde está.

– Ela no desaparecería sin decírtelo -insistió, afligido-. Ignoro qué te ha contado, pero…

– No me ha contado nada, Diego. Aunque, ya que estás aquí… -Se sentó en uno de los silones morados, echando hacia atrás su larga melena negra y poniéndose cómoda para escuchar-. ¿Por qué no me cuentas tú qué le hiciste? Algo muy gordo ha tenido que ser, porque leva meses escondida.

– No le hice nada. -Se sentó frente a ela, con cuidado de no pisar a la pequeña perrita-. Estábamos bien, no teníamos problemas, no discutíamos…

– ¿Entonces se marchó porque no soportaba tanta felicidad? -cuestionó ela, con mofa.

Diego resopló, cerrando los ojos. Nunca le había gustado el ordinario sarcasmo de Laura, igual que nunca había aguantado a su malcriada yorkshire, pero ahora se veía obligado a soportar a ambas durante un rato.

– Tú sabes, tan bien como yo, que era feliz -afirmó con segundad-. Hacíamos planes de futuro y sé que te los comentaba.

– Pero algo cambió el último día, que le hizo meter cuatro trapos en su maleta y desaparecer. ¿Qué pasó, Diego? ¿Qué le hiciste?

– ¡Nada! -gritó, y se cubrió el rostro con las manos para que no le viera lorar. Unos segundos después se frotaba los párpados con los dedos y volvía a levantar la cabeza-. No hice nada. -La miró a los ojos para convencerla de que no mentía-. Todo iba bien. La última vez que la vi, yo estaba entre sus piernas y ela me decía que me amaba.

– ¿Tanto la decepcionaste que no quiere volver a ocupar esa posición? -preguntó en tono hiriente.

– No bromees, Laura. Te he contado esto para que entiendas que entre Bea y yo no ocurrió nada. -Negó con la cabeza y musitó-: Después de tantos años, deberías saber que la amo.

– A veces no basta con eso -dijo ela, suavizando el tono de su voz-. No estoy al tanto de lo que le ocurre a Beatriz, pero desde luego no debe de ser ninguna tontería.

– Dime lo que sepas -insistió Diego, apoyando los brazos en sus rodilas para acercarse más a ela-. Te lo suplico.

– Sólo sé que está bien. De vez en cuando me manda un mensaje para repetírmelo -reveló, señalando su móvil sobre la pequeña mesita de cristal. Eso quería decir que en algunos momentos lo encendía, pensó Diego. Sólo tenía que descubrir cuándo lo hacía y conseguiría comunicarse con ela.

– ¿Cada cuánto tiempo te envía mensajes? -preguntó con la mirada fija en el pequeño aparato. Habría dado cualquier cosa por leer lo que contenía.

– Cuando le parece. No sigue ninguna pauta.

– ¿Y cuándo te los manda? -insistió, demasiado ansioso-. Por la noche, por la tarde…

– No entiendo para qué quieres saber todo esto.

– Porque estoy tan mal que cualquier información me sirve. -La miró a los ojos y volvió a preguntar-: ¿Dónde está, por favor? Necesito verla.

– Olvídalo, Diego. Aunque yo legue a saberlo, no te lo diré si ela no me da permiso.

– Acabaré volviéndome loco -exclamó, cubriéndose el rostro de nuevo y reprimiendo un solozo.

Laura se levantó, incómoda. Nunca había visto lorar a un hombre, y que el primero fuera el atractivo, distinguido e impecable Diego Pedrosa, la desconcertaba.

– Lo siento -dijo él, de pronto, poniéndose en pie-. Ya te he molestado bastante por hoy. Si hablas con Bea… -inspiró para ahuyentar las lágrimas-, dile que la amo, que me muero sin ela.

– No creo que me lame, pero, si lo hace, descuida, que se lo diré.

– Dile que… -cerró los ojos y agitó la cabeza-, que haré cualquier cosa que me pida. Lo que sea.

Laura asintió. Se agachó para arrancar a Vicky de los bajos del pantalón y, en el instante en el que su pequeña tuvo la boca libre, volvió a sus ladridos histéricos que terminaron con la conversación. Con ela en brazos, acompañó a Diego hasta la puerta y le observó alejarse hacia el ascensor. Estaba segura de que no le había dicho toda la verdad, pero, aun así, no pudo evitar sentir lástima al verlo tan destrozado.

CAPÍTULO 09

Llegado el mes de junio, Beatriz había aprendido a ignorar a los mastines para que los mastines la ignoraran a ela. Aún se le aceleraba el corazón cuando los tenía cerca, pero sabía que no se lanzarían a devorarla. Atribuía todo el mérito a Jon, que después de cada jornada de trabajo, salía con ela, lamaba a los perros y los cuatro caminaban despacio hasta la borda.

Faltaban dos semanas para que el rebaño subiera a la montaña, pero ya habían secado la leche a las ovejas y dejado de elaborar queso. Beatriz estaba dispuesta a utilizar una buena parte de su tiempo libre a experimentar con el libro de cocina. Hacía tiempo que había comenzado a practicar. Lo hacía en secreto, por las noches, con recetas sencilas para una cena que casi siempre terminaba carbonizada mientras engañaba el hambre con pan y manzanas. Tenía prisa por aprender. Estaba harta de comer, cada mediodía, los mismos aburridos filetes con ensalada.

Aunque últimamente pensaba poco en Diego, temía que, si tenía demasiado tiempo libre, acabaría dejándose levar por algún momento de debilidad y lamándole. O lo que sería aún peor, cogiendo su maleta y volviendo a sus brazos. Necesitaba estar ocupada, y no imaginaba con qué pretexto conseguiría que Jon le prestara atención durante el verano si ela no encontraba algo que pudieran compartir.

Aún ideaba el modo de implicarle cuando, tras una tarde en las cámaras, volteando queso, salieron juntos y Jon silbó a los mastines.

– Creo que iré a ver las yeguas y los potros. Es bonito ver a todos los pequeños juntos ahora que los habéis bajado de la montaña -comentó Beatriz, haciéndose a un lado al ver legar a Obi y Thor a la carrera.

Jon se preguntó si era prudente acompañarla. Medía con cuidado cada paso que daba para mantener una relación cordial, sin broncas, sin sobresaltos. Necesitaba un mínimo de distancia para no perturbar sus instintos.

Los perros legaron a su lado y les hizo un gesto para mantenerlos junto a sus piernas. Los acarició pensando que solo sería un momento. Un breve paseo, como el que daban cada día hasta la borda.

– Si te apetece nuestra compañía, a los tres nos gustará ir contigo -bromeó, acariciando la cabeza de Thor. Beatriz aceptó y se colocó con rapidez a la izquierda de Jon, alejada de los mastines. Sabía que él los mantendría a su derecha para que ela no tuviera que preocuparse.

– En uno o dos días subiremos esas yeguas a la sierra -dijo Jon mientras caminaban pisando la hierba fresca.

– ¿Sube todo el ganado? -preguntó Beatriz, temiendo que no hubiera nada que hacer en la finca y que él sólo pasara alí breves momentos.

– No. Los potros y las terneras se quedan aquí. Además, siempre hay motivos para dejar también algunos adultos -comentó Jon, sin percibir que temía quedarse sola y que se marcharía si eso legaba a ocurrir.

Continuaron en silencio hasta legar a los últimos pastos. Las yeguas pacían junto a la cerca, y Beatriz se subió al primer travesaño y apoyó los brazos en el madero superior. Admiró los potrilos, que crecían a una velocidad sorprendente.

Mirando a las madres primerizas, pensó que aquelo era como el club de hípica de Diego, pero en libertad, sin senderos marcados ni límites infranqueables.

– ¿Puedo montar una de las yeguas? -inspiró aguardando la respuesta.

– Son ganado para carne -dijo él, mirándola con curiosidad-. No las han montado nunca. Pasan prácticamente todo el año en libertad, pastando donde se les antoja. Aunque no lo parezca, tienen mucho de salvajes.

– Qué lástima-exclamó Beatriz, sin poder ocultar su decepción.

– ¿Sabes cabalgar? -preguntó con gesto incrédulo.

– Sí. Diego tiene cabalos. Están en un Club de hípica del que es socio. Alí se los cuidan y él puede montarlos cuando quiera. Yo suelo tomar clases los sábados y domingos por la mañana.

Jon se preguntó qué importancia podía tener Diego. Observó los dedos que ela posaba sobre la cerca. Ningún anilo cubría la pálida huela que aún rodeaba su dedo corazón.

De pronto se preguntó qué estaba haciendo. Qué diablos podía importarle con quién compartiera ela su vida. Furioso con su estupidez, apoyó las manos en el tronco superior de la vala y saltó con agilidad al otro lado. De espaldas a las yeguas, miró hacia los inquietantes ojos verdes de Beatriz.

– Creí que los animales te asustaban.

– Esto es diferente -explicó sin moverse-. La hípica es un deporte que muy pocos tienen la suerte de disfrutar en una ciudad como Madrid.

– ¡Ya! -soltó Jon, con ironía-. Resulta muy elegante ir al club, que un chico ensile tu cabalo para que tú des unas vueltecitas por el picadero, y después sentarte a intercambiar impresiones con otros jinetes mientras te tomas un vermut antes de ir a comer.

– ¿Te estás burlando de mí? -preguntó, tensando los labios y dilatando los orificios de su nariz.

– Me burlo de una situación que conozco, aunque tú no lo creas -respondió Jon, con las botas hundidas en el abundante pasto y mirándola de frente-. Eso que tú

haces los domingos es un pobre sucedáneo de lo que de verdad es montar a cabalo y salir a disfrutar de la naturaleza.

– A mí me gusta -musitó Beatriz, alzando la cabeza para mirar al frente, ofendida como una niña pequeña. Jon la observó, intuyendo que estaba utilizando la arrogancia para ocultar su decepción. Sus ojos se habían apagado, y el entusiasmo con el que hacía un instante miraba las yeguas, había desaparecido.

– A tu abuelo también le gustaba cabalgar -dijo, dejándose vencer por la lástima-. En los establos hay tres cabalos de monta. Los ojos de Beatriz volvieron a iluminarse. Sintió deseos de gritar, de saltar la cerca y abrazar a Jon para darle las gracias.

– ¿Puedo coger uno? -preguntó, casi gritando.

– Son tuyos… -indicó con una sonrisa-, pero no puedes salir sola.

– ¿Cómo que no puedo? -exclamó sorprendida-. Te acabo de decir que sé montar.

– Tranquila -aconsejó con suavidad-. Tan sólo digo que podrías perderte. Aquí hay zonas que son verdaderas selvas. -Miró a su alrededor, hacia los lugares inundados de silencio donde juró que jamás la levaría.

– Puedo cabalgar sin alejarme -aseguró Beatriz.

– No me parece prudente. -Una voz interior le repitió que no era su problema, que la dejara pasear sola, pero cedió a la tentación de acompañarla-. Si quieres, yo podría levarte por sitios que no imaginas que existan.

– Me encantaría -respondió, emocionada-. Sólo he montado en el club y, aunque es bonito, me lo conozco de memoria. Jon sonrió. La imaginó trotando una mañana soleada de domingo en un picadero para niñatos y esnobs. Se encaramó a la vala y se sentó a su lado, de espaldas a las yeguas.

– Necesitaríamos todo un día -comentó, animado-. Tendrás que esperar hasta que subamos el ganado a la sierra. -Pensativo, miró hacia el establo de las ovejas-. Mañana comenzamos a esquilar, y eso nos levará alrededor de dos semanas.

– Pero eso lo hacen profesionales, ¿no?

– Hay quienes los contratan. Aquí lo hacemos entre Mihai, sus hijos y yo. Cuando las hayamos pelado, los chicos las subirán y tú y yo podremos salir a cabalgar.

– Gracias -dijo, disfrutando de su amabilidad y mirándole a los ojos.

Él le respondió con una sonrisa silenciosa.

Un momento después, mientras la observaba alejarse, le asaltaron las dudas. ¿Por qué demonios se había prestado a acompañarla cuando se había jurado que nunca lo haría? Mantener con ela un trato correcto, sin enfrentamientos que le obligaran a despedirse definitivamente, no requería de salidas a cabalo. Le frustró comprender que se saltaba con demasiada facilidad las reglas que él mismo se había impuesto. Esquilar suponía un trabajo agotador en el que, durante jornadas eternas, se sujetaba y se pelaba, sin descanso, una oveja tras otra, tratando de separar el manto en una sola pieza. A pesar de lo extenuante de la labor, el proceso se vivía como una fiesta en la que todos cooperaban. A primera hora de la mañana, Beatriz se quedaba en la borda, cocinando y desesperándose con los fogones. Pocas veces, sus intentos culinarios finalizaban en algo comestible. Después se acercaba a los establos para observar los trabajos y ofrecer agua en cuanto notaba que alguien la necesitaba. Habían extendido una vala para separar las ovejas ya esquiladas de las que aún aguardaban su turno. Marcel se ocupaba de la locura de ir atrapando animales para acercárselos a su padre y a Jon. Elos, con unas maquinilas enchufadas a la corriente eléctrica, los iban despojando de la lana que Marcel recogía y apilaba junto a los comederos.

El primer día Beatriz se limitó a curiosear y repartir botelas de agua y toalas limpias para que se secaran el sudor. El segundo, cuando Traian se unió al grupo con una tercera máquina y a Marcel se le amontonó el trabajo, ayudó a arrastrar los vellones

[3] hacia su lugar. Sus gritos y carreras, cada vez que se le acercaba demasiado una oveja, provocaron algunas carcajadas, pero, entre uno y otro sobresalto, ela cumplió con su cometido.

Le sorprendió la habilidad de Jon. Mihai y Traian ataban las patas de sus ovejas para que no se movieran durante el proceso de raparlas. Jon no. El agarraba al animal, lo sentaba en el suelo y le apoyaba la espalda contra sus propias piernas. Se quedaba inmóvil, con las cuatro patas alzadas, mientras Jon comenzaba a pelarle el vientre. Después seguía con la pata trasera para ir separando la lana del costado hasta la espina dorsal. Continuaba por el cuelo sin que la oveja hubiera intentado moverse y, sujetándola del morro, le afeitaba la cabeza.

Observando la facilidad y la limpieza con la que lo hacía, parecía sencilo, y hasta la oveja daba la sensación de estar disfrutando. Ni siquiera se movía cuando la tumbaba en el suelo para terminar de desnudarle la espalda. Después la sentaba de nuevo y volvía a apoyarla i contra sus piernas para ir descendiendo por el otro costado. En unos cuatro minutos sus ágiles manos la despojaban de la gruesa capa de lana, la soltaba y cogía un nuevo animal que le entregaba Marcel. A ratos, todos hacían pequeñas pausas durante las, que cruzaban algunos comentarios con Beatriz. Ela disfrutaba de los breves respiros de Jon, pero él sólo se los tomaba si Marcel se retrasaba en acercarle un animal. Esa tarde, ela se alegró cuando, por fin, una oveja escurridiza se le escapó de las manos y le hizo correr por medio establo.

Entonces Jon dejó su máquina y se acercó a coger la toala con la que ela le esperaba. Se la pasó por el rostro y alzó la barbila para secarse el sudor del cuelo y del torso. Beatriz no se perdía ni un detale. Le gustaba contemplar el ritual mientras él mantenía los ojos cerrados y cogía aliento. Sabía de memoria el orden, y esperó

con paciencia a que le tocara el turno a la nuca. La observó brilar con minúsculas perlas de sudor mientras él bajaba la cabeza y se las secaba con la toala. Pensaba que recrearse con una visión tan sensual debía de ser pecado cuando una ráfaga de calor le recorrió el cuerpo hasta dejarla sin respiración. Carraspeó para recuperar la voz y la compostura.

– Está fresca -dijo, tendiéndole la botela.

El derramó una parte del agua sobre su rostro, dejando que se deslizara por su piel hasta empaparle la camisa. Después bebió despacio, para aplacar su sed. Se secó los labios con el dorso de la mano, y descansó la espalda contra la barrera para mirar hacia Marcel antes de volver a beber.

– ¿Qué les haces? -preguntó Beatriz, mirándole el cuelo tenso por el que volvía a deslizarse una gota de agua-. Se quedan quietas, como si las hipnotizaras.

– No lo sé-respondió, apoyando la base de la botela contra su muslo y riendo-. No es mía la técnica. Aprendí de un grupo de esquiladores que contrataba Ignacio cuando yo era un adolescente. Eran navarros, pero levaban años trabajando en Australia. Tardaban dos minutos en esquilar una oveja.

– ¿Es eso posible? -preguntó, incrédula.

– Aunque te parezca mentira, es posible. Ganaron muchos concursos en Australia. -Resopló de un golpe seco-. Mientras trabajaban para tu abuelo yo los observaba, y cuando se iban dejaban aquí sus herramientas para continuar al día siguiente. Yo las cogía con cuidado de no estropear nada y practicaba con nuestras inocentes ovejas. -Bebió de nuevo antes de continuar-: Con los años conseguí convencer a Ignacio para que comprara una de esas máquinas, y ya no volvimos a contratar a nadie para que nos hiciera ese trabajo.

– ¿Y por qué crees que se quedan quietas?

– Mihai dice que las acojonó -señaló, riendo-. Nadie sabe explicarlo. Las ovejas se estresan con el sonido de la máquina y porque las obligamos a hacer algo que no quieren. Imagino que eso, unido al modo en el que las agarro y las coloco contra mis piernas, las asusta y no se atreven a moverse. En realidad no tengo ni idea de qué es lo que las mantiene quietas.

– ¿Qué ocurriría si no las pelarais? -interrogó, sintiendo lástima por los animales.

– Pasarían mucho calor durante el verano y al cabo de unos años no podrían ni caminar debido al peso. Todo lo que ves les ha crecido en un solo año.

– Siempre pensé que esto se hacía para vender la lana.

– La mayor parte de las veces, sale más caro esquilarlas y empaquetar la borra que lo que te pagan después por ela. Las esquilamos porque elas lo necesitan, aunque no se diviertan mucho mientras lo hacemos -concluyó con buen humor.

Jon emitió un silbido para lamar la atención de Marcel y le indicó, con un gesto, que volvía al trabajo.

– ¿Por qué lo haces? -preguntó de pronto.

– ¿Por qué hago el que? -murmuró Beatriz, sorprendida.

– ¿Pasar todas tus horas aquí?

El corazón le dio un vuelco al pensar que estaba estorbando una vez más. Confundida, cerró la mano sobre la vala.

– Si te molesta que esté…

– No -la interrumpió, mirándola a los ojos-, no me molesta, pero dime: ¿por qué lo haces? Eres la dueña. No tienes por qué pasar aquí las horas.

– Lo hago por si puedo ayudar en algo. Por si… -carraspeó, inquieta, y contestó con sinceridad-: Por si necesitas cualquier cosa de mí. Jon no se esperaba una respuesta así. Tragó saliva, confuso, buscando en esas palabras el motivo por el que, de pronto, su pecho se había inflamado de pronto. Apartó la mirada, reprochándose que fuera tan estúpido; ela solamente le estaba ofreciendo agua y toalas limpias. Eran sus pensamientos los que le traicionaban de forma inconsciente; era su instinto, que le empujaba a mirarla cuando sabía que no debía hacerlo.

Golpeó con dedos impacientes sobre su pantalón mientras Marcel le aguardaba sujetando una oveja. Volvió a mirar a Beatriz cuando ela se humedecía, nerviosa, los labios con la punta de la lengua.

– Te lo agradezco -murmuró, con una sonrisa torpe-.Volveré -prometió, devolviéndole la botela-. No dejes que se caliente. Beatriz le vio alejarse para coger el animal que le sujetaba Marcel, y siguió con la mirada todos los movimientos de sus manos. Diez minutos después le veía despojarse de la camisa empapada de agua y sudor. Entonces pudo apreciar la tensa elasticidad de sus músculos y el brilo perlado que brotaba de sus poros. Nunca, la transpiración de un hombre, le había resultado tan erótica y excitante. Dejó de mirarle cuando descubrió, a su lado, la sonrisa burlona de Traían mientras le recordaba que también él estaba sediento, aunque comprendía que para ela se hubiera vuelto invisible.

Durante las dos semanas que duraba la esquila, y del mismo modo en que se reunían para comer en el hogar de los Ionescu, se congregaban también para la cena. Eran días de largas e intensas sobremesas. Sobre todo por las noches, cuando el agotamiento causaba la agradable sensación de haber realizado un buen trabajo. Entonces no había más prisa que la que marcaban el cansancio y la necesidad de dormir.

Esa noche, al finalizar la labor, Mihai y Traían se encargaban de hacer pasar las ovejas por la ordeñadora. Beatriz y Marcel apilaban los últimos mantos. Doina aguardaba, junto a la vala, a que todos terminaran. Jon, a su lado, limpiaba y ponía a punto los cabezales de las esquiladoras.

– Llevo toda la semana pensando en invitar a la señorita Beatriz para que cene con nosotros -le comentó Doina, que no dijo nada sobre la comida del mediodía. Sabía que la chica necesitaba experimentar con el libro de cocina.

– ¿Y por qué no lo haces? -pregunto él, cepilando con cuidado una de las máquinas.

– Porque no quiero molestarle a usted, señor Jon -dijo, recordando su mirada de censura la única ocasión en la que los convidó a la vez-. Siempre ha dicho que la niña no le caía bien.

– Es tu casa y ela está trabajando como los demás. Creo que se sentiría bien si la incluyeras en el grupo -respondió, colocando la última de las esquiladoras en una caja de cartón.

– ¿Qué le ocurre, señor Jon; se está dando cuenta de que es una buena niña?

– No he dicho eso, Doina. -Cerró la caja y la miró-. Creo que es justo que la invites. Eso es todo.

– Me alegra, señor Jon.

– ¿Qué es lo que te alegra?

– Que no se le esté endureciendo el corazón, como yo pensaba.

– Doina -exclamó, paciente-. Mi opinión sobre Beatriz no ha cambiado. -Ela le miró, alzando las cejas-. Bueno, tal vez ha cambiado un poco, pero en tonterías. Sigo pensando que es como un buitre que ha venido a recoger su ración del festín.

– Por algo se empieza, señor Jon. Al final acabará fustigándose. ¿Ésa era la palabra? -preguntó, conteniendo la risa.

– Sí, Doina -respondió, colocando la caja en una balda alta, fuera del alcance del ganado-. Ésa era la palabra. Pero no creo que ese día vaya a legar nunca. Volvió la cabeza para mirar a Beatriz, que arrastraba con esfuerzo un velón mientras reía alguna gracia de Marcel. Jon pensó que con gusto se azotaría mil veces si eso significaba que se había equivocado al juzgarla. Su corazón se aceleró cuando la vio taparse la boca con la mano para que la risa no se le escapara demasiado lejos. Entonces se repitió que daría cualquier cosa por encontrarse en la obligación de fustigarse por el resto de su vida a cambio de descubrir que su equivocación había sido inmensa.

Durante la última semana, ela pasó a compartir las cenas y las sobremesas nocturnas. Comprobó quejón, cuando estaba relajado, tenía el gran sentido del humor que había creído ver mientras le espiaba a través de la ventana de la borda. Se divertía con las anécdotas sobre el irracional terror de Mihai ante su sangre, pero reía con las mismas ganas cada vez que Traian le convertía, a él, en blanco de las bromas.

Beatriz apenas si participó de las conversaciones. Disfrutó escuchando y descubriendo la faceta familiar y distendida de Jon durante siete días que se le evaporaron en un suspiro.

Había legado el momento de subir las ovejas a la sierra de Santa Bárbara. Las habían esquilado, secado la leche y preñado con los mejores sementales. Ahora era el turno de los mastines, que se ocuparían de proteger al ganado durante los meses que se mantendrían fuera de casa. Jon, sentado en un fardo de heno, junto al establo, los acariciaba y les pasaba el cepilo de púas metálicas por todo el pelaje. Beatriz terminaba tristemente con un intento de hacer albóndigas con salsa, cuando lo vio desde la ventana de la cocina. Necesitaba un respiro, y nada podía sentarle mejor que pasar un rato con Jon. Con sus zapatilas bien limpias que mantenían un suave y permanente tono grisáceo, salió de la borda para ir a su encuentro. Jon la vio atravesando los pastos y detuvo el cepilo sobre el fuerte lomo de Thor. Ser consciente de que se acercaba a él fue una sensación nueva que le aceleró

el corazón. Estaba hermosa. Con sus vaqueros, una ajustada camiseta azul y su cabelo suelto con los esponjosos rizos brilando bajo el calor del sol. Mirarla le dejaba sin aliento. ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente sensual y hermosa?, se preguntaba mientras le acariciaba el cuerpo con los ojos y sentía el placer en los dedos.

Ela legaba con una sonrisa tras la que ocultaba sus nervios sin saber que a él le ocurría lo mismo.

– ¿Qué haces? -preguntó, sentándose en uno de los fardos, atenta de no rozar a las fieras.

– En unas horas los chicos los subirán a la sierra, con las ovejas y el resto del ganado -respondió con una sedosa voz ronca y reiniciando el cepilado sobre el pelaje de Thor-. Les estoy dando instrucciones -bromeó sin mirarla.

En el suelo, dos correas de cuero con pinchos lamaron la atención de Beatriz. Se inclinó para coger una.

– ¿Qué es esto? -preguntó, examinándola con cuidado de no lastimarse.

– Son carlancas. -Contempló los dedos que Beatriz movía con prudencia entre las púas-. Colares de cuero atravesados por pinchos hacia el exterior. Son para Obi y Thor, los protege de los lobos.

– ¿Hay lobos ahí arriba, en la sierra? -preguntó ela con preocupación.

– No los hay -respondió Jon, y alzó la mirada para quedarse atrapado por sus sorprendidos ojos verdes-, pero un lobo puede alejarse en una noche de su madriguera, viajar cincuenta kilómetros, atacar un rebaño y estar de regreso para la madrugada. Así que hay que proteger a los mastines para que elos puedan cuidar del ganado -explicó, incapaz de mirar a ningún otro lado.

– ¿Qué pasa si atacan? -continuó preguntando Beatriz. La expectación ante un tema fantástico, digno de películas de terror, no le permitió percibir la turbación de Jon.

– No es probable que ocurra, pero, cuando lo hacen, los mastines los espantan. Algunas veces atacan en manadas y burlan a los perros. -Volvió a prestar atención a Thor, frotándole las orejas-. Los lobos pueden hacer mucho daño. Matan ovejas, pero el resto del rebaño se dispersa, se producen abortos si hay ovejas preñadas, algunas corren hasta despeñarse… Por fortuna, ocurre muy pocas veces.

– Por eso tenemos perros tan grandes como terneros -comentó Beatriz, mirando a los mastines.

Jon rio mientras colocaba la carlanca a Thor y comenzaba a cepilar a Obi.

– ¿Sabes cómo los elegimos cuando son cachorros?

– Imagino que se escogen a los más fuertes y fieros -dijo, dejando el colar en el suelo.

– Eso parece lo más lógico, pero no es así. Nos fijamos en dos cosas -dijo, tomando la cabeza de Obi entre las manos para mirarle los pequeños ojos color avelana-: que tengan un cuerpo robusto pero que sean ligeros, como estas dos fieras a las que tú has dejado de temer.

– Bueno. Hemos legado al acuerdo de ignorarnos, que ya es bastante -aclaró ela, arrugando la nariz-. Gracias a Dios, son muy tranquilos.

– Sí lo son -respondió Jon-. Ése es el otro punto importante. Elegimos los cachorros más tranquilos, más miedosos. Los que desconfían de las cosas y de la gente que no conocen y que, al mismo tiempo, ladran con facilidad. Buscamos cachorros inseguros que dudan antes de dar un paso. Se convierten en adultos más atentos y vigilantes.

– Todo lo contrario de lo que cualquiera podría imaginar-dijo sorprendida. Disfrutaba cuando Jon le contaba curiosidades sobre los mastines, el ganado o el vale.

– Son perros muy especiales. Mansos y nobles, pero muy firmes cuando defienden lo que dejas a su cargo.

– Como el yorkshire de Laura -exclamó, riendo y alzando los pies hasta posarlos sobre el fardo-Se ha impuesto la tarea de proteger el piso como si fuera un perro policía.

– Acabarán gustándote los perros -aventuró a decir Jon, sonriendo con ternura al recordarla temblando ante los mastines.

– Y el ganado, y las montañas, y el silencio, y el infierno verde… -Hizo una pausa, mirando hacia la cima de la Mesa de Los Tres Reyes para decir, con guasa-: Incluso creo que acabarás gustándome tú.

A Jon le gustó escuchar eso, aunque tuvo la sensación de que le faltó añadir «a pesar de lo estúpido, arrogante e insensible que eres a veces». Puso la carlanca a Obi y le acarició la cabeza, pensativo. Nunca le había costado pedir disculpas, pero con ela era diferente. Con ela, desde el principio todo había sido diferente.

– No soy un hombre fácil -confesó, mientras el mastín se tumbaba a sus pies.

– A ratos, sí-dijo ela, riendo, pero sin atreverse a mirarle.

Jon echó la espalda contra la pared del establo y observó las zapatilas que un día fueron blancas. Eran las primeras que habían perdido la altanería. Él pretendía ser el siguiente, aunque era consciente de que su orgulo estaba tan arraigado como el de la propia Beatriz. Cada día, durante meses, Doina había dejado en la cocina de la borda un pequeño cubo con leche antes de que Beatriz se levantara. Desde hacía cuatro días, era Jon quien se ocupaba de esa tarea.

Él ya había visto trabajar a Beatriz elaborando queso a su lado y volteándolo en la cámara. Pero algo se le había movido en el corazón durante los días de la esquila. Mientras rasuraba las ovejas, la había escuchado gritar porque alguna se le acercaba demasiado, y reír relajada con las bromas de los jóvenes Ionescu. También había contemplado, con disimulo, el modo en el que arrastraba velones y los amontonaba junto a los comederos, o lo dispuesta que estaba a ayudar en todo momento. Incluso la había escuchado decir que estaba alí por si él la necesitaba…

Y una mañana, volvió a olvidar la prudencia de mantenerse a distancia. Cuando Mihai terminó de ordeñar, cedió a la tentación de pedir el cubo a Doina. Le recordó que continuaba vigente la amenaza de desolarla viva si Beatriz se enteraba de que él le levaba la leche, más ahora que había decidido facilitársela cada día. Descubrió que visitar la borda cada amanecer, mientras ela dormía, era un pequeño, morboso y sofisticado placer que le agradaba disfrutar. Se absolvía diciéndose que desde que ela estaba alí, hasta la casa había cambiado, perdiendo la sensación de frío e ingrato olvido. Después de tantos años en los que sólo la visitaba él, unas pocas noches de cada invierno, un corazón volvía a latir entre sus cuatro paredes, y eso la estaba volviendo a lenar de vida. En su cuarta y grata visita matinal, no le recibió la acostumbrada y dulce fragancia a moras. Una peste a quemado se respiraba en la cocina. En el fregadero, una cazuela con el fondo ennegrecido estaba a remojo con agua jabonosa. Junto al fogón, un libro de recetas confirmaba lo que era ya evidente: Beatriz intentaba aprender a cocinar, y con penosos resultados.

Se preguntó cuál sería el motivo de aquel empeño. ¿Que él le hubiera dicho que sobreviviría con abrelatas la había herido en su amor propio? Ela era muy orgulosa y él había sido muy ofensivo. La creía muy capaz de obstinarse en cualquier cosa si con elo demostraba estar por encima de quien la había herido. O tal vez se había cansado de jugar a los ganaderos y ahora comenzaba con las cocineras.

De cualquier modo, ela no era tan previsible como la juzgó al conocerla, y eso le agradaba y le asustaba, casi a partes iguales. Salió, cerrando la puerta con cuidado. Parado bajo la hermosa flor seca en forma de sol, miró hacia las orgulosas cimas de los Pirineos. Tras elas se adivinaba la legada de un día limpio y brilante. El día perfecto para enseñar a Beatriz un poco de magia. Ya no le importaba que ela no supiera verla. Él podía apreciarla por los dos.

Inspiró hondo y emprendió el camino hacia los establos. Tenía que ensilar dos cabalos, pero primero quería coger el Land Rover y acercarse a su casa. Mientras, daría tiempo a que Beatriz se levantara y desayunase.

CAPÍTULO 10

Media hora después, y sujetando las bridas de dos magníficos cabalos negros, regresaba a la borda y golpeaba la puerta con los nudilos. Beatriz apareció

atándose el cordón de una corta bata de algodón blanco bajo la que asomaban las delicadas puntilas de un liviano camisón rosa. Llegaba con el sueño pegado aún a las pestañas. La visión de Jon, parado ante ela, con vaqueros y un jersey de punto azul marino con una larga cremalera delantera, la despejó con más rapidez de lo que lo hubiera hecho una ducha helada.

Por un instante, él le miró absorto los bucles enmarañados y su cara somnolienta, disfrutando del sensual placer que le provocaba verla despertar. Después dirigió

los ojos hacia sus piernas desnudas. Nunca le habían parecido tan largas, rectas y tersas. Se dijo que parecían hechas para turbar la razón; tal vez su razón. Le dio los buenos días mientras trataba de recuperar la prudencia mirándola a los ojos.

– Teníamos una cita para cabalgar -dijo sonriendo-, y hoy va a hacer un día perfecto.

Beatriz se preguntó dónde había tenido escondida esa interesante faceta de hombre impulsivo. Miró al cielo, limpio de nubes y niebla, y encogió los dedos de los pies, que se le estaban quedando congelados sobre la baldosa.

– ¿Podemos desaparecer durante todo el día sin ningún problema? -preguntó, aun creyendo conocer la respuesta.

– No hay mucho que hacer, y ya he avisado a Mihai que hoy no cuente conmigo -explicó Jon, azotando las riendas sobre la pernera de sus vaqueros. Beatriz observó el insistente movimiento de las correas. Le tranquilizó pensar que no era tan duro ni tan seguro de sí mismo como quería aparentar. Suspiró, cerrándose bien la bata sobre el pecho.

– Dame cinco minutos para ducharme y vestirme -respondió, con ojos brilantes de ilusión.

La rapidez de la ducha superó a cualquiera de las que se había dado en sus estresantes mañanas entre su taza de café y su salida hacia la marea de tráfico de Madrid. Desde que estaba en Roncal le había cogido gusto a soñar despierta bajo el chorro de agua caliente. Estaba descubriendo el lado atractivo de la calma y del silencio, de la vida sin reloj y sin móvil, sin tráfico y sin humos, sin citas obligadas y sin prisas; y, sobre todo, de la compañía de Jon. Pero esta mañana volvió a desayunar con rapidez, aunque lo hizo con un apetitoso tazón de leche que no le dio tiempo a terminar. Dejaba el café negro para su regreso a Madrid, cuando volviera a necesitar estimulantes que la mantuvieran despierta.

Se vistió con sus vaqueros, una camiseta de tirantes por si legaba a hacer calor, otra de manga larga, encima, por si hacía fresco, y la gruesa sudadera de un chándal. No le convencían demasiado sus zapatilas de loneta, pero era lo más apropiado que tenía para una excursión como la que le aguardaba. Cuando volvió a salir de la borda, encontró a Jon junto a los cabalos, comprobando y ajustando las cinchas. Aún le pidió que le diera un segundo, porque quería coger la cámara de fotos que tenía en el coche.

Cabalgar en libertad fue emocionante para Beatriz. Le bastaron unos minutos para comprobar quejón tenía razón; la beleza de aquelos parajes era única; recorrerlos a cabalo se convertía en una experiencia impagable.

Atravesaron el Vale del Roncal por las zonas más bajas y húmedas. Disfrutaron del paso lento sobre el suelo rocoso; del trote en el interior de los bosques, sorteando pinos y hayas; y del galope, cuando salían a cielo abierto recorriendo frescos pastizales. Beatriz se preguntaba si aquela dilatada euforia que sentía se la provocaba la naturaleza exultante, digna morada de duendes y hadas; el sonido de los cascos de su montura mientras el aire le azotaba el rostro; o la turbadora compañía de Jon. El se mostraba atento y paciente, aflojando el ritmo cuando veía que ela no podía seguirle, deteniéndose para que hiciera fotografías sin riesgo de caerse, contándole curiosidades de los lugares que recorrían. Era ese Jon que había descubierto durante sus largas tardes de tristeza y hastío en la borda.

A media mañana, él le ofreció la posibilidad de almorzar en un pequeño y rústico restaurante de montaña que aseguró le encantaría, o de detenerse en cualquier lugar para comer algo que levaba en un viejo zurrón de cuero, sujeto a la sila de montar.

Elegir le resultó sencilo. Prefirió satisfacer su curiosidad sobre lo que Jon había preparado.

La parada la hicieron en el Vale de Salazar. Junto al riachuelo que cruza por el centro de un pequeño bosque de hayas. Mientras aseguraban las bridas de los cabalos a las ramas bajas de un árbol, Jon le habló de sus nombres. Zaldizko era el que ela montaba. Su abuelo lo había bautizado así porque el hermoso animal le gustaba tanto como las partidas de mus que él jugaba cada tarde en la taberna. Zaldizko es el naipe que representa al cabalo.

– ¿Y cómo se lama tu yegua? -preguntó, esperando otro nombre igual de extraño.

– Zoraska -respondió Jon, sonriendo-. Significa locuela, chiflada. Tiene mucho temperamento y a veces da sorpresas. Por eso prefiero montarla yo, que la conozco y la domino.

– Los dos nombres comienzan con 5 -comentó Beatriz mientras Jon soltaba el zurrón que levaba colgado a la montura.

– Con Z -aclaró él-. Suena como una S, pero se escribe con Z. Era la costumbre de tu abuelo -dijo, sacando un mantel verde y extendiéndolo sobre el suelo desnudo, junto a un grueso tronco de haya-. Lo hizo con todos los cabalos de monta que tuvo. Pero nunca le pregunté si había algún motivo para eso. Beatriz se sentó en un extremo de la tela, mirando con la expectación de una niña al resto de las cosas que él sacaba del zurrón.

– Si yo no viviera con mis padres, sobreviviría gracias a los abrelatas -comentó él, riendo a la vez que quitaba la envoltura de papel de estaño a dos platos de cartón que contenían queso y jamón de Jabugo.

«El gran hombre es, para algunas cosas, tan inútil como yo», pensó Beatriz, observando los perfectos triángulos de queso y la mirada satisfecha de Jon.

– ¡Eres un majadero! -dijo, al tiempo que se cubría la boca con los dedos y estalaba en una carcajada. Él gozó de aquel tintineo casi infantil. Si algo veía en ela que le resultara más atrayente que sus fogosos ojos verdes o que sus esponjosos bucles en los que a veces se imaginaba a sí mismo hundiendo el rostro, era la risa.

Desenvolvió un plato más grande con una jugosa tortila de patatas sobre la que soltaban su jugo unos pimientos verdes fritos.

– Con los mejores deseos de mi madre -dijo, ceremonioso, y al instante chasqueó los labios al recordar la prisa con la que lo había preparado todo esa mañana. Salió de casa con la sensación de que olvidaba algo. Algo importante.

– Tenemos un problema -señaló, sacando una botela de tinto de Navarra-. He traído vino, pero no tenemos vasos.

– O sea que tendremos que beber a morro, como los borrachos -dijo Beatriz, riendo nerviosa.

Jon la miró guardando silencio, disfrutando de nuevo del modo en que ela dejaba escapar la risa y observando los labios con los que compartiría la suavidad del cristal… Inspiró con fuerza y descorchó la botela con cuidado. Se aseguró de que no quedaran restos de corcho y se la ofreció a Beatriz. Le habría gustado poder proporcionarle también un vaso, pero se moría por saborear el rastro que iban a dejar sus labios sobre el vidrio. Una hora después los dos yacían con la espalda pegada al suelo y la mirada perdida en las hojas ovaladas de las hayas. Ráfagas de sol, penetrando entre el oscilante ramaje, lenaban el bosque de temblorosos claroscuros.

– ¿Te he dicho que tenías razón, que esto es precioso? -preguntó Beatriz, mirando el espectáculo de luz y sombras a través del objetivo de su cámara fotográfica.

– Unas cien veces -respondió Jon, riendo y colocando las manos bajo su cabeza.

– Nunca había estado en un bosque de hayas -confesó ela, dejando la cámara a un lado-. En realidad, es la primera vez que estoy en un bosque de verdad. Además, éste se parece a los de los cuentos.

Ela disfrutaba de la naturaleza aunque sólo fuera porque ésta le recordaba a los cuentos, pensó Jon, imaginando qué opinaría si la levara a otros lugares mucho más especiales; más mágicos.

– Aquí cerca, en este mismo Vale de Salazar, está la selva de Irati -comenzó a contarle-. Es el mayor hayedo de Europa. Da igual la época en la que lo veas porque siempre es hermoso, pero en otoño es impresionante. Te aseguro que nunca has visto tantas gamas de marrones, ocres, rojos… -Inspiró, recordando sensaciones-. Caminar entre esas hayas disfrutando de los colores, los olores y el crujir del manto de hojarasca bajo los pies, es lo más relajante y a la vez estimulante que puedas imaginar.

La vehemencia y la emoción en las palabras de Jon revelaron a Beatriz que hablaba desde el corazón, que amaba esos bosques y esas tierras.

– Adoras esto, ¿verdad? -preguntó, observando cómo el viento jugaba meciendo las hojas.

– Sí. Aunque, tal vez adorar no sea la palabra.

Beatriz esperó que continuara, pero él volvió a guardar silencio.

– ¿Cuánto tiempo estuviste fuera de Roncal? -le preguntó de pronto, girando la cabeza para mirarle.

– Desde que comencé la carrera hasta que regresé para quedarme, algo más de diez años. Al principio venía muchos fines de semana. Después fui espaciando mis visitas.

– ¿Y por qué las espaciabas? -curioseó ela, incorporándose para sentarse sobre la tierra.

– El trabajo, las obligaciones, la vida… -respondió Jon, reacio a contar detales que a nadie concernían salvo a él.

– Diez años es mucho tiempo -opinó Beatriz-. Echarás en falta muchas cosas de la ciudad.

– ¿Y me lo preguntas después de haber visto todo esto? -Miró a su alrededor para decir-: Si te quedas el tiempo suficiente por aquí, puede que legues a comprender por qué no necesito buscar nada más en ningún otro lugar.

– ¿Es que no tienes sueños? -se interesó, como si diera por hecho que para eso estaban las grandes urbes.

– Muchos… No se puede vivir sin sueños. Y tú -dijo, girando el rostro para mirarla-. ¿Tú tienes sueños?

– Algunos -respondió Beatriz-. Pero hay uno muy especial. -Suspiró, manoseando los cordones grisáceos de sus zapatilas-. Mi gran sueño es abrir un lujoso hotel en Aranjuez. He visto hasta la mansión que quiero para mis planes.

– Una casa de ésas tiene que costar mucho dinero -comentó Jon, sin demasiado interés.

– Una fortuna -dijo, riendo-. Pero es que no se trata sólo de eso -explicó, negando con la cabeza-. Es una especie de palacete y, aunque nadie vive en él, las familias importantes no acostumbran deshacerse de elos.

Jon pensó en lo diferentes que eran sus sueños. Él nunca legaría a fijarse en ningún palacio ni aspiraría a convertirse en el dueño de un hotel de lujo.

– Cuéntame uno de tus sueños -pidió Beatriz de pronto-. El que más ansias -añadió, tratando de que su voz no reflejara todo el interés que despertaba su contestación.

Él miró hacia las hojas que se agitaban sobre su cabeza, pensando en todas las metas que se había propuesto alcanzar. No tuvo que ordenarlas por importancia. Tenía muy claro cuál era el valor de cada una.

Inspiró hondo antes de decidirse a compartir con ela el más deseado de todos sus sueños.

– No quisiera morirme sin haberme vuelto loco de amor correspondido -confesó a media voz, para volver a quedarse en silencio. La respuesta sorprendió a Beatriz y le erizó la piel. Encogió las piernas y se abrazó a elas en busca de calor. Nunca había pensado en un sueño como ése. Se preguntó si ese deseo nacía de un corazón sensible, de una decepción, de un amor no correspondido.

– ¿Nunca has estado enamorado? -preguntó con suavidad, apoyando el mentón sobre las rodilas.

– Sí. Alguna vez -respondió él, alzando la cabeza y frotándose la nuca antes de volver a recostarla en el suelo.

– El amor es algo complicado -musitó Beatriz, pensando en sí misma y en Diego.

– El amor… -repitió Jon, pensativo-. El amor debe ser algo que te haga perder la razón -susurró-. Algo que te ate para siempre a unos ojos, que no te deje respirar cuando no puedas mirarte en elos…

– ¿De verdad crees que existe un amor así? -preguntó, aturdida por sus palabras.

– Estoy seguro -respondió él, y bajó los párpados para dejarse acariciar por los rayos de sol que fragmentaban las sombras al colarse entre las hojas. Tras unos minutos de silencio, la respiración de Jon se hizo suave y acompasada y Beatriz dio por hecho que se había quedado dormido. Le turbaba compartir un acto íntimo en el que no había visto a más hombre que a Diego. Pero no se resistió a la oportunidad de observarlo en ese estado apacible de indefensión. Consideraba que era atractivo, muy masculino, con unos rasgos dulces y sensuales. Cuando no estaba enojado era la imagen misma de la serenidad. Cuando se enfurecía, su rostro se tensaba y sus ojos negros juraban hundirte en el infierno.

Pero ahora le parecía un ángel. Un ángel de cabelo oscuro y piel dorada que prometía levarte al paraíso. Lo enfocó con su cámara. Encuadró su rostro de facciones casi perfectas y, rogando por que el sonido no le despertara, pulsó el disparador. Jon no se movió, y ela, con una sonrisa satisfecha, se acercó cuanto pudo a la pantalita brilante para observar la fotografía. Amplió hasta que los párpados cerrados de Jon ocuparon todo el visor. Tras observarlos con detenimiento y recrearse en las pestañas, pasó a observar sus gruesos labios, su duro y masculino mentón, sus orejas, pequeñas, sus manos semiocultas bajo la cabeza…

Verdaderamente era un hombre hermoso, pensó mientras apagaba la cámara y la protegía con su funda. Le gustaba su compañía y le agradaba su conversación. Gracias a él, la distancia que ela aún se empeñaba en mantener con Diego no le estaba pesando demasiado. Lo miró, calculando cuánto tiempo levaba dormido.

Volvió a observar el modo en que los serpenteantes rayos de sol le acariciaban. Sonrió al ver que su apacible rostro no se inmutaba cuando la luz le descansaba sobre los párpados. Y de pronto reparó en que no escuchaba el sonido de su respiración. Su torso no ascendía y descendía… no respiraba. Acercó la mano hasta el hombro para oprimirlo con suavidad y comprobar si se movía, pero ni siquiera alcanzó a rozarlo. Se lo pensó mejor y se colocó de rodilas, aproximándose todo cuanto pudo para escuchar mejor el sonido de su respiración.

Ni vio ni oyó nada que la tranquilizara. Retrocedió y miró a su alrededor, nerviosa, arqueando unos dedos sobre otros y suplicando que Jon despertara antes de que ela entrara en una de sus crisis de ansiedad.

Aquel pensamiento le hizo reaccionar. Sin concederse tiempo para arrepentirse, se inclinó sobre él, muy despacio, para verificar si le temblaban sus espesas pestañas o algo oscilaba bajo sus párpados.

Y de pronto, con la rapidez de un felino, Jon alzó la mano y la sujetó por la nuca a la vez que abría sus ojos negros para clavarlos con firmeza en los suyos.

– ¿Qué estás buscando? -susurró, manteniéndola a un palmo de su rostro.

Las mejilas de Beatriz se incendiaron. A la vergüenza de haber sido descubierta contemplándole, se añadía la confusión de tenerlo cerca y en esa actitud retadora.

– Creí que no respirabas -se disculpó, nerviosa-. Me asusté y quería comprobar si estabas bien -explicó mientras apoyaba las manos en la tierra, a ambos lados del cuerpo de Jon, para sujetarse y no caer sobre él.

Los destelos afilados del sol filtrándose entre los árboles incendiaron a ráfagas el cabelo de Beatriz. Jon nunca la había visto tan hermosa, ni tan sorprendida, ni tan a su merced. Y pensó que sería fácil atraerla hasta rozarle los labios. Sujetarla por la nuca para fundirle la boca con la suya. Sería sencilo rodar con ela en los brazos, tumbarla sobre la tierra y besarla mientras acariciaba esas formas que comenzaban a torturarle el pensamiento. Dejarse levar sería fácil. Demasiado fácil, demasiado peligroso.

– No vuelvas a acercarte de este modo -ordenó, tratando de aislarse de su suave olor a moras. Pretendiendo no respirar de su cálido y apresurado aliento. Beatriz le agarró la mano para apartarla de su nuca. Él tensó los músculos y la sujetó con más fuerza, amenazando con aproximarla más a él si volvía a moverse. Le estaba pidiendo que no se le acercara, pero en el fondo le gustaba sentir el hormigueo que le suscitaba olería y escucharla respirar.

– Sólo quería comprobar que no te ocurría nada -insistió, nerviosa.

– No vuelvas a hacerlo -susurró él, devorándola con los ojos mientras sentía que perdía la voluntad. Iba a ceder. Iba a atraerla hasta él, iba a besarla, iba a cometer una locura…

Maldijo en silencio la ingenua osadía de Beatriz que le había agitado los instintos, y a él mismo, que se complacía en martirizarse con elo. Cerró los ojos, inspirando con fuerza mientras la soltaba.

Pero a Beatriz le costó reaccionar. Sin la presión que la inmovilizaba desde la nuca, se separó apenas unos centímetros y se quedó observando el rostro tenso de Jon.

Él abrió los ojos y la miró en silencio. Ela pudo ver que no contenían la furia de otros enfados ni la amenaza de sumergirla en el infierno. La mirada de Jon era tensa pero vacilante, arrogante pero insegura. Y Beatriz se la mantuvo hasta que el calor de sus mejilas amenazó con convertirla en cenizas. Suspiró sobre su torso inmóvil y se hizo a un lado, cuidando de no rozarle al retirarse. Jon volvió a cerrar los ojos para contener el deseo de estrecharla entre sus brazos y besarla.

Así de confundido se sentía; así de alterados tenía el cuerpo y el pensamiento.

Cuando Beatriz estuvo lejos, él se puso en pie, despacio, se acercó al mantel, aún extendido, y comenzó a recoger, clavando los dedos con fuerza sobre los platos vacíos.

– Alguien ha tenido que hacerte mucho daño para que reacciones de esta manera conmigo -exclamó ela, sin energía para enojarse-. Siempre que trato de…

– No busques explicaciones complicadas -respondió Jon, sin querer mirarla-. Los dos sabemos que mis motivos se laman Ignacio -«y esta maldita atracción que comienza a volverme loco», se dijo mientras continuaba recogiendo.

Beatriz levantó su cámara del suelo. Se sentía demasiado confundida, incapaz de explicarse qué acababa de ocurrir en el interior de Jon. Sólo sabía que, una vez más, él intentaba hacerla sentirse culpable.

– ¿Estás seguro que no ha habido una mujer que te ha hecho sufrir y ha convertido tu corazón en una roca? -preguntó con un suave cinismo. Jon soltó el mantel que comenzaba a plegar y se acercó a ela con paso lento y la mirada fija en los confundidos ojos verdes.

– Deja de analizarme -dijo cuando se detuvo a su lado-. Tú y yo sabemos de dónde nacen nuestras diferencias, por eso conocemos el modo de evitarlas.

¿Quieres que sigamos como hasta ahora?

– Por supuesto -respondió ela, alzando la barbila-. No me gusta discutir.

Jon reparó en que se estaba dejando gobernar por el calor que le bulía en la sangre. Abrir los ojos y verla inclinada sobre su cuerpo, respirando cerca de sus labios, le había despertado los instintos, le había alterado la razón. No podía deshacer lo hecho, ni lo dicho, ni lo sentido… pero aún podía dar marcha atrás y fingir que sólo había estado bromeando.

– A mí tampoco -dijo, con una fascinante sonrisa-. De todos modos, la advertencia de que no vuelvas a acercarte a mí de ese modo no tiene nada que ver con Ignacio -aseguró-. Tú eres una mujer hermosa y yo soy un hombre que responde muy bien a los estímulos. Beatriz abrió la boca, sorprendida. Quiso responder, pero el ánimo se le fue incendiando y las palabras se le amontonaron en la mente. Alzó los brazos con una rabiosa impotencia y Jon se le adelantó.

– ¿Conoces esos anuncios de coches en los que aseguran que se ponen de cero a cien en siete segundos? -preguntó con guasa, y acercó el rostro para susurrarle, bajito-: Pues yo no necesito tanto tiempo.

Beatriz dio un paso atrás y lo miró, sin saber cómo reaccionar. No estaba segura de si debía sentirse ofendida o mandarle a la porra por arrogante y presuntuoso. Comprimió los labios y aleteó la nariz para no estalar.

Los ojos de Jon chispearon divertidos. Le pareció curioso que él se estuviera relajando al mismo ritmo en el que ela se irritaba.

– Confío en que no te enfades por esto -musitó, midiéndole la furia en la intensidad del verde de sus ojos-. No he querido ofenderte.

– ¿Y dónde podría encontrar motivos para ofenderme? -dijo con ironía.

– Eso me parecía -soltó con frescura, sonriendo con gesto inocente.

Beatriz no entendía de qué iba todo aquelo. Sentía que Jon estaba jugando con ela, y que, de nuevo, lo hacía sin explicarle ninguna de las normas. Mientras él guardaba el mantel, recogía los desperdicios y los metía en una bolsa de plástico que colocó en el zurrón, Beatriz lo observó en silencio, esperando que quisiera explicarse.

Cuando no quedó en el suelo ningún rastro de invasión humana, Jon se volvió hacia ela para decir:

– Aún tenemos algunas horas de luz y muchas cosas que me gustaría que vieras -sonrió como si aún les esperara lo mejor del paseo-. Espero que te quede espacio para más fotografías.

Beatriz le vio montar y tirar de las riendas para que la yegua girara una vez sobre sí misma. Decidió no preguntar sobre lo que acababa de ocurrir. Al fin y al cabo, sólo sería otra de las reacciones de Jon que no legaría a comprender.

CAPÍTULO 11

A pesar de que Jon subía cada día a la finca y se ocupaba de levar la leche a la borda, no siempre conseguía ver a Beatriz. Los encuentros había que forzarlos, pero no era tarea fácil cuando se pretendía que parecieran casuales.

Lo mismo le ocurría a ela. Pasaba las mañanas cocinando y oteando por la ventana de la cocina, buscando el modo de encontrarse con Jon. Las tardes las ocupaba en la lectura de algunas novelas que había comprado en un viaje relámpago a Pamplona, cuando fue buscando una librería con servicio de imprenta. Leía sentada junto a la ventana para mirar a través de la cortina cada vez que pasaba una página.

Le relajaba el aroma a flores que reinaba desde que, unos días atrás, había cortado unas pequeñas campanilas azules en la zona en la que tendía la colada. A falta de un recipiente más apropiado, las había colocado en un vaso de cristal con agua, en el centro de la mesa. A ratos lo miraba y recordaba los espléndidos ramos de rosas rojas que acostumbraba enviarle Diego y que ela ponía en su jarrón Elfos, de cristal francés de Lalique. Era como comparar la luz de una luciérnaga con la de una estrela, pero aun así le emocionaba contemplar las delicadas florecilas y aspirar su aroma. Había comenzado a madrugar a pesar de que le sobraban horas en el día, y mientras comenzaba a reunir sobre la encimera los ingredientes para su receta, veía dirigirse hacia la sierra a Jon, con el Land Rover, o a Traian y Marcel, con sus ruidosas motos. A menudo se preguntaba cómo sería aquela cima, cómo estaría alí el ganado, cuál era el trabajo que les obligaba a subir cada amanecer y a última hora de las tardes.

Aquela mañana, el delicioso olor del risotto de hongos la dejó satisfecha. Por primera vez el resultado de esa receta tenía un aspecto comestible. Añadió el último trozo de mantequila y el queso que había ralado la noche anterior, y lo revolvió todo con una cuchara de madera. Al comprobar que el arroz tenía un aspecto cremoso, tal y como indicaba el libro, sintió deseos de gritar y aplaudirse. Pero, en lugar de eso, apagó el fogón y se dirigió, canturreando, hacia su habitación. Cambió su falda por los vaqueros, que no olían a cocina, se puso una camiseta rosa de finos tirantes, y se arregló con los dedos los bucles, dejándolos sueltos sobre los hombros.

Salió a recorrer los establos, dispuesta a hacerse la encontradiza, pero no haló ni rastro de Jon.

Caminó, decepcionada pero sin prisa, hasta el lugar más tranquilo de la finca; los últimos pastos. Alí había pasado muchos ratos agradables, a veces sola, contemplando al ganado, admirando la silueta de las cumbres sobre el cielo y aprendiendo a disfrutar del silencio. Otros, los más gratos, había compartido el tiempo y la conversación con Jon. El, que aseguró con ironía que no sería su profesor de manualidades, le había explicado muchas cosas, ayudándole a entender un mundo que desconocía.

Ahora, con los pies en el primer travesaño de la cerca, apoyaba los brazos en el tronco superior y oteaba el pastizal. Le sorprendió encontrarse al grupo de carneros, con sus imponentes cuernos retorcidos en espiral hacia delante y hacia el exterior. Le parecían animales hermosos, pero los temía. En varias ocasiones los había visto enfrentarse entre elos; medir su fuerza, frente con frente; golpearse las cornamentas con golpes secos… Esos animales le habían proporcionado los únicos ratos tensos durante los agradables días de la esquila. Ver a Jon sujetando esos enormes y peligrosos cuernos le mantuvo el corazón en vilo durante el rato que tardó en raparlos.

Descansó la barbila sobre sus brazos y suspiró. Hacía tiempo que pensar en Jon le oprimía el pecho y le obligaba a tomar aire. Y ese sentimiento extraño comenzaba a preocuparle.

– ¿Aburrida?

La inconfundible voz de Jon, a su espalda, terminó con sus pensamientos y la obligó a inspirar de nuevo. Bajó los pies del travesaño, despacio, preparándose para enfrentarse a aquelos ojos negros.

Y se encontró con un hombre de sonrisa deslumbrante. Estaba de pie ante ela, con las manos en los bolsilos y una camisa blanca, desabotonada hasta el inicio del abdomen.

Tenerlo tan cerca le reavivó las sensaciones que la habían paralizado el día anterior, durante el paseo a cabalo. Y es que nunca, un hombre, le había dicho algo parecido, ni la había mirado de aquela forma, ni la había sujetado con aquela amenazadora sensualidad.

– No tengo tiempo para aburrirme -respondió mientras sus ojos iban y regresaban hacia el torso que contemplaban por primera vez-. He venido a que me dé un poco el sol -aclaró, empeñada en fingir que no había reparado en la camisa desabrochada.

Jon se extrañó de aquel movimiento frenético de sus pupilas, pero no le dio demasiada importancia, pues él andaba ocupado con otros pensamientos. Recordaba el momento de intimidad en el bosque, el roce de su piel, el calor de su aliento. Llevaba tres días y tres noches reviviendo la sensación que le invadió al despertar y encontrarla inclinada sobre él.

Beatriz miró a su alrededor, intentando olvidarse de la maldita camisa y del bien torneado pecho.

– Creí que estaban en la sierra -dijo, señalando a los carneros con un gesto de cabeza.

– No podemos subirlos mientras exista el riesgo de que preñen a cualquier oveja -dijo Jon, apoyando los brazos en el madero y mirando hacia los animales.

– De eso se trata, ¿no? -exclamó Beatriz, deseando que se diera cuenta de que no podía andar medio desnudo ante una mujer. También ela tenía su corazoncito, aunque no se pusiera de cero a cien en siete segundos.

– Pero no las puede preñar cualquiera que pase por; alí-dijo él, riendo-. Estamos mejorándolas genéticamente. Escogemos quién tiene que ser el padre. En la sierra están libres, a veces se mezclan los ganados de diferentes cabañas. No hay garantías, y por eso no está permitido subir a los machos hasta mediados de agosto.

«Los machos.» ¿No podía haber elegido otra palabra para decir lo mismo?, pensó Beatriz mientras volvía a apoyar los brazos en la vala. Se disponía a echar otra mirada cuando Jon reparó en la abertura. Cerró los botones con tranquilidad, y Beatriz suspiró, en el fondo decepcionada.

– Todo esto es mucho más complejo de lo que imaginaba antes de venir aquí-dijo, sonriendo a pesar de la desilusión. Había legado con intención de pasar alí tres días y ya habían transcurrido cuatro meses, pensó Jon. Cuatro meses, y nada de su actitud indicaba que estuviera pensando en irse.

En ocasiones deseaba preguntarle cuánto tiempo pensaba quedarse, qué futuro había dispuesto para las tierras y el ganado. Pero se negaba a hablar con ela de la herencia. Se decía que si no lo había hecho al principio, cuando odiaba tenerla cerca y sólo deseaba que se fuera, no lo haría ahora que disfrutaba de su compañía, ahora que comenzaba a no saber lo que quería.

Que ela se quedara alí para siempre, controlando lo que le pertenecía, ya no le parecía algo tan malo. Pero no podía creer que lo hiciera. Sabía que en algún momento se cansaría de todo aquelo, regresaría a Madrid y dejaría que alguien levara la explotación por ela. Sólo esperaba que, si se iba, el aburrimiento fuera total y que pusiera en venta todas las propiedades, para que no hubiera nada que los uniera y no siguiera lenándole de confusión. Si eso pasara, él tendría que conseguir un dinero que no tenía, pero estaba dispuesto a partirse el alma para lograr que nada que hubiera sido de Ignacio acabara en poder de algún extraño.

– Te has quedado muy calado -dijo Beatriz, introduciendo las manos en los bolsilos de sus vaqueros y encogiéndose de hombros.

– Disculpa -pidió Jon, con la vista al frente-. Se me fue la cabeza hacia algo… algo importante que desconozco cómo terminará. A partir de aquel momento, o más bien de aquelos pensamientos, las respuestas de Jon se hicieron más espaciadas, más frías. Beatriz se preguntaba qué había ocurrido. Él había pasado de mantener una conversación relajada, a quedarse serio y con la mirada perdida. Aquelos cambios de humor la desconcertaban.

Observó los dedos con los que rozaba con insistencia sobre la madera, sus largos y belos dedos que estaban tan ausentes como él mismo. Volvió a poner los pies en el primer travesaño, se apoyó en el que él acariciaba y suspiró, antes de decir:

– Me gustaría ir a la sierra. ¿Te importaría levarme la próxima vez que subas? -solicitó con voz amable. La pregunta le cogió por sorpresa.

– ¿Qué crees que hay alí? -interrogó, mirándola a los ojos.

– Lo ignoro. Por eso quiero subir -dijo ela, descansando la barbila en la madera-. Te prometo que no molestaré.

– No pensaba que lo harías -respondió él, con sinceridad.

– Entonces, ¿me levarás? -insistió, mirándole y alzando las cejas.

Jon no encontró disculpa alguna con la que negarse. Al menos ninguna que pudiera nombrar. Apartó la vista, volviéndola hacia los carneros, tomó una gran bocanada de aire y dijo que la levaría a la mañana siguiente.

Tras recorrer un pequeño tramo en dirección a Urzainqui, el Land Rover abandonó la carretera. Se internó por una pista forestal, en medio del bosque, que ascendía hasta la sierra y los pastos.

El camino, socavado en las laderas del monte, era amplio y cómodo de transitar, pero no para Beatriz. El vacío se abría bajo su ventanila y el traqueteo del todoterreno le hacía pensar que acabarían perdiendo el firme del suelo y precipitándose barranco abajo.

– Mira a tu derecha -dijo Jon, cambiando de marcha ante una pendiente más pronunciada-. En cuanto se abra el espacio entre los árboles verás el pueblo de Roncal.

«Estás loco si crees que voy a mirar hacia ahí abajo», pensó Beatriz, guardando silencio e inspirando para tranquilizarse. Cuando alcanzaron el claro entre el ramaje, Jon extendió el brazo derecho para señalarle la dirección en la que debía mirar. Al fondo, de entre un fantástico océano verde, emergía Roncal, con sus tejados rojos y la majestuosa iglesia de San Esteban velando por la vila desde lo alto.

– ¡No sueltes el volante! -gritó Beatriz, crispando los dedos sobre el reposabrazos de la puerta.

Jon la miró sorprendido, y descubrió que estaba tan pálida y rígida como una hoja encerrada en escarcha. Casi sin atreverse a respirar, intentaba ignorar su lado derecho, que a medida que ascendían se iba abriendo hacia el cielo y las montañas.

Sujetó el volante con las dos manos, riendo. Pensó que aquela remilgada asustadiza era en realidad Beatriz. Daba igual cuánto se esforzara en adaptarse; era una esnob y nadie podría cambiarlo.

Ela apretó los dientes al escuchar su risa. No quería gritar. Estaba ocupada mirando al frente y controlando el miedo que amenazaba con convertírsele en angustia.

Jon, que había hecho aquel trayecto tantas veces que podía recorrerlo con los ojos cerrados, no pudo resistirse. Cambió de marcha y aceleró. Casi sintió lástima cuando percibió que Beatriz contenía la respiración. Pero se disculpó a sí mismo diciéndose que le estaba ofreciendo una visión diferente del mundo rural que comenzaba a conocer.

Terminó reconociendo el valor que demostraba guardando un sufrido silencio. Tenía miedo, pero lo dominaba. Y él, que sabía que no corrían ningún peligro, fue un poco más retorcido; ascendió bien pegado al borde del barranco, disfrutando con los respingos y cambios de color de la asustada Beatriz. Cuando le señaló, a lo lejos, las pequeñas manchas blancas que se movían entre los árboles, ela no quiso mirar. Ni siquiera lo hizo cuando él aclaró que eran sus vacas que buscaban las zonas más frescas y con mejores pastos. A ela le daba igual si aquelos animales le pertenecían o no. Prefería mantener su vista en el camino, la zona más segura de todas cuantas la rodeaban.

Ya en la cima, se desviaron hacia la izquierda, abandonando la pista forestal que continúa hacia Izagra y Kakueta. Cuando vio que el Land Rover rodaba sobre verdes pastos, Beatriz soltó todo el aire que había estado conteniendo durante media hora. Pero no aflojó la fuerza con la que se sujetaba al reposabrazos hasta que el vehículo se hubo detenido junto al rebaño y una pequeña choza. Descendió con piernas temblorosas. No podía creer que hubieran circulado de aquel modo irresponsable, jugándose la vida. Cogió aire hasta lenar sus pulmones y se giró para decirle cuatro cosas al majadero de Jon.

Pero, ante el grandioso espectáculo de las cumbres de los Pirineos emergiendo de entre la niebla matinal, se le desvaneció el deseo de discutir. Abrió la boca, sorprendida, mientras caminaba hacia donde la superficie verde comenzaba a redondearse. Giró sobre sí misma, contemplando las montañas, unas coronadas por suaves pastos, otras cubiertas por hermosos bosques y las que culminaban en altos y escarpados riscos. Jon, mientras acariciaba a los mastines que se habían acercado a darle la bienvenida, esperó a que le alcanzara la explosión de furia de Beatriz que él se había ganado a pulso. Incluso estaba listo para disculparse… a su manera, pero nada de eso ocurrió. La miró extrañado, y no la vio comprimir los labios ni aletear los orificios de su nariz. La encontró fascinada, disfrutando de la experiencia de verse rodeada por un horizonte de montañas de majestuosa silueta.

– Impresionante, ¿no crees? -comentó, acercándose a ela con cautela por si su enfado estalaba con efecto retardado.

– No tengo palabras -aseguró Beatriz, que ya no recordaba la angustia del camino hasta la cima-. No imaginaba que estaba en medio de tanta… -alzó las manos, riendo-. No encuentro la palabra que le haga justicia.

– Esto es lo que tú lamaste, el otro día, «el infierno verde» -dijo, con una sonrisa tan deslumbrante como el paisaje que les rodeaba.

– Cuesta acostumbrarse -comentó Beatriz, atreviéndose a pasar las yemas de los dedos sobre el lomo de Thor, que se acercó a olisquearle las zapatilas-. Soy una mujer de asfalto. Si hubiera legado con la intención de conocer esto durante unos días, te aseguro que me habría fascinado desde el primer momento.

– Y entonces, ¿con qué objetivo viniste? -preguntó Jon, esperando que le contara, por fin, sus propósitos.

– Es una historia muy larga -dijo ela, recordando lo triste y hundida que se sentía al legar.

– No tenemos prisa -respondió Jon, invitándola con la mirada a que continuara.

Ela negó con la cabeza. No quería contar detales sobre su vida. Y no era posible describir la desesperación con la que había legado a Roncal, sin hablarle de la humilación que la había sacado de Madrid.

Contempló el serpenteante hilito blanco en el que se veía convertida la carretera junto al río Esca, y el estrecho y abrupto desfiladero, ahora invisible, desde el que emergían grandes montañas cubiertas de una apacible espesura verde.

Se sintió pequeña, con unos problemas pequeños. Suspiró, recordando a Diego, al que cada vez tenía menos presente.

– Digamos que no vine aquí en el mejor momento de mi vida -dijo, girándose una vez más sobre sí misma y deteniéndose ante la pequeña edificación de piedra y tejado rojo-. ¿Qué es eso?

– Una borda -respondió Jon, resignado a no escuchar la explicación que estaba necesitando como el respirar-. Así son en origen, sin obras de ampliación como la que Ignacio hizo en la que estás viviendo. Por estos montes hay muchas como ésta.

– ¿Es nuestra, podemos verla? -preguntó, ilusionada como una niña.

– Sí; es tuya y podemos entrar, si quieres -respondió él, caminando hacia la cabaña, seguido por los perros-. Me he visto obligado a dormir aquí alguna vez. También los chicos de Doina.

Ya en la puerta, alzó el brazo y, de una grieta entre dos piedras, sacó una lave. Mientras él abría, Beatriz se entretuvo observando la flor seca, en forma de sol, clavada sobre el dintel.

– ¿No hay luz? -preguntó al ver el interior en total oscuridad.

– Utilizamos lámparas de aceite -respondió Jon, y se adelantó para abrir la ventana y permitir que entrara la claridad del día. Beatriz lo observó todo desde la puerta abierta. Era un espacio pequeño, con una cama estrecha y un burdo fuego bajo una de las esquinas. Pasó al interior. Jon la miró en silencio. Era la primera mujer que entraba en aquel lugar. La primera mujer y tenía que ser ela, pensó cuando la vio acercarse a la cama y rozar con los dedos el jergón sobre el que él había pasado más de una noche.

Contemplar aquela caricia le contrajo el estómago.

– ¿Es cómodo?-consultó Beatriz, golpeando con las palmas abiertas para comprobar si estaba mulido.

– No mucho -respondió Jon, con voz grave.

Compartir con ela ese pequeño espacio le espesaba el aire hasta hacerle difícil respirar. Su imaginación osaba besarla, acariciarla… Turbado, aproximó el rostro a la ventana para que el aire fresco de la mañana le enfriara los pensamientos. Su intención de alejarse de ela no le servía de nada. El mismo cedía al deseo de aproximarse con la misma inconsciencia con la que se dirige una polila hacia la atractiva y mortal lama de una vela.

– ¿No te da miedo dormir aquí, solo? -preguntó Beatriz, sentándose sobre la cama y haciendo que el calor recorriera la sangre de Jon.

– No es algo que haga a menudo, pero cuando paso aquí la noche te aseguro que no tengo ningún miedo -respondió, sabiendo que cuando volviera a meterse en esa cama le iba a matar el deseo.

Contuvo la respiración al verla levantarse y acercarse a él. Expulsó el aire una vez que ela hubo pasado, rozándole el brazo con el suyo y cercándole con su ligero olor a moras.

Jon la siguió con la mirada. Mientras ela descubría los viejos utensilios que había junto a la chimenea, él le acarició la espalda con los ojos, perdiendo el último y escaso rastro de calma.

La intimidad le estaba asfixiando.

Dejó que curioseara sola. Salió buscando aire para entibiar los pulmones, que le ardían. Con las manos sobre las caderas, inspirando de aquela fresca y radiante mañana, se preguntó qué tenía esa mujer, que comenzaba a volverle loco.

Unos minutos después, Beatriz salía y él cerraba la puerta.

– ¿Para qué subes aquí cada mañana? -preguntó ela, observando cómo los dedos de Jon ocultaban la lave.

– Para comprobar que todo está bien. -Inspiró antes de volverse a mirarla-. Para asegurarme que no hay ningún animal enfermo, y para encauzarlas hacia el lugar por el que quiero que pasten cada día.

Juntó los labios para lanzar un potente silbido. Los mastines le miraron al instante, preparados para seguir sus órdenes. Jon gritó: «tráelas».

– ¿Tráelas? -exclamó Beatriz, sorprendida-. ¿Así, sin más?

– Por supuesto -respondió, riendo-. Elos saben lo que tienen que hacer. Las agrupan y las empujan hacia aquí. Beatriz observó, fascinada, la precisión con la que los perros hacían su trabajo, circulando alrededor del ganado para que ninguna oveja escapara a su control. Después, ela y Jon caminaron tras el rebaño. De vez en cuando él daba alguna orden a los mastines para que corrigieran la dirección. El resto del tiempo le fue hablando del modo en el que recogían el agua para lenar los abrevaderos en verano, los nombres y curiosidades de algunas montañas. Le explicó que aquelas misteriosas y serpenteantes líneas de tierra que se dibujaban en el verde de las laderas, eran los senderos que abrían a su paso las ovejas. También le habló de la trashumancia. Le contó que cada año, desde la Edad Media, al legar septiembre los pastores conducían sus rebaños por la Cañada Real hasta las Bardenas Reales, al sur de Navarra. Aquelas lanuras, siempre cubiertas de verde y con agua abundante, eran, y aún son para muchos pastores que siguen cumpliendo con la tradición, el mejor lugar para pasar el invierno cuando no se dispone de un lugar donde almacenar forraje para alimentarlas en los establos. Ela no hizo comentarios cuando le oyó decir que también Ignacio, en su juventud, dividió su vida y su hogar entre la montaña y la sierra; entre el verano y el invierno. Escuchándole hablar, hubo momentos en los que Beatriz lamentó que su abuela no le hubiera contado nada sobre sus orígenes. Entendía los motivos que había tenido para hacerlo, pero, a medida que Jon le descubría detales asombrosos, le iba quedando la sensación de que le había privado de cosas importantes. Durante el paseo, las zapatilas de Beatriz se humedecieron con el rocío que perlaba los pastos. A pesar de eso, disfrutó andando por entre espesos macizos de campanilas amarilas y azules, delicados y erguidos ranúnculos y unas pequeñas matas de minúsculas inflorescencias redondeadas, blancas y púrpuras, que al ser pisadas despedían un sorprendente y suave olor a menta.

– Aquí no existen las crisis de ansiedad -pensó Beatriz en voz alta-. La naturaleza respira por ti. -Aquí, el hombre y la naturaleza somos uno -respondió Jon. Y la imaginó ahogada en el tráfico de Madrid para legar, sofocada, a ocupar su mesa de secretaria entre cuatro paredes, y abriendo una ventana por la que sólo podía respirar contaminación.

– Esto es muy hermoso -reconoció, mirando hacia la pequeña mata y rozándola con los pies-. No imaginaba que aquí hubiera este suave olor a flores y a menta. Te agradezco que me hayas traído.

– No tienes nada que agradecerme -indicó, buscando los ojos verdes que no se cruzaron con los suyos. Caminaron despacio. Beatriz miraba alrededor intentando retener tanta beleza y preguntando todo cuanto se le ocurría. Jon disfrutaba hablando de lo que tanto amaba y tan bien conocía.

Llegando a una pequeña lanura tras la que continuaba una suave y herbácea loma, él silbó para que los perros y el rebaño se detuvieran. Se acercó a una de las muchas plantas de Carlina, en la que destacaba una única flor, grande y amarila.

– ¿Reconoces esa flor en forma de sol? -preguntó, sentándose en un viejo tronco al que la luz, el agua y el tiempo habían envejecido y blanqueado. Beatriz se agachó para acariciar con los dedos el centro aterciopelado, con cuidado de no rozar las afiladas agujas de sus hojas de cardo.

– Se parece a las que están colgadas en el dintel de la cabaña, de la casa de Doina y también de la mía.

– Es la misma, pero aquí aún está fresca. Se considera mágica -dijo Jon, apoyando los codos sobre sus rodilas-. Aseguran que la eguzkilore, que así se lama, fue un regalo de la madre tierra para los habitantes de estos vales, que le pidieron que creara algo que alejara de sus hogares a los espíritus malignos de la noche.

– ¡Vaya! -exclamó Beatriz, poniéndose en pie-. Llevo meses esperando que alguien me diga qué sentido tiene.

– No me lo preguntaste -respondió sonriendo-. Si lo hubieras hecho te habría contado que se corta en otoño y se cuelga en los dinteles de las puertas de las casas, las bordas y los establos. Existe una leyenda que dice que las brujas no atravesaban la puerta porque se entretenían contando los dorados pelilos del cardo hasta que les sorprendía el alba y tenían que regresar a su guarida.

– ¿Brujas? ¿De verdad creían en brujas, o eran cuentos para niños? -preguntó, feliz de que él contara algo tan antiguo y tan desconocido para ela.

– Hablas en pasado, como si ya nadie creyera en brujas-dijo Jon, misterioso-. En el pueblo de Vidángoz levan más de doscientos años celebrando la bajada de la bruja Maruxa. -Beatriz se sentó a su lado, para escucharle, y Jon continuó-: Los jóvenes de la localidad, con vestimentas negras a la usanza de los antiguos brujos que, según cuenta la tradición, habitaban estos parajes, encienden una hoguera en lo alto de la peña. Alí van prendiendo sus antorchas con las que iluminan el camino hasta legar al pueblo donde todos les esperan ansiosos. La nocturnidad, el fuego, las ganas de diversión… -la miró, sonriendo-. Te aseguro que todo da a la fiesta un aire de puro akelarre.

– Espero que no estés tratando de hacerme creer que las brujas existen -advirtió en tono jocoso.

Jon soltó una carcajada. A punto estuvo de decirle que ela tenía mucho de bruja; bruja de hechizos y encantamientos. Sólo así podía explicarse que él la encontrara tan atractiva y deseable a pesar de que, a veces, seguía sin aceptar la mujer que ela levaba dentro.

– ¿Te has fijado en las chimeneas de las casas y de las bordas? -preguntó, irguiéndose y frotando las palmas de las manos sobre las perneras del pantalón.

– Sí-respondió ela, sin entender por qué las nombraba-. Son preciosas. Redondeadas, con esos pequeños tejados. Parecen casitas con ventanas sin cristales.

– Cuentan que son cerradas para que las brujas no puedan colarse por elas -dijo, y aguardó a ver su reacción. Beatriz entrecerró los ojos, tratando de adivinar si él hablaba en serio. Jon volvió a reír y continuó:

– Los documentos están ahí, son reales -argumentó, mirándola a los ojos con un dejo de diversión-. Y demuestran que la Inquisición trabajó aquí a destajo para acabar con los supuestos akelarres que se celebraban en los claros de los bosques. Hay quien dice que en los municipios de este vale todavía viven mujeres mayores que son brujas.

– Soy adulta -exclamó, riendo-. Entiendo que en los tiempos de la inquisición creyeran en brujas y quemaran a muchos inocentes. Pero por más que lo intentes, seguiré pensando que nunca existieron.

Jon se deslizó del tronco para sentarse en el suelo y apoyar la espalda en la madera. A pocos metros la ladera herbácea se redondeaba y se abría el vacío, con los vales al fondo y la cadena interminable de montañas al frente.

– Lo lógico es pensar que todos aquelos personajes fueron curanderos que aprovechaban las propiedades medicinales de las hierbas para sanar enfermedades o mitigar sus efectos.

– En eso estamos de acuerdo -dijo Beatriz, dejándose caer para sentarse junto a él-. Y esas brujas que cuentan que siguen existiendo, también serán curanderas.

– Pero lo cierto es que hay un dicho vasco que apunta: «lo que tiene nombre existe» -respondió Jon, y la miró a los ojos para musitar, bajito-: A elas las lamamos brujas y además tienen nombres propios.

– Y, ante esa duda, en las puertas de las casas seguís colgando la… ¿cómo has dicho que se lama?

– Eguzkilore -aclaró Jon, volviendo a reír-. Si quieres, hoy mismo quito la que tienes en la borda.

– ¡No, por Dios! -exclamó, fingiendo horror-. No quiero correr riesgos. Deja que algo tan hermoso me proteja de los malos espíritus, de las brujas y de todo lo demás.

– ¿Hay muchas cosas de las que necesitas protegerte? -interrogó, en el mismo tono de broma.

Beatriz rozó con la palma de la mano una mata de inflorescencias blancas y purpúreas para provocar su agradable olor a menta.

– Como todo el mundo -inspiró, apoyando la cabeza sobre el tronco-. Y, aunque aún no sé si creer en estas leyendas y esta magia, reconozco que tranquiliza pensar que puede haber algo que nos aleja de las desgracias. -Removió de nuevo la planta para respirar de su aroma con los ojos cerrados-. Aquí hay muchas cosas sorprendentes para mí.

Jon giró la cabeza para mirarla.

Ela, con los párpados ocultando sus preciosos iris verdes, disfrutando del sol y la paz de la mañana, no tenía nada que le recordara a la altiva y sofisticada mujer que legó para complicarle la existencia. Tal vez por eso -se decía mientras la observaba-él olvidaba con facilidad el lado de Beatriz que odiaba, hasta el punto que, a veces, era como si no existiera.

La atracción que sentía por ela, palpitaba ese día entre brumas matinales, pastos y cimas montañosas. Y Jon comenzó a preocuparse por ese deseo latente, esa necesidad, cada vez más constante, que tenía de verla.

A la mañana siguiente, Beatriz se levantó temprano. Desayunó de la leche que encontró en el cubo, junto al fregadero, sin sospechar que, desde hacía días, eran manos de hombre las que se la levaban. Se vistió con sus vaqueros y una camiseta blanca, de tirantes, sobre la que se puso otra, morada y de manga larga. Y, en lugar de dedicarse a practicar con alguna nueva receta, caminó despacio hasta la segunda nave, junto a la que siempre se dejaba el Land Rover, y aguardó. Sentada sobre un fardo de heno, con la espalda apoyada en la pared blanca del establo, cerró los ojos y prestó atención. Se dejó envolver por el alegre despertar de los pájaros, el silbido del viento entre los árboles y el arrulo de las aguas del Esca. Poco a poco fue contagiándose de la calma. Y, cuando legó Jon, en busca del todoterreno, ela estaba más relajada que tras una de sus largas y carísimas clases de yoga.

Jon era un hombre silencioso. No era fácil oírle legar. Se detuvo ante ela y pudo observarla unos minutos. Con los pies sobre el fardo, apoyaba los codos en las rodilas y mordisqueaba talos de heno. Se preguntó si ela sabría que era hermosa. Si sería consciente de que aquelos simples gestos contenían más sensualidad que la más abierta de las provocaciones.

Sonrió al descubrir que calzaba las viejas botas de Doina. Ésas eran las cosas que le desconcertaban. La glamurosa Barbie que cuidaba cada detale de su atuendo, pedía prestadas unas botas usadas, arrastraba lana durante la esquila, secaba el sudor de la espalda de Marcel, se emocionaba pisando pastos y admirando montañas.

Beatriz suspiró. Jon temió que abriera sus grandes ojos verdes y le sorprendiera mirando, y decidió hacerse notar.

– No me lo digas -exclamó, riendo-: Ayer tomaste demasiado sol y hoy te apetecía el aire fresco de la mañana. Beatriz abrió los ojos al escuchar su voz, y le miró, relajada.

– No imaginaba que esta paz pudiera ser tan contagiosa -dijo, dichosa de verlo-. En Madrid, conseguir un aceptable grado de relajación me cuesta una hora con mi profesor de yoga.

– ¿Yoga? -repitió Jon, con curiosidad-. ¿«Aceptable» grado de relajación?

– Hace unos años necesité que alguien me enseñara a dominar mis emociones -confesó, arrancando del fardo nuevas briznas de heno-. Y, gracias a Dios, descubrí las maravilosas clases de yoga y relajación.

Jon recordó el modo lento en el que ela inspiraba y exhalaba cuando la poseía la furia.

– ¿Qué ocurría con tus emociones? -preguntó, extrañado-. ¿Por qué necesitabas ayuda?

Beatriz apoyó la cabeza contra la pared blanca y cerró los ojos. Le habían asegurado que el tiempo aliviaba las heridas. Pero, a ela, los recuerdos le seguían causando el mismo dolor.

– Yo tenía diez años cuando perdí por primera vez el control de mi cuerpo -dijo a media voz-. Era un domingo por la noche. Mi abuela y yo esperábamos la legada de mis padres. Cumplían once años de casados y quisieron celebrarlo con un fin de semana a solas, en la ciudad de Toledo. Levantó los párpados, despacio, como si se le hubieran vuelto pesados. Alzó los ojos al cielo y Jon pudo ver en elos un dolor silencioso y profundo.

– Tardaban en legar. La abuela estaba en el salón, entretenida con las noticias, y yo en mi habitación, preparando los libros para ir a clase al día siguiente. La escuché gritar. Corrí, asustada, y vi nuestro coche en la televisión. Había desaparecido toda la parte delantera… -inspiró hondo-, pero supe que era nuestro coche.

– ¿Qué ocurrió? -preguntó Jon, sentándose a su lado, sin poder apartar los ojos de aquela mirada lena de sombras.

– Alguien que circulaba en dirección contraria acabó con la vida de mis padres. Los periodistas siempre legan antes que nadie. Ese fue el modo brutal en el que la abuela y yo nos enteramos de que los dos habían muerto.

– Lo siento -susurró Jon, deseando tomarle la mano y consolarla-. Sabía que los habías perdido, pero desconocía que fueras una niña cuando ocurrió, ni que hubiera sido en un accidente. Debió de ser terrible.

– Nunca imaginé que se pudiera sentir un dolor tan grande. -Caló un instante mientras convertía en pedacitos las hebras de heno-. Me quedé paralizada. Respiraba con fuerza, cogía todo el aire que podía, pero no me alcanzaba los pulmones. Me asfixiaba. Después me dijeron que había sufrido un ataque de ansiedad. Suspiró y le miró, tratando de sonreír-. A partir de entonces, las situaciones estresantes desembocaban en nuevas crisis. En un instante, Jon recordó todas las veces que la había desafiado y le había lenado el cuerpo de angustia. Le avergonzó recordar todo cuanto había disfrutado ante los esfuerzos que ela hizo para controlarse. Mirándola, maldijo en silencio lo estúpido que legaba a ser algunas veces.

– ¿Las sufres cuando te angustias por algo? -preguntó en voz baja.

– Sí. Y lo único que me funciona es la relajación. -Sacudió las manos para deshacerse de los restos de heno-. Respiro despacio hasta que recupero el control.

– ¿Te ha ocurrido alguna vez desde que estás aquí? -insistió Jon, sintiéndose culpable.

– Ninguna -explicó mientras recordaba algunos amagos que había conseguido dominar-. Hace años que lo controlo. -La preocupación en los ojos de Jon la hizo sonreír-. No me gustaría que me tuvieras lástima. Eso forma parte de mi pasado. Soy una mujer muy fuerte.

– No tengo ninguna duda de eso -dijo, apoyando la espalda en la pared-. Algo como lo que te ocurrió te hunde o te fortalece.

– El mérito fue de mi abuela -afirmó con orgulo-. Ela era una superviviente y supo cuidar de mí.

– Así que te has criado con Lucía -apuntó, comprendiendo que ela la había aleccionado en la animosidad hacia su abuelo desde niña.

– Ela, sin ayuda de nadie, sacó adelante a mi padre. Después, el destino quiso que tuviera que hacer algo similar conmigo. La quise como a una madre. Y por eso me duele todo lo que sufrió.

– Ya sé que lo hemos intentado y no salió bien, pero creo que deberíamos hablar de lo que ocurrió con tus abuelos -opinó Jon, a quien las cosas que sabía sobre el viejo comenzaban a pesarle.

– No -respondió Beatriz-. No te ofendas, pero me basta con todo lo que me contó la abuela. No quiero conocer más.

«El orgulo de los Ochoa de Olza», pensó Jon. Lo conocía bien. Sabía lo destructivo que podía legar a ser. Al final iba a resultar que ela era una digna nieta de su abuelo. Se preguntó si también tenía el mismo corazón, grande y tierno. No pudo responderse; ya no era capaz de juzgarla con la convicción y la dureza de otras veces.

– ¿Te gustaría acompañarme a la sierra? -preguntó, mirando las viejas botas de Doina.

Beatriz sabía que no era necesario que respondiera. Su calzado lo había hecho por ela. No se lo habría puesto si no fuera porque albergaba la esperanza de volver a subir a ese lugar, con él.

Aunque había algo que la inquietaba.

Jon percibió en sus ojos un atisbo de intranquilidad; un inicio de angustia. Y esa indecisa mirada verde se le clavó en el corazón.

– Subiré despacio -le dijo en voz baja-. Te lo prometo.

Beatriz asintió con una sonrisa relajada, se levantó del fardo y caminó hacia el Land Rover. Cuando alcanzó la portezuela, escuchó a su espalda un largo y profundo suspiro.

CAPÍTULO 12

Cuando Jon se percató de que Beatriz estaba levantada, ya era demasiado tarde.

Había entrado con el mismo sigilo de cada mañana. Le había sorprendido un agradable olor a comida, pero había dado por hecho que era algo que Beatriz había cocinado la noche anterior. Fue al acercarse al fregadero para dejar el cubo de leche, cuando reparó en su error. Sobre el fogón, una cazuela humeante se le había revelado como la responsable de aquel prometedor aroma. Ahora, un libro abierto sobre la encimera lamaba su atención. La fotografía que ocupaba toda la página izquierda era tentadora: Unas verduras formando una media luna sobre un plato blanco y, en el centro, una jugosa carne regada con una salsa ocre y unas finas láminas de trufa.

«Redondo de ternera navarra braseado con trufa», se leía en la página de la derecha, encabezando los ingredientes y la elaboración del plato. Junto al recetario, una botela de coñac y otra de vino blanco terminaron de avivarle la curiosidad.

¿Cómo podía resistirse a echar un vistazo al interior de aquela cazuela? Sólo una mirada, corta y rápida, pensó, y se iría antes de escuchar los pasos de Beatriz. Acercándose al guiso, inhaló ese olor delicioso y observó la carne que se cocía acompañada de algunas verduras. Y el vistazo no fue ni tan corto ni tan rápido como había previsto.

Seducido por aquel aroma, buscó sobre la encimera algo con lo que comprobar si el sabor era tan bueno como aparentaba. Haló una cuchara de madera, la introdujo hasta mojarla en el interior de la cazuela y se la levó a la boca. El placer le emborrachó los sentidos y no le dejó escuchar el sonido de las pisadas de Beatriz. Ela, bajo el arco de entrada, observó su espalda, inclinada sobre su experimento de esa mañana. Se preguntó qué hacía él alí, descubriendo el secreto que aún debía permanecer guardado. No quería que supiera que estaba aprendiendo a cocinar. Pretendía que reconociera que era una estupenda cocinera, y para eso aún faltaba un tiempo y algunos ensayos.

Inspiró para coger aire. Pero el hormigueo que le provocaba verlo en su cocina y olisqueando su guiso no desapareció. A pesar de lo aturdida que se sentía, miró

hacia el libro para comprobar que seguía estando en su lugar. Después reparó en el cubo, junto al fregadero. No estaba alí cuando había salido hacia su habitación, cinco minutos antes.

Tuvo que inhalar de nuevo al entender que era él quien entraba con sigilo mientras ela dormía. El, quien se preocupaba de que no le faltara su desayuno. El… la última persona de quien hubiera esperado una atención así.

Alisó con las manos el delantal blanco que le había regalado Doina, y se palpó con coquetería los bucles antes de acercarse, despacio.

– Al parecer, tú eres el duende que me trae la leche cada mañana -comentó con una sutil ironía.

Jon se quedó quieto. Apretó los párpados y sonrió al comprender que la había fastidiado. Pensó que, después de las advertencias a Doina, al final tendría que desolarse a sí mismo, por estúpido.

Se apartó del guiso con lentitud, se volvió hacia ela y ocultó la cuchara tras su espalda.

– Te lo agradezco -continuó diciendo Beatriz, mirándole a los ojos-. Esta leche se ha impuesto al café cargado que desayunaba en Madrid y que me astilaba los nervios. Es deliciosa.

Jon no pensaba hablar de la leche. Menos aún de lo que le movía a levársela cada amanecer. Era algo que ni siquiera habría podido explicarse a sí mismo. Se apoyó contra el fogón, ocultando sus manos y lo que sujetaba con elas.

– Acabo de descubrir que estás aprendiendo a cocinar -dijo para levar la conversación a su terreno. Si necesitaba ayuda extra, siempre podría añadir que sabía que levaba tiempo carbonizando alimentos y cazuelas.

– Huele rico, ¿verdad? Como la cocina de un gran chef -respondió Beatriz, con una sonrisa desafiante. Con gusto la habría lamado presuntuosa, pero no olvidaba el cubo de leche. No quería comentarios jocosos sobre eso, y la sonrisa de Beatriz le decía que sería lo que ocurriría si él se metía con su modo de cocinar.

– Sí; como un gran chef-dijo, vencido y riendo-. Me gustaría quedarme para seguir con esta apasionante conversación, pero tengo algo que hacer -bromeó, soltando el utensilio sobre la encimera y avanzando unos pasos.

– ¿Subes a la sierra? -preguntó ela mientras se acercaba al fogón en busca de la cuchara con la que revolver las verduras. Deseaba acompañarle, de nuevo, a recorrer la cima mientras le escuchaba contar historias.

– Tengo que bajar con mis padres a Pamplona -respondió, parándose junto a la mesa-. Quieren pasar unas horas con mi hermano y su mujer. Está embarazada y hace unos meses que no la ven.

– ¿Tienes más sobrinos? -quiso saber Beatriz, tomando un poco de caldo del guiso y levándoselo a los labios para comprobar el sabor. Jon perdió el sentido observándola lamer la madera que él acababa de tener en su boca.

– Será la primera -respondió, con los ojos clavados en aquelos labios-; nacerá por Navidad.

– Tiene que ser muy hermoso tener sobrinos -dijo Beatriz.

– Imagino que sí-al decirlo le brilaron los ojos y la sonrisa-. Si resulta bonita la espera, verla y poder cogerla en brazos debe de ser increíble. La emoción de Jon era contagiosa. Beatriz pensó que le gustaría estar cerca cuando aquel precioso momento legara, para no perderse la ternura con la que Jon recibiera al bebé.

– ¿Entonces te vas para unos días? -preguntó con interés.

– Volveremos hoy mismo, pero muy tarde. -El pensamiento que le rondaba desde hacía días le incitó a contar-: Mañana comienzan las fiestas de Roncal. Son en honor a la Virgen del Castilo… -Bajó la mirada hacia los listones de la mesa y los golpeó con los dedos, dudando-. Se hacen algunas cosas que me gustaría que conocieras.

Beatriz, con su corazón latiéndole acelerado, dejó la cuchara sobre las baldosas de la encimera y le miró, silenciosa.

– ¿Has visto algún partido de pelota? -preguntó, y ela negó con la cabeza-. Son partidos de exhibición por parejas, en el frontón. Es emocionante. -Su temor a que pareciera que le proponía una cita, hacía que le temblara la voz-. También hay un día dedicado al queso. Chicos y chicas, con trajes típicos, dan a degustar el queso expuesto. Por supuesto, también los venden a todo el que quiera levarse alguno -bromeó para reducir su tensión.

– ¿Nosotros también exponemos? -preguntó Beatriz, tan nerviosa como él.

– No. Sólo lo hacen los queseros industriales de la zona -dijo, sin atreverse a mirarla de frente-. Los artesanos no participamos en eso.

– O sea que probaré el queso hecho por la competencia -opinó, retorciendo con los dedos un extremo del delantal-. Tal vez me guste más que el nuestro.

– ¿Más que el hecho por tus propias manos? -preguntó Jon, sonriendo y acariciando con las yemas de los dedos la unión de dos listones de madera. Beatriz respondió que no. Que nada en el mundo podía compararse con eso. Y es que, por primera vez, se daba cuenta de lo que suponía el trabajo que había hecho durante meses.

La leche que había recibido, nada más ser ordeñada, había ido pasando por sus manos hasta convertirse en queso. Un queso como el que había comprado en tiendas especializadas de Madrid para sorprender a sus invitados en sus mejores cenas. Un queso que otras personas disfrutarían, como lo había hecho ela misma cientos de veces en compañía de Diego.

Miró los dedos largos de Jon. Esos que, al contemplarlos, le espesaban el aire. Y se preguntó cómo iba a tener otro queso mejor sabor que el hecho por aquelas manos que encerraban tanta fuerza como ternura.

Cuando se quedó sola cogió el libro de cocina para asegurarse de que Jon no había curioseado en su interior. Lo abrió por el centro, comprobó que todo estaba como ela lo había dejado, y lo estrechó contra su pecho, sonriendo satisfecha.

Mientras Beatriz asistía al primer partido de pelota de su vida, Diego legaba a su mansión en La Moraleja después de unas intensas vacaciones en la isla de Capri. Cuando Beatriz descubría la emoción del sonido del cuero de la pelota contra la piedra del frontón, Diego, con su elegante traje de Armani, volvía a abandonar su casa y el personal de servicio comenzaba a deshacer sus maletas.

Y mientras Jon observaba, con disimulo, la emoción en el rostro de Beatriz ante la tensión de los tantos ajustados del partido, Diego estacionaba su Mercedes junto al portal del piso de Laura.

Había pasado quince días de descanso en la vila que la familia posee en la bahía de Faraglioni, junto al puerto de Capri. Había asistido a lujosas cenas con figuras ilustres, importantes e influyentes. Había disfrutado largas jornadas navegando en el lujoso yate de sus suegros y agasajando a personajes poderosos. Se había tumbado sobre la arena de solitarias calas y había nadado en sus aguas turquesa. Había cenado a la luz de la luna y desayunado recibiendo la caricia de la brisa del mar.

Pero ni por un momento dejó de pensar en Bea. Aquelas vacaciones que al principio le proporcionaron infinitas satisfacciones, desde hacía tiempo se habían vuelto difíciles, y esta vez habían sido una tortura.

Ahora, ante la puerta del hogar de Laura, inspiraba hondo y suplicaba que algo hubiera cambiado durante los últimos días. Que fuera Bea quien le abriera. Los estridentes ladridos de Vicky se pusieron en marcha como si estuvieran conectados al timbre de lamada. La escuchó acercarse y, unos segundos después, se le unió una voz femenina y el sonido de la doble cerradura al abrirse.

Comprobó, con cierta desilusión, que era Laura quien sujetaba entre los brazos a la malcriada perrita.

– ¡Vaya! -exclamó la chica, alzando su voz por encima de los ladridos de Vicky-. Por lo que veo, la pena comienza a sentarte bien. Esa piel dorada te da aspecto de milonario. ¡Oh!, perdón -exclamó con fingido arrepentimiento-. Olvidé que eres milonario.

– ¿Puedo pasar? -solicitó Diego, ignorando aquel sarcasmo hiriente.

– ¡Claro que puedes! -dijo Laura, haciéndose a un lado para abrir de par en par la puerta-. La mayoría de las cosas que hay aquí las has pagado tú. Diego caminó hacia el salón, despacio, buscando en el aire un esperado olor a moras que no haló. Laura legó tras él, sujetando a la alterada perrita, que se revolvía inquieta y ladraba para que la bajara al suelo.

– ¿Sabes algo de Bea? -preguntó desde el centro del salón.

– Nada nuevo -dijo Laura, cansada de responderle siempre lo mismo.

Pero Diego continuaba desconfiando. Para él, la tranquilidad de Laura significaba que sabía mucho más de lo que decía. Necesitaba que ela se lo contara, pero los ladridos histéricos del animal no le dejaban hablar, mucho menos escuchar.

– ¿Por qué no la bajas al suelo para que muerda mi pantalón? -«y se cale de una maldita vez», pensó, guardando la compostura.

– Se pone muy nerviosa cuando intenta sacarte del piso sin conseguirlo -explicó Laura, y abrazó con más fuerza a su pequeña princesa.

– Pero no dejará de ladrar hasta que me vaya. Mírala -pidió, utilizando los temores de Laura-; está tan alterada que si no la dejas que me muerda sufrirá un infarto.

Laura se agachó al instante para soltar a la perrita, que sólo necesitó tres segundos para clavar sus pequeños dientes en el pantalón de Diego. Su plateado pelo de seda se desparramó sobre el piso, aferró sus pequeñas patitas a la alfombra, y comenzó con la lucha de arrastrarlo hacia el pasilo.

– Estamos a mediados de agosto -comentó Diego, aliviado por el silencio-. ¿Te ha hablado Bea de ir de vacaciones contigo, de regresar aquí o de cualquier otra cosa?

– ¿No te cansas de tener siempre la misma conversación? -preguntó, echando hacia atrás su melena negra con un ágil movimiento de cabeza.

– Y tú, ¿no estás demasiado tranquila? -señaló Diego, entrecerrando los ojos con desconfianza-. Si sabes algo dímelo, porque estoy pensando en contratar a un investigador privado para que la localice.

– No lo hagas -sugirió Laura-. A no ser que quieras perderla para siempre.

– ¿Y hasta cuándo crees que debo esperar? -dijo con un refinado sarcasmo-. ¿Otro mes, un año, dos, toda una vida…? -Su voz rasgada denotó que no estaba tan tranquilo como quería aparentar.

Laura se sentó en el silón morado. Sabía que mientras no lo hiciera, Diego permanecería de pie. El era un cabalero al que las reglas de cortesía con una mujer le eran casi sagradas.

– Esperarás, igual que lo haré yo, el tiempo que ela necesite para recuperarse de… -entornó los ojos, con guasa-. De lo que sea que le hayas hecho.

– Ya te dije que yo no… -comenzó a decir Diego mientras arrastraba su pierna izquierda hasta el sofá, y con ela a la «mopa» de pelo de seda y lacito rojo. Pero Laura le interrumpió sin contemplaciones.

– No me cuentes historias. No he nacido ayer. Bea no se hubiera ido por una niñería. -Cruzó una pierna sobre otra, por debajo de un holgado vestido ibicenco-. Yo puedo presentir que le has hecho algo; pero tú sabes con exactitud qué ha sido.

– Te repito que no hice nada que…

– No te canses. El que me apene verte sufrir por ela no significa que no te crea responsable de su marcha. Por cierto, ¿quieres tomar algo? -preguntó, poniéndose en pie-. Siempre olvido invitarte, y yo ahora necesito una copa.

– Ponme lo mismo que prepares para ti -respondió Diego, con aire ausente.

Con los codos sobre las rodilas, se frotó el rostro y suspiró con fuerza. Cinco meses sin noticias era demasiado tiempo. Nunca había soportado estar más de tres días lejos de ela. Sólo la había dejado dos semanas al año, al legar agosto y aquelas estúpidas e ineludibles vacaciones en Capri. Pero incluso entonces había encontrado un momento cada día para lamarla, para escuchar su voz y repetirle cuánto la amaba y la echaba de menos. Alzó la cabeza cuando Laura le tendió un vaso corto con dos dedos de «whisky», sin hielo. Mientras Diego vagaba la mirada por el líquido ámbar, ela se agachó

para acariciar a la perrita, lamarla «princesa» y decirle que estuviera tranquila. Después volvió a sentarse en el silón, con el vaso en las manos.

– Sólo puedes esperar, Diego -aconsejó tras un pequeño sorbo-. Y rezar para que ela te perdone. Aunque no le hayas hecho nada -concluyó con una sonrisa cínica.

Él bebió el contenido del vaso de un solo trago. Después inspiró con los labios entreabiertos para contrarrestar el fuego que le recorrió hasta el estómago. No quería confesar que imploraba al cielo para que Bea quisiera perdonarle. Había pasado de ser un hombre sin fe, a rezar cada día para que la mujer que amaba regresara a su lado.

– Bea tiene varios primos -comentó, mirando su vaso vacío-. Tal vez esté viviendo con alguno de elos.

– Déjalo estar, Diego. No la busques. Dale el tiempo que necesita. -Se sacó las zapatilas rosa con pompones de plumas y subió los pies al silón, bajo el vestido-. Además, apenas si se relaciona con esa rama de la familia.

– Pero es que ésa es la única familia que tiene; la de su madre. Dime cómo puedo ponerme en contacto con elos. No pienso quedarme de brazos cruzados esperando a que ela quiera aparecer.

– Te daré sus números de teléfono -dijo Laura, levantándose de nuevo-, pero lo hago porque sé que no la encontrarás. Apenas los trata. Aunque hubiera ido alí

en un primer momento, no aguantaría tanto tiempo.

– ¿Y dónde y con quién está, entonces? -preguntó Diego con ojos brilantes-. ¿Dónde y con quién aguantaría tantos meses? -insistió, suplicando con la mirada que se lo dijera.

Pero era una pregunta sin respuesta. Ninguno de los dos habría podido imaginar, ni en sueños, que la sofisticada y urbana Beatriz levaba cinco meses entre bosques, vales y montañas. Cinco meses viviendo en una cabaña de pastores, entre ganado, elaborando queso, cocinando y prendándose de un curtido veterinario roncales.

Y mientras la desesperación de Diego aumentaba y la templada espera de Laura se mantenía, el tiempo, en Roncal, continuaba avanzando perezoso y sereno. Llegado el fresco mes de septiembre, Beatriz seguía retrasando el momento de su regreso a Madrid. Hacía tiempo que había recuperado la confianza en sí misma y a veces deseaba volver al estrés del tráfico, la locura de la hora punta, las compras en las tiendas de grandes modistos, a sus zapatos de tacón de aguja, la peluquería, la sauna. Pero sobre todo quería pararse ante Diego para mantener una larga y esclarecedora charla.

Sin embargo, aunque necesitaba retomar su vida, algo importante la obligaba a quedarse un poco más de tiempo en Roncal: estar cerca de Jon. Cuando las ganas de irse la apremiaban, recordaba su rostro, sus paseos, su conversación, su ternura; pensaba que no volvería a verlo y le desaparecía el deseo de hacer la maleta. Los pastizales de la finca volvieron a lenarse de ovejas durante el día. Traían y Marcel se ocuparon de bajar de la sierra a las que estaban preñadas. Aún faltaban dos meses para el momento de los partos, pero necesitaban estar bien cuidadas y alimentadas antes de que legara aquel momento. Pasaban las noches en los establos, al resguardo del frío y con pienso y alfalfa en los comederos.

Para entonces Beatriz dominaba el punto de cocción y de asado, la medida de los condimentos, las salsas, los postres. Doina se había convertido en la probadora oficial y en la cómplice que se levaba comida a casa y la servía en su mesa sin decir quién la había cocinado. Así fue como Beatriz se hizo consciente de que lo había conseguido.

Imaginó las sorpresas que iba a dar a su regreso a Madrid. Pensó en su sueño: el hotel de lujo. Contrataría al mejor chef que pudiera pagar, y ela podría cocinar las deliciosas recetas navarras, en especial las elaboradas con queso Roncal.

Pero, antes que en todo eso, pensó en Jon. Habían quedado muy lejos aquela cena de taquitos de queso y el arrebato de dignidad que le incitó a aprender a cocinar. Aunque ahora lo hacía por placer y no sentía la necesidad de demostrarle nada, deseaba tenerlo sentado a su mesa, disfrutando de algo delicioso que ela hubiera guisado.

No quería invitarle de modo explícito. Pretendía hacerlo con naturalidad, si es que podía haber alguna naturalidad en que ela cocinara para alguien. Una vez más, buscó la complicidad de Doina. Fue a verla al anochecer, cuando sabía que la encontraría preparando la cena para su familia. Sentada junto a la mesa, observó el modo en que las manos de Doina daban forma a unas croquetas. Mientras tomaba buena nota de todo el proceso, le contó su idea de reunidos a todos en la borda, donde podrían disfrutar de alguna de las recetas que ya dominaba.

– Señorita Beatriz, cuando dice a todos, ¿quiere decir a todos? -preguntó, sonriendo y mirándola de soslayo-. ¿También al señor Jon?

– Por supuesto -confirmó, bajando la mirada para que no viera su rubor-. ¿Por qué iba a excluirlo?

– Era una duda que tenía -explicó, segura de que entre elos dos había algo que ninguno querría reconocer-. Yo levaré a mis hombres, pero al señor Jon debería invitarlo usted.

Las croquetas cubiertas de pan ralado iban lenando el plato. Beatriz comenzó a alinearlas, preguntándose qué pensaría Jon ante un ofrecimiento como ése.

– En realidad no se trata de ninguna invitación -se disculpó sin convencer-. No celebramos nada. Prefiero que lo hagas tú. Doina agrupó los restos de masa para dar forma a la última croqueta y la hizo rodar sobre el pan ralado. No podía apagar una sonrisa tonta.

– Está bien, señorita Beatriz -dijo para tranquilizarla-. Mañana estaremos todos alí. ¿Con qué piensa impresionarnos?

– Es una sorpresa-señaló, recordando el momento en el que encontró a Jon inspirando de uno de sus guisos. Estaba segura de que le había gustado el olor de la ternera.

Mientras Doina freía las croquetas y aderezaba una ensalada, Beatriz fue poniendo la mesa. Y ante el delicioso aroma del que se estaba lenando la cocina, no dudó en añadir otro plato en cuanto la cocinera le propuso que se quedara a cenar.

A la mañana siguiente, Beatriz se quedó acurrucada en la cama mientras escuchaba los pasos de Jon hasta la cocina. Después, cuando lo sintió salir y cerrar la puerta, se levantó de un salto y corrió hasta la ducha. Tenía mucho trabajo por delante y una forzosa necesidad de que todo saliera bien. Con el pelo bien sujeto en una coleta para que ninguno de sus cabelos escapara y acabara en el guiso, se dedicó a lavar y cortar verduras, a cocerlas por separado para componer con elas una sabrosa menestra, a dorar carne, verter coñac y vino blanco, laminar trufa…

Según avanzaba la mañana se iba sintiendo más tranquila y segura. Tanto la menestra como el redondo de ternera braseado tenían un magnífico aspecto y olían como debían hacerlo.

Los nervios legaron después; cuando se cambió de ropa, se soltó el cabelo y se dio un poco de color en los labios. Entonces, mirándose al espejo le invadieron las dudas sobre si había quedado sosa la menestra, si la carne no estaba bien dorada, si el mantel blanco que había puesto sobre la mesa daba aspecto de celebración, si todos estarían demasiado apretados en un espacio tan pequeño… Cuando legó Doina, acompañada por su esposo y por Marcel, Beatriz había comprobado ya cuatro veces el punto de sal de sus dos recetas.

Nada más legar, los tres se rindieron al delicioso olor que salía de aquelas cazuelas. Y tanto insistieron mientras aguardaban la legada de Traían y Jon, que Beatriz les dio permiso para levantar las tapas y echar un vistazo.

En eso estaban cuando la puerta se abrió y entraron los dos rezagados. Llegaban riendo, pero en el instante en el que la mirada de Jon se encontró con la de Beatriz, su risa y su charla se disiparon y ya no pudo apartar los ojos de ela.

Beatriz carraspeó para encontrar la voz con la que pedir que se sentaran todos a la mesa. La clara risa de Jon, primero, y su mirada curiosa, después, le habían humedecido las manos y secado la boca. Mientras todos tomaban asiento, ela se frotó las palmas sobre la tela de sus vaqueros preguntándose por qué cualquier cosa que hiciera ese hombre le afectaba tanto. Si hubiera podido comparar su desconcierto con el que obligaba a Jon a mirarla en silencio, se habría sentido aún más preocupada.



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